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    <title>curso estetica y teoria del arte</title>
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    <updated>2008-05-29T16:05:02Z</updated>
    <subtitle>prof. José Luis Brea</subtitle>
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    <title>Rock My Religion - Dan Graham</title>
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    <published>2008-05-29T16:50:29Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:05:02Z</updated>
    
    <summary>Antes de los Shakers, los disidentes religiosos mas importantes que llegaron a América fueron los puritanos. Los puritanos establecieron una teocracia. Creían en que un hombre tenia bastantes probabilidades de ir al Infierno, ya que todos los hombres habían nacido...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>Antes de los Shakers, los disidentes religiosos mas importantes que llegaron a América fueron los puritanos. Los puritanos establecieron una teocracia. Creían en que un hombre tenia bastantes probabilidades de ir al Infierno, ya que todos los hombres habían nacido malos. El único modo posible de superar aquel Pecado Original era trabajando duramente.</p>

<p>Ann Lee, hija de un herrero analfabeto de Manchester, Inglaterra, fundó los Shakers al principio de la Revolución Industrial. Había trabajado en las fabricas textiles con catorce años. Casada con un hombre que despreciaba, Ann Lee dio a luz cuatro niños, todos los cuales murieron durante la infancia. Para los campesinos ingleses, a quienes a menudo se les quitaba por la fuerza la tierra que tenían, los niños eran una gran ayuda. En la ciudad, los niños hambrientos eran explotados por los dueños de las fábricas como mano de obra barata. Estaba acercándose la época en la que el aumento de la población iba a ahogar el planeta.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Los luditas destrozaban las máquinas en beneficio de los obreros; visiones apocalípticas del Segundo Advenimiento de Cristo se extendían entre el proletariado oprimido. Ann Lee se introdujo en una secta que proclamaba que el Segundo Advenimiento de Cristo podía experimentarse por medio de un trance producido por el recitado rítmico de frases de la Biblia. Aquellos temblores también curaban los males del cuerpo.</p>

<p>Patti Smith trabajo de adolescente en una fábrica.</p>

<p>Dieciséis anos y es hora de despedirme. Conseguí un trabajo en una Fábrica de Mierda inspeccionando tuberías. Cuarenta horas, 36 dólares a la semana, pero oye, es pasta. Y hace un calor tremendo aquí, como en el Sahara. No podía ni pensar por el calor. Pero estas perras son demasiado cortas para comprender, están demasiado agradecidas por haber conseguido el puto trabajo como para darse cuenta de que se la están metiendo por el culo.<br />
Patti Smith</p>

<p><br />
Ann Lee, en estado de trance, tuvo una revelación. Vio la respuesta a los problemas de la clase obrera urbana. El matrimonio heterosexual había producido una multitud de niños hambrientos cuya mano de obra barata explotaban los dueños de las fabricas. La Biblia mostraba que el matrimonio heterosexual era el resultado antinatural del pecado de Adán. En un origen, Adán había sido creado bisexual y autosuficiente. Dios castigó al Hombre y a la Mujer haciendo que trabajasen como mano de obra alienada y que la mujer sufriera la carga de la maternidad. Ann Lee creía que era la encarnación femenina de Dios, cuya encarnación masculina habría sido Jesucristo. Iba a crear en América una comuna utópica basada en la abstinencia sexual, en la igualdad estricta entre Hombre y Mujer, y en una economía basada en el trabajo manual, con una posesión comunal de la propiedad.</p>

<p>Dios dijo a la mujer: <br />
Multiplicaré tus dolores en la maternidad <br />
parirás a tus hijos con dolor.</p>

<p>Y al hombre le dijo: <br />
Comerás el pan <br />
con el sudor de tu frente.</p>

<p>Encarcelada por bruja, Ann Lee tuvo visiones de que ella era el Segundo Advenimiento de Cristo, encarnado bajo forma de Mujer. Mientras otras religiones esperaban el Apocalipsis, Ann estaba convencida de que éste ya había llegado. En 1774, Ann Lee y unos pocos seguidores partieron para América, un jardín del Edén virginal, a fin de perfeccionar la utopía que Ann, como Segundo Cristo, tenía la misión de convertir en realidad.</p>

<p>Las historias del universo se encuentran en el sexo dormido de una mujer. En la época del antiguo Egipto ... tomaban a las mujeres y las colocaban en aquellas tumbas con forma de momias; pero no las momificaban. Lo que hacían era una mezcla de opio; aceite y henna, y las cubrían con esa mezcla. Primero las dejaban sin sentido con un mazo de hierro y después las dejaban tumbadas allí y les restregaban el cuerpo con aquel aceite henna-opiáceo; igual añadían algo de mercurio, o cualquier cosa que tuvieran a mano. Entonces la dejaban expuesta; y la mujer comenzaba a sentir todas aquellas sustancias que invadían sus poros y entraban a sus venas, y ya sabes cómo reaccionan los filamentos de una bombilla cuando la enciendes: pues para cuando te has dado cuenta, sus dedos están escribiendo al estilo egipcio, de una manera rígida, jeroglífica. Ella escribía y los escribas estaban de pie a su alrededor con sus rollos de pergamino hasta que ella empezaba a farfullar. Empezaba a farfullar, y ellos escribían todo aquello.<br />
-Patti Smith</p>

<p>Patti Smith vio que el lenguaje de las sacerdotisas egipcias podía fundirse con el hablar en lenguas religioso de los evangelistas para producir un nuevo lenguaje del rock, el BABELOGO, ni masculino ni femenino.</p>

<p>Rimbaud escribe una carta en la que dice: ...en el futuro; cuando las mujeres se hayan alejado de su larga servidumbre para con los hombres... van a tener una nueva música, nuevas sensaciones, nuevos horrores, nuevos arrebatos... Y bueno... yo he encontrado este nuevo juguete...<br />
-Patti Smith</p>

<p><br />
Los Shakers prohibían cualquier adorno en su arquitectura, ya que se consideraba pecaminoso. Todos los edificios se basaban en la simetría bilateral, que establecía una separación entre la zona de mujeres y la de hombres. En el templo, dedicado al culto, había dos grupos de bancos, unos frente a otros. El Anciano estaba al fondo de la zona de los hombres. La Anciana se sentaba al fondo de los bancos para las mujeres. Había escaleras separadas en cada lado, reservadas para que el Anciano y la Anciana subieran a sus habitaciones.</p>

<p>El antiguo núcleo familiar basado en la sexualidad era reemplazado por una familia de Hermanos y Hermanas iguales entre sí, quienes trabajaban y dormían en casas diferentes. Se reunían dos veces a la semana. Hombres y mujeres, situados a metro y medio de distancia, discutían sobre temas teológicos.</p>

<p>Tras una semana laboral sobria, los Shakers se reunían los domingos para el culto. En la Danza Circular, los hombres y mujeres se ponían en fila y formaban cuatro círculos concéntricos en movimiento. La danza liberaba al grupo del pecado individual y los ayudaba a alcanzar una pureza colectiva. El grupo cantaba rítmicamente textos de la Biblia y caminaba en círculo. Aplastaban el suelo con los pies a la vez que gritaban Aplastemos al Diablo! Las Hermanas y Hermanos se ponían a dar vueltas. El grupo gritaba Menéate! Menéate! Menéate! Cristo está contigo! Se producía un sonido, como un Huuuush que indicaba que el Diablo estaba presente. La gente aplaudía. Saltaban arriba y abajo. Algunos se quitaban la ropa exterior. Un arrebato de temblores y ataques de éxtasis sacudía al grupo. Tambaleándose, girando, retorciéndose, algunos se balanceaban sobre los pies. Pero otros estaban como doblados, con las manos y pies unidos, mientras rodaban sobre el suelo. Rodaban una y otra vez, como ruedas, o giraban como troncos rodando. Algunos se ponían a cuatro patas, como los perros, gruñían, enseñaban los dientes y ladraban. Los espíritus indios entraban en la reunión y poseían los cuerpos de los Shakers. El Anciano y la Anciana tenían que separar a tirones a las Squaws de los Guerreros. La mortificación carnal liberaba al Shaker del orgullo. De manera ritual, el Diablo era sacado con engaños del escondrijo que tenía dentro del grupo, y expulsado.</p>

<p><br />
Los hombres están... al borde del infierno; se han merecido el abismo llameante y están ya sentenciados... se mantienen cautivos de Satanás... [Están] bajo la influencia... de sus apetitos, y aunque en sus conciencias se libran muchas batallas a causa de sus pecados, nunca consiguen escapar enteramente de ellos.<br />
-Jonathan Edwards, maestro puritano</p>

<p>En Salem, un grupo de niñas adolescentes fueron poseídas por aquellas a las que más tarde acusaron de brujería. Se sacudían entre convulsiones, ladraban como perros, caminaban sobre el fuego, y usaban palabras obscenas. Echaron la culpa a mujeres mayores que las visitaban con aspecto de brujas a fin de embrujarlas. Con el tiempo, las jóvenes revelaron los nombres de sus atormentadoras. Si una bruja negaba la acusación que pesaba sobre ella, las chicas empezaban de pronto a imitar el comportamiento externo de la acusada, prueba de que estaban poseídas. Era una revuelta de las mujeres jóvenes contra las viejas. Los hombres creyeron sus falsas acusaciones. Finalmente más de veinticinco personas fueron quemadas en la hoguera.</p>

<p>El puritanismo secular condujo al capitalismo. Pero profetas de lugares remotos advirtieron que los Estados Unidos estaban sirviendo al Diablo con su nuevo mercantilismo. Durante la Gran Asamblea Evangelística de 1801, los predicadores montaron sus tiendas de campaña al borde de los poblados de pioneros. Hablaban de la necesidad de salvación, de mortificación... y de la necesidad de una misión espiritual en América. En las reuniones de sus tiendas, los pioneros rurales batían palmas rítmicamente a la vez que recitaban textos bíblicos. Fue allí donde, por primera vez, el piano y la guitarra reemplazaron al órgano como transmisores de una sensación espiritual. Los salvados solían mecerse y retorcerse y la gente, en su deseo de renacer, solía hablar en lenguas.</p>

<p>Hay un conflicto sin resolver entre el individualismo puritano y el ansia de un colectivismo libre de toda competencia sexual y económica.</p>

<p>Parecía que las mismísimas nubes se separaban y abrían paso al pueblo de Dios ascendiendo a los cielos; mientras tanto, miles de lenguas, al sonido de aleluya, parecían retumbar por el espacio infinito; mientras tanto, cientos de personas yacían postradas pidiendo compasión.</p>

<p>En 1890 los indios Plains, que habían perdido sus tierras y búfalos, se adhirieron a la religión de un mesías mestizo, cuya fe era una mezcla de creencias cristianas y amerindias. El nuevo mesías iba a castigar a los blancos por medio de una nueva fe basada en la Danza de los Espíritus. Si bailaban con fervor, renunciaban a toda guerra y amaban a todo el mundo, el búfalo volvería, los blancos serian barridos, los muertos resucitarían, y las tierras indias les serían devueltas. Mientras bailaban, solían cantar:</p>

<p>Volverá la caza del búfalo <br />
Haced flechas, haced flechas <br />
Dijo mi Padre, Padre, he venido <br />
Madre, he venido <br />
Padre, vuelve para darnos más flechas.</p>

<p>Los Sioux se vestían con túnicas decoradas con símbolos que, según creían ellos, desviarían las balas de los blancos. A fin de prepararse para la victoria, y de recibir en estado de trance más mensajes del Gran Espíritu, los hombres y mujeres bailaban en círculo. Tal vez la Danza de los Espíritus de los Sioux, igual que la danza circular de los Shakers, fuera una respuesta a la pérdida de contacto de su pueblo con la tierra, pérdida ocasionada por la Revolución Industrial.</p>

<p>Ella (Patti Smith) -asociaba la música rock con la extática Danza Circular de la religión de los Shakers, con el baile de los Derviches Danzantes de Marruecos, y con la Danza de los Espíritus de los amerindios.</p>

<p>En los años 50 surgió una nueva clase, una generación cuya misión no era producir, sino consumir; eran los teenagers. Liberados de la ética laboral a fin de no aumentar el desempleo posterior a la guerra, y liberados de la ética laboral puritana, su filosofía consistía en divertirse. Su religión era el rock and roll. El rock puso patas arriba los valores de la religión tradicional americana. Mecerse y contonearse (to rock'n'roll significaba practicar el sexo... AHORA.</p>

<p>Ahora hasta abajo del todo, menéate, pequeña, menéate <br />
Cariño, basta con que estés quieta en un sitio <br />
y te retuerzas un poquitín <br />
entonces lo has conseguido, sí<br />
Todo un montón de meneos. <br />
Menéate, pequeña, menéate <br />
Menéate, pequeña, menéate.<br />
-Jerry Lee Lewis</p>

<p><br />
Mi creencia en el rock and roll me daba una fuerza que no se parecía ni de lejos a la que pudieran darme otras religiones.<br />
-Patti Smith</p>

<p><br />
En 1957 Jerry Lee Lewis, que había ido al seminario, estaba hablando acerca de una canción, Great Balls of Fire, que Sam Phillips, propietario de la Sun Records, quería que grabara. Phillips, que fue quien descubrió a Elvis, deseaba fusionar la música country con diferentes géneros de música negra, a fin de crear una música para los teenagers. Lewis estaba escandalizado; la canción era una burla obscena de un spiritual negro que describía el Apocalipsis.</p>

<p>Jerry Lee Lewis: ¡D-I-A-B-L-O-S!<br />
Sam Phillips: No me lo creo.<br />
JLL: ¡Santo cielo, enormes bolas de fuego!<br />
Billy Lee Riley: ¡Eso es!<br />
SP: No me lo creo.<br />
JLL: Dice ¡Despierta, hombre! ¡A la alegría del Señor! ¡Nada más! Pero cuando se convierte en música mundana... eso es rock and roll.<br />
SP: Lo he analizado una y otra vez, de arriba abajo, y mira, Jerry, si crees que no puedes hacer cuando eres un intérprete de rock and roll...<br />
JLL: Se puede hacer el bien, Sr. Phillips, no me interprete mal...<br />
SP: No, espera, espera, escucha, cuando digo hacer el bien...<br />
JLL: ¡UNO PUEDE SER AMABLE DE CORAZÓN!<br />
SP (de pronto enfadado): No, hombre, no quiero decir...<br />
JLL: ¡Se puede salvar a la gente!<br />
SP: ¡Y tú puedes salvar almas!<br />
JLL (aterrorizado): No. ¡NO! ¡No, no!<br />
SP: ¡Sí!.<br />
JLL: ¿Cómo puede el DIABLO salvar almas? Pero ¿de qué está hablando? ¡Tengo el diablo dentro de mí! ¡Si no lo tuviera, sería cristiano!<br />
SP: Bueno, puede que lo tengas...<br />
JLL (luchando desesperadamente): JESUS! ¡Cura a este hombre! ¡Ha expulsado al Diablo, y el Diablo dice, ¿Dónde puedo ir? ¿Puedo entrar dentro de este puerco? Sí, entra en él. ¿No ha entrado en él?<br />
SP: Bien. Mira, Jerry: tener convicciones religiosas no tiene nada que ver con el extremismo. ¿Es que quieres decirme que vas a tomar la Biblia, que vas a tomar la palabra del Señor, y que vas a revolucionar todo el universo? Vamos, ¡escucha! Jesucristo fue enviado aquí por Dios Todopoderoso. ¿Acaso convenció, acaso salvó a toda la gente de la tierra? Jerry, lo que estoy tratando de explicarte es que si crees en lo que estás cantando, no tienes ninguna alternativa en absoluto, debido a... ¡ESCUCHA! ... debido a...<br />
JLL: Sr. Phillips, ¡me da igual! No se trata de lo que yo crea, es [como explicándoselo a un niño] ¡lo que está escrito en la Biblia!<br />
El rock, al desublimar la represión corporal, sexualiza la danza Shaker y la reunión evangelista. El rock está basado en el sexo, pero no ligado a la reproducción. Aumenta la fuerza de la sexualidad adolescente masculina, es antiedípico, se burla de la creencia paterna de que la represión sexual, el matrimonio y el trabajo son necesarios para la salvación. Mientras los héroes individuales del rock (los cantantes) son pecadores impenitentes, el grupo de rock es más bien una comuna autosuficiente. La guitarra y el piano usados en las reuniones baptistas y el meneo ritual de la Danza Circular de los Shakers se funden en una nueva música religiosa.</p>

<p>El credo del rock es divertirse. Divertirse es la base de su protesta apocalíptica. En otras épocas, los salvados miraban con esperanza a la batalla previa al juicio final. Ahora el Apocalipsis se convierte en perdición secular. Implica la destrucción total de la Humanidad. Los jóvenes consideran literalmente la posibilidad de que el mundo termine. La ética laboral produjo la bomba atómica. Debemos abandonarla.</p>

<p>Diversión, diversión, diversión. Puede que no dure, pero ¿qué nos importa? Mi amigo y yo sólo queremos pasarlo bien.<br />
-Patti Smith</p>

<p><br />
Los teenagers viven en un hogar aislado de los suburbios, en la época de la posguerra. Están unidos por medio de la radio, el teléfono, la televisión y el coche. A través de esos medios de transporte y, posteriormente, por medio de las drogas, los teenagers y el rock se comunican.</p>

<p>Eddie Cochran escribió una canción acerca de tres estrellas del rock, Buddy Holly, Richie Valens y Big Booper, que murieron trágicamente; de improviso, en un accidente de avión, camino de un concierto. La mitología del rock empieza ahí, con la deificación de una estrella del rock muerta como parte de un firmamento neorreligioso: el cielo de los teenagers. En ese nuevo cielo del rock juvenil, auténtico reino celestial, no hay infierno para castigar a los pecadores.</p>

<p>Los teenagers se rebelan contra el instituto, porque no quieren que los adoctrinen según los valores de los adultos.</p>

<p>Mira al cielo<br />
Ahí arriba, hacia el norte <br />
Tres nuevas estrellas<br />
Brillan con intensidad <br />
Con qué fulgor brillan<br />
Desde el firmamento, <br />
Vaya, os vamos a echar de menos;<br />
Todo el mundo os manda recuerdos.</p>

<p>Buddy, aún te estoy viendo<br />
Con aquella sonrisa tímida dibujada en la cara <br />
Parece que siempre llevabas<br />
El pelo bastante revuelto, <br />
Como fuera de lugar.<br />
Poca gente te llegó a conocer <br />
O a comprender lo que sentías<br />
Pero bastaba una canción tuya <br />
Bastaba una canción tuya<br />
Para derretir hasta el corazón más helado. <br />
Pero ahora cantas para Dios<br />
En su coro celestial Buddy Holly,<br />
Siempre te recordaré con lágrimas en los ojos.<br />
-Eddie Cochran</p>

<p><br />
En el cielo de los teenagers la adolescencia es un estado eterno. Los adolescentes son ángeles que no han cumplido los veinte, se parecen a los ángeles en el modo en que sus voces van desde el barítono viril hasta el falsete de chica, y porque sus cuerpos están sin terminar de formar y tienen caras angelicales. En la época victoriana, los adultos consideraban a los niños ángeles inocentes; los teenagers consideraban lo angélico como algo relacionado con el éxtasis de las primeras y más puras sensaciones sexuales. Ahora el sexo está verdaderamente liberado de la reproducción, de la responsabilidad familiar / social y de los roles masculino / femeninos.</p>

<p>La muerte es una forma de evitar crecer. El mito de James Dean es arquetípico. Llevar placeres momentáneos hasta su límite es una manera de trascender la historia y la muerte, y en un mundo condenado esto es, incluso, inevitable.</p>

<p>Llámame ángel de la mañana<br />
Tócame la mejilla antes de abandonarme <br />
Cariño, simplemente llámame ángel de la mañana, ángel<br />
Después gírate lentamente<br />
Y déjame...<br />
-Merrilee Rush (cantante) y Chris Taylor (letra)</p>

<p><br />
El rock es la primera forma musical que ha sido totalmente comercial y explotadora del consumidor. Es producida en enormes cantidades por adultos con el propósito concreto de explotar un nuevo y amplio mercado adolescente cuya conciencia trata de manipular a través de la radio, el material impreso y la televisión. El rock, siguiendo el modelo de Hollywood, tomaba a menudo a teenagers medios o cantantes establecidos de la música pop o ajenos al rock y los moldeaba para conseguir estrellas carismáticas de rock rodeadas de un elaborado culto a la personalidad. Pero, incorporada de forma ambigua, existe en el rock and roll una conciencia propia de que sí que es una forma comercializada y de que, por consiguiente, no debe ser tomada en serio por los jóvenes que escuchan la música. La naturaleza de esta postura comprometida se puede apreciar en la ironía de una canción como Johnny B. Good.</p>

<p>Los hippies abogaban por el amor como elixir mágico que uniría el Cielo y el Infierno; no distinguían entre amor y sexo, puesto que ambos conceptos ponen en tela de juicio las definiciones de hija o madre / padre de una familia burguesa. El amor como forma de romanticismo sentimental podría ser reemplazado por el amor universal.</p>

<p>El concierto de rock de los años sesenta, que combinaba las cualidades inductoras de estados de trance propias del rock y las drogas psicodélicas, llevaba a los intérpretes y al público a un viaje más allá de los límites de la vieja conciencia y dentro de la psique interior, del mismo modo que la invocación deliberada del Diablo por parte de los Shakers pretendía purificar la psique y disolver la conciencia individual. El concepto de pareja en el baile (por ejemplo en el vals o en el foxtrot) estaba asociado a la sociedad de sus padres y fue abandonado por los espectadores de conciertos de rock, que preferían un ritual inconsciente de danza colectiva.</p>

<p>Cuando un día caluroso, después de trabajar, estábamos todos desnudos echados a la orilla de una charca, me sentía orgulloso de nuestra comuna. Estaba enamorado de todos mis compañeros de comuna, tanto hombres como mujeres. Caminábamos y andábamos a caballo por los campos sin expoliar, y participábamos en la dulce visión proporcionada por la hierba. Y durante todo el día sonaba por el tocadiscos la música de la Nueva Sociedad de la que todos creíamos ser parte integrante. Deseábamos creer que la vida era sagrada, y por ello nuestro modo de vida tenía un carácter religioso.</p>

<p>Tenía la impresión de que estaba enamorado de mi mujer, y más aún debido al hecho de que no era únicamente mía. Y yo me sentía tanto más pleno y amado debido a que no pertenecía sólo a ella. También tenía un hijo que estaba empezando a estimar, y con quien comenzaba a sentirme cómodo.</p>

<p>Los hippies, que vivían juntos como una familia o acampaban en tiendas como las tribus indias, soñaban con un mundo anterior o posterior a las ciudades. Las drogas produjeron al principio una fantasmagoría artificial de la naturaleza, pero más tarde aquello se convirtió en un mundo dionisiaco de locura y terror.</p>

<p>Ella se convirtió en la María Magdalena del rock, de luto por las muertes de los héroes del rock de los años sesenta.</p>

<p>La muerte de sus ídolos de los sesenta llevó a Patti Smith a cuestionar el rock y sus contradicciones religiosas.</p>

<p>Las actuaciones en el club de rock y en el concierto de rock son una especie de iglesia, un santuario contra el mundo adulto. Los instrumentos automáticos y eléctricos liberan energías anárquicas en las masas. La estrella de rock está de pie en una postura inmolatoria contra el régimen del trabajo; su sacrificio es su cuerpo y su vida. Viviendo la vida y actuando hasta el límite, trasciende los valores del trabajo cotidiano. Pero esa trascendencia se consigue sacrificando su capacidad de convertirse en adulto. Debe morir, o perder la fama.</p>

<p>Yo y mi, e... madre, y mi padre, y la abuela y el abuelo, íbamos en coche por el desierto, al amanecer, y un camión repleto de trabajadores indios había chocado con otro coche, o... no sé, no sé qué había sucedido, pero había indios desparramados por la autopista, que se estaban muriendo desangrados. De manera que nos hicimos a un lado y paramos el coche. Fue la primera vez que sentí el regusto del miedo. Debía tener unos cuatro años; un niño es como una flor, con la cabeza flotando en la brisa, tío. La reacción que me produce pensar en aquello, mirar hacia atrás, es que las almas de los espíritus de aquellos indios muertos... quizá de uno o dos de aquellos... andaban campando por allí muertas de miedo, y de un salto se me colaron en el alma. Y aún siguen ahí.</p>

<p>Indios desparramados por la autopista desangrándose al amanecer. Espíritus que se amontonan en la mente del niño, frágil como una cáscara de huevo Indio, indio, ¿de qué ha servido tu muerte? El indio dice, de nada en absoluto. Los muertos son recién nacidos que despiertan. Con los miembros destrozados y las almas húmedas, suspiran lentamente; absortos en un asombro fúnebre ¿Quién ha mandado bailar a estos muertos? ¿Ha sido la joven que aprende a tocar la canción de los espíritus en su pequeño piano de cola? ¿Han sido los niños del desierto? ¿Ha sido el propio dios espíritu, tartamudo, alegre, charlando a ciegas? Os he invocado para ungir la tierra. Os he invocado para anunciar la tristeza que cae como la piel quemada. Os he invocado para desearos lo mejor, Para ver glorificar vuestro ego cual nuevo monstruo. Y ahora os invoco para que recéis.<br />
-Jim Morrison</p>

<p><br />
Las drogas proporcionan una premonición de la muerte, y por ello la devalúan. El miedo a la muerte había sido utilizado por la cristiandad para reforzar la moral tradicional. Los hippies estaban convencidos de que, de todas formas, cuando llegabas a los treinta morías simbólicamente.</p>

<p>De adolescente se quedó embarazada; repudió lo que aquello le hizo a su cuerpo.</p>

<p>Femenina. Sentirse masculina. Desde que sentí la necesidad de elegir siempre he elegido lo masculino. Sentía ritmos de chico ... Los pechos que me estaban saliendo eran una pesadilla. Enfadada, me corté el pelo y me arrodillé con ojos vidriosos ante Dios. Le rogué que me situara dentro de mi propia raza bárbara. La raza masculina que yo había elegido. A modo de respuesta, me inyectó todas las características propias de mi género. Sensual. Lasciva... Hinchada. Embarazada. Me arrastro por la arena... y doy zarpazos como una perra... Como una perra.<br />
	-Patti Smith</p>

<p><br />
Lamento por mi polla <br />
inflamada y crucificada <br />
Quiero conocerte. <br />
Adquiriendo sabiduría conmovedora <br />
Puedes abrir muros de misterio, <br />
Espectáculo de striptease. <br />
Guitarrista, <br />
Antiguo sátiro sabio, <br />
Canta tu oda a mi polla.</p>

<p>Acaricia su lamento.<br />
Ponte rígido y guíanos, estamos helados.<br />
Células perdidas,<br />
El conocimiento del cáncer,<br />
Para hablar al corazón<br />
Y conceder el gran don:<br />
Palabras Poder Trance<br />
Frase tras frase<br />
Las palabras son lamento curativo<br />
Ya que la muerte del espíritu de mi polla<br />
No tiene sentido en el fuego débil<br />
Fueron las palabras las que provocaron mi herida</p>

<p>Y ellas serán las que me curen. <br />
Si tú lo crees. <br />
Todos se unen ahora para lamentar la muerte de mi polla <br />
Una lengua de conocimiento en la noche emplumada. <br />
Los chicos se vuelven locos de la cabeza y sufren, <br />
Aquel amigo estable y las bestias de su zoo, <br />
Chicas de pelo revuelto, <br />
Mujeres floridas en su apogeo, <br />
Monstruos de piel.</p>

<p>Todos los colores se unen <br />
para crear el barco <br />
que se mece en su curso. <br />
¿Puede algún infierno ser más terrible <br />
que el presente <br />
y la realidad?</p>

<p>Le apreté los muslos y la muerte sonrió.<br />
-Jim Morrison</p>

<p><br />
Patti anduvo especulando sobre una nueva definición de lo femenino que redefiniera la postura sumisa de la mujer en el rock. De manera diversa, se proyectaba como lesbiana, andrógina, mártir, sacerdotisa, Dios femenina.</p>

<p>Los intérpretes de rock liberan energías anárquicas y proporcionan una base de estado de trance hipnótico y ritual para el público de masas, y de manera especial cuando tanto los músicos como el público están bajo la influencia de drogas psicodélicas. Tales actuaciones sugieren el arrebato de las reuniones en tiendas de campaña o la búsqueda deliberada del diablo por parte de los Shakers a fin de purificarse y asegurar la comunión con Dios.</p>

<p>La estrella de rock atrae igualmente a ambos sexos y estimula la identificación del público con la ratificación narcisista de la autosexualidad que le es propia al cantante.</p>

<p>A pesar de que la estrella de rock masculina ha absorbido las técnicas de seducción femeninas del narcisismo y la coquetería, su fuerza radica en última instancia en su presencia fálica.</p>

<p>Morrison usaba a menudo el concierto de rock para representar el mito de Edipo. Luchaba contra los lazos represivos del complejo de Edipo.</p>

<p>Morrison pensaba que el rock había muerto porque se había convertido en puro espectáculo. La base de aquel espectáculo era la potencia del rockero fálico. ¿Qué ocurriría si violaba el tabú que prohibía la exhibición del pene, pero que paradójicamente hacía que la voz electrificada del cantante solista sonara fálicamente potente? Exhibiéndose en el escenario (mostrando el pene al público en un concierto que dio en Miami en abril de 1969) y exhibiendo de aquel modo la base del espectáculo de rock, Morrison quiso dejar al descubierto los deseos corruptos del público. En aquel rito, que pretendía cuestionar la mística del rock como espectáculo, Morrison decidió reconstituir el complejo de castración. A través de su propia emasculación, Morrison expresaba su deseo por ver al rock provocar la destrucción del orden edípico. Y, de hecho, cuando se expuso su pene al público, la potencia de Jim como figura del rock quedó inmediatamente destruida. Su gesto. de mostrar aquello destruyó su anterior aura de misterio fálico; el falo se había convertido -Morrison se había convertido- en algo patéticamente físico.</p>

<p>Cuando ella y su padre vieron a los Rolling Stones en la televisión, él les gritó y ella se puso a cien y tuvo su primer orgasmo. Se identificó con la sexualidad no edípica que les era propia. Una chica sentía poder; un chico podía revelar su lado femenino. Dylan. Tocaba... con tal urgencia. Como si su línea vital estuviera construida sobre pilotes. Como si le dolieran los nervios. En aquel momento me afectó enormemente. Verlo vestido con un mono a cuadros. Ver de qué forma tan explícita descansa una guitarra en la polla de un hombre.</p>

<p>Rechazó las simplicidades de la falsa arcadia de los sesenta en favor de las realidades de la ambigüedad de la violencia urbana de los setenta. También aceptó que el rock y la violencia deben coexistir. La suya fue la primera manifestación de rock punk.</p>

<p>Cuando tomé una guitarra en la mano supe que había encontrado lo que había estado buscando.<br />
-Patti Smith</p>

<p>Hay un montón de gente que aprecia el rock and roll o simplemente cree en... la posibilidad de que lleguemos a un punto en el que tengamos un ritmo armonioso. El rock and roll... está adquiriendo fuerza en todo el mundo... La gente está volviendo a tomar en consideración el rock and roll... Quiere bajar al nivel de los ritmos; quiere arrastrarse como un perro, o quiere elevarse. Quiere sentir algo... Esa es la forma artística del futuro. Esos jóvenes -esos estigmatizados para Dios- van a alzarse... Deberíamos... analizar esa fuerza... relajarnos, comprender que el rock and roll se está haciendo cada vez más potente...</p>

<p>Todo el mundo dice que el arte ha muerto o que la escultura está acabada. Me importa un bledo. Para mí el rock and roll es el estadio del pterodáctilo; y es nuestro, y va a seguir subiendo y subiendo cada vez más.<br />
-Patti Smith</p>

<p><br />
La religión de los teenagers de los años cincuenta y la contracultura de los sesenta fueron adoptadas por los artistas Pop, quienes propusieron el fin de la religión del arte por el arte. Patti llevó aquello un paso más adelante: el rock como-forma artística que llegaría a incluir la poesía, la pintura y la escultura (la vanguardia), así como su propia forma de política revolucionaria. Warhol y otros artistas Pop habían llevado la religión artística del arte por el arte a su fin. Si el arte era sólo negocio, entonces el rock expresaba el anhelo trascendental y religioso de un sentimiento estético compartido y ajeno al mercado que el arte oficial negaba. Durante cierto tiempo en los años setenta, la cultura rock se convirtió en la religión del mundo del arte de vanguardia.</p>

<p>Tu padre... ¿sabes lo que ha dicho tu padre?<br />
	¿Sabes lo que ha dicho tu padre?<br />
Ha dicho,<br />
Ha dicho,<br />
"Vaya, hace seis días era una niña encantadora; y ahora está con una pistola en la mano."<br />
-Patti Smith, citando el "Hey, Joe" de Jimi Hendrix</p>

<p><br />
Las mujeres tienen una capacidad especial para emitir sonidos animales, debido al hecho de que proferimos sonidos completamente animales cuando damos a luz; aúllas como una loba, no lo puedes remediar, es algo que viene de muy lejos, viene de tan lejos que no sabes de dónde viene.<br />
-Patti Smith, 1979</p>

<p><br />
Mientras cantaba Ain't It Strange, Patti, dando vueltas en el escenario, tropezó con un cable. Se cayó de cabeza sobre el suelo de cemento que había cuatro metros más abajo. La llevaron a un hospital, y allí las radiografías mostraron que tenía varias vértebras rotas. Con el cuello escayolado, pasó varios meses entre grandes dolores; sufrió parálisis temporal. Tres meses más tarde, Patti dio su primer concierto tras la caída. Tuvo que llevar el collarín puesto y restringir los movimientos que hacía en el escenario.</p>

<p>mano de Dios siente el dedo <br />
mano de Dios empiezo a dar vueltas <br />
mano de Dios no me estoy quieta <br />
no te marees <br />
no te caigas ahora <br />
gira y gira como un derviche <br />
gira, Dios, haz un movimiento <br />
gira, Señor...</p>

<p>Se veía a sí misma como un DIOS femenino.</p>

<p><br />
</p>]]>
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    <title>Todas las fiestas del futuro: Cultura y juventud - José Luis Brea</title>
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    <published>2008-05-29T16:47:05Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:06:28Z</updated>
    
    <summary>Os adjunto el artículo en un archivo adjunto para descargar...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>Os adjunto el artículo en un archivo adjunto para <a href="http://joseluisbrea.net/estetica/fiestasfuturo.pdf">descargar</a><br />
</p>]]>
        
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    <title>El espíritu de la música - José Luis Brea</title>
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    <published>2008-05-29T16:45:31Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:07:27Z</updated>
    
    <summary> &quot;¿Adónde se ha escapado ahora el espíritu formador de mitos propio de la música? Lo que de la música queda todavía es, o bien música para la excitación, o bien música para el recuerdo, es decir, o bien un...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p> <br />
<blockquote>"¿Adónde se ha escapado ahora el espíritu formador de mitos propio de la música? Lo que de la música queda todavía es, o bien música para la excitación, o bien música para el recuerdo, es decir, o bien un estimulante para nervios embotados y gastados, o bien pintura musical". Friedrich Nietzsche (1)</blockquote></p>

<p>Sientes que te abraza por dentro, que te desgarra y rompe. Ella te hace sentir que no cabes en tí, que deberías habitar más lugar. Sientes cómo el nudo de la garganta crece y un dolor físico y brutal, un dolor por el mundo y por tu ignorancia, te golpea y golpea, reinando en el tiempo. Es suyo cada instante, el misterio del instante: ella, la música, recrea el pasar del tiempo no dominable por tu pensamiento, para hacérselo asequible. Te mantienes ciego y escuchas: el tiempo te atraviesa, te recorre, te desmenuza y se lleva de tí, como si fuera un viento constante y dulce, cada partícula del nombre que creías te era debido. Tu nombre, como palabra que el viento del tiempo -arrastra leve.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Sientes el escalofrío que te recorre a fulguraciones, a estallidos. Las lágrimas afloran -y la más dulce felicidad que nunca has sentido se agolpa como un dolor, casi brutal, como un dolor perfecto. Te he visto llorar cantando como un poseso con el coche lanzado a cientos de kilómetros por hora por paisajes absurdos, deshabitados, el cielo cubierto de nubarrones oscuros. Te he visto llorar bajo una ducha de lágrimas días y días, cuando en tu primera adolescencia aquellas imágenes en blanco y negro de buscadores de playas que arrancaban adoquines se te mezclaban con la noticia, difícil para tí de evaluar, de la separación de unos Beatles a quienes nunca antes habías escuchado. Días y días tus lágrimas sabían dulces que el tiempo pasaba por tí, y que aquella canción que repetías como un mantra, en un idioma que entonces te era desconocido y parodiabas sonrojado a tus pocos amigos, para que te ayudaran a explicarte quiénes la cantaban, qué podías hacer para escucharla siquiera otra vez, en tu vida, que aquella canción -all you need is love, Lennon con los auriculares puestos mientras grababa y jovencitas desmayándose al verles bajar de los aviones o las limousines- que aquella canción te había hablado por primera vez en tu idioma. Allí estabas tú, frente a tu vida desnuda, inexplicada, silente. </p>

<p>Aquellas canciones de Neil Young -perfectas. Poemas que reescribías traducidos y susurrabas al oído de jovencitas que se te entregaban rendidas, cuando el aire, el mar, la conversación, dibujar o garrapatear sueños, todo era cómplice de un mismo programa de apropiación del mundo, de autohallazgo. Tardes enteras sucediéndose el mismo disco, tardes enteras con la nuca pegada al tremendo altavoz, iniciándote en los ritos espesos de la apropiación de identidad. Grabar, poseer, intercambiar las claves, reunirse tardes y tardes y, tras cruzar siempre el mismo parque, llegar al lugar en que la única conversación -mientras la música siempre sonaba- se centraba en comprender y asimilar en qué consistía -lo que el viejo Burroughs llamaba- "el trabajo". Dejarse desgarrar: ¿primero transformar el mundo o las conciencias? Y si nada queda de todo ello, ¿es que ha llegado el día fatídico, el día en que la música ha muerto? O tal vez será, mejor, que ella estaba hecha para hablar sólo a los oidos de aquellos cuyos ojos todavía empiezan a abrirse al mundo -y eso otro que escuchas todavía, como una nostalgia, habla ya otra lengua, una menos herida, una que se ha sometido a la pecaminosa regla de la decepción -¿ornamento y delito?</p>

<p>Reencuentra la música -sólo ella tiene el poder del espíritu, sólo en ella el espíritu no es ficción maldita, engañosa. Sí: si tuviera algún poder para decidir el destino moral de mi hijo no dudaría en forzarle a amarla por encima de todas las cosas, a habitarla en cada uno de sus pensamientos y los movimientos de sus ojos, de sus manos, de sus respiraciones. Que tu pensamiento, en cada instante, cante.</p>

<p>#</p>

<p>Que cante, todas las mañanas del mundo -y nunca pregunte para qué: pues sólo ella tiene la respuesta. "No, no es para el rey -pero tampoco para dios: dios habla. Tampoco para el oro o la gloria, ni tampoco para el silencio -que no es sino lo contrario del lenguaje. No es para entregarle nada a lo invisible, sino si acaso por dejar alguna lágrima por los muertos, por aquellos a quienes el lenguaje ha abandonado, por la sombra de los niños, por el cuerpo de mármol de los cadáveres, por aquellos estados que preceden a la infancia, cuando aún carecíamos de pensamiento, cuando aún no habíamos visto la luz ...". Es por todo ello -y aún por hacerle un guiño a lo mineral de toda vida, por decirle a esa caducidad de todo que nos atraviesa a cada instante que sabemos cuál es su ley, y sentimos un escalofrío al pronunciarla mudamente -y si acaso, por dejar para la eternidad flotando un rastro borrado, pero imperioso, que se aleje desvanceciéndose al infinito -pero sin agotarse nunca.</p>

<p>Toda la infinitud de músicas que puebla la memoria, todas las horas de todos los días, de todas las vidas en cada vida, toda la saturación de los minutos, acompañados por la música, siempre la música sonando, los años sucesivos. No el sedimento del gusto -qué importa el gusto- sino el acumularse de las arquitecturas del pensamiento, la tensión de la biografía. Ser uno sus músicas, cada una de ellas agazapadas en un rincón abstracto de la memoria, cada una de ellas organizando las formas primeras del pensamiento, aún más que las primeras percepciones genéricas del espacio. Se piensa en música, en esa extraña arquitectura preformal del pensamiento que ella articula. Los pensamientos más perfectos siguen su ritmo, su tensión, su figura abstracta. La música es la biografía más pura y verdadera de las almas, el residuo de las incidencias que nos configuran -como lo que somos, nuestra limitación, lo que nos es dado comprender, amar. Música y carácter, memoria y destino.</p>

<p>#</p>

<p><br />
"Mysterium tremendum" -asegura Steiner-, "ninguna teoría del sentido o el sinsentido puede ser válida si esquiva la música". Pero cómo: ¿no es precisamente la música lo que esquiva -a toda teoría del sentido o el sinsentido? Mejor, seguramente, aquella "ponderación misteriosa" de que hablaba Gracián ...</p>

<p>He aprendido a cantar sintiendo la tensión de los órganos, su movimiento. Cuando hablo, soy incapaz de percibir -siquiera como una anotación periférica- que mi cuerpo "actúa". Sin embargo, en el canto, todo es percepción de gestos, de movimientos de órganos, de actividad efectiva del cuerpo. Allí sé que el pensamiento es pura movilidad física, materialidad absoluta. Aire modulado por la presión de los órganos. Gesto. Puedo imaginar aquella sinfonía muda que Yoko Ono invitaba a reconocer -"cuando un violinista toca, cuál es la verdad radical del acto: el sonido que escucho o el gesto que él realiza". A menudo he contemplado conciertos enteros con el volumen anulado. La arquitectura perfecta de los gestos, su simetría articulada, es la réplica exacta de las figuras que el sonido en el aire deja, es ella misma en una total plenitud a la que nada ya falta: toda música es también acontecimiento visual, fantasma encarnado, tensión visible de la forma, estricta realidad material.</p>

<p>Es por esto que es cierto que la música es prueba de fuego para toda teoría de la representación: pero no porque haya que explicarla en relación al sentido o el sinsentido -sino porque en ella se hace evidente que tal cuestión, del sentido o el sinsentido -magistral la enseñanza del Señor de Saint-Coulombe: el silencio no es más que otra cara del lenguaje-, es absolutamente secundaria, espuria. Frente a otra que es mucho más primaria, más primordial. La de la eficacia en la circulación intersubjetiva de la producción de formas -y cómo ella se liga a la pura movilidad colectiva de las intensidades, de las tensiones de las almas, en una relación totalmente asentada en el tiempo, sometida a la cruel e irrevocable tiranía de la ley del "tiempo real". Es por esto, sí, que la música es experiencia primordial, el "experimentum crucis" frente al que toda comprensión de la representación -y de lo que el pensamiento es- se juega el monto total de su potencia.</p>

<p>#</p>

<p><br />
Es conocida la anécdota según la cuál a la petición de que explicara el significado de una pieza que acababa de tocar, Schumann respondió tocándola de nuevo. La música se tiene toda a sí misma, el suyo no es un sistema subsidiario del que ordena el del resto de la vida psíquica, de la totalidad de la vida de los hombres -pues las formaciones del espíritu objetivo organizan la totalidad de los mundos de vida. La música habita otro espacio -y pedir su traducción a palabra, que su "interpretación" se desplace a los órdenes del discurso, del habla, es tan ciego como equívoco. Lo que la música es -es justamente ese resto radicalmente intraducible, que por ello puede precisamente habitar el fondo más remoto de nuestro alma. No hay otra interpretación posible de una partitura que la que el ejecutante practica. Hablando de música es ciertamente inabordable otro sentido de la palabra "interpretación" que el que significa tocarla, hacerla real, existente: ejecutarla ...</p>

<p>#</p>

<p><br />
"No existen hechos, sino interpretaciones". Repensemos la lúcida divisa nietzscheana interpretándola ahora en términos musicales. Imaginemos que el pensamiento toca, juega: que se pasea por el mundo no reproduciéndolo, sino efectuando en su rozamiento melodías, puras figuras sonoras. ¿Como expresa entonces el pensamiento al mundo? Como una caricia, como el arco a la cuerda del violín. Ninguna verticalidad: sólo ese rozamiento, esa fricción cálida -y el canto que resulta. Que no existen hechos significa entonces: que en su esencia el pensamiento no es figura, pintura -y aún ni siquiera palabra. Sino música, ese dibujo puro que se traza en los rincones secretos del alma, como un gotear extraño -que se percibe en los músculos internos del cuerpo. Pues es en la materialidad radical del cuerpo, sí, donde el pensamiento esencial vibra, irrepetible en cada una de sus modulaciones.</p>

<p>Que no existen sino interpretaciones significa entonces, también, que no existe "la interpretación", la "buena" interpretación -para entonces la llamaríamos: hecho. Así, el "no existen hechos, sino interpretaciones" dice tanto como el "no hay interpretaciones, sino solamente malas interpretaciones" de Harold Bloom. La interpretación no puede ser sino ejecución de la diferencia -pero ¿es otra la esencia de lo musical?</p>

<p>#</p>

<p><br />
Glenn Gould sentado (¿tumbado, recostado?) al teclado. Indudablemente, esto no puede ser una sala de conciertos. El concierto es, todavía, demasiado conversacional: la sacudida eléctrica que nos recorre la espalda, el escalofrío, el fino hilillo de adrenalina que serpentea por nuestra columna -todo ello se hace demasiado cómplice de una ilusión. Diríamos: la ilusión, loca ilusión, de la aprehensión, de la plenitud de la presencia. La simultaneidad -de escucha y ejecución, como en el habla- es engañosa, recarga el aire de electricidad. El aplauso es inmundo, es entrega a la ilusión, al engaño.</p>

<p>Es preciso escuchar con bisturí, con maldad. Pero no para conocer los fallos, los errores -¿hay errores?- o las imperfecciones: sino para saber que escuchar -es también interpretar. No puede haber dos audiciones idénticas -como no puede leerese dos veces el mismo libro. El pensamiento sube y baja, se tensa o distiende, son millares sus juegos y registros, sus momentos: nunca se ajusta con la misma pregnancia a los mismos pasajes. El que escucha también toca los pedales -terribles dispositivos de la sensiblonería babosa. Así, lo que más importa es entregarse al despiadado juego del experimento, de la desnudez. Al igual que lo hace el músico, asomado al abismo de las posibilidades infinitas.</p>

<p>¿Cómo extirparse a uno mismo, todas las adherencias con que el propio ruido -el que el existir hace- ensucia la ejecución? ¿Es preciso hacerle esta guerra santa a la interpretación -como si la música pura pudiera realmente llegar a ser?</p>

<p>Y si pudiera, ¿dónde se daría? ¿En el "espacio mental"? -según la enseñanza schumanniana: "acostúmbrese a pensar la música en su propio interior, sin la ayuda del piano. Sólo así la fuente mental fluye con una pureza y una claridad cada vez mayores".</p>

<p>No es allí, en todo caso, donde Gould la imagina. Todo el ruido del cuerpo, incluso el canturreo que reproduce la voz mental, es olímpicamente ignorado, como un residuo que no estorbara, un resto sin importancia. Impresiona conocer el febril trabajo de producción del que resulta la grabación del 55 de las variaciones Golberg -21 tomas recortadas y recompuestas para el aria: 1 min y 51 segundos de resultado- y ver que el sonido no es en absoluto limpiado de los ruidos "físicos". ¿Qué es entonces lo que se trata de "limpiar"? ¿De qué habla Gould cuando declara: "si no hubiese borrado, toma tras toma, toda expresión supérflua, habría sido imposible situar el Aria en un orden de ideas suficientemente neutro para que no prejuzgara la profundidad del desarrollo que prosigue en la obra"? Seguramente de los énfasis interpretativos, del expresionismo incluso involuntario, de los rastros de la subjetividad. Es de la misma "fuente mental" de lo que hay que limpiar la música, para lograrla suficientemente neutra, pura. Hay que librarla de los altibajos del pensamiento, de las economías de la intensidad que sacuden al yo. La música ha de estar allí exenta, sin sujeto. Es un error pensarse -como ejecutante, como audiencia- en la música: ella es precisamente una "ocasión de desaparición". Toda la fobia gouldiana al contacto físico, a la sexualidad en la música, tiene este objetivo. Que la música esté -y donde ella aparezca todo rastro de sujeto pueda verse borrado.</p>

<p>Sólo de esta forma, además, la "interpretación-sin-intérprete" puede en efecto coincidir con la "interpretación infinita", virtualidad pura. Sólo de esta forma, además, el grado cero de ejercicio de la escritura musical es, al mismo tiempo, "no- interpretación" y "todas las interpretaciones posibles". Esas variaciones Golberg -por fin perfectamente neutras, anónimas, incantables, históricas-, pero tambien todas las otras infinitas posibles.</p>

<p>#</p>

<p><br />
Manejemos otra hipótesis: que el territorio para ese darse puro de la música sea su escritura -recordemos que Gould advertía con una seriedad que siempre resultaba difícil creer: "no soy pianista, sino escritor". Aceptándola, queda todavía por dilucidar qué significa en música hablar de escritura. Desde luego, no hablamos de la partitura -de la que el propio Gould aseguraba no era sino "uno de los parámetros de la interpretación"-, sino de la misma calidad material de la música. La escritura de la música se produce en el aire, es sonido -en el tiempo. Es exterioridad radical, estricto acontecimiento. Materialidad absoluta que resiste a toda subsidiarización -la música, en efecto, no puede ser pensada como pantógrafo de algún otro sistema "significante". Así, es arqueoescritura, una escritura que no "traduce" a signos materializados -no es, evidentemente, una escritura alfabética, suplemento del sistema de sonidos regido por el habla- otro orden de enunciaciones. Sino que es un sistema primario, primero, no traducible -puesto que no es a su vez traducción de ninguno anterior.</p>

<p>Es en ese sentido que se explica que Benjamin haga aparecer su reflexión sobre la música -en el contexto de su análisis del Barroco- sólo precisamente cuando ha llegado a tematizar plenamente el encontronazo de palabra e imagen en el ámbito de la escritura. Es precisamente cuando lo discursivo y lo visual se vuelven mutuamente intrusos, en el orden de la experiencia alegórica, cuando aparece -como escritura máximamente pura- la música. La no asociatividad directa, la no inmediatez, del significado a la enunciación, se expone con la máxima radicalidad en la música. Ella no es sino escritura, y escritura embargada de materialidad absoluta: nada en la música consiente ser sometido a los dictados de una economía de la representación.</p>

<p>Pero además: la escritura que la música deja en el aire consume su existencia en la delgadez del instante. Si de la naturaleza podía decirse, por su impermanencia, que ella era necesariamente alegórica -con cuanta más razón de la música, cuyo escribirse en el tiempo sólo honra a la memoria en tanto que ésta lo es de pasajereidad, de contingencia. La música, podemos decir, nos excusa de dejar rastros engañosos. Si toda escritura es testimonio de impermanencia -y pensar que la escritura es resistencia al paso del tiempo es tan ridículo como no darse cuenta de que a lo que ella nos entrega es al imperio de lo inexorablemente pasajero: pues toda escritura queda pendiente de lectura y toda lectura es ejercicio de la diferencia- la música lo es doblemente, pues sus propios dibujos en el aire tienen por materia misma la de la caducidad. </p>

<p>La música no es sino presente encarnado -volátil por tanto. De ahí que toda música no pueda ser sino melancólica, expresión del sentimiento de contingencia, testimonio de la temporalidad insuperable. Al igual que toda alegoría lo es de la caducidad, toda música es, necesariamente, tombeaux. Lo que en ella se enuncia pertenece siempre, y para siempre, a ese lugar en el tiempo que, irrevocablemente, ya ha dejado de ser. Este es su extremo y único -poder teológico.</p>

<p>Al igual que la pintura, como pictografía, revela la verdadera naturaleza de la escritura -como materialidad radical- la música desnuda el verdadero ser del habla: la música es palabra en grado cero. Aquel poder de investimiento que los pensadores de una mística del nombre -Böhme, Benjamin mismo- le querían a una lengua pura sólo se encarna en la palabra cantada, en la figura de una forma materializada en sonido. Que todo verbo es sonoridad rala, y por tanto arbitrariedad radical, es verdad que, como desafío del orden más profundo del conocimiento de lo espiritual, se aparece en el misterio de la música. Las palabras en los sueños, el chiste, o en el balbuceo primero de los niños -son canto. Aprendemos el lenguaje -lo adquirimos, lo memorizamos- como memoria formal. Encadenar los significantes, insertarlos en redes intercambiables, es un juego de memorias melódicas, tonales, tímbricas. No hay un lenguaje atonal -que pueda llegar a aprehenderse. Aquella dificultad de tararearlas que Boulez atribuía a las variaciones Goldberg -y es lo radical del experimento vanguardista en su totalidad- es lo que las señala como conocimiento del límite: la música nos enfrenta al autoconocimiento radical del ser materialidad pura todo nuestro uso del verbo.</p>

<p>#</p>

<p><br />
La belleza de la música reside en este constituirse como experiencia extrema de la forma pura. Toda adherencia de significancia a su mero juego de materialidades sonoras pertenece ya al orden de lo que debemos categorizar como "ponderación infinita". Y hasta llegar a una intuición de su valor, como economía global del rendimiento de un campo regulado, su desafío nos interpela con la fuerza de, ciertamente, un "misterio tremendo". Ese autoconstituirse con la fuerza de un valor -pues, en su convocatoria a la memoria, ella se vuelve intercambiable- desde la inabordable soledad de su extrema afirmación de ser algo que incontestablemente existe, "está ahí" -es lo que la hace aparecer como "intención de significar". Huella o envío, rastro imborrable de espíritu -producto de una decisión arbitraria que convoca a otro sujeto a su repetición (sea como sea, nunca podemos eliminar la posibilidad de que ese signo/gesto/forma que ha sido "dejado ahí", y aún resuena en nuetra memoria con toda su capacidad de seducción, haya sido el producto de una intención, de una voluntad). El misterio del significado investido en la forma pura, vacía, se afirma en la naturaleza del estribillo. Música es un gesto dejado en aire -que otro usuario de las formas de comunicación se siente tentado a reproducir. El episodio adamítico de la nombración del mundo se cumple según un ritual parejo. Cada una de las palabras que utilizo han atravesado en su historia mística esta ceremonia -de orden antropológico. Puestas en el aire de su extrema arbitrariedad, las palabras no son más que sonidos que han tentado a un otro a repetirlas. Nombran eficazmente el mundo porque un juego de voluntad ejercido en la extrema soledad de lo arbitrario alcanza a tener la necesaria fuerza de seducción como para ser colectivamente aceptadas como convenciones. El misterio de la música se refiere al poder de la voluntad -para ejercerse en el campo del poder, de la interacción de los usuarios. El espíritu de la música es, desde luego, expresión de la primariedad absoluta en todo lo humano de esa tensión específica que ha sido denominada voluntad de poder. Nombrar el mundo es su juego -y el canto nos ha sido dado para que nunca olvidemos que ése es nuestro poder. El poder de crear, de modular el mundo como expresión radical y absoluta de la -por más que desorientada en su ejercicio autónomo- voluntad pura.</p>

<p>Pero es engañoso poner de un lado la voluntad y de otro la representación, la eficacia de la representación. De un lado lo figural del lenguaje y la pintura -y de otro la pura tensión de los afectos que se manifiesta como ejercicio radical de la voluntad en la música. Pues aunque en ella se nos reaparezca la futilidad insuperable de todas las convenciones de la representación -aunque en ella haga aparición todo lo que en el orden de los intercambios se debe a un ejercicio tan gratuito como violentamente afirmativo, aunque en ella se desvele lo inconstituido mismo de todo lo humano, el hecho de que ello no se aparece en la historia del mundo sino como arbitrariedad pura- también en ella se revela, pues se cumple, el ciclo completo que conduce a su asentamiento social. Así, si la música remite a lo dionisíaco del hombre, a la memoria de su origen inconstituido en el seno de las convenciones de la representación que regulan plenamente su ser en la historia (y la ciudad), también debemos encontrar en la música el principio que permite su asentamiento: el principio apolíneo que prefigura a la música como estado equidistante de la embriaguez, el sueño -y la representación: como potencia formadora de mitos, como dispositivo introductor del origen de la eficacia misma de lo apolíneo. La música es otra cosa que diferencia pura: es la estructura mnemónica que consiente el asentamiento de todo aquello que ella niega -la representación-, de todo aquello que ella muestra imposible -la repetición de la diferencia. La música, como voluntad pura, se afirma allí donde ella misma es capaz de autonegarse -de instaurar el mismo orden en que todo de lo que ella es memento se pierde como una memoria oscura. Pero todo su poder formador de mitos -articulador de formas de vida, órdenes civilizatorios, regulaciones de las estrategias de la representación- no supone la más mínima merma de su poder para secretamente mentarnos ese orden otro, anterior a todo orden o desorden, en que ella actúa como eficacia única. Quizás sea sí, el tiempo, en que no es la potencia formadora de mitos de la música lo que cumpla echar de menos: sino su radical potencia destructora de las construcciones arbitrarias que de esa anterior potencia se nutrieron, para dinamizar la totalidad de la vida de los hombres según regulaciones estabilizadas. Tal vez intuir esto le habría llevado a Nietzsche a entender de forma radicalmente distinta a Wagner -y aún le habría ahorrado a la historia de la música contemporánea (y hablo del destino irrevocable de las vanguardias) demasiados titubeos. Demasiados pasos atrás. Llega el momento: ni uno más.</p>

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Hay algo que nos resulta intolerable en el desprecio de la música "culta" por -pese a que ese desprecio está en casi todo lo demas más que justificado- la popular. Lo que en ella queda de violencia mayor que no se sacrifica a la retención complaciente de los lugares comunes y estabilizados que su economía de formas perfila como un calco del ordenamiento simbólico que ella pantografía -aquello que en ella no es para la "excitación o el recuerdo"- sino a la memoria de su poder teológico-político. Asumiendo el riesgo de pedantería monstruosa que una generalización como la que voy a hacer conlleva, me atrevería a asegurar que esta injusticia despectiva sólo se refiere en nuestros días al rock and roll -y aún a ciertas zonas específicas de cumplimiento de éste: a esas en las que aparece la tensión inabordable que vibra en los trabajos oscuros de la Velvet, en la inaceptabilidad del sonido sucio de los NY Dolls o el Forest de The Cure, en la elementalidad autosaboteada de los trabajos de Joy Division o en las calidades extremas del Goo de Sonic Youth. Todo el resto de la música popular es mera concesión al imaginario formal estabilizado -y el desprecio no sólo de la música "culta", sino incluso de la teoría culta de la música (desde el mismo Adorno) es políticamente necesario. No cedamos el mínimo grado de tolerancia para una música que se consagra al bienestar y la perpetuación de lo que ya existe: es preciso exigirle a la música, a toda música, las virtudes legendarias de las trompetas de Jericó. El poder de derribar los muros que amparan un orden civilizatorio, el poder de interrumpir la historia, el poder de convocar otro imaginario absoluto, otro orden de la sensibilidad y el ser, otro lugar del pensamiento y la experiencia, otro testimonio del conocer del hombre. Y si él se nos presenta inconciliable con el habitar complacido este específico darse las formas de ser de lo humano, dejémonos arrastrar a ese escalofrío: es la seña de un potencial verídico: él nos dice la verdad extrema de lo que -y ahí dionisio se manifiesta como un estado nunca cancelado- no siendo, somos rotundamente.</p>

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Hagamos ahora justicia distributiva: hay algo que necesariamente debe aparecérsenos detestable también en toda la "música culta" -igualmente, podríamos hacer excepciones, momentos en que la tensión de experimentar su límite ha llevado a la contemporánea también a acariciar su potencial teológico-político: en Schoenberg y su sucesión en Viena, en Cage, Varesse o Stockhausen, en Nono o Boulez, en Reich o Schnittke- y ese algo es su extremo formalismo, su incapacidad para incidir en la vida, para transformar sus mundos. Seguramente, el divorcio de las familias de hallazgos máximos que caracterizan el siglo -conceptual, minimalismo-serialiasmo y pop- está en el origen de esa brutal incapacidad de la música contemporánea para resolverse como potencia de transformación. El rechazo academicista de la música contemporánea -salvando las excepciones mencionadas- hacia todo lo que suponga un reflejar los mundos de vida, y un contener los órdenes simbólicos sobre los que se apoyan las forman institucionales que los articulan, constituye su mayor freno para desarrollar un programa efectivo de la vanguardia que pueda trascender la mera investigación formal -tanto es así que rápidamente ha llegado este programa a experimentar su agotamiento, levantándose la veda dictada contra la reacción conservadurista neobarroca, neoromántica, o, en general, "biensonante", con demasiada condescendencia. Sin duda, la experimentación en el orden de la disonancia -como figura capaz de recoger el desgarro de una forma de expresividad que autorresiste a su agotarse en la apariencia estética- define un programa de investigación radical irrenunciable. Sin embargo, la incapacidad de este programa -de investigación en lenguajes: en los límites de los lenguajes- para dejarse contaminar por los hallazgos conceptualista y pop constituye su mismo límite. Es preciso explorar esas fronteras metodológicas que separan espacios de investigación demasiado estancos. Ahí reside el valor que, pese a sus a veces muy mediocres resultados, poseen investigaciones como las del pop-minimalismo, cierta New Age, o cierta tematización pop de los atonalismos. Ahí reside el valor de trabajos como los de Brian Eno, Gavin Bryars, Tierry Riley o Dead can Dance, o incluso investigaciones que desvirtúan el hallazgo del free jazz -de Thelonius Monk a una parte del Acid Jazz. De lo que se trata es de, manteniendo el rigor programático de una investigación que, como la de la vanguardia, se asienta en el principio de la disonancia como autonegación de la apariencia estética, hacerla derivar a través de innumerables contaminaciones hacia espacios capaces de alterar la experiencia misma de la existencia. Pues eludir este juego de contaminaciones abiertas no puede conducir sino a callejones sin salida: o al formalismo academizado del vanguardismo -o al aún más detestable retorno neoconservadurista a formas periclitadas de melodismo esteticista.</p>

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Música y artes visuales: he ahí un espacio de contaminaciones ejemplarmente rico en posibilidades. No pienso ya en la riqueza que todo el accionismo y la performance ha introducido en nuevas formas musicales -de Cage a Paik, de Fluxus a Glenn Branca o Juan Hidalgo- sino en el potencial que ciertas operaciones efectuadas sobre lo musical (por ejemplo en los trabajos de Rodney Graham sobre el Parsifal wagneriano o a las piezas de Christian Marclay) por artistas contemporáneos conlleva.</p>

<p>A este respecto, me parece de un potencial tremendamente sugerente el trabajo de Stan Douglas. Su aproximación simultánea a los mundos del Jazz o la música culta se carga de fertilidad cuando la recompone en el orden del origen de la nueva industria audiovisual, o del nacimiento del cine (referirse aquí a la riqueza potencial del universo confrontado de música y cine territorializaría incluso el espacio de una reaparición del concepto de obra de arte total), como en esa pieza maravillosa que, montada sobre una partitura de Schoenberg compuesta para acompañar a un film mudo, le permite deconstruir un universo alegórico tan potente como el que presenta en "Fear, Pursuit, Catastrophe: Ruskhin B.C.". En ella, la figuración de un orden utópico de diseño de mundos de vida se apoya precisamente en la recomposición de fragmentos narrativos, visuales y musicales.</p>

<p>Tentativas video-operísticas como las recientes de Philip Glass o Steve Reich se mueven igualmente en ese orden de exploraciones, a nuestro modo de ver extremadamente interesantes. Sin duda, la mera territorialización del espacio de frontera entre cine -o en general industria audiovisual: todo el campo del clip se revela como uno de los más fructíferos en la creación visual actual- y la música constituye uno de los campos de contaminación más fértiles para la creación actual.</p>

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<p><br />
Recíprocamente: el interés creciente del cine por el espacio de la música. Habría ejemplos innumerables -desde las versiones cinematográficas de óperas a la ya aludida "Todas las mañanas del mundo", "El profesor de música", "El director de orquesta", "El piano" o "Tres colores: azul". Parece claro que el cine -más allá de la presencia desde siempre fundamental en él de la banda sonora- persigue musicalizarse, someterse a la tensión de otro orden de lenguajes. La misma estructura narrativa de las imágenes tiende a huir de la forma literaria, para aproximarse cada vez más -y cine como el de Wim Wenders ("París, texas", por ejemplo) vive de esta musicalización de la postproducción. No hay nada casual en ello: la irrupción en lo visual de un orden que se aparece como grado cero de la palabra -el musical- resulta estrictamente requerido por la exigencia de deconstrucción de las formas narrativas tradicionales. De ahí que la irrupción de la música en películas como "Corazón Salvaje" de Lynch, "Hasta el fin del mundo" de Wenders (que precisamente tematiza la pérdida de lugar de la palabra), "Solteros" de Cameron Crowe, el "Simple Men" de Hartley, o el mismo "Pulp Fiction" de Tarantino se aparezca no sólo como una posibilidad experimentadora, sino como una estrategia deconstructora radicalmente programática.</p>

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Por un momento: ¿trata "el profesor de música" realmente de la música -o tan sólo de la enseñanza del arte, del difícil aprendizaje de la autoexigencia frente al poder de la industria? O acaso esta pregunta sea falaz, incluya una ceguera. Aquella que se refiere al hecho de que las dos formas artísticas -cine y música- dotadas hoy de mejor capacidad de adaptación a las evoluciones técnicas de su industria se aparecen pese a todo ante el imaginario colectivo como las formas por excelencia puras de creación. En la música tenemos todavía esos suicidas egregios que purifican las mañas de la industria con su autoinmolación -el caso de Kurt Cobain no es más que el último eslabón de una cadena cada vez dotada de, ante la evidencia de su intrumentación interesada, menor credibilidad- pero en el cine esta cadena -tras Marylin, Fassbinder y Passolini, ya no le quedan al cine suicidas que hagan creíble su autorresistencia a las exigencias de la industria- ha quedado definitivamente rota. La alianza de las industrias musicales y audiovisuales con la de los medios organizadores de consenso se cumple de forma cada vez más cerrada -no en vano la concentración de medios de comunicación abarca cada vez más indisimuladamente un área multimedia. Quizás entonces, sí, "el profesor de música" trata básicamente de esta enseñanza: pero entonces el aprendizaje de la resistencia no es otra cosa que el autoconocimiento de que lo básicamente transmitido por el arte, por la música, es esa misma enseñanza -la afirmación del poder propio del creador frente al destino requerido por las formas institucionalizadas. La música, sí, posée en ello un poder formativo específico -y su potencia se revela máxima en el estado generalizado de muerte simbólica de la cultura. Es ello lo que le otorga al "espíritu de la música" un potencial político inconstestable en el momento contemporáneo de nuestras formas civilizatorias.</p>

<p>¿Significa eso que la música posee una valencia específica como territorio de activismo en los períodos de decadencia? Seguramente. Sin duda, su calidad afigural la dota de una capacidad singular de supervivencia en épocas de pérdida de poder simbólico -pérdida de la capacidad de representar adecuadamente el mundo, de dar forma a la experiencia- de la cultura. La relación de la forma musical con los órdenes simbólicos que estructuran los sistemas generalizados de organización de las formas de vida -a través de las mediaciones institucionales de la cultura- es una relación distensa, oscura y laxa. Que estos sucumban a su insuficiencia y sin embargo la música mantenga intocado su poder de referencia como fondo remoto que labra las arquitecturas formales de los órdenes epocales del discurso, de las prácticas significantes y las posibilidades de la acción comunicativa entre los componentes de una colectividad dada es, en ese sentido, perfectamente pensable. Sin duda, esta virtualidad que la música se reserva se refiere a su condición a-simbólica, al hecho de que su validez social no se supedita a la presuposición de un orden de contigüidades entre las producciones sígnico-formales y las regulaciones de la significancia. Es por ello, pues, que la música posee esa virtud teológico-política, incluso de manera aumentada, en los períodos de decadencia: decadencia cultural -pérdida del poder simbólico de una cultura- y apogeo de la creatividad musical no sólo, entonces, no van reñidos. Incluso, al contrario, se alimentan mutuamente. En épocas en que las formas figurales y representativas de las prácticas significantes pierden pregnancia, la música tiende a alzarse como único elemento oscuro de cohesión civilizatoria, de identificación social. Esto está ocurriendo en nuestro tiempo.</p>

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El artista visual contemporáneo intuye estos poderes de la música, y es ello lo que le lleva a intentar incorporarlos a los dominios de su propia creación, a intentar reproducirlos en su propio ámbito de trabajo. La virtud, que la música posee, de instituir gregariedad -de permitir al singular reconocerse en el Otro, en el grupo. El poder, que la música posee, de introducirse en los dispositivos de la industria de masas sin perder el tono de su independencia, de su radicalidad. El poder de registrar en su mismo cuerpo el pasar del tiempo -que es justamente el que congrega a los individuos a su alrededor en una experiencia de afectos intensificados por la intuición que ella destila de pasajereidad. Y su poder, por último, de seducción inmediata, su capacidad de afección directa, de espíritu a espíritu, cualesquiera sean los canales o soportes de su transmisión.</p>

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<p><br />
La reflexión hasta aquí propuesta, que se refiere a la naturaleza pragmático-semiólógica de la práctica musical, debe en todo caso ser redoblada con una consideración circunstancial de la forma específica de la decadencia que vivimos como destino de la cultura contemporánea, determinado por la forma específica de su industrialización en un contexto de expansión de nuevas posibilidades tecnológicas -para entonces ponderar todo su potencial en la era actual. Es preciso, bajo este punto de vista, medir hasta qué punto el contexto de alta tecnologización de las industrias de la cultura y el espectáculo deja intocado -al contrario que ocurre con los dominios de las artes visuales o puramente literarias, sometidos ambos a problematización radical- el espacio "simbólico" ocupado por la forma musical. Nada esencial, en efecto, ocurre con las potencias de la música y su industria ante la tecnologización exacerbada de los dispositivos de su difusión social. Si bien el proceso de banalización del producto artístico propicidado por una industria irrevocablemente enfocada al consumo rápido afecta sin duda a la comunicación musical, ésta siempre conserva su lugar propio -no ocurre como con, por ejemplo, el desafío que la estetización de la vida cotidiana por expansión de las industrias mediático-audiovisuales representa (como amenaza de desaparición incluso de su campo específico, autónomo) para el arte plástico o incluso el literario. Sean cuales sean sus modos de distribución y sus procesos de consumo, las reglas de juego de acceso e intercambio de las formas musicales se mantienen intocadas, no conllevan tan brutales desplazamientos epocales.</p>

<p>Es esto lo que define tanto el alto potencial político de la música en la época de la reproductibilidad técnica como su extrema y máxima responsabilidad civilizatoria. Ni el más fuerte de los imaginables procesos de banalización requeridos para el propiciamiento de formas de consumo garantes del establecimiento de mercados performativos supone merma de las posibilidades de exploración radical en los lenguajes y formas producidos: en efecto, hasta escuchada a través del hilo musical en un restaurante de comida rápida o como sintonía de un avance de informativos, el producto musical juega su baza en tiempo real en una inmediación radical de sus potencias de afección.</p>

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<p>"Deberíais saber que el trabajo ... es la libertad: la libertad de los otros. Mientras trabajéis no fastidiaréis a nadie. No lo olvidéis. ¿Lo habéis entendido? ... Poneros a trabajar". Erik Satie (2)</p>

<p>La pregunta es: en qué relación se encuentra la forma musical con el conjunto de la cultura, con el ordenamiento simbólico que abastace a una colectividad dada del sistema de respuestas y creencias en base al que articular sus formas de vida -a través de las mediaciones institucionales del espíritu objetivo. Y la respuesta es, inevitablemente, en una relación extremadamente compleja, que sólo se elucida considerando la globalidad del sistema de las prácticas significantes: en términos de ponderación infinita. De hecho, la evidencia que la música pone en juego es que la totalidad de tales prácticas operan como significantes en base a una similar relación holística al sistema: que todo ordenamiento simbólico -de creencias, mitologemas, presuposiciones cognitivas o prácticas- depende de su articulación a la totalidad sinérgica del universo virtual de los significantes validables, de las formas intercambiables como operativas en el contexto de una colectividad social e históricamente determinada. Dicho de otra forma: no sólo que la música transluce que su posición en el seno un ordenamiento simbólico cualquiera no se funda sobre la presuposición de su valor "simbólico" -inmediatez de significado a signo-; sino que al hacerlo pone en evidencia que ninguna otra práctica significante, capaz de un ejercicio de intercambio comunicativo, necesita fundarse sobre semejante presuposición.</p>

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Al igual que su lugar en la construcción ontogénica de un sujeto, mediante sedimentación mnemónica de una innumerable sucesión de aprehensiones de formas, se revela del orden de una ponderación infinita -son los innumerables azares de los encuentros vividos con las formas efectivas (ahí el peso de la frase musical en la reconstrucción elucidatoria de la experiencia del narrador en Proust, por ejemplo) los que determinan la formación de un carácter, del destino de una subjetividad no presupuesta- igualmente podrían rastrearse los procesos de sedimentación filogenética en la construcción de los órdenes simbólicos de una colectividad únicamente bajo un orden de ponderación infinita. La garantía de significancia de una forma cualquiera -sea cual sea su orden de intercambio, su registro de acontecimiento- no está puesta por su valor intrínseco, aislado: sino por su relación estructural con la totalidad abstracta del sistema de significantes, de formaciones materiales validadas fiduciariamente como utilizables, al que, en el contexto de una situación civilizatoria dada, dicha forma se refiere.</p>

<p>En ese sentido, podríamos hablar del "trabajo de la música" en un sentido muy parecido al que Freud desvela al analizar el "trabajo del sueño" -o al que Benjamin se refiere al elucidar el "trabajo del mito". El trabajo de la música se realiza como la producción activa del tejido espeso y secreto de las redes y estructuras que sostienen la totalidad de sus formaciones específicas en una tensión recíproca. El trabajo de la música es monadológico: cada una de sus realizaciones sólo opera como "significante" -esto es, como intercambiable, como reproducible, como memorable- en la medida en que soporta y se diferencia de la "totalidad" virtual de las formas aceptables -en una determinación espaciotemporal dada, en el contexto de una colectividad sociohistóricamente determinada de práxis comunicativa. El trabajo de la música es, ejercido desde dentro, un trabajo, sí, de ponderación infinita -y la tarea de elucidación de su eficacia práctica ha de de(re)construir ese trabajo de ponderación infinita (en esto precisamente consistiría una arqueología de las "ideas" musicales). Nada, en efecto, sin ese trabajo de remisión muda y profunda a la totalidad de las formas producibles en un orden "discursivo" dado es la música. Esto podría traducirse en una teoría del "valor" estético de la producción musical: pero nos interesa más presentarlo como la pragmática de una práctica comunicativa, de interacción de los sujetos en el terreno de sus afecciones -cruzado evidentemente por sus juegos de poder, su tentativas de persuasión, sus estrategias de seducción fatal. Aunque sólo sea porque visto de este modo posée un tremendo poder de desvelamiento y refutación de las presuposiciones fundamentalistas que en otros campos y prácticas significantes parecen mejor asentados. No es así: como la música, en efecto, la poesía, la pintura, el "discurso", la cultura.</p>

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Pero tomemos partido: y lo tomamos decididamente por la música, por lo que en ella resulta inasequible a una visión esencialista de lo que constituye la cultura, el universo de lo decible con sentido. En el contexto actual de pérdida del valor simbólico de la cultura -de decadencia del ciclo civilizatorio del orden occidental, incapacitado para enfrentarse gallardamente a su ocaso- esto significa: tomar partido por la única fuerza capaz de alumbrar la figura de un tiempo nuevo. En vez de empeñarse en la perpetuación de un orden agónico, que ha aprendido a sobrevivirse a sí mismo en la prolongación terminal y artificiosa de sus estertores, apostar por la fuerza mayor que desmiente sus fundamentos, aquella práctica significante, capaz de permitir una interacción de sus usuarios en el espacio de los afectos y las intensidades, que sirve al desmantelamiento radical de las presuposiciones -de inmediatez de forma y significancia- sobre el que se asienta un sistema generalizado de organización de los mundos de vida.</p>

<p>La música irrumpe así en la historia como suspensión y heraldo de un tiempo otro, como nuncio de una potencia de comunicación no fundada en las presuposiciones del ordenamiento simbólico. Y no se trata entonces de rescatar esa potencia formadora de mitos -pues los relatos, grandes o pequeños, ya no interesan de cara a la validación de nuevas formas de ritualidad grupal- que el mismo Nietzsche atribuyera a la música. Sino de acompasar nuestra historia interrumpida a los ritmos sobresaltados de un dominio que no prefigura sino las tensiones máximas de la forma. Al igual que para la formación del individuo, las constelaciones de la diferencia que la música pone en juego aportan el valor necesario para arrojarse colectivamente al mundo de los signos y las señales -desprovistos de creencias, de amparos. Sólo la música impedirá el triunfo de la religión: ella constituye el fondo inalcanzable en que se afirma un saber gayo, construido desde la increencia. En ello reside, hoy, el potencial extremo de eso que podemos llamar, todavía, "el espíritu de la música".</p>

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<p><br />
(1) Friedrich Nietzsche, El origen de la tragedia, Alianza, Madrid, 1985.<br />
(2)Erik Satie, Die Musikalischen Kinder. Citado por Hans-Ulrich Öbrist, "Dicc. Crit. 16-", en Anys 90. Distancia zero, Centre d'Art Santa Mónica, Barcelona, 1994.</p>]]>
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    <title>Gilles Deleuze - Redacción de Antroposmoderno</title>
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    <published>2008-05-29T15:58:26Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:00:29Z</updated>
    
    <summary>Deleuze, filósofo, hijo de Diógenes y de Hipatia, residió en Lyon. Nada se sabe de su vida. Alcanzo la vejez, aunque fue frecuentemente muy enfermo. El ilustraba lo que él mismo decía: que hay vidas en las que las dificultades...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://joseluisbrea.net/estetica/deleuze.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/estetica/deleuze.php','popup','width=600,height=412,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/estetica/deleuze-thumb.jpg" width="225" height="154" alt="" align="left" hspace="10" /></a>Deleuze, filósofo, hijo de Diógenes y de Hipatia, residió en Lyon. Nada se sabe de su vida. Alcanzo la vejez, aunque fue frecuentemente muy enfermo. El ilustraba lo que él mismo decía: que hay vidas en las que las dificultades alcanzan el prodigio. Definía como activa toda fuerza que va hasta el límite de su poder. Es, decía, lo contrario de la ley. Así vivió, yendo siempre más lejos de lo que habría creído poder. Aunque explico a Crísipo, es sobre todo su constancia lo que le ha valido el nombre de estoico.</p>

<p>Fue uno de los más extraordinarios oradores de su tiempo, y el más grande de quienes tenían por profesión enseñar la filosofía. Lo comprendía un pequeño número. Fue perseguido; objeto de una envidia que jamás ceso. Despreciaba esas miserias a causa de la alegría de su vida que era filosofar.</p>

<p>De temperamento altivo, solo soportaba el pueblo. Pero su ironía era formidable. Su voz era de las más extraordinarias. Ateneo la compara con un rallador, después con un torrente de piedras. La elocución era de una extrema distinción, un poco cansada, la dicción lenta y dulce. Apolodoro compra su voz a la de un brujo. Era un hombre de una perfecta nobleza, que sentía horror por todo lo que menoscababa.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>Escribió mucho, quizá más que ninguno, si se considera la densidad de sus obras. Si bien ha tratado, ampliamente, de lógica y de moral, hay que colocarlo en el rango de los físicos, incluso en el primero. Ha dejado un De la naturaleza , que Stobée coloca junto a los de Heraclito y Lucrecio, recordando un oráculo: en un porvenir muy lejano, no aparecerá nada tan grande, exceptuada una Etica, que no es la de Aristóteles.</p>

<p>Decía que bastaban tres anécdotas: el lugar, la hora y el elemento. Su lugar lo encontraba en el levante. En cuanto a la hora, es la hora de las profundas tinieblas: pues hay mucho terror en sus libros. Aún el cielo sufre de sus puntos cardinales y de sus constelaciones, decía. Para el elemento, nos está permitido vacilar, pues habló de todos con raro esplendor. Amaba apasionadamente la tierra; Aratos dice que era troglodita. De las aguas celebra las líneas melenudas, y el fuego, según él, es soluble. Sin embargo su elemento es aéreo, inclinación, suspenso y caida profunda.</p>

<p>También fue médico, el último en tratar la medicina como arte. citemos dos libros sobre los monstruos, dos sobre las heridas y el más famoso, sobre el edema de los pies.</p>

<p>Leemos en Aristóxano su Tratado de la cantinela, donde las audacias son extremas. Todavía se encuentra De la línea, y De las imágenes sublimes.</p>

<p>Proclus transcribe un pasaje muy oscuro sobre "la Virgen, aquella que nunca fue vivida más allá de la amante y de la madre, coexistiendo con la una y contemporánea de la otra". En el mismo pasaje dice que toda reminiscencia es erótica. Strabon sostiene que fue un asombroso "geólogo". Con Félix, compuso, otra Contra el edema, que contiene también una Política y una Geografía de las que se asegura que nunca se ha visto algo tan loco: Sobre los estratos, que comprende igualmente una Estrategia. Esta parece no haber sido comprendida nunca por nadie, entre los filósofos.</p>

<p>En geometría, descubrió la pulsación de las espirales. Profesaba que el amor de los niños por su madre repite otros amores de adulto, respecto a otras mujeres.</p>

<p>Hubo una multitud de otros Deleuze.</p>

<p>He aquí la lista de sus obras: Del acontecimiento, en 34 libros. De las constelaciones que nos atraviesan. De la impasibilidad de los incorporales. De la paradoja y del destino. Sobre las heridas que se reciben durmiendo. Los síntomas. Sobre el salto de los demonios De los tubérculos. Del hombre noble. Sobre la fealdad del rostro humano. De los idiotas. De los testigos invisibles. El Príncipe de los filósofos. Sobre los grados. De los tres testamentos. El Gallego, o Del frío, o De la crueldad. De las larvas. De la idea que nos mira. Misosofía. Del huevo. De lo claro y lo oscuro. De la universal telaraña. Que toda intensidad es deseante. De la sardina. Sobre la pregunta "¿Quién?". De la orgía. De nadie. Sobre el hundimiento universal. Elogio de Lucrecio. De las vísceras. De la complicación. Compendio de las torsiones. De la conveniencia de no explicarse demasiado. De las singularidades que nos cogen a contrapelo. De la cloaca. Del triunfo de los esclavos. El gabán. Lo que nos pertenece bajo una solicitación muy sutil. De la profundidad absoluta. De la alegría desconocida.</p>

<p><br />
Obras:</p>

<p>Empirismo y subjetividad (1953)<br />
Nietzsche y la filosofía (1962)<br />
La filosofía crítica de Kant (1963)<br />
Proust y los signos (1964)<br />
Nietzsche (1965)<br />
El bergsonismo (1966)<br />
Presentación de Sacher-Masoch (1967)<br />
Spinoza y el problema de la expresión (1968)<br />
Diferencia y repetición (1969)<br />
Lógica del sentido (1969)<br />
Spinoza: Filosofía práctica (1981)<br />
Francis Bacon: Lógica de la sensación (1981)<br />
Cine-1: La imagen-movimiento (1983)<br />
Cine-2: La imagen-tiempo (1985)<br />
Foucault (1986)<br />
Pericles y Verdi (1988)<br />
El Pliegue (1988)<br />
Crítica y clínica (1993)</p>

<p>En colaboración con Felix Guattari:<br />
El Anti-Edipo (1972)<br />
Kafka. Por una literatura menor (1975)<br />
Mil Mesetas (1980)<br />
¿Qué es la filosofía (1991)</p>

<p>Otros textos de Deleuze:<br />
DELEUZE / SPINOZA. Intervención de Comtesse. <br />
Cours Vincennes - 12/12/1980</p>]]>
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    <title>Entrevista con Derrida con ocasión de la película - KRISTINE MCKENNA</title>
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    <published>2008-05-29T15:50:48Z</published>
    <updated>2008-05-29T15:59:26Z</updated>
    
    <summary>Figura central de la vida intelectual del último cuarto de siglo, Jacques Derrida es el padre de la deconstrucción, un controvertido sistema de análisis diseñado para desmantelar el lenguaje y revelar los sesgos y falsas creencias que encierra. Arraigada en...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>Figura central de la vida intelectual del último cuarto de siglo, Jacques Derrida es el padre de la deconstrucción, un controvertido sistema de análisis diseñado para desmantelar el lenguaje y revelar los sesgos y falsas creencias que encierra. Arraigada en la idea de que el lenguaje está preñado de cosas que no podemos o no queremos sacar a la luz de la conciencia, la deconstrucción es una metodología flexible que puede aplicarse a cualquier texto, y el impacto que tuvo sobre la crítica literaria es equivalente, si no mayor, a la marca que dejó en el discurso filosófico.</p>

<p>Nacido en 1930 en la entonces Argelia francesa, en el seno de una familia de judíos sefaradíes asimilados, Derrida empezó a poner en cuestión los prejuicios intelectuales a los 10 años, cuando Argelia era gobernada por el régimen colaboracionista francés de Vichy. Fue entonces cuando lo expulsaron del colegio, luego de que un profesor le comunicara que “la cultura francesa no está hecha para pequeños judíos”. Estudiante disruptivo, indiscutiblemente dotado, Derrida se mudó a París a los 19 años para estudiar filosofía en la École Normale Supérieure. Fue allí donde conoció a la psicoanalista Marguerite Aucouturier, con la que se casó en 1957.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Durante su estadía en la École, entre 1952 y 1956, Derrida se dedicó básicamente a la obra de los filósofos alemanes Edmund Husserl y Martin Heidegger, y los trabajos que escribió sobre ambos le valieron una beca para ir a estudiar a Harvard en 1956. Volvió a París en 1960, enseñó filosofía en la Sorbonne y dos años después proclamó su independencia filosófica con una traducción de El origen de la geometría de Husserl, a la que acompañó de una introducción que igualaba en extensión al texto de Husserl. En 1967 desplegó sus principales ideas en tres libros seminales, La voz y el fenómeno, La escritura y la diferencia y De la Gramatología, que lo catapultaron a una posición central en el campo filosófico. Autor de unos 45 libros ya traducidos a 22 idiomas, en 1986 Derrida fue contratado como profesor visitante en Irvine por la Universidad de California. Luego, en 1990, Irvine dio el gran golpe y empezó a comprar todo su archivo. </p>

<p>Derrida concedió esta entrevista en el modesto despacho que ocupa en Irvine. Es un hombre encantador, cuyo carisma atraviesa los 85 minutos de Derrida, el documental de Kirby Dick y Amy Ziering Kofman que acaba de estrenarse en los Estados Unidos (ver recuadro).</p>

<p>¿Por qué aceptó que lo filmaran?</p>

<p>–No acepté enseguida. Opuse reservas profundas, que tenían que ver con la incomodidad que siempre me ha inspirado mi imagen. Durante 20 años logré publicar sin que apareciera una sola imagen mía conectada con mis libros, y eso por dos razones. Primero, tenía objeciones ideológicas con las fotos de autor convencionales –un primer plano del rostro, un retrato del escritor en su escritorio–, que me parecían una concesión a la venta y a los medios. La segunda razón era que siempre he tenido una relación difícil con mi propio cuerpo y mi imagen. Me cuesta mucho verme en fotografías, de modo que durante 20 años me di permiso para borrar mi imagen con un criterio político. Pero hace ya una década que se me va haciendo cada vez más difícil; aparezco mucho en espacios públicos, dando conferencias, y allí las fotos de prensa son difíciles de evitar. Así que la situación se me fue de las manos, y como sentía que ya era hora de superar esa resistencia, finalmente me dejé llevar. Debo decir que me sorprendió gratamente cómo el film consigue entrelazar la vida familiar de todos los días con cosas menos privadas –un viaje que hice a Sudáfrica durante el rodaje, por ejemplo– y reflexiones sobre grandes temas. El film tiene un eje consistente que pone en cuestión permanentemente la biografía de autor. ¿Debe un filósofo tener una biografía?</p>

<p>¿Cómo podría no tenerla? –Por supuesto que la tiene, pero la pregunta es si hay que publicarla. ¿Debería narrar él su propia biografía? ¿Debería dejar que su vida se haga pública y sea interpretada?</p>

<p>¿Cómo se puede separar la obra de un filósofo de su vida? </p>

<p>–No sé si se puede, pero la mayoría de los filósofos clásicos intentó hacerlo, y algunos lo consiguieron. Si usted lee los textos filosóficos de la tradición, notará que casi nunca dicen “yo” ni hablan en primera persona. De Aristóteles a Heidegger, tratan sus propias vidas como algo marginal o accidental. Lo esencial es su enseñanza, su pensamiento. Una biografía es algo empírico, exterior, un accidente que no tiene relación necesaria o esencial con la actividad o el sistema filosófico.</p>

<p>En el film le preguntan: “Si usted pudiera oír a los filósofos que admira hablando sobre algo, ¿de qué le gustaría que hablaran?”. Usted contesta: “De sus vidas sexuales, porque es de lo que no hablan nunca”. Pero cuando el entrevistador le pregunta a usted sobre su vida sexual, usted se niega a contestar. ¿Por qué?</p>

<p>–Me negué a contestar no porque crea que haya que ocultar ese tipo de cosas sino porque no quiero descubrir los aspectos más personales de mi vida improvisando frente a una cámara en una lengua extranjera. Para discutir esos asuntos prefiero afilar mis propias herramientas: mi escritura. Hay muchos textos en los que hablo a mi manera de esas cuestiones. Glas (1974), La carta postal: de Sócrates a Freud (1980) y Circumfession (1991) son textos autobiográficos, y mi propia vida y mis deseos están inscriptos en toda mi obra.</p>

<p>¿Recuerda en qué momento descubrió que Dios, tal como se lo entiende convencionalmente, era una noción que no podría suscribir?</p>

<p>–Para discutir el asunto hay que insistir en eso: “Dios, tal como se lo entiende convencionalmente”. Pero sí, lo recuerdo. De niño me llevaban regularmente a una sinagoga en Argel, y había aspectos del judaísmo que apreciaba mucho: la música, por ejemplo. Pero ya de adolescente empecé a resistir a la religión, no en nombre del ateísmo sino porque me parecía que la religión, tal como la practicaban en mi familia, estaba llena de malentendidos. Me impresionaba su falta de reflexión, que fuera repetición pura y ciega, y había una cosa que me resultaba particularmente inaceptable: la manera en que se repartían los honores. El honor de llevar y leer la Torá era subastado en la sinagoga, y eso me parecía terrible. </p>

<p>En una entrevista que dio poco después de la Segunda Guerra Mundial, pero que prohibió publicar hasta después de su muerte, en 1976, Heidegger dijo: “Después de Nietzsche, la filosofía no puede ofrecer ayuda ni esperanza alguna para el futuro de la humanidad. Todo lo que podemos hacer es esperar que reaparezca un dios. Ahora sólo un dios puede salvarnos”. ¿Está usted de acuerdo?</p>

<p>–Lo que me interesa de esa idea es que Heidegger era antirreligioso. Fue educado en el catolicismo, pero rechazaba el cristianismo con vehemencia, de modo que el dios al que alude no es el dios que conocemos nosotros. Es un dios que no sólo no ha llegado todavía sino que quizá tampoco exista. Heidegger le da el nombre de dios a aquel que se hace esperar, y da a entender que aquel que llegue y nos salve recibirá el nombre de dios. No comparto la idea de que sirve para estimular una esperanza de salvación, pero si implica que estamos esperando la llegada de algo impredecible, y que debemos ser hospitalarios con su arribo, entonces no tengo objeción. Ésta es una de las formas de lo que yo describiría como mesianidad sin mesianismo, y nosotros somos mesiánicos por naturaleza. No podemos no serlo, porque existimos en el estado de esperar que algo suceda. Aun si estamos en un estado de desesperanza, hay un sentido de expectativa que es parte constitutiva de nuestra relación con el tiempo. La desesperanza sólo es posible porque tenemos la esperanza de que alguien bondadoso y amable puede llegar. Si eso es lo que Heidegger quiere decir, entonces estoy de acuerdo con él.</p>

<p>¿Cuáles son las preguntas centrales que la filosofía nació para contestar? –Ante todo, cómo manejar la propia vida y vivir bien juntos, que es también una cuestión política. Ése era el objetivo de la filosofía griega, y desde un principio la filosofía y la política estaban profundamente entrelazadas. La pregunta que plantea la filosofía es: ¿qué deberíamos hacer para tener la mejor vida posible? Me temo que no hemos avanzado mucho para llegar a una respuesta.</p>

<p>¿Por qué no hay mujeres filósofas?</p>

<p>–Porque el discurso filosófico está organizado de una manera que marginaliza, suprime y silencia a las mujeres, los niños, los animales y los esclavos. Ésa es su estructura; sería estúpido negarlo, y por eso no ha habido grandes mujeres filósofas. Ha habido grandes mujeres pensadoras, pero la filosofía es un modo muy particular de pensamiento entre otros. De todos modos, estamos en una fase histórica en que esa clase de cosas está cambiando.</p>

<p>¿Se describiría usted como feminista?</p>

<p>–Es un asunto problemático, pero de algún modo sí. Buena parte de mi obra está abocada a deconstruir el falocentrismo, y, si se me permite decirlo, yo fui uno de los primeros que puso esa cuestión en el centro del discurso filosófico. Por supuesto, estoy a favor del fin de la represión de las mujeres, en especial tal como se la ha perpetuado sobre las bases filosóficas del falocentrismo, así que en ese sentido soy un aliado de la cultura femenina. Pero eso no me exime de tener reservas respecto de ciertas manifestaciones del feminismo. Limitarse a invertir la jerarquía, o que las mujeres se apropien de los aspectos más negativos de lo que convencionalmente se considera un comportamiento masculino, no beneficia a nadie.</p>

<p>¿Cuál es el malentendido más común que pesa sobre usted y su obra?</p>

<p>–Que soy un nihilista escéptico que no cree en nada, que piensa que nada tiene sentido y que los textos no tienen sentido. Además de estúpido es un error, y sólo puede cometerlo alguien que no me haya leído. Es un error de lectura que empezó hace 35 años, y ya se hace difícil destruirlo. Nunca he dicho que todo sea lingüístico, ni que estemos encerrados en el lenguaje. En realidad digo lo contrario, y la deconstrucción del logocentrismo fue concebida para desmantelar precisamente esa filosofía para la cual todo es lenguaje. </p>

<p>Si comprendiéramos bien al otro, ¿podríamos borrar el impulso de matar?</p>

<p>–No, el impulso de matar es parte del animal humano. El animal humano es capaz de crueldad, y hacer sufrir al otro puede ser una fuente de placer. Eso es inerradicable, lo que no significa que tengamos derecho a matar. Manejar ese impulso inerradicable es una de las funciones cruciales de la filosofía y el pensamiento. Agresión y crueldad hay siempre, pero ambas pueden ser transformadas en cosas bellas y sublimes. Cuando escribo hay siempre un elemento de agresividad, pero yo intento transformar esa agresión en algo útil. </p>

<p>Los conceptos de territorio y propiedad parecen estar en el origen de gran parte de los conflictos humanos. ¿De dónde vienen esas ideas, y por qué nos aferramos a ellas?</p>

<p>–Durante muchos siglos, la ciudad fue un centro comercial decisivo, pero con las nuevas tecnologías todo ha cambiado: las políticas de la propiedad son distintas. El lugar, de todos modos, sigue siendo importante. Hace poco, un amigo decía que hay dos cosas hoy que no pueden ser desterritorializadas ni virtualizadas: Jerusalén –nadie quiere una Jerusalén virtual, todo el mundo quiere poseer el suelo real– y el petróleo. La nación capitalista vive del petróleo; y aunque eso podría cambiar, creo que la sociedad entera colapsaría si así fuera. Por eso el petróleo es un problema. Lo es más en Estados Unidos que en Europa, pero las preocupaciones son compartidas.</p>

<p>¿Qué cosas le importan actualmente?</p>

<p>–¿Cómo contestar esa pregunta? Hay muchas cosas –privadas, públicas, políticas– que me importan, pero pienso en ellas con la conciencia de queestoy envejeciendo, de que voy a morir, y de que la vida es corta. Siempre estoy pensando en el tiempo que me queda, y aunque es una tendencia que tuve desde joven, todo se vuelve más serio cuando uno llega a los 72. Pero no me he reconciliado con la inevitabilidad de la muerte, y dudo que alguna vez logre hacerlo. </p>

<p>¿En qué momento se volvió usted adulto?</p>

<p>–Es una pregunta curiosa. Siempre he pensado que todos tenemos más de una edad, y yo tengo tres. Cuando tenía 20 años me sentía viejo y sabio, pero ahora me siento como un niño. Hay en esto cierta melancolía porque, aunque siento que mi corazón es joven, sé objetivamente que no soy joven. La segunda de mis edades es mi edad real, 72 años, y todos los días tropiezo con señales que me lo recuerdan. La tercera edad –y esto es algo que sólo siento en Francia– es la edad que tenía cuando empecé a publicar: 35 años. Es como si me hubiera detenido a los 35 en el mundo cultural en el que trabajo. Eso no es verdad, por supuesto, porque en muchos círculos se me considera un profesor viejo y famoso que ha publicado muchísimo. Pero eso no me impide sentirme como un escritor joven, que recién acaba de empezar a publicar, y del que la gente anda diciendo: “Promete mucho”.</p>

<p></p>

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    <title>Las artes espaciales. Una entrevista con Jacques Derrida - Peter Brunette y David Wills</title>
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    <published>2008-05-29T15:38:33Z</published>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://joseluisbrea.net/estetica/entrevistaderrida.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/estetica/entrevistaderrida.php','popup','width=400,height=284,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/estetica/entrevistaderrida-thumb.jpg" width="250" height="177" alt="" align="left" border="0" hspace="10" vspace="10" /></a><br />
David Wills: Empezaremos con una pregunta indiscreta, una pregunta de competencia. Has mencionado más de una vez lo que llamas tu «incompetencia» en varias áreas de trabajo. Por ejemplo, en tu entrevista con Christopher Norris sobre arquitectura 1 te declaras tú mismo «técnicamente incompetente» en ese campo; en nuestras discusiones sobre cine has dicho lo mismo, pero nada de eso te ha impedido escribir sobre un amplio número de áreas que están fuera de tu formación. Es como si quisieras definir los límites de lo que aportas en cada campo sin saber exáctamente dónde colocar esos límites.</p>

<p>Jacques Derrida: Procuraré que mis respuestas sean muy directas y sencillas. En primer lugar, cuando digo que soy incompetente lo digo francamente, sinceramente, porque es cierto, porque no sé mucho sobre arquitectura, y mi conocimiento sobre cine es muy general. Me gusta mucho el cine; he visto muchas películas, pero en comparación con aquellos que conocen la historia del cine y su teoría, soy, y lo digo sin falsa modestia, incompetente. Lo mismo es cierto para la pintura, e incluso lo es aún más para la música. Con respecto a otros campos podría decir lo mismo con idéntica sinceridad. Me siento también muy incompetente en los campos literarios y filosóficos, aunque la naturaleza de mi incompetencia es aquí diferente. Mi formación es filosófica, por tanto no puedo decir seriamente que soy incompetente en ese terreno. Sin embargo, me siento bastante inerme cuando me enfrento al trabajo de un filósofo, incluso al trabajo de aquellos filósofos que he estudiado en profundidad. Pero éste es otro tipo de incompetencia.<br />
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        <![CDATA[<p>De hecho, por lo que se refiere a mi competencia en filosofía, he podido concebir un programa definitivo, una definitiva matriz de investigación que me permite empezar formulando la pregunta de la competencia en términos generales -es decir, preguntar cómo la competencia se forma, cómo se desarrollan los procesos de legitimación e institucionalización, en todos los terrenos, para luego avanzar en diferentes campos no sólo admitiendo mi incompetencia, muy sinceramente, sino también planteando la cuestión de la competencia en general. Es decir, qué es lo que define los límites de un campo, los límites de un corpus, la legitimación de las preguntas, etcétera. Cada vez que me enfrento a un campo que es extraño para mí, uno de mis intereses o investigaciones se refiere precisamente a la legitimación del discurso, con qué derecho habla uno, cómo está constituido el objeto -cuestiones que son en realidad filosóficas en su origen y estilo. Incluso si dentro del campo de la filosofía he trabajado para elaborar preguntas deconstructivas con respecto a ello, tal deconstrucción de la filosofía lleva consigo un cierto número de preguntas que pueden ser realizadas en diferentes campos. Además, cada vez he intentado descubrir lo que libera a un determinado campo de la autoridad filosófica. Es decir, he aprendido de la filosofía que es un discurso hegemónico, estructuralmente hegemónico, considerando todas las demás regiones discursivas dependientes de él. Y mediante recursos de deconstrucción de ese gesto hegemónico podemos empezar a ver en cada campo, sea el que llamamos psicología, lógica, política, o las artes, la posibilidad de emanciparse de la hegemonía y autoridad del discurso filosófico.</p>

<p>Así, cada vez que me acerco a un trabajo literario, a una obra pictórica o arquitectónica, lo que me interesa es esta misma fuerza deconstructiva respecto a la hegemonía filosófica. Es como si fuera ésto lo que dirigiese mi análisis. Como un resultado, se puede encontrar siempre el mismo gesto en mi papel, aunque trato cada vez de respetar la singularidad del trabajo. Ese gesto consiste en encontrar, o por lo menos buscar, lo que en el trabajo representa su fuerza de resistencia a la autoridad que el discurso filosófico ejerce sobre él. La misma operación puede ser encontrada o reconocida en los diferentes discursos que he desarrollado respecto a trabajos particulares; hasta ahora siempre he intentado hacerlo respetando la firma de, por ejemplo Artaud o, digamos, Eisenman.</p>

<p>Obviamente, y puesto que estamos empezando una entrevista sobre las «artes visuales», se da más importancia a la cuestión general de las artes espaciales, porque es en el seno de una cierta experiencia del espacializar, del espacio, donde la resistencia a la autoridad filosófica puede ser producida. En otras palabras, la resistencia al logocentrismo tiene una mejor oportunidad de aparecer en estos tipos de arte. (Por supuesto, también entonces tendríamos que preguntarnos qué es arte). Demasiado para la competencia: es una incompetencia la que da o intenta darse una cierta prerrogativa, justamente la de hablar dentro del espacio de su propia incompetencia .</p>

<p>Ahora, también es necesario decir -podría ser una especie de precaución general para todo lo que vendrá después- que nunca he tomado personalmente la iniciativa de hablar sobre cualquier cuestión en estos terrenos. Cada vez que lo hago, se debe a que he sido invitado a hacerlo; porque, a causa de mi incompetencia, nunca habría tomado la iniciativa de escribir acerca de, por ejemplo, arquitectura o dibujo, a menos que la ocasión o la invitación lo hubiesen originado. Esto lo digo por todo lo que he hecho; no creo que alguna vez haya escrito algo si no he sido de algún modo provocado para hacerlo. Por supuesto, podrías preguntarme entonces: ¿Qué es una provocación? ¿Quién te provoca? Bueno, hay una mezcla, un encuentro de azar y necesidad.</p>

<p>Peter Brunette: En relación con eso, ¿cómo sientes ahora que tu trabajo ha comenzado a acercarse hacia el derecho, el cine o la arquitectura? ¿Tienes algún recelo acerca del modo en que tu pensamiento -digamos, la deconstrucción- se ha visto alterado, modificado en algún sentido?</p>

<p>Jacques Derrida: Es muy difícil de determinar; hay un proceso de feedback, pero que cada vez se produce de forma diferente. No puedo encontrar una regla general para ello; en cierto sentido me sorprende. Estoy, por ejemplo, un poco sorprendido por el hecho de que los esquemas deconstructivos pueden ponerse en juego o ser investidos en problemáticas que son extrañas a mí -si estamos hablando sobre arquitectura, cine, o teoría legal. Pero mi sorpresa es sólo una media-sorpresa, porque al mismo tiempo el programa, como yo lo percibí o concebí, lo hacía necesario. Si alguien me hubiera preguntado hace veinte años si pensaba que la deconstrucción podría interesar a personas en campos que eran extraños a mí, tales como la arquitectura o la ley, mi respuesta hubiera sido que sí, que ello era absolutamente indispensable -pero al mismo tiempo nunca hubiera creído que ello podría llegar a suceder. De modo que, cuando me encuentro con ésto, experimento una mezcla de sorpresa y no-sorpresa. Obviamente, estoy obligado, por encima de cierto punto, no a transformar, sino más bien a ajustar mi discurso, en cualquier caso a responder, para comprender lo que está ocurriendo. Esto nunca es fácil. Por ejemplo en el caso de la teoría legal, leo algunos textos, la gente me dice cosas, pero al mismo tiempo no la conozco desde dentro; veo algo de lo que está pasando en los «estudios legales críticos», puedo seguir la línea externa de lo que está pasando en ese campo. Y cuando leo tu trabajo sobre cine, entiendo, pero al mismo tiempo sólo pasivamente; no puedo reproducirlo o escribir acerca de ello, por ejemplo.</p>

<p>Siempre me siento al margen de tales cuestiones, y esto me frustra -es realmente imposible para mí ser competente en ese trabajo- pero a la vez lo que me gratifica es que esté siendo realizado por personas propiamente competentes, y que hablan desde dentro de un campo específico, con sus propias aportaciones, y sus propias relaciones con la naturaleza de ese campo, con su situación político-institucional. Así, lo que tú haces está determinado en su mayor parte por las aportaciones específicas de tu campo intelectual y también por toda clase de cuestiones relacionadas con la escena americana, con tu perfil institucional, etc. Todo esto me resulta extraño, y me mantiene al margen de ciertas cuestiones, pero al mismo tiempo es extremadamente tranquilizador y gratificante, puesto que el verdadero trabajo está siendo realizado. Estoy apartado de ese trabajo, pero éste se realiza en otros lugares.</p>

<p>David Wills: Para ampliar este tema un poco más, permíteme preguntarte sobre uno de tus textos que yo más admiro, The Post Card 2, y sus relaciones con la tecnología; menos la relación entre tecnología y el pensamiento de Heidegger, y más sobre lo que dices en Envois y en otros sitios, por ejemplo, sobre alta tecnología. Por ejemplo, cada vez que oigo hablar de un virus de ordenador y leo cómo más y más programas están hechos para defenderlos contra tales ataques, me parece que tenemos un ejemplo de logocentrismo en toda su obstinada existencia enfrentado con lo que podríamos denominar la inevitabilidad de un destino. Pero aunque los universitarios han visto ahora, por ejemplo, el fundamental lado «arquitectural» de tu trabajo, creo que aún queda todo ese área de las relaciones entre pensamiento y comunicación, en el más básico sentido, en que tus ideas apenas han empezado a ser consideradas ¿Qué dirías sobre esto?</p>

<p>Jacques Derrida: Sí, tienes razón, y paradójicamente esa cuestión está mucho más íntimamente conectada con mi trabajo. A menudo me digo a mí mismo, y lo debo haber escrito en algún sitio -estoy seguro de que lo hice-, que todo lo que he realizado, para resumirlo muy brevemente, está dominado por la idea de virus, lo que podría llamarse una parasitología, una virología, siendo el virus muchas cosas. He escrito acerca de esto en un reciente texto sobre las drogas 3. El virus es en parte un parásito que destruye, que introduce desorden dentro de la comunicación. Incluso desde el punto de vista biológico, ésto es lo que sucede con un virus; hace descarrilar un mecanismo de tipo comunicacional, su codificación y decodificación. Por otro lado, es algo que no está ni viviendo ni no-viviendo; el virus no es un microbio. Y si sigues estos dos hilos, el de un parásito que altera el destino desde un punto de vista comunicacional -alterando la escritura, la inscripción, y la codificación y decodificación de la inscripción- y que por otro lado no está ni vivo ni muerto, tienes la matriz de todo lo que he hecho desde que empecé a escribir. En el texto referido yo aludo a la posible intersección entre el SIDA y el virus de ordenador como dos fuerzas capaces de alterar el destino. Donde se relacionan, uno no puede por más tiempo seguir las pistas, ni las de sujetos, ni aquellas de deseo, ni las sexuales, etcétera. Si seguimos la intersección entre el SIDA y el virus de ordenador como lo conocemos ahora, tenemos los datos para comprender, no sólo desde un punto de vista teórico, sino también desde un punto de vista sociohistórico, lo que significa una alteración de absolutamente todo en el planeta, incluidas las agencias de policía, el comercio, la armada, las cuestiones de estrategia, etc. Todas esas cosas encuentran los límites de su control, así como la extraordinaria fuerza de esos límites. Es como si todo lo que he estado sugiriendo durante los pasados veinticinco años estuviera prescrito bajo la idea de destinerrancia... el suplemento, el fármaco, todos los indefinibles -es lo mismo. Esto también se traduce, no solo tecnológicamente sino también tecnológico-poéticamente.</p>

<p>Peter Brunette: Vamos a hablar de la idea de «presencia» del objeto visual, en pintura, escultura, y arquitectura, lo que podría denominarse un sentimiento de presencia. En «+R» te refieres a la pintura como algo que «deja sin aliento, que es extraño a todo discurso, que somete al supuesto mutismo de la cosa misma, que restaura en un silencio autoritario un orden de presencia»4. ¿Existe alguna clase de presencia fenomenológica que las palabras no tienen, referida al objeto visual? ¿Es el cine quizás un área intermedia porque es una especie de presencia, como un objeto visual, aunque tiene que ser leído, como se leen las palabras?</p>

<p>Jacques Derrida: Son difíciles y profundas cuestiones. Obviamente el trabajo espacial del arte se presenta él mismo como silencio, pero su mutismo, que produce un efecto de presencia plena, puede como siempre ser interpretado de un modo contradictorio. Pero primero déjame distinguir entre mutismo y, digamos, taciturnidad. Taciturnidad es el silencio de algo que puede hablar, mientras que llamamos mutismo al silencio de una cosa que no puede hablar. Ahora bien, el hecho de que una obra de arte espacial no hable puede interpretarse de dos maneras. Por un lado, está la idea de su mutismo total, la idea de que es totalmente ajena o heterogénea a las palabras, y aquí podemos reconocer un límite, a partir del que ejerce resistencia contra la autoridad del discurso, contra la hegemonía discursiva. Existe en tal obra de arte muda un lugar auténtico en donde -y desde cuya perspectiva- las palabras encuentran su límite. Y de este modo, acercándonos a este lugar podemos, en efecto, observar a la vez una debilidad y un deseo de autoridad y hegemonía por parte del discurso, especialmente a la hora de clasificar las artes -por ejemplo en términos de la jerarquía que hace que las artes visuales sean subordinadas a las artes discursivas o musicales.</p>

<p>Pero por otra parte, y esto es el contrapunto de la misma experiencia, siempre podemos hacer referencia a la experiencia que nosotros, como seres hablantes -y no digo «sujetos»-, tenemos de estas obras silentes, porque siempre podemos recibirlas, leerlas o interpretarlas como posibles discursos. Es decir, que estas obras silenciosas son, al mismo tiempo y en realidad, muy locuaces, pues están llenas de discursos virtuales, y desde ese punto de vista la obra muda se convierte en un discurso aún más autoritario -se convierte en el lugar preciso de una palabra que es la más poderosa por su silencio, y que conlleva, igual que un aforismo, una virtualidad discursiva que es infinitamente autoritaria, en un sentido teológico. Así que se puede decir que el mayor poder logocéntrico reside en el silencio de una obra, y que la liberación de esta autoridad reside en el lado del discurso, un discurso que va a relativizar las cosas, emanciparse a sí mismo y negarse a arrodillarse ante las autoridades representadas por la escultura o la arquitectura. Es esa misma autoridad la que intentará de algún modo aprovecharse, en primer lugar, del poder infinito de un discurso virtual -siempre hay más que decir y somos nosotros quienes le hacemos hablar cada vez más- y en segundo lugar, el efecto de una presencia intocable, monumental e inaccesible. En el caso de la arquitectura esta presencia es casi indestructible, o en todo caso pretende serlo, dando lugar al efecto abrumador de una presencia hablante. Así que hay dos interpretaciones -y uno siempre se encuentra entre las dos, sea cuestión de escultura, de arquitectura o pintura.</p>

<p>Ahora bien, el cine es un caso muy particular. Primero porque este efecto de presencia se complica por la existencia del movimiento, de la movilidad, de secuencialidad, de temporalidad; y segundo porque la relación con el discurso es muy complicada, y eso sin mencionar la diferencia entre el cine mudo y el cine sonoro, porque incluso en el cine mudo la relación con la palabra es muy complicada. Evidentemente, si existe una especificidad en el medio cinematográfico, es ajena a la palabra. Eso significa que incluso el cine más locuaz supone una reinscripción de la palabra dentro de un elemento cinemático específico no dominado por la palabra. Si existe algo específico en el cine o en video -sin mencionar tampoco las diferencias entre el video y la televisión- es la manera en que el discurso se pone en juego, se inscribe o se sitúa, sin, en un principio, dominar a la obra. Por tanto, desde este punto de vista, en el cine podemos encontrar los medios para repensar o refundar todas las relaciones entre la palabra y el arte silencioso, tal como se llegaron a establecer antes de la aparición del cine. Antes de ella existían la pintura, la arquitectura y la escultura, y dentro de ellas se podían encontrar estructuras que habían institucionalizado la relación entre el discurso y lo no discursivo en el arte. Si la llegada del cine ha permitido algo completamente novedoso, ello es la posibilidad de jugar con las jerarquías de otra manera. Aquí no me refiero al cine en general, porque diría que existen prácticas cinematográficas que reconstituyen la autoridad del discurso, mientras hay otras que intentan hacer cosas más parecidas a la fotografía o a la pintura -y todavía otras más que juegan de distintas maneras con las relaciones entre el discurso, la discursividad y la no discursividad. Dudaría en hablar de cualquier arte, pero sobre todo del cine, desde este punto de vista. Creo, con respecto a lo que acabas de decir del discurso y el no discurso, que probablemente hay una mayor diferencia entre distintas obras y distintos estilos de obras cinematográficas que entre el cine y la fotografía. En tal caso, es probable que estemos tratando con formas artísticas muy distintas incluso dentro del mismo medio tecnológico -si definimos al cine por su aparato técnico- y así tal vez no existe una homogeneidad del arte cinematográfico. No sé lo que tú opinas, pero en mi opinión un método cinematográfico determinado puede estar más cerca de cierto tipo de literatura que de otro método cinemático. Entonces debemos preguntarnos si se puede identificar un arte -suponiendo que podemos hablar de cine como si supiéramos lo que es el arte- a partir del medio técnico que emplea, es decir, a partir de un aparato como una cámara que tiene la capacidad de hacer cosas que no se pueden hacer a través de la escritura o la pintura. ¿Es eso suficiente para identificarlo como arte, o la especificidad de una película determinada al final depende menos del medio técnico y más de su afinidad con una obra literaria determinada, incluso más que con otra película? No lo sé. Para mí estas preguntas no tienen respuesta. Pero al mismo tiempo, siento firmemente que no se debe menospreciar la importancia del aparato cinematográfico.</p>

<p>Peter Brunette: ¿Que le responderías a alguien reacio a la aplicación de la deconstrucción a las artes visuales, alguien que opinara que la deconstrucción está bien para las palabras, para lo escrito, porque lo que está ahí nunca es lo que está significado, mientras en un cuadro todo está siempre ahí, y por tanto no se puede aplicar la deconstrucción?</p>

<p>Jacques Derrida: Para mí eso sería una absoluta malinterpretación de lo que es la deconstrucción. Yo casi sostendría la opinión contraria. Diría que la deconstrucción más efectiva es la que no se limita a los textos discursivos y definitivamente no a los textos filosóficos, incluso aunque personalmente, y por motivos relacionados con mi propia historia -hablo de mí mismo como un agente cualquiera entre tantos otros agentes del trabajo deconstructivo- me encuentro más cómodo con los textos filosóficos y literarios. Y puede ser que exista más afinidad entre una cierta formalización teórica general de la posibilidad deconstructiva y el discurso. Pero, lo que he dicho repetidas veces, la deconstrucción más efectiva es la que trata de lo no discursivo, o con instituciones discursivas que no tienen la forma de un discurso escrito. Deconstruir una institución implica discurso, por supuesto, pero también implica algo muy distinto de lo que se llama textos, libros, el discurso particular de alguien o las enseñanzas particulares de alguien. Y más allá de una institución, de la institución académica por ejemplo, la deconstrucción está funcionando, nos guste o no, en campos que no tienen nada que ver con lo que es específicamente filosófico o discursivo, sea la política, el ejército, la economía, o sean todas las prácticas llamadas artísticas que son, o al menos parecen ser, no discursivas, ajenas al discurso.</p>

<p>Ahora bien, como no puede existir ninguna cosa, y particularmente ningún arte, que no esté textualizado en el sentido que yo le doy a la palabra «texto» -que va más allá de lo puramente discursivo- el texto existe en cuanto la deconstrucción se dedica a los campos llamados artísticos, visuales o espaciales. Existe el texto porque siempre existe al menos un poco de discurso dentro de las artes visuales, y también porque aunque no haya discurso, el efecto de espacializar ya implica una textualización. Por esta razón la expansión del concepto de texto es estratégicamente decisiva aquí. Entonces ni siquiera las obras de arte más vehementemente silenciosas pueden evitar ser atrapadas en una red de diferencias y referencias que les dan una estructura textual. Y tan pronto como existe una estructura textual, aunque no voy a ir tan lejos como para decir que la deconstrucción está allí, por otra parte tampoco está fuera de ella -no está en ningún otro sitio. En cualquier caso, para ser categórico, diría que la idea de que la deconstrucción debería de limitarse al análisis del texto discursivo -y sé que esta idea está muy difundida- es en realidad o un gran malentendido o una estrategia política diseñada para limitar la deconstrucción a los asuntos del lenguaje. La deconstrucción empieza con la deconstrucción del logocentrismo, y por tanto, querer limitarla a los fenómenos lingüísticos es la más sospechosa de las operaciones.</p>

<p>Peter Brunette: El efecto de presencia que siempre me impresiona, y que quizás sea totalmente propio de la pintura, refleja la presencia del cuerpo del artista -por ejemplo en la textura de las obras de Van Gogh. Cuando veo un Van Gogh inmediatamente siento su cuerpo, en una forma que no encuentro en la escritura. En cualquier «trazo», en cualquier pincelada, existe una cierta presencia del artista. ¿No es así?</p>

<p>Jacques Derrida: Entiendo lo que quieres decir y comparto totalmente tu sensación. Pero, como una cuestión de hecho, debo decir que el cuerpo tampoco está ausente para mí cuando leo a Platón o Descartes. Dicho lo cual, reconozco que es obvio que el cuerpo aparece ahí en un sentido diferente. Cuando vemos un cuadro de Van Gogh, el modo en que la obra está impregnada del cuerpo de Van Gogh es irrefutable, y creo que esta referencia a lo que tú llamas «cuerpo» forma parte de la obra misma y de la experiencia de la obra. Pero obviamente yo no expresaría eso del mismo modo. Yo diría que existe una innegable provocación que podemos identificar en lo que Van Gogh ha pintado y firmado, y que es tanto más violenta e innegable en cuanto que éste no está presente. Eso significa que el cuerpo mismo de Van Gogh que impregna sus obras es lo más violentamente implicado en el momento de pintar porque no está presente durante el acto, porque el cuerpo mismo se escinde o, digamos, se rompe por la no presencia, por la imposibilidad de identificarse consigo mismo, de ser simplemente Van Gogh. Por tanto, lo que yo llamaría el cuerpo -me alegro de hablar sobre el cuerpo desde este punto de vista- no es una presencia. El cuerpo es, cómo lo diría, una experiencia en el más inestable sentido de la palabra. Es una experiencia de contexto, de disociación, de dislocaciones. Veo a un Van Gogh dislocado, alguien que queda fuera de lugar al realizar algo. Me refiero a Van Gogh en términos de firma -y no hablo de firma en el sentido de que aparezca añadido su nombre, sino en el sentido de que él firma mientras pinta- y mi relación con la firma de Van Gogh es algo extremadamente violento tanto para mí como para él, porque también implica a mi propio cuerpo -supongo que cuando hablas del cuerpo te refieres también al tuyo propio- y a algo extremadamente ineluctable, innegable y apasionado. Estoy entregado al cuerpo de Van Gogh como él estaba arrebatado y entregado a la experiencia. Incluso más entregado, porque ninguno de aquellos cuerpos está presente. La presencia significaría la muerte. Si la presencia fuera posible, en el sentido pleno de un ser que es ahí donde está, que se aparece pleno ahí donde está, si esto fuera posible, no existiría ni Van Gogh ni la obra de Van Gogh, ni la experiencia que nosotros podamos tener de dicha obra. Si todas estas experiencias, obras o firmas son posibles, se debe al hecho de que la presencia no ha logrado estar ahí y aparecer convocada plenamente ahí. O, si quieres, el tener lugar, el estar ahí, sólo existe a partir de esta obra de trazos que se disloca a sí misma.</p>

<p>Dado que una obra se define por su firma, mi experiencia de la firma de Van Gogh es posible sólo si yo mismo la refrendo, la contrafirmo, es decir, si mi cuerpo a cambio se implica en ello. Esto no ocurre en un instante; es algo que puede continuar, que puede comenzar de nuevo; existe el enigma de lo residual, de lo que queda; la obra permanece: ¿pero dónde? ¿Qué significa permanecer, en este caso? La obra está en un museo; me espera. ¿Cuál es la relación entre original y no original? No hay otra pregunta que sea más tópica ni más seria, a pesar de lo que pueda parecer. Pero no puedo ocuparme de ello ahora. En cualquier caso, la cuestión es diferente para cada «arte». Y esta especificidad estructural en la relación «original-reproducción» podría -al menos en la hipótesis que yo presento- podría proporcionarnos el principio de una nueva clasificación de las artes. Estas cuestiones, como bien sabes, rompen con la categoría de presencia como es normalmente entendida. Imaginamos que el cuerpo de Van Gogh está presente, y que la obra está presente, pero ésto es sólo un intento provisional e inseguro de estabilizar las cosas; refleja una ansiedad y una incapacidad para hacerlas coherentes.</p>

<p>¿Como formularías tú la misma pregunta en relación al cine? En el caso de Van Gogh podemos decir que hay una obra aparentemente inmóvil, que cuelga en un museo, esperando, y que el cuerpo de Van Gogh está ahí, etc. Pero en el caso de una película, la obra es esencialmente cinética, cinemática, y por tanto móvil. El firmante aparece mediado por una larga serie de personas, máquinas y actores (que también firman la obra), y es difícil saber de quién es el cuerpo con el que tratamos cuando vemos la película. En cuanto a Van Gogh podemos decir que él era el individuo con su pincel, pero en el caso del cine, ¿cuál es el equivalente, dónde está el cuerpo en ese caso?</p>

<p>Peter Brunette: ¿Y cuál sería el equivalente del tipo de efecto de firma que tú investigas en la pintura en, por ejemplo, la poesía de Francis Ponge, digamos en «Signsponge»5?</p>

<p>Jacques Derrida: Obviamente, lo que a primera vista parece distinguir la problemática de la firma en las obras literarias o discursivas es que en tales obras lo que llamamos normalmente firma es un acto discursivo, un nombre en el sentido habitual de la palabra «firma», un nombre que pertenece al discurso, aunque ya he mostrado que en realidad el nombre propio ya no pertenece al lenguaje. Cumple una función en el sistema lingüístico, como uno más de sus elementos, pero como un cuerpo extraño. Sin embargo, es algo que se pronuncia, que puede ser transcrito en signos fonéticos, y que parece tener relaciones privilegiadas con los elementos del discurso. Por otra parte, en un trabajo pictórico, por ejemplo, o en una obra escultórica o musical, la firma no puede estar a la vez dentro y fuera de la obra. Ponge puede jugar con su nombre dentro y fuera de un poema, pero en una escultura la firma es ajena a la obra, como lo es en la pintura. En música es más complicado, porque se puede jugar con la firma, ésta se puede inscribir, como hizo por ejemplo Bach. Se puede transcribir el equivalente al nombre en la obra, igual que Bach cuando escribió su nombre con las letras que representan las notas. Así que uno puede firmar la obra musical desde dentro, como Ponge firma con su nombre desde dentro de un poema. En el caso de la pintura, esto no es posible. Hay casos en que los pintores incluyen la firma en sus obras, pero no en el lugar en el que normalmente se firma, sino jugando con el exterior. Pero aún se tiene la sensación de que es un cuerpo extraño, de que es un elemento de textualidad o discursividad dentro de la obra. Es aparentemente heterogéneo; no podemos trasladar la problemática de la firma literaria al campo de las artes visuales.</p>

<p>De todos modos, para mí el efecto de la firma no se puede reducir al efecto de autoría. Podemos decir que la firma existe siempre que una obra determinada no se limita a sus contenidos semánticos. Volvamos a la obra literaria y a la firma como acto de compromiso. Se necesita hacer algo más que escribir el nombre para firmar. En un impreso de inmigración, se escribe el nombre y después se firma. Así, firmar es algo más que escribir el propio nombre. Es una acción, un performativo por el cual uno se compromete con algo, por el que uno confirma, contrae de un modo efectivo, que uno ha hecho algo -eso está hecho, y soy «yo» quien lo ha hecho. Esa performatividad es totalmente heterogénea; es un recordatorio exterior a cualquier cosa que tenga significado en la obra. Aquí hay una obra -y yo lo afirmo, yo lo refrendo. Hay un estar ahí de la obra que es más o menos el conjunto de los elementos semánticos analizables. Ha tenido lugar un acontecimiento.</p>

<p>Así, aparecerá una firma cada vez que un acontecimiento tenga lugar, cada vez que hay una producción de obra, cuyo acontecer no se limita a aquello que puede ser semánticamente analizado. Esa es su significancia: una obra que es más de lo que significa, que está ahí, que permanece ahí. Por lo tanto, desde este punto de vista, la obra entonces tiene un nombre. Recibe un nombre. Del mismo modo que la firma del autor no se limita al nombre del autor, la identidad de la obra no estará necesariamente identificada con el título que recibe en el catálogo. Se le ha dado un nombre, y este nombramiento tiene lugar sólo una vez, y así existe una firma para cada obra de arte espacial o visual, que finalmente no es otra cosa que su propia existencia, su «tener lugar», su existencia no presente, la de la obra como huella, como restancia. Esto significa que uno puede repetirla, revisarla, reseñarla, caminar en torno a ella: está ahí. Está ahí e incluso si no significa nada, incluso si no está agotada por el análisis de sus significados, de su temática y semántica, ella está ahí como un añadido a todo eso. Y este exceso provoca obviamente un discurso al infinito; en eso consiste el discurso crítico. Una obra es siempre inagotable desde ese punto de vista.</p>

<p>Así que no debería confundirse la firma ni con el nombre del autor ni con la autoría, ni con el tipo de obra, pues la firma no es otra cosa que el acontecer de la obra en sí misma, puesto que atestigua en cierto modo -aquí vuelvo a lo que decía sobre el cuerpo del autor- el hecho de que alguien hizo algo, y eso es lo que allí queda. El autor está muerto -todavía no sabemos quién es él o ella- pero esto permanece. Sin embargo, y aquí está implicado el problema político-institucional, ello no puede ser refrendado, es decir, atestiguado como firma, a menos que haya un espacio institucional en el cual la obra pueda ser recibida, legitimada, etcétera. Es necesario que exista una «comunidad» social que diga que ésto ha sido hecho -aún no sabemos por quién, ni sabemos lo que significa- y vamos a ponerlo en un museo o en un archivo; vamos a considerarlo como una obra de arte. Sin ese refrendo y esa «contrafirma» política y social, no habría obra de arte, no habría firma. En mi opinión, no hay firma antes de la «contrafirma», que depende de la sociedad, las convenciones, las instituciones, del proceso de legitimación. Así que no existe la obra firmada antes de la contrafirma, del refrendo. Y eso funciona incluso para las más extraordinarias obras maestras, como las de Miguel Angel por ejemplo. Si no hay contrafirma, refrendo, la firma no existe. La firma no existe antes del refrendo.</p>

<p>David Wills: ¿Entonces no hay obras no firmadas? </p>

<p>Jacques Derrida: No.</p>

<p>David Wills: ¿La idea de la obra representa una especie de contrafirma, de refrendo en ese sentido?</p>

<p>Jacques Derrida: Totalmente. Hay obras no firmadas en el sentido convencional del término, es decir, obras producidas por autores anónimos. La sociedad reconoce que la autoría es, a veces, desconocida; no sabe quién es el sujeto que ha realizado la obra. Eso es verdad. Pero tal obra existe sólo desde el momento en que está firmada, en que se dice que ahí hay una obra. Hay una firma -no sabemos cuál, no sabemos el nombre de la persona que lo realizó- pero la obra en sí misma atestigua una firma. Pero es sólo el testimonio de una firma si se parte de esa aprobación, de esa contrafirma, que consiste en que la gente llega y decide que ahí hay algo interesante, ya sea un templo, un cuadro, una película.</p>

<p>Peter Brunette: Sí, los historiadores de arte Medieval y Renacentista emplean mucho tiempo intentando establecer el corpus en términos de autoría, y éste tiene que ser refrendado por la institución de la historia del arte antes de que se pueda decir qué es, qué implica la obra de Miguel Angel, por ejemplo.</p>

<p>Jacques Derrida: Pero esa tarea de atribución de una obra puede comenzar sólo después de que los interesados o los destinatarios hayan identificado la obra como una obra que merece ser atribuida, y así es considerada ya como obra firmada. No sabemos por quién, pero ya está firmada porque la hemos aprobado, contrafirmado. De lo contrario, si no la reconocemos, si afirmamos que no es interesante y la dejamos a un lado -lo que puede ocurrir, lo que debe haber ocurrido- en ese punto la cuestión se acaba, allí no hay firma. Así que todo empieza con la contrafirma, con el receptor, con lo que llamamos el receptor. El origen de la obra reside a la larga en el destinatario, que no existe aún, pero que está allí donde empieza la firma. En otras palabras, cuando alguien da su firma a una obra tenemos la impresión que la firma es su iniciativa, que es en él donde empieza, que él o ella produce una cosa y luego la firma. Pero esa firma ya ha sido producida por el futuro perfecto de la contrafirma que habrá de venir a rubricar, a refrendar esa firma. Cuando yo firmo por primera vez, significa que escribo algo que sé que quedará únicamente firmado si los destinatarios llegan a contrafirmarlo, a refrendarlo. Así que la temporalidad de la firma es siempre este futuro perfecto que instintivamente politiza la obra, que la entrega al otro, a la sociedad, a la institución, a la posibilidad de la firma. Y creo que aquí es necesario decir «política» e «institución» y no el simple «alguien otro», porque si existiese uno sólo, si hipotéticamente existiese sólo un contrafirmante, entonces no existiría la firma. Esto nos conduce de lo privado a lo público. Una obra sólo puede ser pública, no existe obra privada. Supongamos que yo firmo algo, una carta por ejemplo: un posible destinatario la recibirá y la contrafirmará, pero no será una obra hasta que una tercera persona, «la sociedad» entera, la haya contrafirmado en un sentido virtual. No funciona con sólo dos. No sé si estará de acuerdo, pero para mí no existen obras de arte privadas, y lo que acabamos de analizar de la firma tiene que ocurrir en un espacio público y por tanto político. Sin embargo, tal vez sea verdad que este concepto de «espacio público» ya no pertenece a una oposición rigurosa entre lo público y lo privado .</p>

<p>David Wills: Lo que escribes sobre la fotografía, la pintura y la arquitectura a menudo depende de la palabra, o digamos más bien de una palabra. Por ejemplo, al principio de «Right of Inspection»6 hay una voz que afirma: «sólo me interesan las palabras»; después otra voz objeta: «no haces otra cosa -y bueno, no sabemos quién es este «tú»- «no haces más que desarrollar un léxico». Podemos establecer este léxico fácilmente: tenemos el juego de palabras en «(de)part(ed)» en aquel texto por ejemplo; tenemos el «ahora» en el trabajo sobre Bernard Tschumi 7; tenemos «subjetil» en el trabajo sobre Artaud 8. Entonces, ¿cuál es el lugar de lo no verbal en tu discurso? Tengo la impresión, por lo que has dicho, que tiene mucho que ver con la idea de mutismo, pero del mismo modo que en tu texto sobre Laporte 9 hablas del efecto musical como «un resto que no puede ser asimilado por ningún tipo de discurso». ¿Cómo encaja todo esto ?</p>

<p>Jacques Derrida: Es necesario responder en dos niveles. Es verdad que sólo me interesan las palabras. Por razones que en parte tienen que ver con mi propia historia y mi propia arqueología, es verdad que mi dedicación al lenguaje es más fuerte, más vieja y me divierte más que mi dedicación a las artes plásticas o espaciales. Ya sabes que yo amo las palabras. Mi mayor deseo es expresarme con palabras. Para mí la palabra incorpora el deseo y el cuerpo; para mí la relación del cuerpo con las palabras es tan importante como lo es con la pintura. Y esa es mi historia, la historia de mis intereses e impulsos. A menudo se me reprocha que sólo me gustan las palabras, que sólo mi propio léxico me interesa. Lo que yo hago con las palabras es hacerlas explotar para que lo no verbal aparezca en lo verbal. Es decir, hago funcionar las palabras de tal manera que en un momento dado dejan de pertenecer al discurso, a lo que regula el discurso -de allí los homónimos, las palabras fragmentadas, los nombres propios que esencialmente no pertenecen al lenguaje. Tratando las palabras como nombres propios desorganizamos el orden usual del discurso, la autoridad de la discursividad. Y si yo amo las palabras es también por su capacidad de escapar de su forma propia, o bien por interesarme como cosas visibles, como letras representando a la visibilidad espacial de la palabra o como algo musical o audible. Es decir, también me interesan las palabras, aunque paradójicamente, por lo que tienen de no discursivas, en lo que pueden ser utilizadas para explotar al discurso. Eso es lo que ocurre en textos como los que aludes; no siempre, pero en la mayoría de mis textos existe un punto en el que la palabra funciona de una manera no discursiva. De repente desorganiza el orden y las reglas, pero no gracias a mí. Yo presto atención al poder que las palabras, y a veces las posibilidades sintácticas también, tienen para trastornar el uso normal del discurso, el léxico y la sintaxis.</p>

<p>Así que, naturalmente, todo esto funciona a través del cuerpo de un lenguaje. Es evidente que con una palabra como «subjetil» sólo puedo producir, mejor dicho reconocer, los efectos de la desestabilización dentro de la lengua francesa, o por lo menos yo doy prioridad al francés. Por una parte me gusta mucho el francés y trabajo mucho sobre él, mientras por otra parte lo maltrato de una manera concreta para que salga de sí mismo. Así, me explico a mí mismo a través del cuerpo de las palabras -y creo que sólo se puede hablar verdaderamente de «el cuerpo de una palabra» teniendo en cuenta las reservas ya mencionadas en el sentido de que hablamos de un cuerpo que no está presente a sí mismo- y es el cuerpo de una palabra lo que me interesa en el sentido de que no pertenece al discurso.</p>

<p>Así que estoy realmente enamorado de las palabras, y como alguien enamorado de palabras, las trato siempre como cuerpos que contienen su propia perversidad -una palabra que no me gusta totalmente, porque es demasiado convencional; digamos su propio desorden regulado. En cuanto ocurre eso, el lenguaje se abre a las artes no verbales. Por eso, sobre todo al tratar de pintura y fotografía, me arriesgo a aventuras verbales como «subjetil» u otras palabras en «Right of Inspection». Cuando las palabras empiezan a enloquecer de esta manera y dejan de comportarse correctamente respecto al discurso es cuando tienen más relación con las demás artes; y a la inversa: ésto nos revela que las artes aparentemente no discursivas, como pueden ser la fotografía y la pintura, corresponden a una escena lingüística. Tales palabras se relacionan con su firmante -esto es evidente en el caso de Artaud, incluso en el caso del fotógrafo Plissart. Hay palabras que funcionan en ellos, lo sepan ellos o no; pues están precisamente en el proceso de dejarse construir por esas palabras.</p>

<p> <br />
David Wills: Por llevar la cuestión un poco más lejos, discutamos sobre música, que es un arte predominantemente no verbal. Me doy cuenta de que todavía no has escrito nada sobre música, pero tengo la impresión de que la discusión de la palabra "ven" que propones en "De un tono apocalíptico..."(1) posee una profunda resonancia musical. No se me ocurre ninguna otra forma de describirlo. Me pregunto si no estás hablando de una especie de fuerza musical en esa palabra. </p>

<p>Jacques Derrida: De alguna manera -y aquí mi respuesta será un poco naif- la música es mi objeto de deseo más intenso, pero al mismo tiempo es un objeto que para mí permanece reprimido. Yo no tengo autoridad en el tema, pues no poseo ninguna cultura musical. De esta forma, mi deseo permanece totalmente paralizado. En este campo tengo incluso más miedo que en ningún otro de decir cosas sin sentido. </p>

<p>Dicho esto, debo añadir que la tensión en lo que leo y escribo, y el tratamiento que le doy al análisis de algunas palabras, probablemente tiene algo que ver con una cierta sonoridad no discursiva, aunque no estoy seguro de si la llamaría musical. Desde luego, tiene que ver con el tono, con el timbre, con la voz -porque contrariamente al tópico más extendido, nada me interesa más que la voz. La voz no discursiva, si se quiere, pero voz al fin y al cabo. </p>

<p>Así, y dado que mencionas la palabra "ven", me da la impresión de que lo que estaba intentando decir es que lo que cuenta en la palabra "ven" no es la semántica, el concepto de "venir"; sino que el pensamiento de "venir" o la acción misma pueda precisamente depender de la pronunciación, de la proferición, de la llamada performativa, y que ello es algo que no se agota en el significado. Dirigiéndome al otro, pues le digo el "venir" siempre a otro, digo "ven", y me estoy refiriendo a un acontecimiento que no se puede confundir con la palabra "ven", tal y como aparece en el lenguaje. Es algo que se podría reemplazar por un signo, por un "ah", por un grito, por algo que signifique "ven". Es algo que en sí mismo no es una presencia completa, sino un diferencial, es decir, algo que se transmite a través del tono y de la gradación, de los cambios de tonalidad. En realidad esos cambios, ese diferencial del tono, que está ahí evidentemente, es lo que me interesa. </p>

<p>Volviendo a lo naif de mi respuesta te diré que cuando escribo lo más difícil, lo que me causa las mayores angustias, especialmente al principio, es encontrar el tono correcto. Últimamente mi problema más serio no está en decidir qué es lo que quiero decir. Cada vez que comienzo un texto la angustia, la sensación de fracaso, vienen del hecho de que no soy capaz de establecer una voz. Me pregunto a mí mismo a quién me estoy dirigiendo, cómo voy a jugar con el tono, siendo el tono precisamente aquello que informa y establece la relación. No el contenido, sino el tono. Y dado que el tono no está nunca presente en sí mismo, siempre se escribe diferencialmente. La cuestión está siempre en la diferencia de tono. Existe un diferencial dentro de cada nota, pero cuando uno escribe un texto pensado para durar, tanto si es un texto discursivo como de cualquier otro tipo, la cuestión es una cuestión de tono. De cambios dentro del tono. Así que imagino que cuando escribo intento resolver mis problemas de tono buscando una economía -no se me ocurre ninguna otra palabra- una economía que consiste en pluralizar siempre el tono, en escribir en muchos tonos, de forma que no me permito a mí mismo reducirme a un sólo interlocutor o un sólo momento. Creo que en el fondo lo que más me interesa en los textos que leo y en los que escribo es precisamente eso. Todo esto merecería seguramente un análisis más profundo, pero en síntesis el asunto reposa justo ahí, en cómo se varía de tono, en cómo el tono se desplaza de una frase a otra. Este tipo de análisis raramente se lleva a cabo -no he leído muchos trabajos sobre este tema- pero sigue siendo una cuestión importante. Se trataría de un análisis de tipo pragmático, que no consistiría en determinar el significado, la tesis, el tema o el teorema de un texto, porque todo eso no es tan importante ni tan esencial. Lo que sí es importante es el tono, y saber a quién se está dirigiendo y para producir qué efecto. Obviamente esto puede cambiar de una frase a otra o de una página a la siguiente. </p>

<p>Y dado que me preguntas por mis textos, yo diría que lo que finalmente tienen en común con las obras espaciales, arquitectónicas o teatrales es su acústica y sus voces. Yo he escrito muchos textos con voces diferentes, y la espacialidad es visible en ellos. Hay distintas personas hablando, y esto necesariamente implica una dispersión de voces, de tonos, que automáticamente producen espacialidad. Incluso cuando eso no está señalado en el texto por nuevos parágrafos, por cambios gramaticales de persona, este tipo de efecto es evidente en muchos de mis textos: de pronto cambia la persona, cambia la voz y todo adquiere espacialidad. Las reacciones de la gente, sus cambios de humor, positivos o negativos, sus rechazos o sus odios, probablemente se pueden explicar mejor en términos de tono y voz, más que en función del contenido de lo que digo en ese momento. Ellos pueden soportar el hecho de que tome ésta o aquella postura, pero lo que realmente les provoca es esa espacialidad. El hecho de que uno ya no sabe con quién está hablando, quién firma, de qué forma se ordena todo en el texto: eso es lo que les perturba, lo que inquieta. Y este efecto de espacialidad -tanto en mis textos como en los de otros- algunas veces asusta incluso más de lo que lo hacen los propios trabajos espaciales, porque incluso los trabajos espaciales que deberían producir este efecto todavía dan la impresión de algún tipo de ordenación. Podemos imaginarnos una obra terrible, insoportable, amenazadora, pero todavía está dentro de un marco, o montada en un pedestal, o si es una película tiene principio y final; hay por lo menos un simulacro de ordenación, y en consecuencia la posibilidad de dominar la obra, algo que supone una protección para el espectador o receptor. Pero hay textos que no tienen principio ni fin, que dispersan sus voces, que dicen cosas diferentes y que, como resultado, dificultan esa ordenación. Uno puede escuchar, pero no es capaz de controlar. Así ocurre con mi obra, y hay a quien le gusta y a quien no. Pero en mi opinión es siempre una cuestión de espacio, de lo indómito de la espacialidad, de algo que justamente ocurre en las voces. </p>

<p>David Wills: ¿Podría esta idea de tono estar relacionada con algo que tuviera que ver con las artes plásticas, con la cuestión de la belleza? </p>

<p>Jacques Derrida: La cuestión de la belleza es tremendamente difícil. No lo sé. Naturalmente podríamos evocar los discursos canónicos sobre la belleza y hablar de Kant, etcétera, pero no resultaría interesante aquí. Personalmente no soy capaz de tratar la belleza como efecto separado, aunque soy sensible a ella, hablemos del tema dentro o fuera del arte. En ninguno de los dos casos puedo separarla de la experiencia del cuerpo, y por lo tanto de la experiencia del deseo; naturalmente, es entonces una experiencia de carácter libidinal. Por la razón que acabo de mencionar, probablemente soy más sensible a los trabajos a través de la voz, de la belleza de las tonalidades. Por esta razón, finalmente, debo decir -todavía en el registro naif- que raramente me sobrecoge la belleza de los trabajos pictóricos o arquitectónicos. Rara vez una pintura me quita el aliento. En cambio, esto sí me ocurre a veces con la música o cuando escucho la palabra hablada o leo un texto -es decir, escuchando la voz- y a menudo me ocurre en el cine, pero sólo en tanto que este sentimiento viene a través de la voz como deseo. Puede ocurrir en el cine mudo, pero sólo porque el cine mudo nunca es del todo realmente mudo. </p>

<p>Por lo tanto podría decir que para mí la experiencia de la belleza, si es que existe semejante cosa, es inseparable de las relaciones con el deseo del otro, hasta el punto de que ello sólo funciona a través de la voz, a través de algo que tiene que ver con las diferencias tonales. Para ser más concreto, a través de la voz como algo que intensifica el deseo al máximo, porque justamente lo separa del cuerpo. Hay en la voz un efecto de interrupción, de suspensión. Uno puede hacer el amor con la voz, sin estar haciendo el amor. La voz separa. Y de este modo es un asunto de lo que sea que hay en la voz que provoca el deseo; es una vibración diferencial que al mismo tiempo interrumpe, estorba, impide el acceso, mantiene la distancia. Para mí eso es la belleza. Hablamos de belleza cuando nos enfrentamos a algo que es a la vez deseable e inaccesible, algo que me habla, que me llama, pero que al mismo tiempo me está diciendo que es inalcanzable. Entonces puedo decir que es bello, que existe más allá, que tiene un efecto de trascendencia, que es inaccesible. Por lo tanto yo no puedo consumirlo -no es consumible; es una obra de arte. Esto es lo que define a la obra de arte: no ser consumible. Lo bello es algo que despierta mi deseo al decir precisamente "no me consumirás". Por ello, toda obra de arte es una obra de duelo gozosa, incluso aunque no haya obra ni luto. Por otra parte, si se trata de algo que puedo consumir entonces no es algo bello. Es por esto que tendría más problemas para decir que un cuadro o una pieza arquitectónica es bella. Podría decirlo, pero sin ser capturado por ninguno de ellos, no estaría conmovido por el mismo sentimiento de belleza. Sin embargo puedo ser conmovido en el caso de un discurso finito, donde aparecen seres que hablan, o incluso en el caso de textos, un poema por ejemplo, donde hay efectos de la voz que te invocan y se dan a sí mismos, pero rehusándose. Todo lo que puedes decir es que es bello, y que tú no eres responsable. Puede ocurrir sólo contigo -como en el caso de la firma- pero al mismo tiempo tú no tienes nada que ver con ello. Por lo tanto es como si estuvieras muerto; ocurre sin ti. Hay una voz que sólo puede ocurrir por ti, pero que pasa de ti. Eso es la belleza, es algo triste, doloroso. Podríamos tener, en un contexto distinto, una discusión más académica sobre la belleza, pero aquí estoy intentando decir algo distinto. </p>

<p>Peter Brunette: En "Cincuenta y dos aforismos"(2) hablas mucho acerca de la relación de la arquitectura con el pensamiento o la reflexión, de la analogía entre el discurso y todo el arte espacial. ¿Qué opinas de la relación de línea, forma y color con el pensamiento? Cuando dices "arte espacial" en lugar de "arte visual" ¿cambia eso algo? ¿Hay predominio logocéntrico del yo, del ojo(3), en la visión negada cuando pones estas palabras en la esfera de lo espacial? </p>

<p>Jacques Derrida: Seguramente hay un elemento de azar en mi uso de la palabra "espacial" -la verdad es que no sé como ajustar mi discurso a vuestras expectativas-, pero es cierto de hecho que digo "espacial" con mayor facilidad que "visual". Debería dar la siguiente razón: es porque no estoy seguro de que el espacio esté esencialmente dominado por la mirada. Obviamente, cuando digo arte espacial, eso me permite, de un modo económico y estratégico, relacionar estas artes con un cambio general de ideas respecto al espacio, la pintura, el discurso,... y también porque el espacio no es necesariamente aquello que es visto, como lo es para el escultor o el arquitecto, por ejemplo. Espacio no es sólo lo visible, sino algo que abarca incluso lo invisible -esto nos remite al texto sobre la ceguera(4)-. Lo invisible, para mí, no es simplemente lo opuesto a la visión. Esto es difícil de explicar, pero en ese texto intento demostrar que el pintor o el dibujante son ciegos, que ella o él escriben, dibujan o pintan, como ciegos, que la mano de ese pintor o ese dibujante es la mano de una persona ciega -que la suya es una experiencia de ceguera. De manera que las artes visuales son también artes de la ceguera. Por esa razón prefiero hablar de artes espaciales. Ello me permite más fácilmente relacionarlas con las nociones de texto, espacio, etc. </p>

<p>En cuanto a la segunda parte de tu pregunta, obviamente la palabra "pensamiento" no funciona para mí en su contexto normal, excepto que en algún momento yo pueda, como cuestión puramente utilitaria, emplearla en función de alguna distinción realizada en algún otro lugar entre pensamiento y filosofía. El pensamiento no está agotado por la filosofía. La filosofía es sólo un modo de pensamiento, y es en la medida que éste excede a la filosofía que puede interesarnos aquí. Esto supone que existen artes espaciales, prácticas, que exceden a la filosofía, que resisten al logocentrismo filosófico y que no son simplemente naturales o, como algunos las llaman, animales. No son simplemente del orden de las necesidades inmediatas. En este punto me parece necesario decir que allí existe el pensamiento, algo que produce sentido sin pertenecer al orden del sentido, que excede al discurso filosófico y que cuestiona a la misma filosofía, que potencialmente contiene un cuestionamiento de la filosofía, algo que va más allá de la filosofía. Esto no significa que un pintor o un cineasta posean los medios para cuestionar a la filosofía, pero sí que lo que ellas o ellos crean constituye la frontera de algo de lo que no se puede adueñar la filosofía. Es justo allí donde hay pensamiento. De manera que cada vez que hay un avance, una creación pictórica o arquitectónica, ya sea una obra particular, una nueva escuela o un estilo arquitectónico o una nueva clase de evento artístico, el pensamiento está presente, y no sólo en el sentido que acabo de describir. Todo ello implica al pensamiento también en el sentido de la memoria de la historia y de la tradición de la obra, o del arte en general. Y eso no significa que los artistas de hecho conozcan la historia de su disciplina, o que los cineastas deban conocer la historia del cine, pero el hecho de que ellos inauguran algo, de que producen un tipo de obra que no hubiera sido posible hace, digamos, 20 años, supone que en sus trabajos la memoria de la historia del cine está grabada, y por lo tanto interpretada: eso es también pensamiento. Lo que llamo pensamiento es justo esto: un estar interpretando. En ese sentido, cuando hablo de un trabajo de pensamiento en la arquitectura, lo que también puede aplicarse a la pintura o a las bellas artes, estoy haciendo una distinción entre pensamiento y filosofía. Me refiero a algo que excede a lo filosófico, algo no sólo del orden de un movimiento de tierras o de un instinto animal, sino más bien a la auto-interpretación, a la interpretación de la propia memoria. </p>

<p>Lo que llamo pensamiento es un gesto polémico con respecto a las interpretaciones consolidadas, para las cuales la producción de una obra de arquitectura o cine son, si no naturales, al menos ingenuas en términos de la crítica o de los discursos teóricos, los cuales son esencialmente filosóficos. ¡Como si el pensamiento no tuviera nada que ver con la obra, como si ésta no pensase, como el teórico, el intérprete o el filósofo! Así, la idea es defender, de manera polémica, que el pensamiento está en la experiencia de la obra, que está incorporado a ella -hay una provocación en pensar de parte de la obra, y esta provocación es irreductible. Obviamente, está cargada de significado porque asume demasiadas cosas, tales como la heideggeriana distinción entre filosofía y pensamiento. Son los términos de Heidegger los que utilizo cuando digo que la filosofía es sólo un modo de pensar. Es casi una cita directa que me he apropiado -pero al mismo tiempo utilizo ésta en un sentido que es anti-heideggeriano. Para interpretar correctamente mi reflexión acerca del pensamiento arquitectónico es necesario, primero, comprender la referencia a Heidegger; y, segundo, comprender que el texto entero acerca de la arquitectura es anti-heideggeriano. Es un argumento contra la idea heideggeriana del habitar, de la obra de arte como "habitación". Mi crítica a Heidegger a menudo comienza por su teoría de las artes espaciales. Y ello porque pienso que la jerarquización de las artes que él establece en su discurso sobre el arte y la pintura, o sobre la poesía, repite un gesto filosófico clásico, que es exactamente aquél contra el que yo argumento. </p>

<p>De manera que no es sólo un argumento contra Heidegger que luego yo aplico al dominio del arte; en realidad, es en relación a los fundamentos de las artes espaciales, o empezando por la cuestión de las artes espaciales, que yo cuestiono a Heidegger, particularmente en el dominio de la arquitectura y en lo que él defiende acerca del habitar. </p>

<p>David Wills: Volvamos a tu texto sobre la fotografía, "Derecho de Inspección". Me gustaría que te extendieras sobre lo que me contaste una vez concerniente al problema de su traducción, al hecho de que la obra no fuese aceptada por un editor americano. </p>

<p>Jacques Derrida: La cuestión de esa traducción es complicada. Primero, es un libro muy difícil de traducir, por el modo en que juega con las palabras francesas; pero es más que eso, porque yo trato de demostrar que las fotografías mismas proceden de una clase de juego implícito en francés que no es traducible, que es como si esta obra fotográfica pudiera ser producida sólo en el idioma francés; como si no sólo mi texto, sino también las fotografías fueran intraducibles. Me estoy acordando de lo que ocurrió en el caso de la traducción japonesa del texto. Debido a las diferencias entre la alineación de izquierda a derecha de la escritura occidental y la progresión vertical, y de derecha a izquierda de los japoneses y debido al hecho de que una alineación similar de miradas ocurre tanto dentro de una fotografía como entre una foto y la siguiente, no era posible reproducir las fotos en un orden "correcto" en japonés. De hecho, el editor invirtió el orden original de las fotos, pero eso sólo confundió a los lectores japoneses, pues las miradas continuaban sin poder relacionar unas fotos con otras. De manera que lo que yo llamo la intraductibilidad del texto se hizo evidente en el caso japonés. </p>

<p>Así que en primer lugar es difícil de traducir por razones debidas al texto en sí mismo. Aparte de esto, y de todos modos, si apareció en inglés solamente en Australia imagino que fue además por otras razones -no sé exactamente cuáles, aunque tengo formada una opinión después de haber hablado con algunas personas. Parece que, a pesar de todo, en el campo de las editoriales académicas americanas la "obscenidad" de las fotografías es un obstáculo. Quiero decir que mis editores americanos, las respetables editoriales universitarias, no quisieron publicar la obra ni asociar mi nombre con fotografías de amantes lesbianas, y así dijeron que la obra no les interesaba. Por ejemplo, una de las editoriales, a través de un representante que decía saber algo de fotografía, me comunicó que las fotos no eran interesantes. No sé en qué basaban sus valoraciones, si estaban siendo sinceros o no. Yo no soy quién para juzgarlo. Quizá este representante tenía razón, pero la obra consistía en algo más que en las fotografías. En este caso se dio un rechazo que no puedo explicar. Sólo puedo pensar que la resistencia a esta clase de imágenes en el campo de las editoriales académicas es mayor de lo que creía. Fui muy ingenuo porque con la idea confusa que yo tenía sobre lo que está pasando en los Estados Unidos no pensaba que este tipo de hipocresía prevaleciera todavía. Desde este punto de vista, este país continúa siendo muy enigmático para mí. Coexiste un tipo de libertad casi sin trabas junto a las más ridículas prohibiciones morales; la proximidad de ambas es difícil de comprender. </p>

<p>Peter Brunette: Me gustaría preguntarte ahora algo referente a la así llamada negatividad de la deconstrucción. Al final de los "Cincuenta y dos aforismos" haces una llamada a la no destrucción de las cosas, a favor de la necesidad de encontrar algo afirmativo: "La base sin fondo de una arquitectura a la vez deconstructiva y afirmativa puede causar vértigo, pero no es el vacío, el resto caótico y abismal, el hiato de la destrucción". Apuntas este lugar afirmativo en tu obra, pero nunca lo nombras. ¿Puede ser nombrado? </p>

<p>Jacques Derrida: No es un lugar; no es un sitio que exista realmente. Es un "ven"; es lo que llamo una afirmación que no es positiva. No existe, no es presente. Siempre distingo la afirmación de la postura de positividad. De este modo es una afirmación muy arriesgada, incierta, improbable; escapa totalmente al espacio de certidumbre. </p>

<p>Antes de avanzar sobre esta cuestión, y respecto el pasaje que has citado, puedo decir que insisto en ese tema -en el texto sobre arquitectura- por dos razones: primero, porque de hecho la gente puede decir que la arquitectura deconstructiva es un absurdo, ya que la arquitectura consiste en construir. Así que es necesario explicar qué es lo que ese término significa en el texto, que la "arquitectura deconstructiva" se refiere precisamente a lo que ocurre en términos de un reunir, de un estar juntos, de un constituir asamblea, también del ahora y del conservar. La deconstrucción no consiste solamente en disociar, desarticular o destruir, sino también en afirmar un cierto "estar juntos", un cierto ahora; la construcción es posible solamente a partir de que los fundamentos, los cimientos mismos, hayan sido deconstruidos. Afirmación, decisión, invención, la llegada en torno al constructum no es posible a menos que la filosofía de la arquitectura, la historia de la arquitectura, los cimientos mismos, hayan sido cuestionados. Si los cimientos están seguros, no hay construcción ni existe la invención. La invención asume una indeterminación; asume que en un momento dado no hay nada. Echamos cimientos sobre las bases de la no-cimentación. Así, la deconstrucción es la condición para la construcción, para la invención verdadera de una afirmación real que mantiene unido aquello que construye. Desde este punto de vista, sólo la deconstrucción, sólo una apelación a la deconstrucción, puede realmente crear arquitectura. </p>

<p>El pasaje que tú citas ofrece así una respuesta a aquellos que están aterrorizados ante la idea de una arquitectura deconstructiva, a aquellos que la consideran ridícula; pero en segundo lugar, también es una respuesta a los discursos dentro del campo arquitectónico que son un poco negativos, como el de Eisenman, por ejemplo. Se ha publicado hace poco una carta que le escribí en relación a este tema(5). En la discusión teorética de su obra él presenta a menudo un discurso de la negatividad demasiado fácil: habla de la arquitectura de la ausencia, de la arquitectura de la nada -y yo soy escéptico frente a los discursos de ausencia y negatividad. Esto también lo aplico a otros arquitectos como Libeskind. Entiendo lo que motiva sus observaciones, pero no son lo suficientemente cuidadosas. Hablando de sus propias obras se inclinan demasiado a hablar de vacío, de negatividad, de ausencia, con un tono a veces teológico, incluso judeo-teológico. Ninguna arquitectura puede ser llamada judaica, por supuesto, pero la suya se apoya en un tipo de discurso judaico, elabora una especie de negatividad teológica en relación al tema de la arquitectura. </p>

<p>Ahora bien, ¿cómo se nombra esa positividad? No lo sé. Si lo supiera, nada hubiera ocurrido nunca. El hecho es que, a fin de que lo que convencionalmente llamamos deconstrucción arranque, esa llamada es necesaria. Dice "ven". Pero, ¿ven a dónde? -no lo sé. De donde viene esta llamada y de quién, lo ignoro. Esto no significa simplemente que yo sea un ignorante; sino que hablamos de algo que es ajeno al conocimiento. A fin de que esa llamada exista, el orden del conocimiento debe ser quebrado. Si podemos identificar, objetivizar, reconocer el lugar, desde ese momento ya no hay llamada. A fin de que exista una llamada y de que exista la belleza de la que hablamos anteriormente, el orden de determinación y conocimiento deben ser sobrepasados. Es en relación al no-conocimiento como tiene lugar la llamada. Así que yo no tengo la respuesta. No puedo decirte "es ésta". De verdad que no lo sé, pero este "no lo sé" no es resultado de la ignorancia o del escepticismo, ni de nihilismo u oscurantismo alguno. Este no-conocimiento es la condición necesaria para que algo ocurra, para que sea asumida una responsabilidad, para que una decisión sea tomada, para que un acontecimiento tenga lugar. </p>

<p>Es necesario que seamos incapaces de contestar esa pregunta y que cada acontecimiento -ya sea un acontecimiento en la vida de alguien, ya un acontecimiento tal como una obra de arte- tenga lugar allí donde no hay lugar. Eso proporciona el lugar de un acaecer y es imprescindible que ese lugar no pueda ser conocido antes, que no sea programable. Después podemos imaginar o determinar los programas, podemos hacer los análisis. Si una forma de arte aparece en tal o cual momento es porque las condiciones históricas, ideológicas y técnicas lo hacen posible; pero es sólo a posteriori como vamos a poder determinar ese lugar, como lugar en que era posible esperar la obra, como satisfaciendo nuestras expectativas, como determinada por una necesaria estructura de recepción. Si pudiéramos hacer ese análisis de modo completo, sería porque nada habría ocurrido. Creo que es siempre necesario tener en cuenta las condiciones históricas, políticas, económicas e ideológicas, analizarlas lo más posible incluyendo hasta la historia de cada forma específica de arte. Pero si el análisis de todas estas condiciones es completo hasta el punto de que la obra aparece ahí solamente para tapar un agujero, entonces es que no había obra. Si la obra existe es porque incluso cuando todas las condiciones que podrían convertirse en objeto de análisis han sido halladas, todavía algo inesperado e ilocalizable ha ocurrido, algo a lo que llamamos firma, obra si lo prefieres. Si todas las condiciones necesarias para producir, digamos, "En busca del tiempo perdido" han sido encontradas y podemos analizar esas condiciones de forma generalizada y en cada caso concreto, y si de hecho ese análisis no necesita más de la obra, entonces es porque nada ha ocurrido. Si una obra existe, significa que el análisis de todas las condiciones sólo sirvió, cómo lo diría, para hacer sitio en un lugar absolutamente indeterminado a algo que es a la vez inútil, suplementario y finalmente irreductible a esas condiciones. </p>

<p>Peter Brunette: Querría hacerte ahora una pregunta acerca del futuro de lo que podría ser denominado una práctica crítica deconstructiva alternativa. Parece que si se escribe siguiendo el modelo deconstructivo más convencional, se cae en algo académico, ya realizado previamente. Pero si se escribe de un modo más personal, o más abandonado al azar o los hallazgos fortuitos, entonces los críticos se vuelven hostiles. Dicen que eso es demasiado narcisista, o que está bien cuando lo hace Derrida o lo hacía Barthes, porque ellos son Derrida y Barthes, pero que cuando otros lo hacen es autocomplacencia. Reconociendo el enorme constreñimiento institucional sobre el discurso, ¿piensas que hay algún futuro para esta clase de práctica? </p>

<p>Jacques Derrida: Si hay "esta clase de práctica", entonces no tiene la más mínima oportunidad. Su oportunidad reposa justamente en que la "práctica" sea transformada, desfigurada. Es obvio que si se somete a una fórmula normalizada e identificable, ya reconocida en un momento dado, entonces no debería tener una oportunidad. Habría nacido muerta, muerta desde el inicio. Si tiene una oportunidad es en la medida en que se mueva, en que logre transformarse, en que no sea inmediatamente reconocida. Deberíamos ser capaces de reconocerla, pero es además necesario que en el proceso de este reconocimiento alguna otra cosa ocurra en un sentido contrario, algo que aparezca como de contrabando. La gente debe ser capaz de reconocer y al mismo tiempo asumir que están tratando con algo que no pueden identificar totalmente, que hay en ello algo que ellos no conocen. Se asume y no; no hay una ley general. Por decirlo en términos formalistas, propondría que se trata de una paradoja como la que sigue: las posibilidades de que X -digamos la deconstrucción, pero podría ser cualquier otra cosa- prolifere y crezca son inversamente proporcionales al hecho de que se cumpla su reconocimiento como tal X, es decir, directamente proporcional a su capacidad de producción de efectos que no podrían ser inducidos de modo continuo por la propia deconstrucción. Así, ello es algo que sólo puede existir como transformado, como desplazado. </p>

<p>Peter Brunette: ¿Qué te parece en ese sentido el intento de Gregory Ulmer, en su reciente libro Teletheory: Grammatology in the Age of Video(6), para desarrollar una práctica crítica alternativa, que él denomina mystory? </p>

<p>Jacques Derrida: Con respecto a Greg Ulmer, su trabajo me parece muy interesante, muy necesario; abre otro espacio que podemos evaluar de una manera diferente. Podemos evaluarlo con respecto a la deconstrucción -personalmente estoy incapacitado para hacerlo- o con respecto a lo que yo he hecho, y la gente puede o no estar de acuerdo con ello. Pero es necesario además plantear una discusión autónoma acerca de esos objetos -televisión, telepedagogía y demás- y es obvio que tales cuestiones van a producir un nuevo discurso que un montón de gente, yo mismo incluido, no entenderemos. De hecho yo mismo no estoy seguro de haber entendido a Greg Ulmer muy bien, o de haber trabajado lo suficiente sobre él como para saber lo que piensa. Lo veo desde lejos, como en boceto, como en principio algo que va más allá de mí. Y eso significa que el objeto llamado deconstrucción se ha desplazado y que bajo su nombre hay ya muchas cosas que están ocurriendo y que no tienen nada que ver en un sentido estrecho con la palabra. Y que por lo tanto su objeto está siendo desplazado y deformado. Esa es justamente su condición de futuro. Si la deconstrucción va a tener futuro, es a condición de no ser más "eso", sino de producirse en otro lugar. Está claro que la producción de nuevas capacidades tecnológicas -en comunicaciones, por ejemplo-, que a mí mismo nunca me hubiera sido posible imaginar, desplazará completamente las cosas. La situación política está cambiando radicalmente; lo mismo ocurre con los ordenadores, la biología, y con todo aquello que producirá necesariamente discursos que no son totalmente trasladables a un código o lenguaje de la deconstrucción de hace veinte años, o de hace diez años, o del tiempo presente. Pertenece al futuro, por definición. Y si hay un futuro, es precisamente porque no podemos decir nada acerca de ello. </p>

<p>En los términos en que yo puedo predecir, desde lo que tengo a mano, durante los años que vienen la guerra sobre la deconstrucción continuará probablemente con furia en la academia americana. En mi opinión la controversia está lejos de amainar. No sé durante cuánto tiempo esto seguirá, pero el argumento político seguirá abasteciendo de combustible al debate. No es sólo que los asuntos del pasado, aquellos de Heidegger o de Man, siguen levantando interés. Durante cierto tiempo la temperatura permanecerá bastante elevada, y por razones políticas, y no sólo acerca de cosas que son difíciles de interpretar, como con el "caso de Man", sino para el sistema completo en el que se inscriben los detractores de la deconstrucción. Habrá una gran incertidumbre que incrementará la tensión, especialmente a causa de lo que ahora está ocurriendo en la esfera geopolítica, especialmente a partir de lo que venimos llamando el proceso de democratización en los países del Este; todo eso hará que la máquina interpretativa se muestre muy inquieta. Y, como siempre, la polarización hará que la tensión se incremente; porque resulta indudable la polarización alrededor de la deconstrucción -entre aquellos que dicen que es reaccionaria y aquellos que dicen que es revolucionaria, conservadora o no conservadora. </p>

<p>David Wills: ¿Crees que la problemática es la misma en Francia? </p>

<p>Jacques Derrida: No, en Francia es más complicado; siempre hay semejanzas, pero en Francia el mundo intelectual está más diversificado. En Estados Unidos la deconstrucción está restringida al medio académico, aunque ese medio no sea un campo homogéneo -y de hecho ocurra que la deconstrucción esté empezando a desbordar el campo académico. Alguien me dijo que había habido recientemente un coloquio sobre la deconstrucción en el ejército o en la marina. Y el otro día Hillis Miller me dijo que había recibido una llamada de Phyllis Franklin del MLA, a quien un senador le había solicitado información sobre la deconstrucción. Así que está claro que quieren saber lo que está pasando. Pero, en general, en todo caso, la cultura intelectual americana está restringida al campo académico. En Francia las cosas son diferentes. El mundillo universitario no coincide con el cultural o el literario. </p>

<p>Peter Brunette: Estaba pensando en el mundillo universitario porque cuando los profesores de universidad franceses vienen aquí y les decimos que estamos interesados en tu trabajo, ellos tienen la tendencia a decir que, sí, que la deconstrucción era algo importante que pasaba hace quince o veinte años, pero insisten en no entender por qué nos interesa todavía. </p>

<p>Jacques Derrida: Esto es a la vez cierto y falso. Es verdad que la deconstrucción apareció en una forma determinada y en un momento concreto en Francia y que ha habido un retraso en su transmisión. Hubo un proceso de asimilación, y por tanto, aparentemente, de digestión y evacuación, que ocurrió en Francia entre 1966-67 y 1972-73, y desde ese punto de vista se supone allí un proceso terminado. Pero, al mismo tiempo, a menudo esa opinión muestra la desaprobación o el resentimiento contra algo que en mi opinión todavía no ha llegado a Francia. Así que es una opinión verdadera y falsa, y merecería tal vez un análisis más detallado. También es necesario tener en cuenta la posición individual de los intelectuales franceses que vienen aquí, que tienen sus intereses, que tienen una determinada experiencia, y que quieren ver las cosas de una forma concreta. En general les pone nerviosos, por razones obvias, que la deconstrucción interese a la gente de aquí. Esto me concierne directamente, porque yo estoy justo en el medio de todo ello, y a menudo me llega de vuelta a casa justamente por este camino. </p>

<p>Peter Brunette: Tengo una pregunta relacionada con ésta que es un poco más difícil, quizá porque es fundamental, pero es una cuestión para mí muy importante, incluso para mi propia vida intelectual. El problema es que me siento incapaz de escuchar una conferencia sobre cualquier tema, no importa lo especializado que sea, desde que he sido "arruinado" por la deconstrucción. </p>

<p>Jacques Derrida: Yo también siento igual. </p>

<p>Peter Brunette: Todo el pensamiento, por lo menos hasta ahora, parece depender de la capacidad de hacer distinciones, de ordenar las jerarquías. Tan pronto como veo que alguien que está dando una conferencia divide el tema en tres partes, por ejemplo, veo como la cuestión 1 podría ser considerada parte de la 3 o que las 2 y 1 se superponen o coinciden parcialmente. Así que, teniendo en cuenta que la deconstrucción parece amenazar la producción de conocimiento de este modo fundamental, me pregunto si no estabas siendo un poco ingenuo cuando al final de la entrevista Limited. Inc. que te hizo Gerald Graff dijiste que lo que más te preocupaba era que la gente parecía leer equivocadamente, de manera deliberada, tu trabajo, y que parecían irresponsables cuando lo discutían. Pero, teniendo en cuenta que tus ideas amenazan la producción de conocimiento, según acabamos de establecer, ¿no es comprensible tal respuesta? Y si es verdad que la deconstrucción bloquea la producción de conocimiento, ¿hacia dónde vamos? A lo mejor es una pregunta ingenua, pero siento que debo hacerla: ¿Qué viene a continuación? </p>

<p>La segunda parte de la pregunta es: ¿Cuál piensas que es, institucionalmente hablando, la perspectiva futura de la deconstrucción en América? ¿Continuará existiendo? Y si lo hace, ¿empezará a tomar nuevas formas más allá de lo que se podría llamar la indecidibilidad de la "Escuela de Yale", el encuentro de aporías en los textos? Estoy pensando, por ejemplo, en Glas, el texto performativo que intenta ir más allá del logocentrismo ¿Crees qué hay algún futuro para algo así en la academia americana? </p>

<p>Jacques Derrida: Bueno, son muchas preguntas. Ayer estuve en un coloquio sobre el holocausto, y hablé durante dos horas y media sobre un texto de Benjamin tratando 1, 2, 3 distinciones. Pasé el tiempo demostrando cómo este texto de Benjamin, Para una crítica de la violencia, que establece una serie de distinciones entre conceptos como "fundar la violencia" y "conservar la violencia", deconstruye constantemente sus propias oposiciones conceptuales. Así que estuve todo el rato delineando las distinciones benjaminianas y cuestionándolas. Para mí una lectura sólo es soportable cuando cumple esa labor. Una vez dicho esto, no creo que la deconstrucción sea esencial o únicamente aquella operación que, como tú dices, destruye la producción de conocimiento. No. O, mejor dicho, lo hace y no lo hace. Por una parte, puede de hecho bloquear o interrumpir cierto tipo de obra, de trabajo intelectual; pero, por otro lado, indirectamente produce conocimiento, indirectamente produce obra. Tanto los que se consideran deconstruccionistas como los que se oponen a ella trabajan a su modo, y creo que eso sin duda acelera la producción de conocimiento. Por ejemplo, el Neohistoricismo, que se presenta a sí mismo como un productor de conocimiento, aparece en el mismo campo delimitado por la deconstrucción. Aunque reconozco que la deconstrucción puede paralizar la lenta y optimista acumulación positiva de conocimiento, también pienso que es al mismo tiempo productiva. </p>

<p>Luego me preguntas qué viene después. Para ser sincero, no tengo ni idea. Yo no estoy aquí para cantar las alabanzas de la deconstrucción, pero creo que el hecho de que la deconstrucción ya no se limita a lo que tú llamas la Escuela de Yale es evidente. Diciendo eso dejo claro que no estoy hablando de mi propio trabajo. Lo que está ocurriendo en arquitectura, en las facultades de derecho, etcétera, muestra que la deconstrucción no se ha limitado a ese contexto. Aún suponiendo que en un momento dado eso fuera así -lo que no es estrictamente cierto- y la deconstrucción se identificara con el grupo de "Yale"; eso se acabó. Y de hecho siempre fue de ese modo, incluso en Yale. Pero es necesario distinguir entre el destino de la palabra "deconstrucción", o de una escuela así llamada -que de hecho nunca existió- y otras cosas que sin tal nombre o alguna referencia a la teoría, se pueden desarrollar como deconstrucción. Para mí la deconstrucción no se limita a un discurso sobre el tema de la deconstrucción, para mí la deconstrucción hay que encontrarla en marcha, está en obra. Opera en Platón, en los mandos militares americanos y soviéticos, o en la crisis económica. Así pues la verdadera deconstrucción no necesita de la deconstrucción, no necesita de una teoría o una palabra. De manera que si la restringimos, si la limitamos al efecto discursivo e institucional que ha provocado en todo el mundo, pero principalmente en América y en la academia, y nos preguntamos qué viene a continuación, pues no lo sé. Estamos acostumbrados a los cambios de moda en las escuelas, en las teorías y las hegemonías. Y no vamos a usar una palabra indefinidamente. Un día pensaremos que durante los 60, 70 y 80 hubo una cosa llamada deconstrucción que estuvo representada por... no me hago ilusiones sobre esto, no más que sobre nuestra propia longevidad. Sabemos que por lo general vivimos 60 o 70 años y después morimos. En ese sentido, la "deconstrucción", como palabra o como tema, desaparecerá. ¿Qué pasará antes o después de que desaparezca? No lo sé. Creo que ya ha tenido una vida bastante larga, precisamente porque nunca fue una teoría incluida en una disciplina filosófica o literaria. Sigue un ritmo temporal diferente y está tardando un tiempo en desplazarse hacia la arquitectura u otros campos. Se transforma, es un fenómeno bastante monstruoso, cada vez diferente y, por tanto, inidentificable. Obviamente, si algunos quieren identificarla con el tipo de teoría literaria que se desarrolló en Yale, en un gesto reductivo, es más fácil encontrarle límites. Pero es más como un virus, es una forma de virus al que perdemos la pista. Es inevitable que en un momento dado se pierda la pista identificable con el nombre de deconstrucción; esto es obvio, la palabra se desgastará. Pero más allá de la palabra "deconstrucción" o de otras palabras asociadas con ella, este proceso será diferente, puede que dure más. Continuará habiendo pequeños organismos, con sus vidas independientes, cuyas trayectorias tal vez podamos seguir -pero eso es así para cualquier cosa que acontece en una cultura. ¿Cómo se sigue el rastro de la filosofía a través de la historia? No lo sé. </p>

<p></p>

<hr>
 

<p>Notas</p>

<p>1 «Jacques Derrida in Discussion with Christopher Norris», en Deconstruction: Omnibus Volume, New York, Rizzoli, 1989, p. 72.</p>

<p>2 The Post Card: From Socrates to Freud and Beyond, Chicago, University of Chicago Press, 1987 </p>

<p>3 «Rhétorique de la drogue», en Points de suspension: Entretiens, Paris, Galilée, 1992, pp. 241-67.</p>

<p>4 «+R [Into the Bargain]» en The Truth in Painting, Chicago, University of Chicago Press, 1987, p. 156.</p>

<p>5 Signéponge/Signsponge, New York, Columbia University Press, 1984.</p>

<p>6 «Right of Inspection«, ART & TEXT 32, 1989, pp . 19-97 .</p>

<p>7 «Point de folie- Maintenant líarchitecture», Architectural Association Files 12, 1986, pp. 4- 19.</p>

<p>8 «Forcener le subjectile», en Antonin Artaud: Dessins et portraits, Paris, Gallimard, 1986, pp. 55-105.</p>

<p>9 «Ce qui reste a force de musique», en Psyché, Galilèe, Paris, 1986, p. 101.</p>

<p>(1) "Of an apocaliptic tone recently adopted in philosophy", SEMEIA, núm. 23, 1982, pp. 63-97. <br />
(2) "Fifty-two Aphorisms for a Foreword", in Omnibus, p. 69. </p>

<p>(3) El juego de palabras, entre "yo" y "ojo" es intraducible; en inglés, "I" y "eye" se pronuncian igual. [N. del T.] </p>

<p>(4) "Memoirs of the blind", Trad. al inglés de Pascale-Anne Brault y Michael Naas, Chicago, University of Chicago Press. </p>

<p>(5) "A letter to Peter Eisenman", ASSEMBLAGE, núm. 12 (Agosto 1990), pp. 7-13. </p>

<p>(6) Gregory Ulmer, Teletheory: Grammatology in the Age of Video, New York, Routledge, 1989.</p>]]>
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    <title>Traducción parcial de Theatrum Philosophicum - Foucault sobre Deleuze</title>
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    <published>2008-05-29T09:16:34Z</published>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>Consideren cómo manejamos las diferencias. Generalmente se supone que hay una diferencia de o dentro de algo; detrás de la diferencia, más allá de ella -pero como su apoyo, su lugar, su delimitación y consecuentemente como la fuente de su dominancia-planteamos, a través del concepto, la unidad de un grupo y su descomposición a especies en la operación de diferenciación (el dominio orgánico del concepto Aristotélico). La diferencia es transformada a aquello que debe ser especificado dentro de un concepto, sin sobrepasar sus límites. Aun así, arriba de las especies, encontramos los enjambres de las individualidades. ¿Qué es esta diversidad sin límites, la cual elude especificación y queda fuera del concepto, si no de la resurgencia de la diferencia? Debajo de la especie ovina, nos vemos reducidos a contar borregos. Esto se presenta como la primera forma de subyugación: diferencia como especificación (dentro del concepto) y repetición como la diferencia de individuos (fuera del concepto). Pero ¿subyugación a qué? Al sentido común, alejándose del flujo desquiciado y la diferencia anárquica, que invariablemente reconoce la identidad de las cosas (y esto es siempre una capacidad general). El sentido común extrae la generalidad de un objeto mientras que simultáneamente establece la universalidad del sujeto cognoscente a través de un pacto de buenas intenciones.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Pero ¿qué pasaría si diéramos rienda suelta al deseo perverso?</p>

<p>¿Qué si el pensamiento se librara del sentido común y decidiera funcionar únicamente con su singularidad extrema? ¿Qué si adoptara el prejuicio con mala reputación de la paradoja, en vez de la complacencia de aceptar su ciudadanía en la doxa? ¿Qué si conceptualizaran diferencialmente las diferencias, en vez de buscar los elementos comunes que subyacen a las diferencias? Entonces la diferencia desaparecería como una característica general que lleva a la generalidad del concepto y se volvería -un pensamiento diferente, el pensamiento de la diferencia- un evento puro. En cuanto a la repetición, dejaría de funcionar como la gris sucesión de lo idéntico y se volvería la diferencia desplazada. El pensamiento ya no está comprometido a la construcción de conceptos una vez que escapa de los buenas intenciones y la administración del sentido común, preocupado como está con la división y la caracterización. Más bien, produce un significado-evento al repetir un fantasma. La moralidad de las buenas intenciones, que asiste al pensamiento del sentido común, tenía el papel fundamental de proteger al pensamiento de su singularidad "genital".</p>

<p>Pero reconsideremos el funcionamiento del concepto. Para que el concepto domine la diferencia, la percepción debe aprehender las similitudes globales (las cuales entonces se descompondrán en diferencias e identidades parciales) a la raíz de lo que llamamos diversidad. Cada representación nueva debe ir acompañada por aquellas representaciones que despliegan el rango total de similitudes; y en este espacio de representación (sensación-imagen-memoria), los parecidos son puestos a la prueba de ecualización cuantitativa y cantidades graduadas, y de esta forma se construye la inmensa tabla de diferencias mesurables. En la esquina de esta gráfica, en su eje horizontal donde el espacio cuantitativo más pequeño encuentra la variación cualitativa más pequeña, en este punto cero, encontramos la similitud perfecta y la repetición exacta. La repetición que funciona dentro del concepto como la vibración impertinente de las identidades, se vuelve, dentro de un sistema de representación, los principios organizadores para las similaridades. Pero ¿qué reconoce estas similaridades, las exactamente iguales y las menos similares, las más grandes y las más pequeñas, las más brillantes y las más oscuras -si no el sentido común? El buen sentido es el agente más efectivo del mundo de la división en sus reconocimientos, su establecimiento de equivalencias, su sensibilidad a los espacios, su juicio de distancias, mientras asimila y separa. Y es el buen sentido quien reina en la filosofía de la representación. Pervirtamos al buen sentido y permitamos que el pensamiento juegue fuera de la tabla de similitudes ordenada; entonces aparecerá como la dimensión vertical de las intensidades, porque la intensidad, mucho antes de su gradación por la representación, es en sí la diferencia pura: diferencia que se desplaza y repite, que se contrae y expande; un punto singular que constriñe y afloja las repeticiones indefinidas en un evento agudo. Uno debe crear al pensamiento como una irregularidad intensiva -desintegración del sujeto.</p>

<p>Una última consideración con respecto a la tabla de representación. El punto de encuentro de los ejes es el punto de similitud perfecta y de este surge la escala de diferencias como un número de similitudes más pequeñas, identidades marcadas: las diferencias surgen cuando la representación únicamente puede presentar parcialmente lo que estaba presente previamente, cuando la prueba de reconocimiento es bloqueada. Para que una cosa sea diferente, primero debe dejar de ser la misma; y es únicamente en esta base negativa, arriba de la parte penumbral que delimita al mismo, que los predicados contrarios son articulados. En la filosofía de la representación, la relación de dos predicados, como rojo y verde, es meramente el nivel más alto de una estructura compleja: la contradicción entre rojo y no-rojo (basada en el modelo de ser y no-ser) está activo al nivel más bajo; la no-identidad de rojo y verde (en base de la prueba negativa} de reconocimiento esta situada arriba; y esto por último lleva a la posición exclusiva de rojo y verde (en la tabla donde se especifica el genus de color). Así, por tercera vez pero de una forma más radical, se mantiene la diferencia dentro de un sistema de oposición, negativo y contradictorio. Para que exista la diferencia, era necesario dividir lo "mismo" a través de la contradicción, limitar su identidad infinita a través del no-ser, transformar su positividad que opera sin determinaciones específicas a través de lo negativo. Dada la prioridad de la similaridad, la diferencia únicamente puede surgir a través de estas mediaciones. En cuanto a la repetición, se produce precisamente en el punto cuando la mediación apenas iniciada cae sobre ella misma; cuando, en vez de decir no, pronuncia dos veces el mismo sí, cuando regresa constantemente a la misma posición, en vez de distribuir oposiciones dentro de un sistema de elementos finitos. La repetición traiciona la debilidad de la similaridad en el momento en el que ya no puede negarse en el otro, cuando no puede ya recapturarse en el otro. La repetición, en un momento de exterioridad pura y una figura pura del origen, se ha transformado en una debilidad interior, una deficiencia de finitud, una clase de tartamudez de lo negativo: la neurosis de la dialéctica. Por que era hacia la dialéctica a donde se dirigía la filosofía de la representación.</p>

<p>Y así, ¿cómo es que no reconocemos a Hegel como el filósofo de las diferencias grandes y a Leibniz como el pensador de las diferencias pequeñas? En realidad, la dialéctica no libera las diferencias; al contrario, garantiza que siempre puedes ser recapturadas. La soberanía dialéctica de la similaridad consiste en permitir que existan las diferencias, pero siempre bajo la regla de lo negativo, como una instancia del no-ser. Pueden aparecer como la subversión exitosa de lo Otro, pero la contradicción ayuda secretamente en la salvación de las identidades. ¿Es necesario retirar el origen pedagógico inamovible de la dialéctica? El ritual en el cual es activado, que causa el renacimiento sin fin de la aporia del ser y no-ser, es la humilde pregunta del salón de clases, el diálogo ficticio del estudiante: "Esto es rojo; esto es no rojo. En este momento, hay luz afuera. No, ahora está oscuro". En los primeros rayos de luz de un cielo de octubre, el ave de Minerva vuela cerca del suelo: "Escríbelo, escríbelo", croa, "mañana por la mañana, ya no habrá oscuridad".</p>

<p>Pensamiento sin contradicciones</p>

<p>La liberación de las diferencias requiere pensamiento sin contradicciones, sin dialéctica, sin negación; pensamiento que acepta divergencia; pensamiento afirmativo cuyo instrumento es la disyunción; pensamiento de lo múltiple -de la multiplicidad nomádica y dispersa que no esta limitada o confinada por las constricciones de la similaridad- pensamiento que no se conforma a un modelo pedagógico (el engaño de las respuestas preparadas), pero que ataca los problemas insolubles -que es, un pensamiento que se dirige a la multiplicidad de los puntos excepcionales, que son desplazados en la medida en que distinguimos sus condiciones y los cuales insisten y subsisten en el juego de las repeticiones. Lejos de ser la imagen aún incompleta y borrosa de una Idea que eternamente retiene nuestras respuestas en alguna región superior, el problema se plantea en la idea misma, o más bien, la Idea existe únicamente en la forma de un problema: una pluralidad distintiva cuya oscuridad es sin embargo insistente y en la cual la pregunta se agita constantemente. ¿Cuál es la respuesta a la pregunta? El problema. ¿Cómo se resuelve el problema? Desplazando a la pregunta. No se puede acercar al problema a través de la lógica del tercero excluido, porque es una multiplicidad dispersa; no puede ser resuelto por las distinciones claras de una idea Cartesiana, porque como una idea es obscura-distinta; no responde a la seriedad de la negativa Hegeliana, porque es una afirmación múltiple; no esta sujeta a la contradicción de ser y no-ser, ya que es ser. Debemos pensar problemáticamente más que preguntar y responder dialécticamente.</p>

<p>Las condiciones para pensar sobre diferencia y repetición, como lo hemos visto, han sufrido una expansión progresiva. Primero, fue necesario, junto con Aristóteles, abandonar la identidad del concepto, rechazar el parecido dentro de la representación, y liberarnos simultáneamente de la filosofía de la representación y, finalmente, era necesario de liberarnos de Hegel -de la oposición de los predicados, de la contradicción y la negación, de toda la dialéctica. Pero aún hay una cuarta condición y es aún más formidable que las otras. La subyugación más tenaz de la diferencia es sin duda aquella mantenida por las categorías. Al mostrar la variedad de las formas diferentes en que el ser se puede expresar, al especificar sus formas de atribución, al imponer una cierta forma de distribuir las cosas existentes, las categorías crean una condición donde el ser mantiene su reposo al nivel más alto. Las categorías organizan el juego de afirmaciones y negaciones, establecen la legitimidad de las similitudes dentro de la representación y garantizan la objetividad y operación de los conceptos. Suprimen la anarquía de la diferencia, dividen las diferencias en zonas, delimitan sus derechos y prescriben su tarea de especificación con respecto a los seres individuales. Por un lado, pueden ser entendidas como las formas a priori del conocimiento, pero por todo, aparecen como una moralidad arcaica, el viejo decálogo que lo idéntico impuso sobre la diferencia. La diferencia únicamente puede ser liberada a través de un pensamiento acategórico. Pero tal vez invención es una palabra que confunde, ya que en la historia de la filosofía han existido cuando menos dos formulaciones radicales de la unicidad del ser, aquellas presentadas por Duns Scotus y Spinoza. Sin embargo, en la filosofía de Duns Scotus el ser es neutral, mientras que para Spinoza se basa en la sustancia; en ambos contextos, la eliminación de las categorías y la afirmación de que el ser es expresado para todas las cosas de la mima forma tiene el objetivo único de mantener la unidad del ser. Imaginemos, al contrario, una ontología donde el ser sería expresado de la misma manera para cada diferencia, pero únicamente pudiera expresar diferencias. Consecuentemente, las cosas no podrían ser completamente cubiertas, como en Duns Scotus, por la gran abstracción monocrómica del ser, y las formas de Spinoza no seguirían girando alrededor de la unidad de la sustancia. Las diferencias girarían por sí mismas, el ser se expresaría de la misma forma para todas estas diferencias y el ser no sería ya una unidad que los guía y distribuye, sino la repetición como diferencia. Para Deleuze, la univocidad no categórica de ser no adhiere directamente lo múltiple a la unidad (la universalidad neutral del ser, o la fuerza expresiva de la sustancia); permite la función como aquello que es expresado repetitivamente como diferencia. El ser es la recurrencia de la diferencia, sin diferencia en su forma de expresión. El ser no se distribuye en regiones; lo real no está subordinado a lo posible; y lo contingente no está opuesto a lo necesario. Si la batalla de Actium o la muerte de Antonio fueron necesarias o no, el ser de estos dos eventos puros -luchar, morir- es expresado de la misma manera, en la mima forma que es expresado con respecto al la castración fantásmica que ocurrió y no ocurrió. La supresión de las categorías, la afirmación de la univocidad del ser y la revolución repetitiva del ser alrededor de las diferencias; éstas son las condiciones finales para el pensamiento del fantasma y el evento</p>]]>
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    <title>el arte conceptual ...</title>
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    <published>2008-05-29T08:34:53Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:03:08Z</updated>
    
    <summary>1. Las diversas acepciones y prácticas del &quot;conceptual&quot; han supuesto un desplazamiento del objeto (tradicional y objetual) hacia la idea o, por lo menos, hacia la concepción. Esto implica una atención a la teoría y un desentendimiento de la obra...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://joseluisbrea.net/estetica/Muniz_DustAd.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/estetica/Muniz_DustAd.php','popup','width=460,height=324,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/estetica/Muniz_DustAd-thumb.jpg" width="225" height="158" alt="" align="left" hspace="10" vspace="10" /></a>1. Las diversas acepciones y prácticas del "conceptual" han supuesto un desplazamiento del objeto (tradicional y objetual) hacia la idea o, por lo menos, hacia la concepción. Esto implica una atención a la teoría y un desentendimiento de la obra como objeto físico, aunque ya veremos cuál es el significado de su carácter antiobjetual. Importan más los procesos formativos, de constitución, que la obra terminada y realizada. El arte conceptual es la culminación de la estética procesual. Desde que la práctica artística abandonó el principio mimético de constitución a favor del sintáctico formal, se interesa por la reflexión sobre la propia naturaleza del arte.</p>

<p>Es notoria, a través de todo el siglo XX, la tendencia al autoconocimiento, los intentos de legitimar conceptualmente las diferentes prácticas. Una nota común ha sido el proceso de autoconciencia de la propia naturaleza y funcionalidad significativa, la atención al proceso de constitución más que a lo constituido, el análisis de los diferentes elementos sintácticos. El arte contemporáneo, en general, podría llegar a definirse como un arte de reflexión sobre sus propios datos.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Cada tendencia ha intentado explorar una parcela peculiar, una definición de los datos formales, específicos de cada género.</p>

<p>El arte conceptual ha tenido, en primer lugar, su estímulo en las tendencias constructivas que progresivamente abandonaron el objeto o se centraron en la constitución estructural del mismo. El principio de la pura instrumentalidad del objeto era formulado ya en el arte concreto desde Mondrian, Malewitsch, el elementalismo, M. Hill, etc.</p>

<p>Desde una perspectiva más decisiva en la actualidad, el propio M. Duchamp considera el arte no tanto una cuestión de morfología como de función, no tanto de apariencia como de operación mental. La máxima objetualización en Duchamp inaugura al mismo tiempo la desmaterialización y conceptualización, la declaración de los objetos en arte a través de la operación del <<ready-made>>, como ha insistido el propio Kosuth.</p>

<p>Por su parte, Molí Nagy, en los años treinta, ordenaba telefónicamente la realización de una serie de obras.</p>

<p>Sin embargo, la realización más directa ha sido con la <<abstracción cromática>>, la nueva abstracción y el minimalismo.</p>

<p>Desde Klein, Manzoni en Europa, y sobre todo, desde Ad Reinhardt se instaura el lenguaje proposicional del arte, se afianza la teoría textual, es decir, el análisis de los signos lingüísticos establecidos como arte. Posteriormente, minimalistas como André, Judd, Dan Flavin, etc., desmitificaban progresivamente el objeto a favor del concepto.</p>

<p>Ya, en el año 1967 (Sol Lewitt), escribía "En el arte conceptual la idea o concepto es el aspecto más importante de la obra".</p>

<p>Cuando el artista se vale de una forma de arte conceptual, significa que todo el proyecto y las decisiones se establecen primero y la ejecución es un hecho mecánico. La idea se convierte en una máquina que produce arte. La herencia más directa del minimalismo y de la nueva abstracción es la autorreflexión inmanente del arte.</p>

<p>J. Kosuth, la figura más definida del conceptualismo lingüístico, remite con frecuencia a los escritos de Judd, Sol Lewitt, etc., así como Art & Language lo hace a la obra de Ad. Reinhardt.</p>

<p>Las exposiciones más sobresalientes han sido: Conception, de Leverkusen, 1969; <<Conceptual art, conceptual aspects>>, del Cultural Center de Nueva Cork; cuando las actitudes devieforma, Berna, ambas de 1969; la muestra de CAYC de Buenos Aires 2.972.453, 1970, y Arte de sistemas, realizado por el mismo centro en 1971.</p>

<p>2. Determinaciones. La complejidad de manifestaciones, llamadas >>conceptuales>>, se determinan más por los presupuestos comunes y por lo que no son que por una definición exacta de lo que afirman.</p>

<p>Diversas aportaciones interdisciplinarias nos ayudan a esclarecer no sólo cuestiones nominales sino también determinaciones reales de estas prácticas. El arte <<conceptual>>, se ha denominado indistintamente arte idea. Según Lalande y otros autores, el concepto remite a la acepción de la idea, entendida como objeto o acto del pensamiento, como algo abstracto, general o por lo menos susceptible de generalización. En la alianza del empirismo con el logicismo, llevada a feliz término por el neopositivismo, el concepto se ha entendido cada vez con más frecuencia en un sentido operativo.</p>

<p>El concepto, en la acepción filosófica más común y coincidente con la idea, es el resultado de un acto de generación de la mente en su alejamiento de la inmediatez de las impresiones sensibles y de las representaciones particulares, en su elevación a una significación universal. A esta acepción es a la que más parece adecuarse la obra de Kosuth desde 1966 <<el arte como idea como idea>>, y la del <<conceptual>> en sentido estricto, que descarta la materialidad física del objeto y tiende a provocar una dicotomía entre el objeto entre el concepto y la percepción, recurriendo a la utilización del lenguaje lexical.</p>

<p>Pero existe una segunda acepción del concepto, entendido como una preconcepción en la mente de una cosa que hay que realizar e identificado con el proyecto o diseño preconcebido.</p>

<p>Entonces, pues, el concepto se identificaría con los proyectos (procesos-relaciones-juegos mentales- asociaciones, comparaciones, etc.), con lo denominado en ocasiones project art. En este sentido más amplio no se elimina la materialización, ya que el proyecto tiende a su realización y no se enfrenta a la percepción. Mel Brochner ha dicho: <<Las connotaciones de una dicotomía fácil con la percepción son evidentes e inapropiadas>>. Con el enunciado adoptado <<arte de concepto y aspectos conceptuales>> (adaptación casi literal de la exposición de 1970) haré referencia a las dos interpretaciones fundamentales del conceptual.</p>

<p>Desde las dos acepciones el <<conceptual>> se sitúa en la avanzadilla del proceso de autoconocimiento y autorreflexión de la práctica artística de sus metodologías. Muchas de sus experiencias se han mantenido en el ámbito de una reflexión tautológica sobre su propia estructura y naturaleza, sobre todo la tendencia más estricta. Otras manifestaciones tienden a cuestionar también la práctica específica artística más amplia e incluso, algunas, intentan su inserción en el contexto histórico social.</p>

<p>El arte <<conceptual>> enfatiza la eliminación del objeto artístico en sus modalidades tradicionales. Pero, salvo en casos extremos de la vertiente lingüística, existe menos una eliminación que un replanteamiento y crisis del objeto tradicional. Igualmente, de lo que se trata, es de desplazar el énfasis sobre el objeto a favor de la concepción y del proyecto, de la conducta perceptiva, imaginativa o creativa del receptor. Incluso en los casos más extremos no puede darse una desmaterialización completa, pues las palabras escritas u orales son también objetos culturales, perceptivos, a las que se les atribuye una significación. Es posible decir, pues, generalizando, que la obra conceptual carece de una realidad estética formal en el sentido tradicional de una pintura o de una escultura.</p>

<p>El arte conceptual, también exige nuevos métodos de elaboración. En esto es en donde ha habido mayores discrepancias y mayor imposibilidad de juicios formalistas.</p>

<p>Los medios de concreción pueden ser: fotografías, películas, cintas magnetofónicas, obras telefónicas (Art by Telephone Exhibition, Chicago, 1969), documentos clavados en las paredes, entrevistas, textos, proyectos presentados como documentos sin significación formal, envíos de tarjetas postales (S. Brown, H. Hoffmann), telegramas, premisas matemáticas, estadísticas (D. Burgy, Borry, T. Ulrichs), representaciones de actos públicos. Cada vez más, se inscriben en los nuevos medios: films, videos, etc.. No está claro el predominio del medio-estático o del dinámico. A veces parece que uno de sus campos preferidos es la investigación de la zona intermedia existente entre la imagen estática tradicional y la dinámica actual. Y en todo caso, se inserta con más o menos timidez en los nuevos modos productivos de comunicación visual y perceptiva en general. Sus resultados, fuera de etiquetas, podrían ser un autoanálisis serio de la estructura de los mensajes artísticos y comunicativos con implicaciones en las diversas dimensiones semióticas de las obras.</p>

<p>La actitud antiobjeto y antiformalista no debe confundirse con el carácter anti-arte. A. Kirirlli, señalaba en 1970: "Sería aplicar un esquema absolutamente erróneo pensar globalmente el arte conceptual en una relación bipolar: arte-antiarte". Tampoco es posible afirmar que en general su antiobjetivismo obedezca a razones críticas y sociales. Es verdad que ciertos artistas como A. Carlini, B. Demattio, K. Staek y otros han señalado que la negación del objeto lleva implícita la condenación y su concepción cosificada, deificada de los objetos. Los argumentos se han movido en la órbita marcusiana: el objeto estético reproduce el tipo que necesita el capital para su reproducción y su conversión en mercancía.</p>

<p>En general no subordinan su actividad antiobjeto a esta finalidad crítica, su renuncia no ha obedecido a presupuestos sociales o políticos. Esto no impide que una renuncia al objeto tenga consecuencias sociales inevitables, por templadas que sean, respecto a la mercantilización del arte. Por tanto, en cuanto, ataca o no cultiva el objeto tradicional, ha fustigado con más o menos conciencia su valor de cambio y la práctica unilateral del mismo. Aunque no es acertada la ecuación desmaterialización = desmercantilización, el primer término incide en mayor o menor medida sobre le segundo.</p>

<p>Y en esta oposición se agudizó el debate en Kassel entre objetual-antiobjetual en 1972, entre el hiperrealismo y el arte <<conceptual>>. Últimamente ya no se defiende un antiobjetualismo a ultranza y se aprecia un retorno matizado al objeto en una dirección hacia los <<nuevos medios>>.</p>

<p>El <<conceptual>> Lingüístico y Tautológico.<br />
Actualmente la tendencia suele agruparse en dos grandes corrientes: la lingüística (o conceptual propiamente dicha, según algunos) y la empírico-medial (los aspectos conceptuales indicados).</p>

<p>Por nuestra parte, añadiremos una tercera modalidad, que algunos han denominado <<conceptualismo>> ideológico.</p>

<p>El arte <<conceptual>> lingüístico ha sido considerado como la faceta <<conceptual>> por antonomasia, para algunos la única.</p>

<p>La idea de "arte" se ha extendido más allá del objeto e incluso de toda experiencia perceptiva, en dirección a un área de investigaciones serias, filosóficas, sobre la naturaleza del concepto de arte.</p>

<p>Empleo analítico y tautológico del lenguaje.<br />
Una serie de experiencias se han interesado por el uso analítico próximo al pensamiento del neopositivismo lógico y de la filosofía semántica, como se advierte en sus propias referencias a los escritos de Frege, Wittgenstein, Carnal, Ayer, etc.</p>

<p>El grupo inglés Art-Langage, por ejemplo, emplea el lenguaje de un modo analítico, sometido a un cambio de funciones. En vez, de presentarse como un elemento de una proposición de arte, se convierte en un instrumento sobre el análisis de las ideas sobre arte, en lenguaje-soporte: "Para nosotros el lenguaje es un modo de conservar nuestro trabajo en un contexto de investigación y cuestionamiento".</p>

<p>El lenguaje deviene un modo de investigación del arte, una elaboración lingüística desde el punto de vista del arte y del lenguaje.</p>

<p>En más de una ocasión proclaman las construcciones teóricas como las únicas obras de arte o la "declaración" es definida como técnica para hacer arte.</p>

<p>El arte como idea en su sentido estricto provoca la mayor aproximación a un arte de abstracción ideativa, discursiva, con pretensiones epistemológicas hacia el concepto. J. Kosuth, ligado al Art Langage, es quien ha llevado a una mayor sistematización la tautología y el arte como idea como idea. Kosuth ha utilizado el lenguaje como medio para comprender su arte, como definición (de universal, mesa, mente, espejo, etc., catalizadores que desarrollan ideas, explicaciones etimológicas de arte desde 1967, etc.), en sus famosas obras el Arte como idea como idea. En algunas otras ocasiones lo ha usado como objeto de su arte.</p>

<p>Kosuth está fuertemente influenciado por los filosóficos analíticos y lingüistas, sobre todo, por A. J. Ayer, Wittgenstein, I. A. Richards y otros. Su famosa frase <<arte como idea como idea>> no debe entenderse en cuanto procedimiento sistemático de abstracción de algo, no tanto como idea de un objeto (presente en ocasiones) como cuanto actitud analítica: "El arte, que llamo conceptual es tal, porque está fundado en una encuesta sobre la realidad del arte". Dado que es el principal representante de esta actitud lingüística y máximo exponente teórico, es oportuno resumir algunas de sus ideas:</p>

<p>Kosuth reacciona duramente contra el formalismo de las artes objetuales, estableciendo una separación completa entre estética y arte, apoyada en una escisión previa entre percepción y concepto, conduciendo de este modod el objeto a su máxima desmaterialización.</p>

<p>El arte conceptual, en consecuencia, no posee vinculación alguna de tipo referencial con el mundo y las cosas.</p>

<p>El arte es una función de sí mismo y de ninguna otra cosa. Se autolimita dentro de un proceso de análisis del lenguaje científico, lógico y matemático despreocupándose de los modelos prácticos y operativos.</p>

<p>Otros empleos del lenguaje.<br />
El lenguaje ha sido utilizado de las más diversas maneras. Pero en general su apropiación no pretende definirse como un estilo ni parecerse a una práctica literaria o poética.</p>

<p>En general estas prácticas llevan a sus últimas consecuencias el objetivismo de la ciencia, reduciendo al máximo la ambigüedad semántica hasta conferir un sentido unívoco a sus proposiciones.</p>

<p>Dichas proposiciones, descubren estructuras de un hecho a nivel universal, no particular, y se unen entre sí según las leyes lógicas y las estructuras del lenguaje, negando la referencia a la realidad exterior.</p>

<p>Crítica.<br />
Las proposiciones literaria, asociativa, evocativa y mucho más la descriptiva del lenguaje son rechazadas por los puristas del conceptualismo como algo contrario al "conceptual", precisamente debido a sus vinculaciones referenciales con el mundo exterior. La aversión de las prácticas analíticas y tautológicas hacia las nociones estéticas de la sensorialidad y la materialidad implica una superación de la estética de Kant y Schiller a favor del término noético. El conceptualismo lingüístico analítico tiende a la ruptura referencial del universo Kantiano trascendental e incluso del intencional de Husserl. Este conceptualismo estricto, tautológico, purista, acepta el lenguaje como única materia de investigación, próximo a la filosofía semántica del neopositivismo, tendiendo a eliminar la cuestión de la realidad. De un modo similar, los actuales neopositivistas del arte están interesados en la precisión de los enunciados artísticos que en el arte referencial les repugnan por indefinidos y ambiguos. Estas obras pretenden la participación activa del espectador.</p>

<p>Pero con frecuencia el despertar esta actividad es tan doloroso e insoportable, que provocan el aburrimiento y agotamiento.</p>

<p>Pero a su vez, el abuso lingüístico, precisa de amplios conocimientos interdisciplinarios, pero su oscurantismo y hermetismo llega a ser irritante.</p>

<p>Un <<conceptual>> místico.<br />
En algunas ocasiones la naturaleza anti-objetual se ha identificado con la tendencia mística, propugnada por el propio Sol. Lewitt indicaba: 1) "Los artistas conceptuales son místicos más que racionalistas. Abocan a conclusiones que la lógica no puede aceptar". Este sentido místico afecta a una mística mundana, vitalista, manifiesta en declaraciones lingüísticas realizables sólo a nivel imagintaico, bastante en la línea de la propia evolución de fluxus, como pretendía ya desde 1963, Flynt.</p>

<p>Si relacionásemos esta mística mundana con el intuicionismo, el abandono al inconsciente, sería posible ampliar este conceptualismo místico a todas las experiencias, lingüísticas o empírico-mediales, que cifran todo en la espontaneidad creativa y en el subjetivismo más exacerbado. Sería la versión menos autor reflexiva, más distanciada de la práctica conceptual.</p>

<p>La vertiente empírico medial.<br />
Numerosas prácticas no se han limitado a las especulaciones tautológicas o filosóficas sobre el arte, sino que han desbordado en inmanentismo y solipsismo neopositivista. Reivindican la relevancia alcanzada por la imagen, como factor de ka inteligencia simbólica individual y colectiva, y de la percepción como forma de conocimiento y de apropiación de lo real. Realizan una verdadera investigación de la fenomenología de la percepción en sus variantes, así como de las dimensiones semióticas de la obra. Estas manifestaciones no son consideradas <<conceptuales>> por la vertiente purista y sus apologías y las antologías apenas se refieren a ellas.</p>

<p>Algunas notas y determinaciones:</p>

<p>Concepto y visualización. En oposición al conceptualismo lingüístico, sobre todo, al analítico y tautológico, esta segunda vertiente no sólo se opone a la materialización, sino que le proyecto tiende a su realización fáctica, empírica o mental. El propio Sol Le Witt es considerado el iniciador de la misma.<br />
Las experiencias más frecuentes son las que acuden a los registros lingüísticos estrictos y a los visuales o perceptivos en general. El mismo Kosuth, por encima de su purismo ideológico no se liberado del carácter referncial en su explicación de conexiones, relaciones y analogías entre le lenguaje y la percepción visual. Su ejemplo más conocido One and three chairs, 1965, trata de eliminar toda ambigüedad y se ofrece a tres niveles: 1. presentación de un objeto cualquiera, 2. fotografía del mismo, y 3. definición extraída del diccionario. Kosuth, muy ligado aún a su tautología, pretende conseguir con ello la mayora univocidad e impedir todo sentido connotativo, asociativo, que no haga referencia a sí mismo. Los tres niveles afectan a la distinción entre realidad, definición y realidad del signo.</p>

<p>Percepción-concepto.<br />
El conceptualismo empírico medial no sólo no rechaza la percepción o restablece su relación con el conocimiento, sino que reivindica y profundiza en el análisis de la percepción como fundamento del conocimiento. Frente al espíritu de la vertiente lingüística, se recuperan dos momentos.</p>

<p>En primer lugar, la recuperación de ka estética como ciencia de la lógica de la percepción, entendida en su naturaleza activa y creadora. El primado de la percepción, no enfrentada sino vinculada al conocimiento, es de larga tradición desde la propia fundación de la estética, desde la estética de la visibilidad hasta la teoría de la normatividad y fenomenología, por no hablar de las actuales aportaciones interdisciplinarias mencionadas. La percepción es presentada como conocimiento práctico y teórico, los sentidos como teorizados.</p>

<p>En segundo lugar, propugna salvar la distancia entre la experiencia vaga, confusa, de la realidad y su reducción a un orden y claridad en un proceso gradual, haciendo conscientes y analíticas las imágenes perceptivas.</p>

<p>Más allá de las tautologías y etiquetas.<br />
Las prácticas examinadas se debaten aún en el horizonte del arte establecido, oscilando entre las tentaciones tautológicas y su superación. Sin embargo, sin formular aún propuestas demasiado explícitas, están en condiciones de desbordar las tautologías e instaurar una autorreflexión crítica en las propias condiciones de producción, no sólo en su sentido específico sino en general más amplio. De lo expuesto anteriormente se desprenden consecuencias o, al menos, pueden ofrecerse como propuestas a partir de las metodologías analizadas.<br />
Hemos visto, cómo el <<conceptual>>, en líneas generales, abandona los medios tradicionales y se sirve de cualquier tipo de medios. Se apropia por lo tanto, de los nuevos modos productivos de comunicación, vinculándose progresivamente a los <<nuevos medios>>. En gran parte, su investigación está medio camino entre los medios artísticos tradicionales y la teoría de los nuevos medios, en la zona intermedia entre la imagen estática y la dinámica.</p>

<p>Asimismo, esta tendencia, acentúa tal vez más que ninguna otra, la actividad del espectador, instaurando procesos. El arte deviene un proceso permanente. Los índices, ofrecidos por la obra, los elementos signaléticos, indicativos, lo inacabado, provocan e impulsan el proceso productivo de la recepción-creación. En lugar de los tradicionales objetivos, el <<conceptual>> instaura procesos artísticos, es decir, procesos comunicativos de un valor polifuncional, en los que el receptor, en vez de aceptar pasivamente lo dado, protagoniza operaciones activas. La materialización puede considerarse como la documentación de un proceso mental o una ocasión, para que el receptor inaugure el proceso mental, cuya dirección se prescribe por la documentación, pero no se determina totalmente según su contenido. El arte conceptual, es ante todo un arte de documentación. La propuesta final sería la desaparición de los polos creador-espectador, del emisor-receptor, abogando por la socialización de la creación no sólo en el sentido de una reversibilidad sino de una reciprocidad.</p>

<p>Resumiendo, se cree que estas prácticas <<olvidando etiquetas>> están en condiciones de realizar análisis con implicaciones para las diversas dimensiones perceptivas y semióticas y convertirse en órgano funcional para la apropiación de la complejidad de lo real, sobre todo a través de la discusión de los modelos de comunicación social. Está, pues en condiciones de realizar síntesis interdisciplinarias que desborden las tautologías y se inserten más decididamente en el sistema relacional social más amplio.</p>

<p>Más allá de la tautología<br />
Esta necesidad se ha dejado sentir en diversos países, sobre todo en aquellos donde, tras una primera apropiación mimética de las tautologías y del colonialismo cultural, estas prácticas se están viendo sometidas a grandes tensiones.</p>

<p>Tensiones provocadas por las contradicciones sociales peculiares. En este sentido, España y Argentina son dos ejemplos de lo que un conceptualismo puro consideraría una versión degenerada del mismo, en especial si uno se detiene en sus propuestas. En Argentina se ha hablado de un conceptualismo ideológico.</p>

<p>Se trata de superar las prácticas tautológicas e inmanentistas, desarrollando sus virtualidades, apurando el propio proceso de autorreflexión. Una autorreflexión crítica, expansiva, sobre sus propias dimensiones, y sobre sus propias condiciones de producción en un sentido específico y general. En esto estribaría el sentido último de un movimiento que continuamos llamando <<conceptual>>> en la perspectiva de práctica significante y social. El conceptualismo, así entendido, no es una fuerza productiva pura, sino social.</p>

<p>La actividad artística, por tanto, se convierte en uno de los modelos específicos de la apropiación práctica de la realidad.</p>

<p>Los medios, por cierto, como portadores de ideología, son hoy día tal vez, más condicionantes en la primera modalidad, que en la segunda. Y una autorreflexión, estará tan interesada o más, en desvelar la función real que la aparente; a no ser en los casos en que la función conativa del mensaje es manifiesta, como ocurre con la propaganda.</p>

<p>Entonces, resumiendo, diríamos que las propuestas del <<conceptualismo ideológico>> parecen orientarse a veces en esta dirección. Pero hasta ahora existen disociaciones entre las pretensiones y las experiencias concretas. Esperamos que sea sólo un fenómeno coyuntural propio de la superación y del crecimiento.</p>

<p><br />
</p>]]>
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    <title>Mis obras para páginas de revista (una historia del arte conceptual) - Dan Graham</title>
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    <published>2008-05-29T08:33:53Z</published>
    <updated>2008-05-29T16:04:11Z</updated>
    
    <summary>Me vi metido en el mundo del arte por casualidad, cuando unos amigos me sugirieron abrir una galería. En 1964, la galería más vanguardista era la de Richard Bellamy, Green Gallery, y en ella empezó a exponer gente como Judd,...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p><a href="http://joseluisbrea.net/1980-2005/graham_publicspace_big.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/1980-2005/graham_publicspace_big.php','popup','width=550,height=425,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/1980-2005/graham_publicspace_big-thumb.jpg" width="225" height="173" alt="" align="left" hspace="10"/></a>Me vi metido en el mundo del arte por casualidad, cuando unos amigos me sugirieron abrir una galería. En 1964, la galería más vanguardista era la de Richard Bellamy, Green Gallery, y en ella empezó a exponer gente como Judd, Morris o Flavin. Nuestra galería, John Daniels, montó una exposición individual de Sol Lewitt, y algunas exposiciones colectivas de artistas «proto-minimal», hubieran o no expuesto en la Green Gallery. Hicimos planes para una exposición individual de Robert Smithson -entonces un joven artista pop. Sin embargo, la galería se vió obligada a cerrar por bancarrota al final de la primera temporada. Si hubiéramos podido continuar dos años más con ayuda económica, quizá hubiéramos salido a flote. La experiencia de dirigir la galería me resultó especialmente valiosa, ya que me dio la oportunidad de entablar muchas conversaciones con Dan Flavin, Donald Judd, Jo Baer, Will Insley, Robert Smithson y otros. Aunque no todos aportaban su obra, sí colaboraban con la galería recomendando a otros artistas o dejándose caer para charlar. Además de saber de teoría del arte contemporáneo y de historia del arte, algunos de ellos tenían un gran interés, que yo compartía, en la movida intelectual del momento, como la música serial, el «noveau roman» francés (Robbe-Grillet, Butor, Pinget, etc) y las nuevas teorías científicas. Era posible relacionar las implicaciones filosóficas de esas ideas con el arte que estaban haciendo estos artistas «proto-minimal» y artistas más reconocidos como Warhol, Johns, Stella, Lichtenstein y Oldenburg o bailarinas como Yvonne Rainer o Simone Forti.<br />
</p>]]>
        <![CDATA[<p>El otoño siguiente al cierre de la sala de exposiciones, yo mismo me puse a experimentar con trabajos artísticos que podían ser interpretados como una reacción contra la experiencia de exponer, incluso como una réplica a las contradicciones que intuí en los artistas que exponían. Mientras el Pop Art americano de los primeros 60 trataba sobre los medios de información cultural que nos rodean, el arte mínimal (de mitad y finales de los 60) parecía referirse al cubo interior de la galería como único marco contextual de referencia o soporte del trabajo. Esta referencia era sólo compositiva; en lugar de facilitar una lectura exenta a la obra, las galerías componían la estructura formal del arte en relación a la estructura arquitectónica de la sala. La obra era equiparada al contenedor arquitectónico hasta reproducirlo literalmente; el espacio arquitectónico y la obra contenida en él eran entendidos como espacios no-ilusorios, neutrales y factualmente objetivos, como simple material. La galería funcionaba literalmente como parte del arte. La obra de un artista de esa época (aunque su obra posterior no siempre haya seguido ese camino) examinaba cómo los elementos arquitectónicos concretos y funcionales del interior de la galería inducían el significado y determinaban lecturas específicas del arte contenido en su arquitectura: me refiero a las instalaciones con fluorescentes de Dan Flavin.</p>

<p>La iluminación -la instalación eléctrica- del espacio arquitectónico de la galería/museo normalmente no se tiene en cuenta o se considera puramente funcional o diseño interior menor. Puesto que se supone que el espacio de la galería debe ser neutro, se intenta que la iluminación, que crea tanta neutralidad como las paredes blancas y se usa al mismo tiempo para centrar la atención en las piezas de la pared o del suelo, pase desapercibida. Mientras que en general el fondo proporciona el lugar sobre el que las piezas se destacan, es la iluminación la que, literalmente, las hace visibles. El sistema de iluminación de las luces fijas de una galería es a la vez parte del aparato (artístico) de la galería y parte de un sistema más amplio (no artístico) de iluminación de uso general: </p>

<p>«Creo que el sistema de iluminación convencional refleja en <br />
sí mismo mi idea»l. </p>

<p>Las instalaciones de Flavin tienen entonces una doble función (dentro y fuera del contexto de la galería o el arte), así como una doble connotación, al iluminar como decoración menor (interior) y como funcionales creadoras anónimas de la neutralidad del espacio. </p>

<p>«Creo que el arte se está despojando de su sobrevalorado misterio para avanzar hacia el sentido común de una profunda realización decorativa. La simbolización disminuye, empalidece.Nosotros presionamos hacia un no-arte, hacia un sentido de decoración psicológicamente indiferente, hacia un placer neutral de ver, capaz de ser disfrutado por todo el mundo»2. <br />
Sus intervenciones en la luz eléctrica del espacio de la galería dependen, por su significado y contexto, de la propia función de la galería y del uso arquitectónico de la luz. El uso de la luz eléctrica está relacionado con una época específica de la historia. Flavin se dió cuenta de que cuando el actual sistema de iluminación eléctrica deje de existir, tampoco su arte funcionará más. Siendo acumulaciones de unidades estandarizadas y recolocables, que, en palabras de Flavin, «podrían comprarse en cualquier tienda de accesorios eléctricos», sus montajes de tubos fluorescentes en el interior o el exterior próximo al marco arquitectónico de la galería, funcionan sólo en esa situación de instalación, pues considerados como complemento instrumental de la iluminación dejan de funcionar artísticamente.</p>

<p>Tal vez malinterpreté las implicaciones de estos trabajos cuando sugerí una intención consciente de examinar la relación del valor del arte con la sala en la que estaba expuesto. También sentí que la «solución» que Marcel Duchamp había encontrado al problema del «valor» del arte resultaba insatisfactoria.</p>

<p>Con sus ready-mades, Duchamp había traído a las galerías objetos que fuera de ellas no eran considerados arte, para probar dialécticamente que era la galería misma la que daba a los objetos un valor y un sentido. Pero en lugar de reducir los objetos expuestos a ser cotidianos y de alcance común, lo que este gesto irónico logró fue, al contrario, ampliar el alcance del repertorio expositivo de las galerías. Al traer los objetos «no artísticos» a la galería, Duchamp quería utilizar la función del espacio expositivo para designar ciertos objetos como arte -pero con ello excluía otros, de forma contradictoria.</p>

<p>Esencialmente, Duchamp trató de cuestionar la función aristocrática del arte y de las galerías de arte como institución. Pero como trató esta cuestión sólo a un nivel lógico abstracto, su crítica misma fue integrada inmediatamente al sistema institucional de galerías y museos, convirtiéndose en una especie de «idea-arte». Otro problema en los análisis de Duchamp es la contradicción entre arte de galería y arte en relación a su valor social basado en un concepto histórico. La condición del arte era por él considerada como socialmente no determinada, ni sujeta al cambio exterior. Por el contrario, las luces fluorescentes de Flavin no son una idealización filosófica a priori, sino que tienen una relación concreta con los detalles de la disposición arquitectónica de las galerías, detalles que producen significado.</p>

<p>Además, Duchamp entendía el problema del valor y del sentido del arte como una simple oposición binaria: dentro de las galerías o fuera de ellas, en el mundo exterior. Y fracasó al intentar relacionar esta oposición entre arte y supuesto no-arte con fenómenos más ambiguos, como la reproducción del objeto en los medios de comunicación, mediatizada por el crítico, cuestión ya apuntada por Walter Benjamin en los treinta y trabajada como un aspecto importante tempranamente por el arte constructivista.</p>

<p>Gracias a mi experiencia dirigiendo una galería, aprendí que si no se escribía sobre una obra de arte o se la reproducía en alguna revista, difícilmente lograba ésta alcanzar el estatus de «arte». Parece que una obra sólo vale como arte cuando se expone en una galería, se escribe sobre ella y se reproduce fotográficamente en una revista de arte. Cuando la obra ya no está expuesta, el registro acreditativo e informativo del hecho es el que genera su fama y, por extensión, su valor económico.</p>

<p>Bajo cierta perspectiva, el objeto artístico puede ser analizado como inseparablemente relacionado con la institución de la galería-museo; pero desde otra, puede verse como poseedor de una cierta independencia, como si éste perteneciera al marco general de la cultura, del que las revistas forman parte. Las revistas se especializan de una manera que reproduce otras divisiones sociales y económicas. Todas ellas, no importa lo generales que sean, abastecen a un cierto mercado de audiencia específica en un campo concreto. Todas las revistas de arte van dirigidas a un público involucrado profesionalmente, de una manera u otra, en el arte. Además, la revista de arte en sí misma se mantiene por anuncios que, salvo una o dos excepciones, vienen de galerías de arte que presentan exposiciones. Esto hace que los anunciantes se preocupen porque sus exposiciones sean reseñadas en la revista. De este modo, estas muestras y trabajos tienen garantizado algún tipo de valor y pueden ser vendidos en el mercado como «arte». El hecho de que haya ventas produce rendimiento suficiente para que la galería pueda poner más anuncios en las revistas y sostener el sistema artístico en general.</p>

<p>Las revistas de arte dependen económicamente de las galerías, así como el valor de las piezas exhibidas depende de las fotografías y artículos publicados. Las revistas se especializan en un campo que reproduce otras formas de división social y económica -por ejemplo el «mundo» especializado del arte y de los artistas delimitan el mundo del «arte». Cada revista, no importa lo general que sea, va dirigida siempre a un público especializado; «Sports illustrated» se dirige a los interesados en deporte, «American legion» se dirige a los miembros de legiones americanas. Todas las revistas de arte se dirigen a la gente involucrada profesionalmente o institucionalmente al mundo del arte: artistas, vendedores, especialistas, coleccionistas, escritores; todos ellos tienen un interés profesional. Y la revista de arte misma se mantiene gracias a los anuncios.</p>

<p>Si el arte minimal tomó su significado de considerar la galería como un soporte objetivo, por comparación podemos decir que el arte pop tomó su significado del mundo icónico de los medios de comunicación que nos rodean. El pop quiso minar la noción de calidad en las Bellas Artes utilizando contenidos de la cultura de masas. En tanto se alimentaba de las imágenes de la cultura popular a través de las revistas, cuando retornaba a ellas ofrecía un punto de vista irónico sobre esta cultura popular. Lo que el pop ponía a la vista era que toda la información, como la de las revistas, podía ser utilizada dialécticamente desde el sistema artístico. Una obra puede funcionar simultáneamente a nivel del lenguaje artístico y a nivel del lenguaje popular de los media; e incluso puede existir un diálogo entre ambos, comentándose recíprocamente y dándose mutuamente perspectiva de los supuestos de cada uso de lenguaje. Diseñé obras para revistas que pudieran al mismo tiempo autodefinirse y relacionarse, a través del contexto, con la información del resto de sus páginas.</p>

<p>La más «completa» de estas obras es «Schema» (marzo 1966). Cada realización publicada de esta obra ocupa una página aislada en una revista. La obra no puede ser expuesta salvo en la publicación. Si fuera incluida en una revista de arte, la página se relacionaría con los artículos, las críticas y las reproducciones de obras, y podría analizar la función de la revista en relación al sistema galerístico. Normalmente, las revistas reproducen arte de «segunda mano», que existe primero, como presencia fenomenológica, en las galerías. «Schema», por el contrario, existe sólo por su presencia en la estructura funcional de la revista y lo que es expuesto en las galerías es lo que es de «segunda mano».</p>

<p>Las variantes de «Schema» se autogeneran gracias a su autodefinición compositiva, como página impresa en dos dimensiones con información física de las características de calidad del papel, la densidad de letras en comparación al espacio no impreso, el tamaño del tipo, etc. El espacio se limita a la presencia de esta información; la obra se compone como desglose de los elementos materiales y características del contexto. La obra se constituye a la vez en su propia estructura gramatical interna y en cuanto a la posición física, externa, que ocupa. </p>

<p>Cada publicación de la obra es diferente. En cada edición de la revista, el contenido cambia inevitablemente según el contexto de su ubicación. Una página de la revista genera su sentido a partir del contexto de su publicación, particularmente a partir de las páginas que la rodean. El contenido de la obra es por tanto contingente y depende de la forma específica de su aspecto; en abstracto, carece de significado.</p>

<p>Esta obra funciona, a la vez, como arte y como crítica de arte. A diferencia de las primeras pinturas de Stella, las variantes de «Schema» no son simplemente autoreferenciales. Y ello por el uso del sistema de la revista como soporte. Las revistas determinan un lugar o un marco de referencia a la vez dentro y fuera de lo que definimos como arte.</p>

<p>Quise hacer un arte pop más literalmente asequible (tomando la idea de Warhol de reemplazar calidad por cantidad, siguiendo la lógica de la sociedad de consumo). Quise hacer una forma artística que no pudiera ser reproducida o expuesta en una galería/museo, y quise hacer una reducción todavía mayor del objeto minimal a una forma bidimensional no necesariamente estética (que no fuera ni pintura ni dibujo): un impreso disponible y reproducible masivamente. Colocarla en una página significaba que podía ser leída conjuntamente con las reproducciones de obras de arte, las reseñas, la crítica, y constituir entonces en sí misma una forma de crítica, desde la revista, de la estructura galerística.</p>

<p>Los números de las revistas aparecen con periodicidad regular; su contenido cambia continuamente reflejando el tiempo presente: las revistas tratan temas de actualidad. Mientras el arte de las galerías se define por su pretensión de intemporalidad, las revistas presuponen una noción de la temporalidad que sólo tiene valor mientras ocurre: cada ejemplar define lo «nuevo» o «actual» según el momento. Aún así, la idea de «noticia», de «novedad», no depende solamente de la institución interna, de la propia revista, sino también de las instituciones que generan el contenido de las noticias y financian su existencia con los anuncios. Para las revistas de arte, son las galerías, con sus definiciones de «arte» y con sus anuncios, quienes sostienen su existencia.</p>

<p>La obra para revista que más se parece a un artículo convencional fue «Homes for America», publicado en Arts Magazine en diciembre del 1966 / enero del 1967. Fue un artículo diseñado a partir de fotografías de casas de suburbios, tomadas durante dos años. Es importante que las fotografías no se vean solas, sino como parte del diseño del artículo hecho por la revista. Son ilustraciones del texto, o viceversa, el texto funciona en relación a las fotografías, modificando así su significado. Las fotografías y el texto son partes separadas de una organización bidimensional y esquemática y del sistema de perspectiva. Las fotografías dialogan con listados y columnas de documentación, y conjuntamente todo ello representa la lógica serial de los desarrollos del hábitat urbano, que es de lo que trata el artículo. Creo que el hecho que «Homes for America» fuera al final solamente un artículo de revista, y no se pretendiera una «obra de arte», fue su distintivo más importante.</p>

<p>Mi «Schema» (1965) funciona o bien como página (se interrumpe cuando la última línea alcanza el final de la hoja de papel) o bien se puede ampliar indefinidamente en forma de libro (publicado por Gerald Ferguson). En el libro, el ángulo del triángulo disminuye gradualmente hacia el infinito; la progresión origina la interrupción en algún punto del interior del libro. Empieza en un punto y es leído. Situar es ordenar los términos, del mismo modo que al leer, la situación del ojo del lector (su punto de mira) cambia continuamente.</p>

<p>Mis «Extended Distance/Extended time» (1969) y «Side Effect/Common Drug» (1969), funcionan como tablas estructuradas de datos que generan una matriz-óptica. Pueden leerse como «efectos espacializados» en el tiempo. En «Side Effect/Common Drug» la secuencia temporal óptico-reflexiva de la lectura genera su contenido. Los puntos siguen una secuencia, la de causa/efecto, más otra de «densidad espacial». Leyendo la tabla en horizontal o en vertical o incluso transversalmente, podemos por ejemplo «ver» los efectos «secundarios» producidos por una droga empleada para corregir efectos secundarios de una droga anterior. La extensión del campo de datos (durante el tiempo de lectura) continúa hasta que todos los efectos autoreflexivos (los puntos) se interrumpen visualmente.</p>

<p> </p>

<p><br />
Notas:</p>

<p>1 Dan Flavin, «Some Remarks», ARTFORUM, 1967.</p>

<p>2 Dan Flavin, «Some Other Remarks», ARTFORUM, 1967.</p>]]>
    </content>
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    <title>Tesis sobre la Revolución Cultural - Guy Debord</title>
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    <published>2008-05-09T10:03:58Z</published>
    <updated>2008-05-09T10:06:25Z</updated>
    
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        <![CDATA[<p>Tomado de <a href="http://www.accpar.org/numero3/tesis.htm" target="new">Accion Paralela</a></p>

<p>1 <br />
El objetivo tradicional de lo estético es hacer sentir, en su ausencia, ciertos elementos pasados de la vida que a través de la mediación del arte escaparían de la confusión de las apariencias, en tanto la apariencia es lo que sufre bajo el reinado del tiempo. El grado de éxito de lo estético se mide entonces por una belleza inseparable de la duración, y tiende incluso a pretender eternidad. El objetivo situacionista es la participación inmediata en una apasionada abundancia de vida través de una variación de momentos intensos resueltamente conducidos. El éxito de esos momentos sólo reside en su efecto pasajero. Los situacionistas consideran la actividad bajo una perspectiva de totalidad, como un método experimental para construir la vida cotidiana, que puede ser permanentemente desarrollada con la extensión del ocio y la desaparición de la división del trabajo (empezando con la división del trabajo artístico). </p>]]>
        <![CDATA[<p>2 <br />
El arte puede cesar de ser un informe sobre sensaciones y convertirse en una organización directa de sensaciones más intensas. Es una cuestión de producirnos a nosotros mismos, y no de producir objetos que nos esclavizan. </p>

<p>3 <br />
Mascolo tiene razón al decir que la reducción de la jornada laboral bajo un régimen de dictadura del proletariado es «la más segura garantía que puede ofrecer de su autenticidad revolucionaria». Es más, «si el hombre es una mercancía, si puede ser tratado como cosa, si las relaciones generales entre los hombres son relaciones cosificadas, ello es posible porque al hombre se le puede comprar su tiempo». Mascolo, en todo caso, concluye demasiado rápido que «el tiempo de un hombre que trabaja libremente» se emplea siempre adecuadamente, y que «el comercio del tiempo es el único mal»(2). No hay libertad en el uso del tiempo sin la posesión de los instrumentos modernos de construcción de la vida cotidiana. El uso de esos instrumentos marcará la diferencia entre un arte utópico revolucionario y un arte revolucionario experimental. </p>

<p>4 <br />
Una asociación internacional de situacionistas puede pensarse como una unión de trabajadores en el sector especializado de la cultura, o más precisamente como un sindicato de todos aquellos que reclaman el derecho a una tarea por ahora impedida por las condiciones sociales; como un intento de organización de revolucionarios profesionales de la cultura. </p>

<p>5 <br />
En la práctica, estamos separados de cualquier control verdadero sobre los materiales acumulados por nuestro tiempo. La revolución comunista no ha ocurrido, y todavía vivimos el tiempo de la descomposición de las viejas superestructuras culturales. Henri Lefebvre ve con claridad que esta contradicción está en el núcleo de la discordancia, específicamente moderna, entre el individuo progresista y el mundo, y llama «revolucionario-romántica» a la tendencia cultural que se basa en esta discordancia. El fallo en la posición de Lefebvre es que convierte la simple expresión de discordancia en criterio de la acción revolucionaria en el campo de la cultura. Lefebvre renuncia de antemano a todo experimento cultural orientado a un profundo cambio cultural, pero se mantiene satisfecho con un mensaje: la conciencia de lo -todavía demasiado remoto- imposible posible, que puede ser expresado sin importar qué forma adopte en el marco de la descomposición. </p>

<p>6 <br />
Quienes no intentan superar el viejo orden establecido en todos sus aspectos no pueden adherirse al desorden del presente, ni en la esfera de la cultura. Uno debe luchar, y no mantenerse a la espera -y eso vale igualmente para la cultura- de que el orden desplazado del futuro formule una apariencia determinada. Es su posibilidad, presente ya en nuestro tiempo, lo que devalúa cualquier expresión en formas culturales ya conocidas. Uno debe rebasar toda forma de pseudocomunicación hasta su destrucción final, para alcanzar algún día una comunicación directa y real (desde nuestra hipótesis de trabajo de los más altos objetivos culturales: la construcción de la situación). El triunfo espera sólo a aquellos que sean capaces de generar auténtico desorden sin amarlo en absoluto. </p>

<p>7 <br />
En el mundo de la descomposición cultural podemos interrogar nuestra potencia, pero no emplearla. La tarea práctica de superar nuestra discordancia con el mundo, es decir, de rebasar la situación de descomposición hacia construcciones más elevadas, no es romántica. Seríamos «revolucionarios románticos», en el sentido de Lefebvre, precisamente en proporción a nuestro fracaso. </p>

<p> </p>

<p>Notas: </p>

<p>1. Internationale situationiste #1, Junio 1958, pp. 20-21. </p>

<p>2. Dyonis Mascolo, Le Comunnisme: Revolution et communication, ou la dialectique des valeurs et des besoins, Paris, Gallimard, 1953. </p>

<p>Puede encontrarse otra traducción al castellano de este mismo texto, realizada por Luis Navarro, en las páginas del Archivo Situacionista. </p>

<p>Creemos que el contraste de ambas traducciones es interesante. Si aquella resulta más directa, en ésta el lenguaje de Debord resulta más cercano a algunas de las posiciones teóricas más recientes que intentan usufructuar sus planteamientos. </p>

<p>Recomendamos vivamente en todo caso la visita de las páginas del Archivo Situacionista, en la misma dirección, en que pueden encontrarse traducciones al castellano de prácticamente todos los textos de Debord y la IS.</p>]]>
    </content>
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    <title>La sociedad del espectáculo, Guy Debord (1967)</title>
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    <published>2008-05-08T08:07:07Z</published>
    <updated>2008-05-08T17:42:12Z</updated>
    
    <summary>Capítulo 1 - La separación consumada &quot;Y sin duda nuestro tiempo... prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser... lo que es &apos;sagrado&apos; para él no es sino la...</summary>
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        <![CDATA[<p><a href="http://joseluisbrea.net/estetica/LSDS1.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/estetica/LSDS1.php','popup','width=632,height=473,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/estetica/LSDS-thumb.jpg" width="225" height="168" alt="" align="left" hspace="10"/></a>Capítulo 1 - La separación consumada</p>

<blockquote>"Y sin duda nuestro tiempo... prefiere la imagen a la cosa, la copia al original, la representación a la realidad, la apariencia al ser... lo que es 'sagrado' para él no es sino la ilusión, pero lo que es profano es la verdad. Mejor aún: lo sagrado aumenta a sus ojos a medida que disminuye la verdad y crece la ilusión, hasta el punto de que el colmo de la ilusión es también para él el colmo de lo sagrado." FEUERBACH, prefacio a la segunda edición de La esencia del Cristianismo.</blockquote>

<p>1</p>

<p>Toda la vida de las sociedades en las que dominan las condiciones modernas de producción se presenta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que era vivido directamente se aparta en una representación.</p>

<p>2</p>

<p>Las imágenes que se han desprendido de cada aspecto de la vida se fusionan en un curso común, donde la unidad de esta vida ya no puede ser restablecida. La realidad considerada parcialmente se despliega en su propia unidad general en tanto que seudo-mundo aparte, objeto de mera contemplación. La especialización de las imágenes del mundo se encuentra, consumada, en el mundo de la imagen hecha autónoma, donde el mentiroso se miente a sí mismo. El espectáculo en general, como inversión concreta de la vida, es el movimiento autónomo de lo no-viviente.</p>]]>
        <![CDATA[<p>3</p>

<p>El espectáculo se muestra a la vez como la sociedad misma, como una parte de la sociedad y como instrumento de unificación. En tanto que parte de la sociedad, es expresamente el sector que concentra todas las miradas y toda la conciencia. Precisamente porque este sector está separado es el lugar de la mirada engañada y de la falsa conciencia; y la unificación que lleva a cabo no es sino un lenguaje oficial de la separación generalizada.</p>

<p>4</p>

<p>El espectáculo no es un conjunto de imágenes, sino una relación social entre personas mediatizada por imágenes.</p>

<p>5</p>

<p>El espectáculo no puede entenderse como el abuso de un mundo visual, el producto de las técnicas de difusión masiva de imágenes. Es más bien una Weltanschauung que ha llegado a ser efectiva, a traducirse materialmente. Es una visión del mundo que se ha objetivado.</p>

<p>6</p>

<p>El espectáculo, comprendido en su totalidad, es a la vez el resultado y el proyecto del modo de producción existente. No es un suplemento al mundo real, su decoración añadida. Es el corazón del irrealismo de la sociedad real. Bajo todas sus formas particulares, información o propaganda, publicidad o consumo directo de diversiones, el espectáculo constituye el modelo presente de la vida socialmente dominante. Es la afirmación omnipresente de la elección ya hecha en la producción y su consumo corolario. Forma y contenido del espectáculo son de modo idéntico la justificación total de las condiciones y de los fines del sistema existente. El espectáculo es también la presencia permanente de esta justificación, como ocupación de la parte principal del tiempo vivido fuera de la producción moderna.</p>

<p>7</p>

<p>La separación misma forma parte de la unidad del mundo, de la praxis social global que se ha escindido en realidad y en imagen. La práctica social, a la que se enfrenta el espectáculo atónomo, es también la totalidad real que contiene el espectáculo. Pero la escisión en esta totalidad la mutila hasta el punto de hacer aparecer el espectáculo como su objeto. El lenguaje espectacular está constituido por signos de la producción reinante, que son al mismo tiempo la finalidad última de esta producción.</p>

<p>8</p>

<p>No se puede oponer abstractamente el espectáculo y la actividad social efectiva. Este desdoblamiento se desdobla a su vez. El espectáculo que invierte lo real se produce efectivamente. Al mismo tiempo la realidad vivida es materialmente invadida por la contemplación del espectáculo, y reproduce en sí misma el orden espectacular concediéndole una adhesión positiva. La realidad objetiva está presente en ambos lados. Cada noción así fijada no tiene otro fondo que su paso a lo opuesto: la realidad surge en el espectáculo, y el espectáculo es real. Esta alienación recíproca es la esencia y el sostén de la sociedad existente.</p>

<p>9</p>

<p>En el mundo realmente invertido lo verdadero es un momento de lo falso.</p>

<p>10</p>

<p>El concepto de espectáculo unifica y explica una gran diversidad de fenómenos aparentes. Sus diversidades y contrastes son las apariencias de esta apariencia organizada socialmente, que debe ser a su vez reconocida en su verdad general. Considerado según sus propios términos, el espectáculo es la afirmación de la apariencia y la afirmación de toda vida humana, y por tanto social, como simple apariencia. Pero la crítica que alcanza la verdad del espectáculo lo descubre como la negación visible de la vida; como una negación de la vida que se ha hecho visible.</p>

<p>11</p>

<p>Para describir el espectáculo, su formación, sus funciones, y las fuerzas que tienden a disolverlo, hay que distinguir artificialmente elementos inseparables. Al analizar el espectáculo hablamos en cierta medida el mismo lenguaje de lo espectacular, puesto que nos movemos en el terreno metodológico de esta sociedad que se manifiesta en el espectáculo. Pero el espectáculo no es nada más que el sentido de la práctica total de una formación socio-económica, su empleo del tiempo. Es el momento histórico que nos contiene.</p>

<p>12</p>

<p>El espectáculo se presenta como una enorme positividad indiscutible e inaccesible. No dice más que "lo que aparece es bueno, lo que es bueno aparece". La actitud que exige por principio es esta aceptación pasiva que ya ha obtenido de hecho por su forma de aparecer sin réplica, por su monopolio de la apariencia.</p>

<p>13</p>

<p>El carácter fundamentalmente tautológico del espectáculo se deriva del simple hecho de que sus medios son a la vez sus fines. Es el sol que no se pone nunca sobre el imperio de la pasividad moderna. Recubre toda la superficie del mundo y se baña indefinidamente en su propia gloria.</p>

<p>14</p>

<p>La sociedad que reposa sobre la industria moderna no es fortuita o superficialmente espectacular, sino fundamentalmente espectaculista. En el espectáculo, imagen de la economía reinante, el fin no existe, el desarrollo lo es todo. El espectáculo no quiere llegar a nada más que a sí mismo.</p>

<p>15</p>

<p>Como adorno indispensable de los objetos hoy producidos, como exponente general de la racionalidad del sistema, y como sector económico avanzado que da forma directamente a una multitud creciente de imágenes-objetos, el espectáculo es la principal producción de la sociedad actual.</p>

<p>16</p>

<p>El espectáculo somete a los hombres vivos en la medida que la economía les ha sometido totalmente. No es más que la economía desarrollándose por sí misma. Es el reflejo fiel de la producción de las cosas y la objetivación infiel de los productores.</p>

<p>17</p>

<p>La primera fase de la dominación de la economía sobre la vida social había implicado en la definición de toda realización humana una evidente degradación del ser en el tener. La fase presente de la ocupación total de la vida social por los resultados acumulados de la economía conduce a un deslizamiento generalizado del tener al parecer, donde todo "tener" efectivo debe extraer su prestigio inmediato y su función última. Al mismo tiempo toda realidad individual se ha transformado en social, dependiente directamente del poder social, conformada por él. Solo se permite aparecer a aquello que no existe.</p>

<p>18</p>

<p>Allí donde el mundo real se cambia en simples imágenes, las simples imágenes se convierten en seres reales y en las motivaciones eficientes de un comportamiento hipnótico. El espectáculo, como tendencia a hacer ver por diferentes mediaciones especializadas el mundo que ya no es directamente aprehensible, encuentra normalmente en la vista el sentido humano privilegiado que fue en otras épocas el tacto; el sentido más abstracto, y el más mistificable, corresponde a la abstracción generalizada de la sociedad actual. Pero el espectáculo no se identifica con el simple mirar, ni siquiera combinado con el escuchar. Es lo que escapa a la actividad de los hombres, a la reconsideración y la corrección de sus obras. Es lo opuesto al diálogo. Allí donde hay representación independiente, el espectáculo se reconstituye.</p>

<p>19</p>

<p>El espectáculo es el heredero de toda la debilidad del proyecto filosófico occidental que fue una comprensión de la actividad dominada por las categorías del ver, de la misma forma que se funda sobre el despliegue incesante de la racionalidad técnica precisa que parte de este pensamiento. No realiza la filosofía, filosofiza la realidad. Es vida concreta de todos lo que se ha degradado en universo especulativo.</p>

<p>20</p>

<p>La filosofía, en tanto que poder del pensamiento separado y pensamiento del poder separado, jamás ha podido superar la teología por sí misma. El espectáculo es la reconstrucción material de la ilusión religiosa. La técnica espectacular no ha podido disipar las nubes religiosas donde los hombres situaron sus propios poderes separados: sólo los ha religado a una base terrena. Así es la vida más terrena la que se vuelve opaca e irrespirable. Ya no se proyecta en el cielo, pero alberga en sí misma su rechazo absoluto, su engañoso paraíso. El espectáculo es la realización técnica del exilio de los poderes humanos en un más allá; la escisión consumada en el interior del hombre.</p>

<p>21</p>

<p>A medida que la necesidad es soñada socialmente el sueño se hace necesario. El espectáculo es la pesadilla de la sociedad moderna encadenada que no expresa finalmente más que su deseo de dormir. El espectáculo es el guardián de este sueño.</p>

<p>22</p>

<p>El hecho de que el poder práctico de la sociedad moderna se haya desprendido de ella misma y se haya edificado un imperio independiente en el espectáculo sólo puede explicarse por el hecho de que esta práctica poderosa seguía careciendo de cohesión y había quedado en contradicción consigo misma.</p>

<p>23</p>

<p>Es la más vieja especialización social, la especialización del poder, la que se halla en la raiz del espectáculo. El espectáculo es así una actividad especializada que habla por todas las demás. Es la representación diplomática de la sociedad jerárquica ante sí misma, donde toda otra palabra queda excluida. Lo más moderno es también lo más arcaico.</p>

<p>24</p>

<p>El espectáculo es el discurso ininterrumpido que el orden presente mantiene consigo mismo, su monólogo elogioso. Es el autorretrato del poder en la época de su gestión totalitaria de las condiciones de existencia. La apariencia fetichista de pura objetividad en las relaciones espectaculares esconde su índole de relación entre hombres y entre clases: una segunda naturaleza parece dominar nuestro entorno con sus leyes fatales. Pero el espectáculo no es ese producto necesario del desarrollo técnico considerado como desarrollo natural. La sociedad del espectáculo es por el contrario la forma que elige su propio contenido técnico. Aunque el espectáculo, tomado bajo su aspecto restringido de "medios de comunicación de masa", que son su manifestación superficial más abrumadora, parece invadir la sociedad como simple instrumentación, ésta no es nada neutra en realidad, sino la misma que conviene a su automovimiento total. Si las necesidades sociales de la época donde se desarrollan tales técnicas no pueden ser satisfechas sino por su mediación, si la administración de esta sociedad y todo contacto entre los hombres ya no pueden ejercerse si no es por intermedio de este poder de comunicación instantánea, es porque esta "comunicación" es esencialmente unilateral; de forma que su concentración vuelve a acumular en las manos de la administración del sistema existente los medios que le permiten continuar esta administración determinada. La escisión generalizada del espectáculo es inseparable del Estado moderno, es decir, de la forma general de la escisión en la sociedad, producto de la división del trabajo social y órgano de la dominación de clase.</p>

<p>25</p>

<p>La separación es el alfa y el omega del espectáculo. La institucionalización de la división social del trabajo, la formación de las clases, había cimentado una primera contemplación sagrada, el orden mítico en que todo poder se envuelve desde el origen. Lo sagrado ha justificado el ordenamiento cósmico y ontológico que correspondía a los intereses de los amos, ha explicado y embellecido lo que la sociedad no podía hacer. Todo poder separado ha sido por tanto espectacular, pero la adhesión de todos a semejante imagen inmóvil no significaba más que la común aceptación de una prolongación imaginaria para la pobreza de la actividad social real, todavía ampliamente experimentada como una condición unitaria. El espectáculo moderno expresa, por el contrario, lo que la sociedad puede hacer, pero en esta expresión lo permitido se opone absolutamente a lo posible. El espectáculo es la conservación de la inconsciencia en medio del cambio práctico de las condiciones de existencia. Es su propio producto, y él mismo ha dispuesto sus reglas: es una entidad seudosagrada. Muestra lo que es: el poder separado desarrollándose por sí mismo, en el crecimiento de la productividad mediante el refinamiento incesante de la división del trabajo en fragmentación de gestos, ya dominados por el movimiento independiente de las máquinas; y trabajando para un mercado cada vez más extendido. Toda comunidad y todo sentido crítico se han disuelto a lo largo de este movimiento, en el cual las fuerzas que han podido crecer en la separación no se han reencontrado todavía.</p>

<p>26</p>

<p>Con la separación generalizada del trabajador y de su producto se pierde todo punto de vista unitario sobre la actividad realizada, toda comunicación personal directa entre los productores. A medida que aumentan la acumulación de productos separados y la concentración del proceso productivo la unidad y la comunicación llegan a ser el atributo exclusivo de la dirección del sistema. El éxito del sistema económico de la separación es la proletarización del mundo.</p>

<p>27</p>

<p>Debido al mismo éxito de la producción separada como producción de lo separado, la experiencia fundamental ligada en las sociedades primitivas a un trabajo principal se está desplazando, con el desarrollo del sistema, hacia el no-trabajo, la inactividad. Pero esta inactividad no está en absoluto liberada de la actividad productiva: depende de ella, es sumisión inquieta y admirativa a las necesidades y resultados de la producción; ella misma es un producto de su racionalidad. No puede haber libertad fuera de la actividad, y en el marco del espectáculo toda actividad está negada, igual que la actividad real ha sido integralmente captada para la edificación global de este resultado. Así la actual "liberación del trabajo", o el aumento del ocio, no es de ninguna manera liberación en el trabajo ni liberación de un mundo conformado por ese trabajo. Nada de la actividad perdida en el trabajo puede reencontrarse en la sumisión a su resultado.</p>

<p>28</p>

<p>El sistema económico fundado en el aislamiento es una producción circular del aislamiento. El aislamiento funda la técnica, y el proceso técnico aisla a su vez. Del automóvil a la televisión, todos los bienes seleccionados por el sistema espectacular son también las armas para el reforzamiento constante de las condiciones de aislamiento de las "muchedumbres solitarias". El espectáculo reproduce sus propios supuestos en forma cada vez más concreta.</p>

<p>29</p>

<p>El origen del espectáculo es la pérdida de unidad del mundo, y la expansión gigantesca del espectáculo moderno expresa la totalidad de esta pérdida: la abstracción de todo trabajo particular y la abstracción general del conjunto de la producción se traducen perfectamente en el espectáculo, cuyo modo de ser concreto es justamente la abstracción. En el espectáculo una parte del mundo se representa ante el mundo y le es superior. El espectáculo no es más que el lenguaje común de esta separación. Lo que liga a los espectadores no es sino un vínculo irreversible con el mismo centro que sostiene su separación. El espectáculo reúne lo separado, pero lo reúne en tanto que separado.</p>

<p>30</p>

<p>La alienación del espectador en beneficio del objeto contemplado (que es el resultado de su propia actividad inconsciente) se expresa así: cuanto más contempla menos vive; cuanto más acepta reconocerse en las imágenes dominantes de la necesidad menos comprende su propia existencia y su propio deseo. La exterioridad del espectáculo respecto del hombre activo se manifiesta en que sus propios gestos ya no son suyos, sino de otro que lo representa. Por eso el espectador no encuentra su lugar en ninguna parte, porque el espectáculo está en todas.</p>

<p>31</p>

<p>El trabajador no se produce a sí mismo, produce un poder independiente. El éxito de esta producción, su abundancia, vuelve al productor como abundancia de la desposesión. Todo el tiempo y el espacio de su mundo se le vuelven extraños con la acumulación de sus productos alienados. El espectáculo es el mapa de este nuevo mundo, mapa que recubre exactamente su territorio. Las mismas fuerzas que se nos han escapado se nos muestran en todo su poderío.</p>

<p>32</p>

<p>El espectáculo en la sociedad corresponde a una fabricación concreta de la alienación. La expansión económica es principalmente la expansión de esta producción industrial precisa. Lo que crece con la economía que se mueve por sí misma sólo puede ser la alienación que precisamente encerraba su núcleo inicial.</p>

<p>33</p>

<p>El hombre separado de su producto produce cada vez con mayor potencia todos los detalles de su mundo, y así se encuentra cada vez más separado del mismo. En la medida en que su vida es ahora producto suyo, tanto más separado está de su vida.</p>

<p>34</p>

<p>El espectáculo es el capital en un grado tal de acumulación que se transforma en imagen.</p>

<p>Capítulo 2</p>

<p>La mercancía como espectáculo</p>

<p><br />
La mercancía no puede ser comprendida en su esencia auténtica sino como categoría universal del ser social total. Solo en este contexto la reificación surgida de la relación mercantil adquiere una significación decisiva, tanto para la evolución objetiva de la sociedad como para la actitud de los hombres hacia ella, para la sumisión de su conciencia a las formas en que esa reificación se expresa...Esta sumisión se acrecienta aún por el hecho de que cuanto más aumentan la racionalización y mecanización del proceso de trabajo,más pierde la actividad del trabajador su carácter de actividad, para convertirse en actitud contemplativa.<br />
LUCKACS, Historia y conciencia de clase.</p>

<p>35</p>

<p>En ese movimiento esencial del espectáculo, que consiste en incorporarse todo lo que en la actividad humana existía en estado fluido para poseerlo en estado coagulado como cosas que han llegado a tener un valor exclusivo por su formulación en negativo del valor vivido, reconocemos a nuestra vieja enemiga, que tan bien sabe presentarse al primer golpe de vista como algo trivial que se comprende por sí mismo, cuando es por el contrario tan compleja y está tan llena de sutilezas metafísicas, la mercancía.</p>

<p>36</p>

<p>Éste es el principio del fetichismo de la mercancía, la dominación de la sociedad por "cosas suprasensibles aunque sensibles" que se cumple de modo absoluto en el espectáculo, donde el mundo sensible se encuentra reemplazado por una selección de imágenes que existe por encima de él y que al mismo tiempo se ha hecho reconocer como lo sensible por excelencia.</p>

<p>37</p>

<p>El mundo a la vez presente y ausente que el espectáculo hace ver es el mundo de la mercancía dominando todo lo que es vivido. Y el mundo de la mercancía se muestra así tal como es, puesto que su movimiento equivale al distanciamiento de los hombres entre sí y respecto de su producto global.</p>

<p>38</p>

<p>La pérdida de cualidad, tan evidente en todos los niveles del lenguaje espectacular, de los objetos que ensalza y de las conductas que rige, no hace más que traducir los rasgos fundamentales de la producción real que anula la realidad: la forma-mercancía es de parte a parte la igualdad a sí misma, la categoría de lo cuantitativo. Desarrolla lo cuantitativo y no puede desarrollarse más que en ello.</p>

<p>39</p>

<p>Este desarrollo que excluye lo cualitativo está sujeto a su vez, en tanto que desarrollo, al salto cualitativo: el espectáculo significa que ha traspuesto el umbral de su propia abundancia; esto no es todavía cierto localmente más que en algunos puntos, pero sí lo es ya a la escala universal que es la referencia original de la mercancía, referencia que su movimiento práctico, unificando la tierra como mercado mundial, ha verificado.</p>

<p>40</p>

<p>El desarrollo de las fuerzas productivas ha sido la historia real inconsciente que ha construido y modificado las condiciones de existencia de los grupos humanos como condiciones de subsistencia y la extensión de estas condiciones: la base económica de todas sus iniciativas. El sector de la mercancía ha sido, en el interior de una economía natural, la constitución de un excedente de la subsistencia. La producción de mercancías, que implica el cambio de productos diversos entre productores independientes, ha podido seguir siendo artesanal durante mucho tiempo, contenida en una función económica marginal donde su verdad cuantitativa todavía estaba oculta. Sin embargo, allí donde encontró las condiciones sociales del gran comercio y de la acumulación de capitales se apoderó del dominio total sobre la economía. La economía entera se transformó entonces en lo que la mercancía había mostrado ser en el curso de esta conquista: un proceso de desarrollo cuantitativo. Este despliegue incesante del poderío económico bajo la forma de la mercancía, que ha transformado el trabajo humano en trabajo-mercancía, en salario, desembocó acumulativamente en una abundancia donde la cuestión primaria de la subsistencia está sin duda resuelta, pero de forma que siempre reaparezca: cada vez se plantea de nuevo en un grado superior. El crecimiento económico libera las sociedades de la presión natural que exigía su lucha inmediata por la subsistencia, pero aún no se han liberado de su liberador. La independencia de la mercancía se ha extendido al conjunto de la economía sobre la cual reina. La economía transforma el mundo, pero lo transforma solamente en mundo de la economía. La seudonaturaleza en la cual se ha alienado el trabajo humano exige proseguir su servicio hasta el infinito, y este servicio, no siendo juzgado ni absuelto más que por sí mismo, obtiene de hecho la totalidad de los esfuerzos y de los proyectos socialmente lícitos como servidores suyos. La abundancia de mercancías, es decir, de la relación mercantil, no puede ser más que la subsistencia aumentada.</p>

<p>41</p>

<p>La dominación de la mercancía fue ejercida inicialmente de una manera oculta sobre la economía, que a su vez, en cuanto base material de la vida social, seguía sin percibirse y sin comprenderse, como algo tan familiar que nos es desconocido. En una sociedad donde la mercancía concreta es todavía escasa o minoritaria es la dominación aparente del dinero la que se presenta como un emisario provisto de plenos poderes que habla en nombre de una potencia desconocida. Con la revolución industrial, la división manufacturera del trabajo y la producción masiva para el mercado mundial, la mercancía aparece efectivamente como una potencia que viene a ocupar realmente la vida social. Es entonces cuando se constituye la economía política, como ciencia dominante y como ciencia de la dominación.</p>

<p>42</p>

<p>El espectáculo señala el momento en que la mercancía ha alcanzado la ocupación total de la vida social. La relación con la mercancía no sólo es visible, sino que es lo único visible: el mundo que se ve es su mundo. La producción económica moderna extiende su dictadura extensiva e intensivamente. Su reinado ya está presente a través de algunas mercancías-vedettes en los lugares menos industrializados, en tanto que dominación imperialista de las zonas que encabezan el desarrollo de la productividad. En estas zonas avanzadas el espacio social es invadido por una superposición continua de capas geológicas de mercancías. En este punto de la "segunda revolución industrial" el consumo alienado se convierte para las masas en un deber añadido a la producción alienada. Todo el trabajo vendido de una sociedad se transforma globalmente en mercancía total cuyo ciclo debe proseguirse. Para ello es necesario que esta mercancía total retorne fragmentariamente al individuo fragmentado, absolutamente separado de las fuerzas productivas que operan como un conjunto. Es aquí por consiguiente donde la ciencia especializada de la dominación debe especializarse a su vez: se fragmenta en sociología, psicotecnia, cibernética, semiología, etc., vigilando la autorregulación de todos los niveles del proceso.</p>

<p>43</p>

<p>Mientras que en la fase primitiva de la acumulación capitalista "la economía política no ve en el proletario sino al obrero", que debe recibir el mínimo indispensable para la conservación de su fuerza de trabajo, sin considerarlo jamás "en su ocio, en su humanidad", esta posición de las ideas de la clase dominante se invierte tan pronto como el grado de abundancia alcanzado en la producción de mercancías exige una colaboración adicional del obrero. Este obrero redimido de repente del total desprecio que le notifican claramente todas las modalidades de organización y vigilancia de la producción, fuera de ésta se encuentra cada día tratado aparentemente como una persona importante, con solícita cortesía, bajo el disfraz de consumidor. Entonces el humanismo de la mercancía tiene en cuenta "el ocio y la humanidad" del trabajador, simplemente porque ahora la economía política puede y debe dominar esas esferas como tal economía política. Así "la negación consumada del hombre" ha tomado a su cargo la totalidad de la existencia humana<br />
44</p>

<p>El espectáculo es una guerra del opio permanente dirigida a hacer que se acepte la identificación de los bienes con las mercancías; y de la satisfacción con la subsistencia ampliada según sus propias leyes. Pero si la subsistencia consumible es algo que debe aumentar constantemente es porque no deja de contener la privación. Si no hay ningún más allá de la subsistencia aumentada, ningún punto en el que pueda dejar de crecer, es porque ella misma no está más allá de la privación, sino que es la privación que ha llegado a ser más rica.</p>

<p>45</p>

<p>Con la automatización, que es a la vez el sector más avanzado de la industria moderna y el modelo en el que se resume perfectamente su práctica, el mundo de la mercancía tiene que superar esta contradicción: la instrumentación técnica que suprime objetivamente el trabajo debe al mismo tiempo conservar el trabajo como mercancía y como único lugar de nacimiento de la mercancía. Para que la automatización, o cualquier otra forma menos extrema de incrementar la productividad del trabajo, no disminuya efectivamente el tiempo de trabajo social necesario a escala de la sociedad, es preciso crear nuevos empleos. El sector terciario, los servicios, es la ampliación inmensa de las metas de la armada de distribución y el elogio de las mercancías actuales; movilización de fuerzas supletorias que oportunamente encuentran, en la facticidad misma de las necesidades relativas a tales mercancías, la necesidad de una organización tal del trabajo hipotecado.</p>

<p>46</p>

<p>El valor de cambio no ha podido formarse más que como agente del valor de uso, pero esta victoria por sus propios medios ha creado las condiciones de su dominación autónoma. Movilizando todo uso humano y apoderándose del monopolio sobre su satisfacción ha terminado por dirigir el uso. El proceso de cambio se ha identificado con todo uso posible, y lo ha reducido a su merced. El valor de cambio es el condotiero del valor de uso que termina haciendo la guerra por su propia cuenta.</p>

<p>47</p>

<p>Esta constante de la economía capitalista que es la baja tendencial del valor de uso desarrolla una nueva forma de privación en el interior de la subsistencia aumentada, que no está ya liberada de la antigua penuria, puesto que exige la participación de la gran mayoría de los hombres, como trabajadores asalariados, en la prosecución infinita de su esfuerzo; y cada uno sabe que tiene que someterse o morir. Es la realidad de este chantaje, el hecho de que el consumo como uso bajo su forma más pobre (comer, habitar) ya no existe sino aprisionado en la riqueza ilusoria de la subsistencia aumentada, la verdadera base de la aceptación de la ilusión en el consumo de las mercancías modernas en general. El consumidor real se convierte en consumidor de ilusiones. La mercancía es esta ilusión efectivamente real, y el espectáculo su manifestación general.</p>

<p>48</p>

<p>El valor de uso que estaba contenido implícitamente en el valor de cambio debe ser ahora explícitamente proclamado, en la realidad invertida del espectáculo, justamente porque su realidad efectiva está corroida por la economía mercantil superdesarrollada: y la falsa vida necesita una seudojustificación.</p>

<p>49</p>

<p>El espectáculo es la otra cara del dinero: el equivalente general abstracto de todas las mercancías. Pero si el dinero ha dominado la sociedad como representación de la equivalencia central, es decir, del carácter intercambiable de bienes múltiples cuyo uso seguía siendo incomparable, el espectáculo es su complemento moderno desarrollado donde la totalidad del mundo mercantil aparece en bloque, como una equivalencia general a cuanto el conjunto de la sociedad pueda ser o hacer. El espectáculo es el dinero que solamente se contempla porque en él la totalidad del uso ya se ha intercambiado con la totalidad de la representación abstracta. El espectáculo no es sólo el servidor del pseudo-uso, él es ya en sí mismo el seudo-uso de la vida.</p>

<p>50</p>

<p>El resultado concentrado del trabajo social, en el momento de la abundancia económica, se transforma en aparente y somete toda realidad a la apariencia, que es ahora su producto. El capital ya no es el centro invisible que dirige el modo de producción: su acumulación lo despliega hasta en la periferia bajo la forma de objetos sensibles. Toda la extensión de la sociedad es su retrato.</p>

<p>51</p>

<p>La victoria de la economía autónoma debe ser al mismo tiempo su perdición. Las fuerzas que ha desencadenado suprimen la necesidad económica que fue la base inamovible de las sociedades antiguas. Al reemplazarla por la necesidad del desarrollo económico infinito no puede sino reemplazar la satisfacción de las primeras necesidades humanas, sumariamente reconocidas, por una fabricación ininterrumpida de seudonecesidades que se resumen en una sola seudonecesidad de mantener su reino. Pero la economía autónoma se separa para siempre de la necesidad profunda en la medida en que abandona el inconsciente social que dependía de ella sin saberlo. "Todo lo que es consciente se desgasta. Lo que es inconsciente permanece inalterable. Pero una vez liberado ¿no cae a su vez en ruinas?" (Freud).</p>

<p>52</p>

<p>En el momento en que la sociedad descubre que depende de la economía, la economía, de hecho, depende de ella. Esta potencia subterránea, que ha crecido hasta aparecer soberanamente, ha perdido también su poder. Allí donde estaba el ello económico debe sobrevenir el yo. El sujeto no puede surgir más que de la sociedad, es decir, de la lucha que reside en ella misma. Su existencia posible está supeditada a los resultados de la lucha de clases que se revela como el producto y el productor de la fundación económica de la historia.</p>

<p>53</p>

<p>La conciencia del deseo y el deseo de la conciencia conforman por igual este proyecto que, bajo su forma negativa, pretende la abolición de las clases, es decir la posesión directa de los trabajadores de todos los momentos de su actividad. Su contrario es la sociedad del espectáculo, donde la mercancía se contempla a sí misma en el mundo que ha creado.</p>

<p>------</p>

<p>Guy Debord: La sociedad del espectáculo. Trad. revisada por Maldeojo para el Archivo Situacionista (1998).</p>

<p><br />
publicado originalmente (puede encontrarse el texto completo) en <br />
http://sindominio.net/ash/espect.htm (archivo situacionista hispano)</p>]]>
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    <title>Pasajes del siglo 21</title>
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    <published>2008-04-30T09:02:15Z</published>
    <updated>2008-04-30T09:04:51Z</updated>
    
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p><em>Os envío también un artículo propio sobre el Libro de los pasajes de Benjamin, cuya traducción ha aparecido recientemente en castellano.</em></p>

<p><a href="http://salonkritik.net/archivo/pasajes.php" onclick="window.open('http://salonkritik.net/archivo/pasajes.php','popup','width=451,height=609,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://salonkritik.net/archivo/pasajes-thumb.jpg" width="225" height="303" border="0" align="right" hspace="10" /></a>Dilación: en la economía de la temporalidad se decide el método. Se trata de ser un genuino materialista radical, dejando que hable lo que permanece -abrazado a lo mineral- de lo desvanecido. Huellas meras o acaso ruinas, un material esparcido en todas direcciones rescata del tiempo fugado lo que ninguna otra memoria triunfal podría reconocer. No los rasgos proclamados entonces por el vencedor, ni los inventados ahora en pestilentes complots cuasicuartelarios de neohegemónicos, sino esa palabra atravesada que es fruto de escuchar el puro ruido sobrante de los engranajes de la historia -para siempre ya mal soldados. Habla allí la pregnancia extrema del detalle y acaso un ilusionado trabajo de acumulador paciente, inseguro respecto al método, titubeante respecto al objeto, pero convicto en lo que al saber de lo histórico respecta: él se adeuda a esa sonoridad extraña que ha pasado desapercibida por la Historia, como entre las uñas, alojada en los objetos viles o despreciados, en lo extremadamente próximo, en ese ruido que en la sinfonía producen involuntariamente los golpes secos de las yemas sobre el marfil del piano, o el arañar el piso del violoncello, esas virutas desparramadas de lo desperdiciado, de lo echado a perder.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Cierto que eso representa una economía en diferido, posterizada siempre: que acaso sólo permite intuir qué ha sido el siglo XIX para este coleccionismo onirizado que se realiza en el XX (en la obra de los pasajes), y -dilación ahora ya inconcebible- sólo en nuestra lengua alcanza a publicarse ya en el 21. Pero, en realidad, esa realización diferida invierte a la vez las flechas del tiempo: viene a mostrar cómo en ese siglo XIX así cartografiado -quizás decir descrito o teorizado resultara demasiado equívoco- o reconstruido en una constelación de fragmentos inabarcable y nunca cerrada en inventario concluso, habla de hecho tan nítidamente el XX, o incluso se dice todavía con mayor contundencia el nuestro, el 21, nuestro tiempo. Acaso la teorización de Benjamin aclarando su uso del término origen -en el ensayo sobre el drama barroco- y cómo en él y por encima de todo habla una incontenible pulsión de despliegue, podría darnos una buena pista de cómo ello puede llegar a ocurrir: pero no mejor que su advertencia de que él jamás confiaría en filosofía alguna que no pudiera explicar por qué es posible leer el futuro en los posos del café.</p>

<p>Que la suya entonces se obligue a tenerla -esa buena explicación- resultaría por lo tanto lógico, cristalizada en lo que él mismo llamó su idealismo monadológico, otro de los mejores nombres que le daría a su materialismo teológico-político,(uno casi tan bueno, por cierto, como el del cuento de hadas dialético que rezaba subtítulo originario del proyecto de Los Pasajes). Pero no importa tanto ahora escudriñar la filigrana sutil que, atravesando los tiempos vacíos del historicismo estéril, rescata el resonar poderoso de unos tiempos en otros, allá donde en ellos estalla la irrupción histórica que Benjamin llamaba revolución, allí donde los muros caían y los hombres enfervorizados disparaban contra los relojes de los campanarios para reconocer su ahora como tiempo preñado de plenitud. No importa tanto eso, digo, sino reconocer cómo esas palabras capaces de acariciar la pátina muerta de bibelots que nunca hemos rozado, avenidas que nunca hemos recorrido, interiores polvorientos que nunca hemos habitado o pasajes que ante los nuestros palidecerían como sombras mortecinas, cómo las palabras que hablan de todo ello siguen brillando con el potencial extraordinario de fulguraciones capaces de iluminar, como el relámpago, con luz nítida y decisiva, nuestro ahora, nuestro tiempo efectivo, todavía. Cómo esas palabras desparramadas en un orden nunca conseguido, indiciarias de un proyecto nunca consumado -ni consumable siquiera- vienen aún ahora a nosotros "con la intensidad con que pasan los sueños por lo que ha sido para experimentar el presente como el mundo de la vigilia al que se refieren".</p>

<p>Habrá quien se sorprenda de ello, pero no quien se haya paseado algún rato ya por estas páginas: por encima de todo, y antes que recorrido histórico por pasado alguno, son oráculo de todo lo que en nuestro tiempo es todavía enigma y esperanza, fantasma y utopía: ellas ejercitan una mirada histórica que, como propone en su introducción Rolf Tiedemann, "ya no parte del presente para recaer en la historia, sino que parte por anticipado de la historia para recaer en el presente". Para en ese movimiento conseguir, con palabras ahora del propio Benjamin, "leer en la vida yen las formas perdidas y aparentemente secundarias de aquella época la vida y las formas del hoy".</p>

<p>Hoy que no ha dejado de ser el hoy, y no evidentemente porque aquellas formas y microtopías de la existencia urbana del XIX sean todavía las nuestras, sinop orque lo que se pretende escrutándolas tiene aún toda vigencia: dar voz a la experiencia y el carácter de las formaciones sociales modernas, efectuar a su través el programa de una filosofía material de la historia. Podríamos ahora otear otros microescenarios -qué se yo: los nuevos malls, la lógica fantasmagórica de las marcas y la publicidad, los encandilamientos neoteológicos de los realityshows o las franquicias, las fanfarrias postmuseísticas, las nuevas economías fabricantes de mundos de la imagen electrónica o las cadenas de sms...- pero lo crucial no está en cuáles son en su materialidad ruda estos elegidos observatorios: sino todo lo que como una fulguración súbita se proclama en ellos, para el ojo que se entrega a su microscopía, constituyendo el poder perseguido de su potencia de iluminación profana.</p>

<p>Para quien así escucha, habla el Libro de los pasajes ahora del emerger fantasmagórico de formas colectivizadas de la inteligencia -de la multitud entre las muchedumbres resultantes del proceso de la urbanización del mundo-, del aparecer candente de inestabilidades decisivas en las formas de organización de la propiedad, del lugar extraño que en los procesos de constitución de subjetividadj uega la relación con el movedizo sistema de los objetos, traspasado por el de la mercancía, del reordenarse de las formas del deseo y la vida de los afectos prendida en aquellos, del transformarse de los mundos del trabajo y el lugar en él de los productores del conocimiento, del decisivo potencial de construir comunidad de las imágenes (imágenes dialécticas, las llamaba Benjamin), del porvenir todavía incierto y difícil de los sueños de emancipación e igualdad… Y (nos habla este libro de todo ello) no porque Benjamin fuese un vidente o el Libro de los pasajes una bola de adivino capaz de anticipar sus oráculos por encima de las décadas y los siglos. Sino porque lo que su mirada micrológica oteaba allí, entre lo pequeño y desperdiciado, era justamente el testimonio de cómo cada tiempo se consume herido entre pesadillas de insuficiencia y sueños de plenitud. Allí donde el nuestro lo hace y cualquiera por venir lo hará, quizás, este Libro de los pasajes lo será una vez más y en cada ocasión el libro de los suyos. Como ahora desde luego lo es en efecto, y fuera de toda duda, el Libro de los pasajes del siglo 21. |</p>]]>
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    <title>ntroducción de Rolf Tiedemann al “Libro de los Pasajes”.</title>
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    <published>2008-04-30T08:59:51Z</published>
    <updated>2008-04-30T09:00:58Z</updated>
    
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>Hay libros que tienen un destino mucho antes de existir en cuanto tal como libros: éste es el caso del Libro de los Pasajes, obra que Benjamin dejó inconclusa. Desde que Adorno, en un artículo publicado en 19501, hablara de ella por primera vez, se han tejido múltiples leyendas al respecto. Recibieron éstas un nuevo impulso cuando en 1966 apareció una selección en dos tomos de la correspondencia de Benjamin, donde se encontraban numerosas afirmaciones sobre lo pretendido por el autor, que, por lo demás, ni estaban completas, ni concordaban entre sí2. Pudieron extenderse así los rumores más contradictorios acerca de una obra a la que se referían las interpretaciones en liza sobre Benjamin con la esperanza de que resolvería el enigma que plantea su fisonomía intelectual. Esa esperanza resultó engañosa; los fragmentos del Libro de los Pasajes daban más bien por respuesta la de Mefisto al faústico «Entonces se resolverá más de un enigma»: «Pero más de un enigma surgirá también». </p>]]>
        <![CDATA[<p>La publicación de los fragmentos contribuirá no poco a sustituir finalmente los rumores sobre el Libro de los Pasajes por la obra misma. De hecho, hace tiempo que contamos con aquellos textos que siguen pareciendo los más adecuados para dar noticia fiable del proyecto que ocupó durante trece años a Benjamin, desde 1927 hasta su muerte en 1940, proyecto que con seguridad consiferó la culminación de su obra: la mayoría de los grandes trabajos que escribió durante su último decenio surgieron a partir del proyecto del Libro de los Pasajes. De haber sido acabado, el Libro de los Pasajes hubiera representado nada menos que una filosofía material de la historia del siglo XIX. El resumen de 1935, París, capital del siglo XIX, da idea de los materiales y temas que ocuparon a Benjamin. Si el resumen esboza el esquema histórico (944)3 por el que se debe orientar la construcción del siglo XIX, el ensayo La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica, de 1935-1936, que no se sitúa en el contexto material del Libro de los Pasajes -pues no trata de fenómenos del siglo XIX, sino del XX-, es relevante para su metodología. En él intentó Benjamin «indicar el lugar exacto en el presente al que [habría de referirse su] construcción histórica como a su punto de fuga» (944). Mientras que en el gran trabajo sobre Baudelaire surgido entre 1937 y 1939, por otra parte fragmentario, se puede ver un -modelo en miniatura- (955) del Libro de los Pasajes, el planteamiento metodológico del ensayo sobre la obra de arte fue retomado en las tesis Sobre el concepto de historia de 1940. Éstas, siguiendo a Adorno, -resumen por decirlo así las reflexiones sobre teoría del conocimiento, cuyo desarrollo acompañó al proyecto del Libro de los Pasajes>4. Lo que ha quedado de éste -las innumerables citas y apuntes del presente volumen- raras veces sobrepasa en el aspecto teórico lo que en esos trabajos se formula a menudo de manera más perentoria. Un análisis del Libro de los Pasajes -ya que su mera lectura apenas podría descubrir las intenciones de Benjamin- tendría por eso que incluir el ensayo sobre la obra de arte, los textos dedicados a Baudelaire, y las tesis Sobre el concepto de historia, teniéndolos siempre presentes, aun cuando sean completamente independientes y representen, bien un simple preludio del Libro de los Pasajes, bien escritos desgajados de él.</p>

<p>Los fragmentos propiamente dichos del Libro de los Pasajes se pueden comparar a los materiales de construcción para una casa de la que sólo se ha trazado la planta, o sólo se ha excavado el solar. En los dos resúmenes que preceden a esta edición, Benjamin trazó su plan a grandes rasgos, tal como se le presentaba en 1935 y en 1939: las seis o cinco secciones, respectivamente, de los resúmenes formarían otros tantos capítulos de su libro o, para seguir con la imagen, serían los pisos de la casa por construir. Junto al solar excavado se amontonan las citas con las que se levantarían los muros. y las propias reflexiones de Benjamin proporcionarían la argamasa con la que el edificio se mantendría unido. Ciertamente hay numerosas reflexiones teóricas e interpretativas, pero al final casi parecen querer desaparecer bajo el contingente de citaJ>. El editor ha dudado en más de una ocasión si tendría sentido publicar esta abrumadora masa de citas, si no haría mejor limitándose a editar los textos benjaminianos, que fácilmente podrían ordenarse en un conjunto legible, dando como resultado una densa colección de brillantes aforismos e inquietantes fragmentos. Pero, con ello, lo proyectado en el Libro de los Pasajes quedaría más allá de toda intuición. El propósito de Benjamin era unir el material y la teoría, la cita y la interpretación, en una nueva constelación más allá de toda forma corriente de exposición, en la que todo el peso habría de recaer sobre los materiales y las citas, retirándose ascéticamente la teoría y la interpretación. Como -un problema central en el materialismo histórico., que pensaba resolver con el Libro de los Pasajes, había caracterizado la pregunta -¿de qué modo [es] posible unir una mayor captación plástica con la realización del método marxista? La primera etapa de este camino será retomar para la historia el principio del montaje. Esto es, levantar las grandes construcciones con los elementos constructivos más pequeños, confeccionados con un perfil neto y cortante. Descubrir entonces en el análisis del pequeño momento singular el cristal del acontecer total. (N 2, 6)5. Esos elementos constructivos están formados por las innumerables citas, que por tanto no deben faltar en esta edición. Cuando el lector se familiarice con la arquitectura del conjunto, podrá también hacerla sin grandes dificultades con las citas, y señalar casi en cada una de ellas lo que en cada caso debió de fascinar a Benjamin, qué función se le hubiera atribuido en el edificio y de qué modo es un cristal donde se reúne el acontecer total. Desde luego que el lector tendrá que cultivar esa capacidad de «interpolar en lo infinitamente pequeño., como se define a la fantasía en Calle de dirección única (GS N, 117). Dotado de esta fantasía, las letras muertas que Benjamin recopiló de los polvorientos fondos de la Biblioteca Nacional de París comenzarán a vivir para él, dibujándose quizá incluso ante su visión especulativa, aun rodeado de sombras, ese edificio que Benjamin no llegó a levantar. Las sombras que se oponen a un posterior trazado, comprensivo y consistente, de su arquitectura, también proceden, y no en último término, de dificultades filológicas. La mayoría de los fragmentos, cortos y a menudo abreviando la idea, pocas veces permiten conocer cómo pensaba unirlos Benjamin. Con frecuencia anotaba únicamente las primeras ocurrencias, formando conjuntos de aforismos de los que no se puede deducir si en el curso del trabajo hubieran adquirido validez permanente. Entre los esbozos teóricos no faltan los que son contradictorios entre sí, o bien que no se pueden conjuntar. A esto se añade que muchos textos benjaminianos enlazan con citas, y no siempre se puede separar la mera interpretación del pasaje citado de la propia posición de Benjamin. Quizá sea por ello provechoso esbozar brevemente lo esencial de lo intentado en el Libro de los Pasajes, señalar la articulación teórica del proyecto benjaminiano, e introducir la explicación de algunas de sus categorías centrales. En lo que sigue, el editor simplemente intentará fijar algunas de las experiencias que se le impusieron en el curso de un trabajo de varios años en esta edición, con la esperanza de ayudar al lector orientándole sumariamente en el laberinto que seguro le parecerá este libro. No se pretende entrar en la discusión de las cuestiones teóricas que plantea con profusión el Libro de los Pasajes.</p>

<p>Tomado estrictamente, el Libro de los Pasajes es un edificio con dos proyectos constructivos muy diferentes que pertenecen, respectivamente, a dos fases de trabajo distintas. En la primera, que se extiende aproximadamente desde mediados de 1927 hasta el otoño de 1929, Benjamin planeó escribir un ensayo con el título de Pasajes de París. Un cuento de hadas dialéctico. Las noticias epistolares más antiguas hablan del proyecto como de una continuación de Calle de dirección única (894); pensaba con ello menos en su forma aforística que en la clase específica de concreción que allí había perseguido: -ganar para una época histórica la máxima concreción, tal como aparece de cuando en cuando en los juguetes infantiles, en un edificio, en un modo de vivir» (900). La intención de Benjamin fue desde el principio -y siguió siéndolo a través de los años- una intención filosófica: comprobar -en la práctica lo "concreto" que se puede ser en contextos histórico-filosóficos» (897). Como -comentario de una realidad» (0°,9), y no construyendo en abstracto, buscó exponer la historia del siglo XIX. Basándonos en una especie de catálogo temático de las Primeras anotaciones al Libro de los Pasajes, podemos saber de qué se trataba en esta fase: los textos hablan de calles y grandes almacenes, de panoramas, exposiciones universales y sistemas de iluminación, de moda, publicidad y prostitución, del coleccionista, del fléineur, del jugador y del tedio. Los pasajes mismos son sólo un tema entre muchos otros. Pertenecen a esos fenómenos de la edificación urbana que aparecen a comienzos del siglo XIX con la ambición enfática de lo nuevo, pero que entretanto habían perdido su función. En el envejecimiento cada vez más acelerado de las novedades e invenciones que brotaron de las fuerzas productivas del capitalismo en desarrollo, Benjamin vio el rasgo característico de toda la modernidad temprana. </p>

<p>Quiso alcanzada intentione recta -fisonomizando- a partir de las apariciones de lo inaparente: mostrando los retales, haciendo un montaje de los desechos (0°, 36). De un modo parecido, su pensamiento ya había intentado en Calle de dirección única perderse en lo concreto y particular para extraerle directamente su misterio, sin ninguna mediación teórica. Semejante entrega a lo particular existente es lo que caracteriza en general a su pensamiento. Ignorando la maquinaria parlante de la filosofía oficial, con sus tablas de mandamientos y prohibiciones trascendentales, se decidió, no sin arrogancia, por una especie de -delicada empiria-; como la de Goethe, no suponía la esencia tras o sobre las cosas, sino que la sabía en ellas. Los surrealistas habían sido los primeros en descubrir el específico mundo objetual del siglo XIX y, dentro de él, aquella mitología moderno a la que dedicó Aragon el prólogo a su Campesino de París, en cuyo cielo artificial se eleva la Nadja de Breton. En su ensayo sobre el surrealismo, al que calificó de -pantalla opaca delante del trabajo de los Pasajes(900), lo alaba: -Fue el primero en dar con las energías revolucionarias que aparecen en lo "anticuado", en las primeras construcciones en hierro, en los primeros edificios fabriles, en las primeras fotos, en los objetos que empiezan a extinguirse, en los pabellones de las exposiciones, en los vestidos de más de cinco años, en los locales mundanos de reunión una vez que empiezan a perder popularidad» (GS II, 299). Esta capa material, el poso del pasado reciente, también fue el objeto del Libro de los Pasajes; igual que Aragon, paseando por el pasaje de 1'0péra, resultó atraído en Uno 010 de sueños hacia territorios extraños de la realidad jamás vistos antes, así también es como quería Benjamin sUl1}@rgirse en regiones de la historia hasta entonces no consideradas, despreciadas, y subir tras apresar lo que antes que él nadie había visto. El ya casi despoblado acuario humano, tal como calificó Aragon en 1927 el pasaje de l'Opéra dos años antes de que desapareciera al cerrarse el anillo de bulevares del interior, esa ruina del ayer en la que se resuelven los enigmas del hoy, fue un estímulo incomparable para el Libro de los Pasajes (cfr. 919). Benjamin citó repetidamente la luz glauco de los pasajes de Aragon: aquella luz en la que el sueño sumerge a las cosas, haciéndolas aparecer a la vez extrañas y muy próximas. </p>

<p>Si la concepción de lo concreto constituye uno de los polos del armazón teórico benjaminiano, la teoría surrealista de los sueños es el otro: las divagaciones del primer proyect07 del Libro de los Pasajes tienen lugar en ese campo de fuerzas tendido entre la concreción y lo onírico. En los sueños, los primeros surrealistas habían depotenciado la realidad empírica en conjunto, tratando su organización racionalmente orientada como un mero contenido onírico cuyo lenguaje sólo admite ser descifrado indirectamente: al dirigir la óptica onírica sobre el mundo de la vigilia, se desatarían los pensamientos ocultos y latentes que dormitaban en su interior. Benjamin quiso que un procedimiento semejante diera sus frutos en la exposición de la historia: tratar el mundo objetual del siglo XIX como si se tratara de un mundo de cosas soñadas. En cualquier caso, la historia, bajo las relaciones de producción capitalistas, es comparable a la actividad inconsciente del individuo que sueña: aunque hecha ciertamente por hombres, lo es sin conciencia ni plan, como en un sueño. Para entender los pasajes a fondo, sumerjámoslos en la capa onírica más profunda» (FO, 34): esta aplicación del modelo onírico al siglo XIX debía quitar de la época el carácter de lo cerrado y pasado de una vez por todas, de lo literalmente devenido historia. Sus medios de producción y formas de vida no se agotaban en lo que habían sido por su lugar y su puesto dentro del orden productivo dominante; en ellas vio Benjamin al mismo tiempo la actividad de la fantasía icónica de un inconsciente colectivo que, soñando, sobrepasaba sus límites históricos, llegando a alcanzar el presente. Al trasladar «del individuo al colectiv<)."la doctrina psicoanalítica de un «estado completamente fluctuante de una conciencia dividida a cada momento en muchas capas entre el sueño y la vigilia- (Go, 27), quería mostrar que, por ejemplo, configuraciones arquitectónicas como los pasajes ciertamente se debían y servían al orden productivo industrial, pero también contenían al mismo tiempo algo irresuelto, irresoluble dentro del capitalismo: en este caso, la tantas veces vislumbrada por Benjamin arquitectura de cristal del futuro. «Toda época tiene un lado vuelto a los sueños, el lado infantil. (FO, 7). La mirada que la contemplación de Benjamin dirigió a este aspecto de la historia debía “liberar las inmensas fuerzas de la historia adormecidas en el "érase una vez" del relato histórico clásico» (0°, 71).</p>

<p>Casi simultáneamente a las primeras anotaciones para el Libro de los Pasajes, se encuentran en los escritos de Benjamin numerosos registros de sus propios sueños. Por entonces comenzó también a experimentar con drogas. En ambas empresas intentaba romper las rigideces y petrificaciones a las que son llevados por la presión de la producción industrial tanto el pensamiento como lo que éste tiene enfrente, tanto el sujeto como el objet08. En el sueño, igual que en la embriaguez narcótica, vio revelarse un «mundo de particulares afinidades secretas» (A °, 4) en el que las cosas podían entrar «en la relación más contradictoria. y mostrar una «difusa afinidad- (A o , 5). Le pareció que el sueño y la embriaguez abrían un terreno de experiencias en el que el yo aún se comunicaba de manera mimético-corporal con las cosas. Desde sus inicios filosóficos buscó Benjamin un concepto de experiencia que hiciera estallar las restricciones impuestas por Kant, y que fuera capaz de reconquistar “la plenitud del concepto de experiencia de los filósofos anteriores» y de restituir las experiencias de la teología9. Las experiencias de los surrealistas le enseñaron sin duda que no podía tratarse de restituir la experiencia teológica, sino de trasladada a lo profano: «Estas experiencias no se limitan en absoluto al sueño, a los momentos proporcionados por la ingestión de hachís o por fumar opio. Pues es un gran error suponer que en cuanto a "experiencias surrealistas" sólo conocemos los éxtasis religiosos o los éxtasis de las drogas. [...] La verdadera y creadora superación de la iluminación religiosa no reside sin embargo, realmente, en las drogas. Reside en una iluminación profana, en una inspiración materialista, antropológica, “para la que el hachís, el opio, o lo que sea, puede representar la escuela preparatoria» (eS II, 297). Benjamin quería llevar esta iluminación profana a la historia, ocupándose, como intérprete de sueños, del mundo objetual del siglo XI)(. La intención cognoscitiva que aquí se anuncia parece pertenecer al contexto de la teoría de la capacidad mimética, formulada poco después, y que en esencia es una teoría de la experiencia 10. Según ella, la experiencia se basa en el don de producir y percibir semejanzas; un don que en el curso de la historia de la especie se vio sometido a un fuerte cambio. Siendo originariamente una conducta sensorial del hombre hacia las cosas, se fue transformando filogenéticamente cada vez más en la capacidad de percibir semejanzas no sensibles, que es en lo que consisten para Benjamin los logros del lenguaje y la escritura. Frente al conocimiento por abstracción, la experiencia benjaminiana quería preservar un contacto directo con la conducta mimética. Se trataba para él de un "saber sentido" que «no sólo se nutre de lo que a éste se le presenta sensiblemente ante los ojos, sino que es capaz de apropiarse del mero saber, incluso de los datos muertos, como de algo experimentado y vivido» (eO, 1). En lugar de los conceptos aparecen imágenes: los jeroglíficos e imágenes enigmáticas de los sueños, donde se ha ocultado lo que se escurre por las anchas mallas de la semiótica y que sin embargo es lo único que merece el esfuerzo del conocimiento; el lenguaje de imágenes del siglo XIX, que representa «su capa más profundamente adormecida» (Go, 27); capa que en el Libro de los Pasajes debía llegar a despertar.</p>

<p>Con el motivo del despertar, Benjamin también se supo a la vez separado de los surrealistas. Éstos buscaban establecer la línea de demarcación entre la vida y el arte; "desconectar" (GS II, 621) el quehacer poético para vivir la poesía o poetizar la vida. A los primeros surrealistas, la realidad y el sueño se les entretejían formando una realidad soñada, desrealizada, en la que no había marcha atrás hacia los requerimientos de una praxis actual. Contra Aragon dice Benjamin que «se aferra al ámbito onírico», que la mitología "perdura" (HO, 17) en él; es decir: que la mitología de Aragon sigue siendo mera mitolog~ sin volver a quedar traspasada por la razón. La imaginería surrealista allana las diferencias que separan el ahora del ayer; en lugar de traer el pasado al presente, «vuelve a alejar a las cosas», permaneciendo afín a la -perspectiva romántica» en la que -se nos ha educado en historia» (CO, 5). Benjamin, por contra, quiere «acerca[r] las cosas en el espacio», dejar que «entren en nuestra vida» (lo, 2). Lo que le unía a los procedimientos surrealistas -abajar lo pasado a niveles oníricos- no era para el Libro de los Pasajes un fin en sí mismo, sino una disposición metodológica, una especie de ensayo experimental. El siglo XIX ~s el sueño del que hay que despertar: una pesadilla que pesará sobre el presente en tanto no se deshaga su hechizo. Las imágenes del sueño y del despertar del sueño se relacionan según Benjamin como la expresión y la interpretación: era sobre todo mediante la interpretación de las imágenes como él esperaba la disolución del hechizo. El despertar benjaminiano pretende -la salida auténtica de una época» (hO, 3), en el doble sentido de la asunción hegeliana: la superación del siglo XIX en su preservación, en su "rescate" para el presente. Benjamin lo definió como «el nuevo método de la historiografía, el dialéctico: ipasar con la intensidad de los sueños por lo que ha sido, para experimentar el presente como el mundo de la vigilia al que se refieren los sueños!» (FO, 6). A esta concepción subyace un concepto mítico de la historia que Benjamin nunca abandonó, ni siquiera en las postreras tesis Sobre el concepto de historia. Según esto, todo presente debería ser sincrónico con determinados momentos de la historia, igual que todo pasado particular sólo deviene "legible" en una determinada época ~a saber, aquella en que la humanidad, frotándose los ojos, reconoce precisamente esta imagen onírica en cuanto tal. Es en este instante cuando el historiador emprende con ella la tarea de la interpretación de los sueños- (N 4, 1)-. Pero para ello no sirve ningún alejamiento de lo pasado hacia lo mitológico, sino que, al contrario, hay que «disolver la "mitología" en el espacio de la historia» (HO, 17). Por eso exige Benjamin «una reflexión concreta, materialista, sobre lo más cercano», pues «sólo es importante exponer lo que nos es afín, lo que nos condiciona» (CO, 5). El historiador, en este sentido, ya no debe ponerse más en el lugar de la historia, sino que debe dejar aparecer en su vida lo pasado; un «páthos de la cercanía» (lo, 2) tiene que disolver la evasiva "empatía". Los objetos y acontecimientos pasados no son entonces nada sólido, nada inalterable dado al historiador, sino que «la dialéctica los revuelve, los revoluciona, hace de lo superior lo inferior» (DO, 4): esto es lo que tenía que llevar a cabo el despertar del sueño del siglo XIX. Por eso, el «intento por despertar de un sueño» es para Benjamin «el mejor ejemplo del vuelco dialéctico» (DO, 7).</p>

<p>Un pasaje clave del propósito de Benjamin en la elaboración del primer proyecto del Libro de los Pasajes bien puede ser esta frase: «EI capitalismo fue una manifestación de la naturaleza con la que le sobrevino un nuevo sueño onírico a Europa y, con él, una reactivación de las energías míticas» (K 1 a, 8). Este planteamiento -el interés por conocer el capitalismo- lo compartía Benjamin con el materialismo histórico, si es que no lo tomó de él; sin embargo, los conceptos de los que se sirvió para la determinación del capitalismo -naturaleza, sueño y mito- proceden de la terminología de su propio pensamiento, originalmente de inspiración metafísico-teológica. Las concepciones filosófico-históricas del joven Benjamin se habían centrado en una crítica del mito como heteronomía fatal que mantuvo hechizados a los hombres en una muda minoría de edad durante la prehistoria, y que desde entonces, en toda historia, ha sobrevivido bajo las formas más diversas, ya sea como violencia inmediata o como derecho burguésll. La crítica al capitalismo del primer proyecto del Libro de los Pasajes, donde el siglo XIX aparece como un territorio en el que «hasta ahora sólo prolifera la locura», sigue siendo una crítica del mito: «Pero todo suelo tuvo una vez que quedar entreverado por la razón, limpiado de la maleza de la locura y del mito. Esto es lo que aquí se debe hacer con el suelo del siglo XIX» (Go, 13). En los contenidos de conciencia predominantes y en el tipo de concepciones del incipiente altocapitalismo -la «sensación de lo más novedoso, de lo más moderno» por una parte, y por otra la imagen de un «eterno retorno de lo mismo«, formas oníricas ambas del acontecer, soñadas por un colectivo que «no conoce historia alguna» (MO, 14)-, Benjamin reconoce formas aún ahistóricas, todavía presas del mito, que sólo en una interpretación como la propuesta conseguirían de potenciar el mito, despertar de él. En la interpretación de la modernidad como «época del infierno», habla de un modo directamente teológico: «se trata de que [...] la faz del mundo, la inmensa cabeza, precisamente en aquello que es lo novísimo, jamás se altera, de que esto "novísimo" permanece siendo de todo punto siempre lo mismo. Esto constituye la eternidad del infierno y el afán innovador del sádico. Determinar la totalidad de los rasgos en los que se manifiesta la "modernidad" significaría exponer el infierno» (Go, 17). En cuanto "comentario de una realidad", comentario que se sumerge en lo histórico como en un texto y lo interpreta, la teología ha de proporcionar “la ciencia fundamental» (0°, 9) del Libro de los Pasajes, pero con ello la política ha de recibir también «el primado sobre la historia» (hO, 2). Durante la etapa del primer proyecto del Libro de los Pasajes, Benjamin pensaba menos en una mediación de categorías teológicas y políticas que -de modo muy semejante a Bloch en El espíritu de la utopía, y enlazando expresamente con éste- en la identidad de ambas. Para aclarar su propósito recurre muchas veces a conceptos blochianos, como por ejemplo: «La moda se sitúa en la oscuridad del momento vivido, pero del momento colectivo. (0°, 11). Del mismo modo que en Bloch el individuo que tiene una vivencia no es aún consciente de sí mismo en el instante en que la tiene, así también en Benjamin los fenómenos históricos resultan opacos y oscuros para el colectivo mismo que sueña; así como en Bloch la experiencia individual es siempre la de lo que acaba de pasar, la interpretación benjaminiana del presente se ve remitida al más reciente pasado: la acción en el presente es para él un despertar del sueño de la historia, una "explosión" de lo pasado, un vuelco revolucionario. Estaba convencido de que el «conjunto de las situaciones objeto de este trabajo» se clarificarían «en el proceso de autoconciencia del proletariado» (0°, 68); no dudó en entender los Pasajes como parte en la preparación de la revolución proletaria. «La penetración dialéctica en contextos pasados y la capacidad dialéctica para hacerlos presentes es la prueba de la verdad de toda acción contemporánea» (0°, 5) -aún no esta misma acción, pero sí una contribución a su teoría-. Esto determina la tarea del historiador como "rescate" del pasado o -como Benjamin lo formula, apoyándose en otro concepto de Bloch- como «despertar de un saber, aún no consciente, acerca de lo que ha sido» (HO, 17), mediante la aplicación de «la doctrina del saber aún no consciente. «al colectivo en sus diversas épocas» (0°, 50). En esta fase de elaboración, el Libro de los Pasajes fue concebido como restitución mística: el pensamiento dialéctico, tal como lo entendía Benjamin, tiene que separar en la historia el elemento cargado de futuro o "positivo" del "negativo" o regresivo para, acto seguido, «volver a efectuar una división en esta parte negativa y excluida de antemano, de tal modo que con desplazar el ángulo de visión [...] salga de nuevo a la luz del día, también aquí, algo positivo y distinto a lo anteriormente señalado. Y así in infinitum, hasta que, en una apocatástasis de la historia, todo el pasado haya sido llevado al presente» (N 1 a, 3). De modo que en el Libro de los Pasajes el siglo XIX debía ser llevado al presente; para Benjamin, la acción revolucionaria no estaba permitida a un precio menor. La revolución era para él en primerísimo lugar redención del pasado, redención que había de mostrar «Ia indestructibilidad de la vida más alta en todas las cosas. (0°, 1). A finales de los años veinte convergen en el pensamiento de Benjamin la teología y el comunismo. Las fuentes metafísicas, filosófico-históricas y teológicas de las que tanto habían bebido sus primeras y esotéricas obras -como los grandes textos estéticos, llegando hasta el Origen del drama barroco alemán- no se habían cegado, y habrían de alimentar también el Libro de los Pasajes.</p>

<p>Todo esto es lo que hubiera debido ser el Libro de los Pasajes, y nada de ello llegó a ser -por decirlo con una frase modificada del propio Benjamin-. La interrupción del trabajo en otoño de 1929 tuvo varias causas. El mismo Benjamin, retrospectivamente, la atribuyó sobre todo a cuestiones de exposición. Por un lado estaba su -carácter rapsódico«, como ya se anunciaba en el subtítulo del primer proyecto -Un cuento de hadas dialéctico- (919). Por otro, su -ilícita configuración "poética"» (936), a la que Benjamin se creía entonces remitido. Ambas cosas resultaban incompatibles con un trabajo que debía tener por objeto -los intereses históricos fundamentales de nuestra generación. (935). Benjamin estaba convencido de que sólo el materialismo histórico preservaba estos intereses; las aporías que se encontró al redactar el Libro de los Pasajes culminaban sin duda por eso en su posición respecto a la teoría marxista. Si en un primer momento Benjamin se había mostrado partidario de la política de los partidos comunistas, tuvo luego que convencerse de la necesidad de avanzar desde una profesión de fe política a una elaboración teórica del marxismo, elaboración que concibió como una asimilación, al menos en tanto que aún no la había iniciado. Se trataba de defender el Libro de los Pasajes -frente a toda objeción suscitada por la metafísica«; -la gran masa de ideas, impulsada en su origen metafísicamente«, tenía que ser sometida a un "proceso de refundición" que capacitara al autor para -considerar con serenidad lo que podría argüirse contra el método de este trabajo, por ejemplo desde el marxismo ortodoxo» (920). Benjamin atribuyó el final de su «filosofar despreocupadamente arcaico y atrapado en la naturaleza«, que estaba a la base de la «forma romántica» y de la -ingenuidad rapsódica. del primer proyecto, a las conversaciones con Horkheimer y Adorno que tuvieron lugar en septiembre u octubre de 1929 en Frankfurt y K6nigstein, calificadas por él mismo de «histórica[s]» (919). En la discusión de los textos por entonces redactados -eran ante todo aquellos que el editor ha titulado Proyectos iniciales--, ambos insistieron seguramente en que no se podía tratar con seriedad el siglo XIX sin tener en cuenta el análisis del capital hecho por Marx, y es muy probable que Benjamin, habiendo leído apenas por entonces algo de Marx, quedara impresionado por estas indicacionesl2. En cualquier caso, en su carta a Scholem del 20 de enero de 1930 se encuentra una observación según la cual concluir el trabajo requiere estudiar antes determinados aspectos tanto de la filosofía hegeliana como de El capital (903). Este estudio no se había concluido de ninguna manera cuando Benjamin, cuatro años después, a principios de 1934, se entregó nuevamente al proyecto del Libro de los Pasajes. El -nuevo rostro. (909) que presentaba el trabajo, debido no poco a las experiencias políticas del exilio, se mostraba en el recurso insistente a la historia social, de la que el primer esbozo en realidad no había prescindido del todo, pero que en éste se encontraba repuesto de la intención surrealista. Ninguno de los antiguos motivos fue rechazado, pero el edificio recibió un fundamento más sólido. Se añadieron nuevos temas: la haussmannización, la lucha de barricadas, los ferrocarriles, las conspiraciones, la camaradería, el movimiento social, la Bolsa, la historia económica, la Comuna, la historia de las sectas, la Escuela Politécnica; se añadieron además recopilaciones de citas de y sobre Marx, Fourier y SaintSimon. Esta ampliación temática apenas supuso, en todo caso, que Benjamin reservara a cada uno de los nuevos temas un capítulo del libro -en lugar del ensayo se había impuesto la forma del libro-. Su objeto se determinó ahora como «el destino del arte en el siglo XIX» (945), y parecía con ello haberse estrechado más que en el primer esbozo, aunque esto no hay que tomarlo demasiado literalmente: el resumen de 1935, en el que se traza con más claridad que en cualquier otra parte lo que pretende la segunda fase del trabajo, sigue presentando todos aquellos temas que el Libro de los Pasajes habría de tratar desde el principio: pasajes, panoramas y exposiciones universales, el interior y las calles de París. El título de este resumen, París, capital del siglo XIX, se mantuvo desde entonces, y fue retomado en 1939 para el otro resumen, escrito en francés. Contiene una indicación decisiva acerca de «las nuevas y profundas perspectivas sociológicas. del segundo esbozo, de las que Benjamin escribió que proporcionarían -el marco estable para el armazón interpretativo. (920). La interpretación, sin embargo, debía ahora hacer confluir los temas del libro -en suma, la superestructura cultural del siglo XIX en Francia- sobre el, denominado por Marx, carácter fetichista de la mercancía: en 1935 se dice que «el desarrollo» de este concepto «ocupará el centro. del proyectado libro (916), yen 1938 se afirma que «Ias categorías fundamentales. del Libro de los Pasajes «convergen en la determinación del carácter fetichista de la mercancía.(956). En el primer proyecto el concepto aparece completamente aislado, en un único pasaje (00, 38); está claro que por entonces no se podía hablar de que el fetichismo de la mercancía estuviera destinado a proporcionar el esquema central de la interpretación de todo el Libro de los Pasajes. Cuando Benjamin escribe en mayo de 1935 el primer resumen, quizá no le fueran aún familiares las palabras mismas de Marx sobre ello; al parecer, sólo a principios de junio de 1935, tras concluir el resumen, comenzó a -echar un vistazo» al primer tomo de El capital (923). Conocía ya ante todo la teoría del fetichismo de la mercancía por la versión de Lukács; al igual que muchos intelectuales de izquierda de su generación, debía ampliamente sus rudimentos marxistas al capítulo de Historia y conciencia de clase dedicado a la reificación.</p>

<p>Benjamin quiso proceder con la cultura en la época del altocapitalismo como Lukács al retraducir el hecho económico del fetichismo de la mercancía a nivel filosófico, empleando la categoría de reificación para resaltar las antinomias del pensamiento burgués. La conciencia que Marx mostró como ideológica en sus abstracciones del valor de la producción capitalista, para la que el carácter social del trabajo se refleja como carácter cósico de los productos del trabajo, la reconoció de nuevo Benjamin en la simultánea y dominante -concepción reificada de la cultura», de la que se omite que -las creaciones del espíritu humano» -no deben sólo su nacimiento, sino también su transmisión, a un trabajo social continuado» (1025). El destino de la cultura en el siglo XIX no fue otro que precisamente su carácter mercantil, que según Benjamin se representaba como fantasmagoría en los "bienes culturales". Fantasmagoría, espejismo, engaño es ya la mercancía misma, en la que el valor de cambio o la forma del valor encubre el valor de uso; fantasmagoría es el proceso de producción capitalista en conjunto, que se enfrenta como una potencia natural a los hombres que lo llevan a cabo. Lo que según Benjamin expresan las fantasmagorías culturales ~la ambigüedad característica de las relaciones y productos sociales de esta época» (45)-, es lo que también determinaba en Marx «el mundo económico del capitalismo»: una ambigtiedad que -resulta claramente visible, p. ej., en las máquinas, que agudizan la explotación en vez de aliviar la suerte del hombre» (K 3, 5). El concepto de fantasmagoría, empleado una y otra vez por Benjamin, no parece ser sino otro término para aquello que Marx denominó carácter fetichista de la mercancía; un término, por lo demás, que ya se encuentra en el mismo Marx: en un célebre pasaje del capítulo sobre el fetichismo de El capital, se dice acerca de las -relaciones sociales concretas» que caracterizan el trabajo en las condiciones de producción capitalista, que ellas adquieren para los hombres -la forma fantasmagórica de una relación entre cosas»13. El hecho que tenía Marx ante los ojos era la conciencia "necesariamente falsa" de la economía burguesa, conciencia que no por ser necesaria es menos falsa. Lo que a Benjamin le interesaba de la cultura no era tanto el contenido ideológico que la crítica cultural revela en sus profundidades, cuanto su superficie o su lado externo, que aúnan el engaño y la promesa. Las -creaciones y modos de vida provenientes del siglo pasado, condicionados sobre todo por la producción mercantil-, quedan «"iluminados" de modo sensible en una presencia inmediata- (*): esta presencia inmediata es lo que le interesa; el misterio que rastrea en los Pasajes era un misterio que aparece a la luz. Fantasmagórico es «el brillo del que se rodea la sociedad productora de mercancías- (*), un brillo que parece estar no menos en conexión con la "bella apariencia" de la estética idealista que con el carácter fetichista de la mercancía. Fantasmagorías son las «imágenes mágicas del siglo- (GS 1, 1153), ellas son las «.imágenes desiderativas- del colectivo, mediante las que éste busca «.tanto superar como transfigurar la inmadurez del producto social y las carencias del orden social de producción- (38-39), Antes que nada, la función de la fantasmagoría parece ser de carácter transfigurador: las exposiciones universales transfiguran el valor de cambio de las mercancías dejando en la sombra el carácter abstracto de sus determinaciones de valor; el coleccionista transfigura las cosas al despojarlas de su carácter mercantil; en los pasajes se transfigura la construcción en hierro y la arquitectura de cristal, porque «el siglo de las nuevas posibilidades constructivas no se correspondió con un nuevo orden social(*). Cuando a finales de 1937 cayó en manos de Benjamin lo eternidod por los ostras de Blanqui -una postrera fantasmagoría cosmológica del gran revolucionario, escrita en prisión- encontró allí sus propias especulaciones sobre el siglo XIX, pero ahora como infierno. Lo aparente de todo lo nuevo que este siglo ofrecía en cuanto modernidad por excelencia culminaba en su más alta idea, la de progreso, que encontró denunciada por Blanqui como «.fantasmagoría de la historia misma-: «.como algo antiquísimo e inmemorial que, revestido de última novedad, se acerca pavoneando- (*). De Blanqui había que aprender que en la fantasmagoría se encerraba también «.la crítica más amarga-, «.la más terrible acusación contra la sociedad- (*). El carácter transfigurador de la fantasmagoría da un vuelco, haciéndose ilustración, al percibir claramente -que la humanidad, mientras siga entregada a la angustia mítica, tendrá un lugar para la fantasmagoría- (*). En las fantasmagorías de su cultura, el siglo también trasciende siempre, dialécticamente, el "antiguo orden social". Como «.símbolos desiderativos-, los pasajes e interiores, los pabellones de las exposiciones y los panoramas son "posos de un mundo onírico-; sueño blochiano hacia adelante como anticipación del futuro: «.Cada época no sólo sueña la siguiente, sino que se encamina soñando hacia el despertar. Lleva su final consigo-. El pensamiento dialéctico, al intentar determinar e impulsar este fin de la cultura burguesa en descomposición, se convirtió para Benjamin en «.el órgano del despertar histórico- (49).</p>

<p>..La cualidad fetichista que adquiere la mercancía afecta a la misma sociedad productora de mercancías, no ciertamente como ella es en sí, sino tal como continuamente se imagina a sí misma y cree comprenderse cuando abstrae del hecho de que precisamente produce mercancías- (X 13 a). Difícilmente podía ser ésta una idea de Marx. Para él, el carácter fetichista de la mercancía consiste, inversamente, en que a los hombres se les aparece el carácter de su trabajo como aquello que son: -como relaciones cósicas entre personas y relaciones sociales entre cosas-14; el quid pro qua del fetichismo de la mercancía se revela ante el análisis del capital como algo objetivo, no como una fantasmagoría. Marx habría tenido que rechazar la idea de que la sociedad productora de mercancías puede abstraer del hecho de que las produce de otro modo que no sea el de un cese en su producción, de camino a una formación social superior. No es difícil, aunque no lleva muy lejos, mostrar los malentendidos de Benjamin sobre la teoría marxista. Se mostró poco interesado en la teoría marxista del arte, que le pareció estar «.tan pronto fanfarroneando como escolastizando- (N 4 a, 2). Tres sentencias de Proust eran para él más valiosas que la mayoría de lo disponible en el campo del análisis materialista (K 3, 4). La mayoría de los teóricos marxistas del arte explican la cultura como mero reflejo del desarrollo económico: Benjamin se negaba a ello. La doctrina del reflejo estético le parecía superada ya por la misma observación de Marx de -que las ideologías de la superestructura reflejan las relaciones de modo falso y deformado- (K 2, 5). Añadió a esto la pregunta: «.si la base determina en cierto modo la superestructura en cuanto a lo que se puede pensar y experimentar, pero esta determinación no es la del simple reflejo, ¿cómo entonces [...J hay que caracterizar esta determinación? Como su expresión. La superestructura es la expresión de la base. Las condiciones económicas bajo las que existe la sociedad alcanzan expresión en la superestructura; es lo mismo que el que se duerme con el estómago demasiado lleno: su estómago encontrará su expresión en el contenido de lo soñado, pero no su reflejo, aunque el estómago pueda "condicionar" causal mente este contenido- (K 2, 5). Benjamin no procedió en los Pasajes mediante una crítica ideológica15, sino que se aferró a la idea de una fisiognómica materialista, aunque la concibiera como complemento o ampliación de la teoría marxista. La fisiognómica deduce del exterior el interior, descifra la totalidad del detalle, representa en lo particular lo general. Desde un punto de vista nominalista, parte de la diversidad corporal; desde un punto de vista inductivo, se inserta en la esfera de lo intuitivamente concreto. El Libro de los Pasajes -en el fondo tiene que ver con el carácter expresivo de los primeros productos industriales, de los primeros edificios industriales, de las primeras máquinas, pero también de los primeros grandes almacenes, anuncios publicitarios, etc.» (N 1 a, 7). En estos rasgos expresivos, Benjamin esperaba encontrar lo que se hurtaba a un acceso inmediato, el rasgo característico del siglo XIX. Lo que le importaba era -el entramado expresivo»: «No se trata de exponer la génesis económica de la cultura, sino la expresión de la economía en su cultura» (N 1 a, 6). Si el camino del primer al segundo proyecto del Libro de los Pasajes testimonia el esfuerzo de Benjamin por afirmar su trabajo frente a las exigencias del materialismo histórico, en la concepción fisiognómica de su último periodo sobrevivieron intactos motivos pertenecientes a la metafísica y a la teología. Describir la expresión de la economía en la cultura era el intento de -captar un proceso económico como visible fenómeno originario de donde proceden todas las manifestaciones de la vida de los pasajes (y con ello del siglo XIX»> (N 1 a, 6). Ya en Origen del drama barroco alemán había recurrido Benjamin, para explicar su concepto de verdad, al fenómeno originario [Urphánomen] de Goethel6: el concepto de origen en el libro sobre el drama barroco debía ser -una traslación estricta y apremiante de este concepto goethiano fundamental desde el terreno de la naturaleza al de la historia»: -y ahora también tengo que vérmelas en el trabajo de los Pasajes con una investigación del origen. Pues persigo el origen de las formas y modificaciones de los pasajes parisinos, desde su salida hasta su ocaso, y lo aprehendo en los hechos económicos. Pero estos hechos, observados desde el punto de vista de la causalidad, por tanto como causas originarias, no serían ningún fenómeno originario; llegan a serlo primeramente dejando brotar de ellos mismos, en su propio desarrollo -despliegue estaría mejor dicho-, la serie de concretas formas históricas de los pasajes, del mismo modo que la hoja despliega a partir de sí misma toda la riqueza del mundo vegetal empírico» (N 2 a, 4). Con esto regresan a la teoría del conocimiento las sutilezas metafísicas y las fintas teológicas que parecían abolidas después de haber experimentado en la economía su irónico desenmascaramiento. En cuanto fenómenos originarios que se exponen como expresión de hechos económicos, ¿en qué se distinguirían de las ideas que se exponen en el medio empírico, como dice el libro sobre el drama barroco? Es la temprana concepción de Benjamin sobre una verdad monadológica la que también dominó todas las fases del Libro de los Pasajes, y continuó siendo válida en las tesis Sobre el concepto de historia. Si en el libro sobre el drama barroco la idea, en cuanto mónada, encierra en sí -la imagen del mundo» (GS 1, 228), entonces en el Libro de los Pasajes la expresión, en cuanto fenómeno originario, encierra la imagen de la historia. La esencia de la producción capitalista se ha de poder captar en las formas históricas concretas en las que la economía encuentra su expresión cultural. Al mero conceptualismo, cuyas abstracciones no alcanzan a exorcizar esta confusión, se le aplica un correctivo miméticointuitivo que ha de poder descifrar las imágenes en las que está cifrado lo general. Corresponde al pensamiento fisiognómico «reconocer los monumentos de la burguesía como ruinas, antes incluso de que se hayan derrumbado» (49). Los prolegómenos a una fisiognómica materialista, que se han de extraer del Libro de los Pasajes, figuran entre las concepciones más importantes de Benjamin. En ellas se anuncia programáticamente la teoría estética que hasta hoy le falta al marxismo. Si la exposición habría cumplido lo que prometía el programa, si la fisiognómica habría estado a la altura de su tarea materialista, son cuestiones que sólo la redacción misma del Libro de los Pasajes hubiera podido contestar.</p>

<p>Conceptos cambiantes de historia e historiografía unen los dos proyectos del Libro de los Pasajes. Su cariz polémico va dirigido contra la concepción del progreso dominante en el siglo XIX. Con la única excepción de Schopenhauer, que no por casualidad llama al mundo objetivo fantasmagoría, las filosofías idealistas habían hecho del progreso «el rasgo característico de todo el curso de la historia» (N 13, 1), despojándola así de su función ilustradora y crítica. La misma confianza de Marx en el desarrollo de las fuerzas productivas hipostasió el concepto de progreso y tuvo que parecerle a Benjamin, ante las experiencias del siglo xx, insostenible. La praxis política del movimiento obrero había olvidado asimismo que un progreso de habilidades y conocimientos no era aún un progreso de la humanidad misma; que a los avances en el dominio de la naturaleza correspondían retrocesos de la sociedad (GS 1, 700 s.). Ya en el primer proyecto del Libro de los Pasajes Benjamin reclama una «filosofía de la historia que supere L.,] en todos sus puntos» la «ideología del progreso» (00, 5), lo que llevó a cabo en las tesis de filosofía de la historia, cuya imagen de la historia recuerda más al fatídico juego acrobático de Klages entre imágenes originarias y fantasmas, que a la dialéctica de fuerzas productivas y relaciones de producción. Es ese ángel de la historia que aparece en una de las tesis como alegoría del materialista histórico17 -en sentido benjaminiano-, ante cuya mirada paralizada yace toda la historia hasta entonces transcurrida como catástrofe -que no cesa de amontonar ruina sobre ruina, arrojándolas ante sus pies» (GS 1, 697). Es ese ángel por el que todas las categorías con las que hasta entonces se ha expuesto la historia se ven despojadas de validez: este materialista ve refutado «todo lo "paulatino" del devenir», y el «desarrollo» se le muestra como «aparente» (FO, 6; K 1, 3). Pero, sobre todo, renuncia a «establecer una continuidad- (N 9 a, 5) de la historia, que sólo alcanzaría evidencia como historia del terror, mientras que lo que quiere es rescate y redención. A la intuición histórica se le daría en el Libro de los Pasajes nada menos que un «giro copernicano» (FO, 7; K 1,1-3), en el que, análogamente a la fundamentación crítico-cognoscitiva de la objetividad en el seno del sujeto que Kant realiza, se mostraría la historia pasada como fundada en la actualidad. En primer lugar dio un giro la relación en que se encuentran, en el conocimiento histórico, sujeto y objeto, presente y pasado: «se tomó por punto fijo "lo que ha sido", se vio el presente esforzándose tentativamente por dirigir el conocimiento hasta ese punto estable. Pero ahora debe invertirse esa relación, lo que ha sido debe llegar a ser vuelco dialéctico, irrupción de la conciencia despierta. La política obtiene el primado sobre la historia. Los hechos pasan a ser lo que ahora mismo nos sobrevino, constatarlos es la tarea del recuerdo» (K 1, 2). La mirada histórica ya no parte del presente para recaer en la historia, sino que parte por anticipado de la historia para recaer en el presente. Benjamin intentaba «leer en la vida y en las formas perdidas y aparentemente secundarias de aquella época, la vida y las formas de hoy» (N 1,11). El interés actual por un objeto histórico «se siente a sí mismo preformado en aquel objeto, pero, sobre todo, [...] siente ese objeto concretado en él mismo, siente que lo han ascendido de su ser de antaño a la superior concreción del ser-actual (idel estar-despierto!»> (K 2, 3). El objeto de la historia continúa transformándose, llegando a ser histórico en sentido enfático sólo cuando resulta actual para un tiempo posterior. Las relaciones continuadas en el tiempo de las que trata la historia fueron disueltas por Benjamin en constelaciones en las que un pasado coincide con el presente de modo que aquél alcanza eI.ahora» de su «cognoscibilidad». El «ahora de la cognoscibilidad-, que Benjamin califica ocasionalmente como "su" teoría del conocimiento (943), se desarrolló a partir de la confrontación con el idealismo y con el positivismo histórico. Mientras que este último, por así decir, colocaba al historiador en el pasado para comprender por "empatía" -únicamente a partir de sí mismo- todo lo que ha sido como si fuera una mera «masa de hechos» que llena «el tiempo homogéneo y vacío» (GS 1, 702), las construcciones históricas idealistas, a la inversa, usurpaban la perspectiva del futuro poniendo la historia bajo el plan natural de un progreso que se realiza a sí mismo y que es en principio inacabable. Ambos entregan al olvido «la historia en todo lo que desde el comienzo tiene de destiempo, de sufrimiento, de fallido, de fracasado» (GS 1, 343). Pero precisamente esto -aquello que, puesto en la historia, ella no ha cumplido- sería el objeto de esa historiografía materialista que Benjamin quería practicar en el Libro de los Pasajes. Que todo lo que ha sido sólo resulta cognoscible en un determinado tiempo, no es algo dejado a la arbitrariedad del historiador, sino que representa una constelación histórica objetiva. -La historia es el objeto de una construcción cuyo lugar no lo constituye el tiempo vacío y homogéneo, sino el que está lleno de tiempo-actual. Así, la antigua Roma fue para Robespierre un pasado cargado de tiempo-actual, pasado que hizo saltar del continuo de la historia. La Revolución Francesa se concibió como una Roma retornada. Ella citó a la antigua Roma. (GSI, 701). No de otro modo quería proceder Benjamin en el Libro de los Pasajes: el presente habría proporcionado el texto del libro, la historia sus citas; «escribir historia significa [...] citarla historia» (N 11, 3). Giro copernicano de la visión histórica; esto significaba por lo demás, y ante todo, que había que darle la vuelta al concepto tradicional de verdad: «Hay que apartarse decididamente del concepto de "verdad atemporal". Sin embargo, la verdad no es -como afirma el marxismo- únicamente una función temporal del proceso de conocimiento, sino que está unida a un núcleo temporal, escondido a la vez tanto en lo conocido como en el conocedor. Tan verdadero es esto, que lo eterno es en todo caso más bien el volante de un vestido que una idea» (N 3, 2). El núcleo temporal de la historia no se deja aprehender como algo que ocurre propiamente y que se extiende en la dimensión real del tiempo, sino allí donde el desarrollo se detiene durante un instante, donde la 8úvalllc; del acontecer cuaja en crTácrlc; y el tiempo se condensa en diferencial; donde en cada caso un ahora se acredita como el «ahora de una determinada cognoscibilidad»: -En él, la verdad está cargada de tiempo hasta estallar» (N 3, 1). De este modo, el ahora se hubiera mostrado como -la imagen más íntima. (00, 81) de los propios pasajes, de la moda, del interior burgués; como imagen de todo lo que ha sido, cuyo conocimiento es lo que le importa al Libro de los Pasajes. Benjamin encontró el nombre de -imágenes dialécticas» para esas configuraciones de lo que ha sido y del ahora; definió su contenido como el de una -dialéctica en reposo». Imagen dialéctica y dialéctica en reposo constituyen sin discusión las categorías centrales del Libro de los Pasajes. Sin embargo, su significado permaneció difuso, sin alcanzar consistencia terminológica. En los textos de Benjamin se distinguen al menos dos significados, relativamente aislados entre sí y que en todo caso no se pueden concertar sin fisuras. En el resumen de 1935, que en este punto parece más bien sintetizar los motivos del primer proyecto, Benjamin situó las imágenes dialécticas, en cuanto imágenes oníricas o desiderativas, en el inconsciente colectivo, cuya -fantasía icónica, que recibió su impulso de lo nuevo«, debía remitir «al pasado más remoto«: -En el sueño en el que, en imágenes, surge ante cada época la siguiente, esta última aparece ligada a elementos de la prehistoria, esto es, de una sociedad sin clases. Sociedad cuyas experiencias, que tienen su depósito en el inconsciente del colectivo, producen, al entremezclarse con lo nuevo, la utopía. (39). La modernidad cita la -prehistoria» -mediante la ambiguedad característica de las relaciones y productos sociales de esta época. La ambiguedad es la presentación plástica de la dialéctica, la ley de la dialéctica en reposo. Reposo que es utopía, y la imagen dialéctica, por tanto, imagen onírica. Semejante imagen presenta la mercancía en última instancia: un fetiche» (45). Estas palabras motivaron la crítica decidida de Adorno, que no podía admitir que la imagen dialéctica fuera «el modo de captar el carácter fetichista en la conciencia colectiva», dado que el fetichismo de la mercancía no es precisamente ningún «hecho de conciencia» (928). Influido por las objeciones de Adorno, Benjamin abandonó más tarde estos planteamientos. En el segundo resumen, de 1939, se suprimieron los correspondientes pasajes, dando a entender que ya no satisfacían al autor (cfr. 950). En 1940, en las tesis Sobre el concepto de historia, la dialéctica en reposo parece hacer las veces de un principio heurística, un procedimiento por el que el materialista histórico aprehende sus objetos: «El materialista histórico no puede renunciar al concepto de un presente que no es transición, sino que se detiene en el tiempo y alcanza reposo. y es que este concepto define precisamente ese presente en el que escribe para sí mismo la historia. [...] Hay un principio constructivo L..] que subyace a la historiografía materialista. Al pensar no sólo le es propio el movimiento de los pensamientos, sino en la misma medida su aquietamiento. Allí donde el pensar se para de pronto ante una constelación saturada de tensiones, provoca en la misma un shock mediante el que ella cristaliza como mónada. El historiador materialista accede a un objeto histórico sólo y exclusivamente cuando éste le sale al encuentro cómo mónada. En esta estructura reconoce el signo de un aquietamiento mesiánico del acontecer, en otras palabras, de una oportunidad revolucionaria en la lucha por el pasado oprimido» (GS 1, 702 s.). De hecho, Benjamin pensó siempre mediante imágenes dialécticas. En contraste con la dialéctica marxista, que -capta L..] a partir del curso del movimiento toda forma devenida.18, la suya buscaba detener este curso, captar todo devenir como ser. La propia filosofía de Benjamin, en palabras de Adorno, estaba poseída -del fetichismo de la mercancía: todo se le ha de transformar por encanto en cosa para que pueda desencantar la confusión de lo CÓSicO.19. Procedía por imágenes, intentando "leer" fenómenos sociohistóricos como si fueran históriconaturales. Las imágenes se le hacían dialécticas mediante el índice histórico de cada una. En la imagen dialéctica, «10 que ha sido de una determinada época. era -sin embargo a la vez "lo que ha sido desde siempre". (N 4, 1), aquello por lo cual quedaba presa de lo mítico; pero, al mismo tiempo, el materialista histórico que se hacía con tal imagen debía poseer el don de «encender en lo pasado la chispa de la esperanza», de -recuperar» la tradición histórica «de manos del confonnismo, que está a punto de subyugada» (GS 1, 695). Con el aquietamiento de la dialéctica, se rompe el contrato con los "vencedores" históricos y se pone todo el páthos en el rescate de los oprimidos.</p>

<p>Es obvio que la fijación de imágenes dialécticas no era para Benjamin un método que el historiador pudiera emplear para cualquier objeto y en cualquier momento. La historiografía era para él, tanto como para Marx, inseparable de la praxis política: el rescate del pasado por parte del que escribe la historia está unido a la liberación práctica de la humanidad. De todos modos, en comparación con la idea de Marx, según la cual -la producción capitalista [oo.] produce su propia negación con la necesidad de un proceso naturaPO, sobreviven en la teoría de Benjamin elementos anarquistas y blanquistas: «En realidad, no hay ningún momento que no traiga consigo su oportunidad revolucionaria [oo.]. Partiendo de la situación política, el pensador revolucionario ve confirmada la genuina oportunidad revolucionaria de cada momento histórico. Pero ésta no se le confirma menos por la capacidad que encierra ese momento para ser la llave que abre una estancia, hasta entonces cerrada y completamente indeterminada, del pasado. Penetrar en esa estancia coincide estrictamente con la acción política. (GS 1, 1231). La acción política debe -darse a conocer, por destructiva que sea, como mesiánica» (GS 1, 1231). El materialismo histórico de Benjamin apenas se puede separar del mesianismo político. En una anotación tardía, quizá bajo el shock del pacto Hitler-Stalin, expresó Benjamin -la experiencia de nuestra generación: que el capitalismo no morirá de muerte natural. (X 11 a, 3). Pero, entonces, no se podía esperar la llegada de la revolución con la paciencia de Marx, ésta sólo se podía pensar como final escatológico de la historia: -La sociedad sin clases no es la meta final del progreso histórico, sino su interrupción, tan a menudo fallida y finalmente realizada- (GS 1, 1231). El despertar del mito tenía que seguir el modelo mesiánico de una historia que se ha aquietado en la redención, tal como le resultaba evidente al historiador del Libro de los Pasajes. -El sujeto del conocimiento histórico es la propia clase luchadora y oprimida» (GS 1, 700); podemos concebir al historiador de la dialéctica en reposo como al heraldo de esta clase. Es a él a quien -se le ha concedido una débil fuerza mesiánica, fuerza que reclama el pasado»; es él quien atiende esta reclamación cuando capta firmemente esa -imagen irrecuperable del pasado, que amenaza desaparecer con todo presente que no se reconozca aludido en él. (GS 1,694 s.). Benjamin, que en el curso de los cambios históricos sólo alcanzaba a ver el mítico siempre-igual, pero ningún progreso, que sólo podía concebir éste como salto -como »salto de tigre al pasado» (GS 1, 701), que en verdad es un salto fuera de la historia-, como venida del reino mesiánico, intentó corresponder a esta concepción mística de la historia con una versión de la dialéctica en la que la mediación retrocedió por completo en favor de un vuelco en el que el momento de reconciliación debía ceder ante el momento destructivo y crítico. -Haciendo saltar»la imagen dialéctica -del continuo del curso de la historia» (N 10 a, 3), se sabía en consonancia con ese impulso anárquico que en las revoluciones intentaba detener el tiempo introduciendo un nuevo calendario o, como en la revolución de julio en París, disparando a los relojes de las torres. La mirada que hechizó a las cosas desprendidas del tiempo, transformándolas en imágenes, es la mirada de la Gorgona a -la facies hippocratica de la historia., al -paisaje petrificado» del mito (GS 1, 343). Pero ese instante místico en el que lo que ha sido y el ahora convergen en una constelación «a modo de relámpago»; ese instante donde -en el ahora de la cognoscibilidad» "relampaguea" (N 9, 7) la imagen de lo que ha sido, ese instante se convierte entonces en una imagen que se invierte dialécticamente, tal como se presenta desde la perspectiva del Mesías o, hablando desde un punto de vista materialista, de la revolución. Sólo desde esta perspectiva se ve despuntar en el Libro de los Pasajes una -auténtica determinación» del progreso: «En toda verdadera obra de arte hay un lugar en el que quien allí se sitúa recibe un frescor como el de la brisa de un amanecer venidero. De aquí resulta que el arte, visto a menudo como refractario a toda relación con el progreso, puede servir a la auténtica determinación de éste. El progreso no está en su elemento en la continuidad del curso del tiempo, sino en sus interferencias» (N 9 a, 7). En este sentido, se puede rescatar incluso aquella problemática determinación del primer resumen, según la cual en la imagen dialéctica las experiencias mítico-prehistóricas del inconsciente colectivo -producen, al entremezclarse con lo nuevo, la utopía, que ha dejado su huella en miles de configuraciones de la vida, desde las construcciones permanentes hasta la moda fugaz» (39). Para hacer visibles tales huellas, reuniendo los "desechos de la historia" y "rescatándolos" para su final, concibió Benjamin la dialéctica en reposo: emprendió la tarea, tan paradójica como asombrosa, de exponer la historia en el espíritu de una comprensión antievolucionista de la historia. Como "aquietamiento mesiánico del acontecer", hubiera incumbido a la dialéctica en reposo enraizar en el Libro de los Pasajes esa comprensión que Benjamin poseía mucho antes de comenzar a trabajar en ella: «lo profano [...] no es ciertamente una categoría del reino [mesiánico], pero sí una categoría, y de las más acertadas, de su casi imperceptible aproximación» (GSII, 204). Quedó así "esclarecida" hasta el final la idea benjaminiana de una iluminación profana, "inspirada" de este modo su inspiración materialista, resultando el materialismo benjaminiano, a través de todos los "procesos de refundición", teológico. En verdad fue histórico sólo como ese muñeco que -la teología toma a su servicio». De cualquier manera, había de -ganar. (GS 1, 693). Hay motivos para dudar de que esta intrincada pretensión pueda en absoluto cumplirse. Puede entonces que el lector que haya recorrido pacientemente la topografía del Libro de los Pasajes, siguiendo todos los rodeos y desviaciones que no le ahorra esta edición, crea encontrarse al fin frente a unas ruinas más bien que frente a materiales vírgenes de construcción. Pero también vale para los fragmentos del Libro de los Pasajes lo que Benjamin dijo sobre el drama barroco alemán: -en las ruinas de los grandes edificios habla la idea de su proyecto con más hondura que en otros menores, aun mejor conservados» (GS 1, 409).</p>

<p>* Se abre esta edición con los dos resúmenes de 1935 y 1939, en los que Benjamin expuso sintética mente su proyecto. Junto al temprano ensayo El anillo de Saturno, o sobre la construcción en hierro, estos resúmenes son los únicos textos del conjunto del Libro de los Pasajes que pueden darse por concluidos. Los resúmenes no estaban destinados para su publicación. El más antiguo, en alemán, lo escribió Benjamin para el Instituto de Investigación Social, que tomó además el Libro de los Pasajes entre los proyectos de investigación que apoyaba. El resumen en francés surgió por petición de Horkheimer, que esperaba encontrar con él un mecenas americano para Benjamin.</p>

<p>La parte más significativa y más extensa de esta edición contiene el manuscrito de los Apuntes y materiales, ordenado por temas y objetos: es el verdadero manuscrito del Libro de los Pasajes, que fue escondido durante la guerra en la Biblioteca Nacional. Probablemente, Benjamin trabajó en este manuscrito desde el otoño o invierno de 1928 hasta finales de 1929, y luego desde comienzos de 1934; las últimas anotaciones se hicieron a principios de 1940, inmediatamente antes de huir de París. La sucesión de los apuntes no se corresponde con su origen cronológico. Al parecer, Benjamin iniciaba siempre un legajo nuevo cuando en el curso de sus investigaciones surgía un tema nuevo que exigía ser tratado. Así, por ejemplo, el legajo m: Ociosidad, no se empezó antes de principios de 1939. Dentro de cada legajo, los apuntes podrían corresponder a la cronología de su redacción en limpio. Pero ésta tampoco es siempre la de su origen: en aquellos legajos que tratan temas que ya habían quedado fijados en la primera fase del trabajo, se encuentran al comienzo notas que Benjamin había extraído de manuscritos más antiguos, trasladándolos al de los Apuntes y materiales. En estos casos, los apuntes han sido ordenados de nuevo y, en esa medida, las primeras páginas de los respectivos legajos siguen también ciertos principios evidentes. Por contra, las páginas más tardías, escritas a partir de 1934, al igual que los legajos formados de 1934 en adelante, parecen seguir en general el azar de las investigaciones de Benjamin o, más frecuentemente aún, el de sus lecturas.</p>

<p>Se editan luego las Primeras anotaciones, apuntes realizados con continuidad desde mediados de 1927, e interrumpidos en diciembre de 1929 o, como muy tarde, principios de 1930. Aunque su contenido pasó en gran parte al gran manuscrito de los Apuntes y materiales, se publican en su integridad, porque sólo con su ayuda se pudo llevar a cabo ese "proceso de refundición" que marcó el paso de la primera a la segunda fase del trabajo. De entre los Proyectos iniciales, que cierran el corpus principal de esta edición, el titulado Pasajes pertenece a la fase más primitiva del trabajo, cuando Benjamin aún pensaba escribir junto con Franz Hessel un artículo de periódico. El borrador fue redactado a mediados de 1927, posiblemente junto con Hessel. En los textos titulados Pasajes de París II hay que ver el intento de Benjamin por escribir este ensayo, que era como concebía la obra de los Pasajes hacia 1928-1929. Se escribieron estos textos en un papel artesanal especialmente caro, que por lo demás Benjamin jamás utilizaba, y además en un formato completamente inusual para él: cabe imaginar que emprendió esta redacción como una fiesta. De cualquier modo, no llegó muy lejos. Los diversos textos, en sí mismos concluidos, cuya sucesión no llegó a especificar, pronto quedan deslavazados y finalmente ahogados por citas -comentadas o sin comentar- e indicaciones bibliográficas. Mientras que tanto los Apuntes y materiales como las Primeras anotaciones se publican in extenso y según la ordenación misma de los manuscritos, el editor creyó conveniente proceder de otro modo con los Pasajes de París /1 Dado que los apuntes inacabados y las citas de este manuscrito, o bien se trasladan a los Apuntes y materiales, o bien hay que considerar que se rechazaron, se renunció a su publicación. La publicación se limita a los textos acabados, que fueron ordenados por el editor. Aunque estos textos, que pertenecen a los más importantes y, si se me permite decirlo, a los más bellos de Benjamin, también aparecen diseminados en distintos pasajes de los Apuntes y materiales, su publicación compacta proporciona sin duda cierta impresión de aquel ensayo en el que pensaba Benjamin, y que no llegó a escribir. El último texto, El anillo de Saturno, o sobre la construcción en hierro, pertenece igualmente a la primera fase del trabajo; no se puede excluir que se tratase de un artículo de periódico desgajado del conjunto del Libro de los Pasajes, y que quedó sin publicar..</p>

<p>El lector que se haya familiarizado con los dos resúmenes podría empezar muy sensatamente su estudio del Libro de los Pasajes leyendo el legajo N: Teoría del conocimiento, teoría del progreso, para a continuación pasar al comienzo de los Apuntes y materiales. Su lectura, a su vez, podría limitarse en una primera ocasión a los textos impresos en letra grande, que se ha reservado a las reflexiones de Benjamin y a aquellas citas que comenta de alguna manera, aunque sólo sea de un modo incipiente. Citas sin comentar y apuntes que sólo presentan anotaciones de materiales, datos y hechos sin ningún tipo de posicionamiento por parte de Benjamin, se imprimen en letra más pequeña21. Si el Libro de los Pasajes se hubiera concluido, toda separación entre la teoría y el material habría quedado precisamente suprimida; sin embargo, en la forma fragmentaria en que quedó la obra, las reflexiones teóricas de Benjamin adquieren objetivamente el significado de iluminar los materiales con aquella luz que él quería prender en ellos. Por ello hay que insistir tanto más decididamente en que una comprensión cabal de las intenciones de Benjamin sólo puede proporcionada la lectura de todas las anotaciones, incluido el estudio de la última y más remota cita.</p>]]>
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    <title>Walter Benjamin - La obra de arte en la época de su reproductibilidad técnica</title>
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    <published>2008-04-30T08:55:37Z</published>
    <updated>2008-04-30T08:59:43Z</updated>
    
    <summary>(Publicado en BENJAMIN, Walter Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989.) «En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>(Publicado en BENJAMIN, Walter Discursos Interrumpidos I, Taurus, Buenos Aires, 1989.)<br />
 <br />
<a href="http://joseluisbrea.net/estetica/Benjamin.php" onclick="window.open('http://joseluisbrea.net/estetica/Benjamin.php','popup','width=553,height=840,scrollbars=no,resizable=no,toolbar=no,directories=no,location=no,menubar=no,status=no,left=0,top=0'); return false"><img src="http://joseluisbrea.net/estetica/Benjamin-thumb.jpg" width="225" height="341" alt="" align="left" hspace="10" /></a>«En un tiempo muy distinto del nuestro, y por hombres cuyo poder de acción sobre las cosas era insignificante comparado con el que nosotros poseemos, fueron instituidas nuestras Bellas Artes y fijados sus tipos y usos. Pero el acrecentamiento sorprendente de nuestros medios, la flexibilidad y la precisión que éstos alcanzan, las ideas y costumbres que introducen, nos aseguran respecto de cambios próximos y profundos en la antigua industria de lo Bello. En todas las artes hay una parte física que no puede ser tratada como antaño, que no puede sustraerse a la acometividad del conocimiento y la fuerza modernos. Ni la materia, ni el espacio, ni el tiempo son, desde hace veinte años, lo que han venido siendo desde siempre. Es preciso contar con que novedades tan grandes transformen toda la técnica de las artes y operen por tanto sobre la inventiva, llegando quizás hasta a modificar de una manera maravillosa la noción misma del arte.»<br />
PAUL VALÉRY, Pièces sur l'art ( «La conquête de l'ubiquité»).<br />
Prólogo<br />
Cuando Marx emprendió el análisis de la producción capitalista estaba ésta en sus comienzos. Marx orientaba su empeño de modo que cobrase valor de pronóstico. Se remontó hasta las relaciones fundamentales de dicha producción y las expuso de tal guisa que resultara de ellas lo que en el futuro pudiera esperarse del capitalismo. Y resultó que no sólo cabía esperar de él una explotación crecientemente agudizada de los proletarios, sino además el establecimiento de condiciones que posibilitan su propia abolición.</p>]]>
        <![CDATA[<p>La transformación de la superestructura, que ocurre mucho más lentamente que la de la infraestructura, ha necesitado más de medio siglo para hacer vigente en todos los campos de la cultura el cambio de las condiciones de producción. En qué forma sucedió, es algo que sólo hoy puede indicarse. Pero de esas indicaciones debemos requerir determinados pronósticos. Poco corresponderán a tales requisitos las tesis sobre el arte del proletariado después de su toma del poder; mucho menos todavía algunas sobre el de la sociedad sin clases; más en cambio unas tesis acerca de las tendencias evolutivas del arte bajo las actuales condiciones de producción. Su dialéctica no es menos perceptible en la superestructura que en la economía. Por eso sería un error menospreciar su valor combativo. Dichas tesis dejan de lado una serie de conceptos heredados (como creación y genialidad, perennidad y misterio), cuya aplicación incontrolada, y por el momento difícilmente controlable, lleva a la elaboración del material fáctico en el sentido fascista. Los conceptos que seguidamente introducimos por vez primera en la teoría del arte se distinguen de los usuales en que resultan por completo inútiles para los fines del fascismo. Por el contrario son utilizables para la formación de exigencias revolucionarias en la política artística.<br />
1<br />
La obra de arte ha sido siempre fundamentalmente susceptible de reproducción. Lo que los hombres habían hecho, podía ser imitado por los hombres. Los alumnos han hecho copias como ejercicio artístico, los maestros las hacen para difundir las obras, y finalmente copian también terceros ansiosos de ganancias. Frente a todo ello, la reproducción técnica de la obra de arte es algo nuevo que se impone en la historia intermitentemente, a empellones muy distantes unos de otros, pero con intensidad creciente. Los griegos sólo conocían dos procedimientos de reproducción técnica: fundir y acuñar. Bronces, terracotas y monedas eran las únicas obras artísticas que pudieron reproducir en masa. Todas las restantes eran irrepetibles y no se prestaban a reproducción técnica alguna. La xilografía hizo que por primera vez se reprodujese técnicamente el dibujo, mucho tiempo antes de que por medio de la imprenta se hiciese lo mismo con la escritura. Son conocidas las modificaciones enormes que en la literatura provocó la imprenta, esto es, la reproductibilidad técnica de la escritura. Pero a pesar de su importancia, no representan más que un caso especial del fenómeno que aquí consideramos a escala de historia universal. En el curso de la Edad Media se añaden a la xilografía el grabado en cobre y el aguafuerte, así como la litografía a comienzos del siglo diecinueve.<br />
Con la litografía, la técnica de la reproducción alcanza un grado fundamentalmente nuevo. El procedimiento, mucho más preciso, que distingue la transposición del dibujo sobre una piedra de su incisión en taco de madera o de su grabado al aguafuerte en una plancha de cobre, dio por primera vez al arte gráfico no sólo la posibilidad de poner masivamente (como antes) sus productos en el mercado, sino además la de ponerlos en figuraciones cada día nuevas. La litografía capacitó al dibujo para acompañar, ilustrándola, la vida diaria. Comenzó entonces a ir al paso con la imprenta. Pero en estos comienzos fue aventajado por la fotografía pocos decenios después de que se inventara la impresión litográfica. En el proceso de la reproducción plástica, la mano se descarga por primera vez de las incumbencias artísticas más importantes que en adelante van a concernir únicamente al ojo que mira por el objetivo. El ojo es más rápido captando que la mano dibujando; por eso se ha apresurado tantísimo el proceso de la reproducción plástica que ya puede ir a paso con la palabra hablada. A1 rodar en el estudio, el operador de cine fija las imágenes con la misma velocidad con la que el actor habla. En la litografía se escondía virtualmente el periódico ilustrado y en la fotografía el cine sonoro. La reproducción técnica del sonido fue empresa acometida a finales del siglo pasado. Todos estos esfuerzos convergentes hicieron previsible una situación que Paul Valéry caracteriza con la frase siguiente: «Igual que el agua, el gas y la corriente eléctrica vienen a nuestras casas, para servirnos, desde lejos y por medio de una manipulación casi imperceptible, así estamos también provistos de imágenes y de series de sonidos que acuden a un pequeño toque, casi a un signo, y que del mismo modo nos abandonan». Hacia 1900 la reproducción técnica había alcanzado un standard en el que no sólo comenzaba a convertir en tema propio la totalidad de las obras de arte heredadas (sometiendo además su función a modificaciones hondísimas), sino que también conquistaba un puesto específico entre los procedimientos artísticos. Nada resulta más instructivo para el estudio de ese standard que referir dos manifestaciones distintas, la reproducción de la obra artística y el cine, al arte en su figura tradicional.<br />
2<br />
Incluso en la reproducción mejor acabada falta algo: el aquí y ahora de la obra de arte, su existencia irrepetible en el lugar en que se encuentra. En dicha existencia singular, y en ninguna otra cosa, se realizó la historia a la que ha estado sometida en el curso de su perduración. También cuentan las alteraciones que haya padecido en su estructura física a lo largo del tiempo, así como sus eventuales cambios de propietario. No podemos seguir el rastro de las primeras más que por medio de análisis físicos o químicos impracticables sobre una reproducción; el de los segundos es tema de una tradición cuya búsqueda ha de partir del lugar de origen de la obra.<br />
El aquí y ahora del original constituye el concepto de su autenticidad. Los análisis químicos de la pátina de un bronce favorecerán que se fije si es auténtico; correspondientemente, la comprobación de que un determinado manuscrito medieval procede de un archivo del siglo XV favorecerá la fijación de su autenticidad. El ámbito entero de la autenticidad se sustrae a la reproductibilidad técnica -y desde luego que no sólo a la técnica-. Cara a la reproducción manual, que normalmente es catalogada como falsificación, lo auténtico conserva su autoridad plena, mientras que no ocurre lo mismo cara a la reproducción técnica. La razón es doble. En primer lugar, la reproducción técnica se acredita como más independiente que la manual respecto del original. En la fotografía, por ejemplo, pueden resaltar aspectos del original accesibles únicamente a una lente manejada a propio antojo con el fin de seleccionar diversos puntos de vista, inaccesibles en cambio para el ojo humano. O con ayuda de ciertos procedimientos, como la ampliación o el retardador, retendrá imágenes que se le escapan sin más a la óptica humana. Además, puede poner la copia del original en situaciones inasequibles para éste. Sobre todo le posibilita salir al encuentro de su destinatario, ya sea en forna de fotografía o en la de disco gramofónico. La catedral deja su emplazamiento para encontrar acogida en el estudio de un aficionado al arte; la obra coral, que fue ejecutada en una sala o al aire libre, puede escucharse en una habitación.<br />
Las circunstancias en que se ponga al producto de la reproducción de una obra de arte, quizás dejen intacta la consistencia de ésta, pero en cualquier caso deprecian su aquí y ahora. Aunque en modo alguno valga esto sólo para una obra artística, sino que parejamente vale también, por ejemplo, para un paisaje que en el cine transcurre ante el espectador. Sin embargo, el proceso aqueja en el objeto de arte una médula sensibilísima que ningún objeto natural posee en grado tan vulnerable. Se trata de su autenticidad. La autenticidad de una cosa es la cifra de todo lo que desde el origen puede transmitirse en ella desde su duración material hasta su testificación histórica. Como esta última se funda en la primera, que a su vez se le escapa al hombre en la reproducción, por eso se tambalea en ésta la testificación histórica de la cosa. Claro que sólo ella; pero lo que se tambalea de tal suerte es su propia autoridad .<br />
Resumiendo todas estas deficiencias en el concepto de aura, podremos decir: en la época de la reproducción técnica de la obra de arte lo que se atrofia es el aura de ésta. El proceso es sintomático; su significación señala por encima del ámbito artístico. Conforme a una formulación general: la técnica reproductiva desvincula lo reproducido del ámbito de la tradición. Al multiplicar las reproducciones pone su presencia masiva en el lugar de una presencia irrepetible. Y confiere actualidad a lo reproducido al permitirle salir, desde su situación respectiva, al encuentro de cada destinatario. Ambos procesos conducen a una fuerte conmoción de lo transmitido, a una conmoción de la tradición, que es el reverso de la actual crisis y de la renovación de la humanidad. Están además en estrecha relación con los movimientos de masas de nuestros días. Su agente más poderoso es el cine. La importancia social de éste no es imaginable incluso en su forma más positiva, y precisamente en ella, sin este otro lado suyo destructivo, catártico: la liquidación del valor de la tradición en la herencia cultural. Este fenómeno es sobre todo perceptible en las grandes películas históricas. Es éste un terreno en el que constantemente toma posiciones. Y cuando Abel Gance proclamó con entusiasmo en 1927: «Shakespeare, Rembrandt, Beethoven, harán cine... Todas las leyendas, toda la mitología y todos los mitos, todos los fundadores de religiones y todas las religiones incluso... esperan su resurrección luminosa, y los héroes se apelotonan, para entrar, ante nuestras puertas» , nos estaba invitando, sin saberlo, a una liquidación general.<br />
3<br />
Dentro de grandes espacios históricos de tiempo se modifican, junto con toda la existencia de las colectividades humanas, el modo y manera de su percepción sensorial. Dichos modo y manera en que esa percepción se organiza, el medio en el que acontecen, están condicionados no solo natural, sino también históricamente. El tiempo de la Invasión de los Bárbaros, en el cual surgieron la industria artística del Bajo Imperio y el Génesis de Viena, trajo consigo además de un arte distinto del antiguo una percepci6n también distinta. Los eruditos de la escuela vienesa, Riegel y Wickhoff, hostiles al peso de la tradición clásica que sepultó aquel arte, son los primeros en dar con la ocurrencia de sacar de él conclusiones acerca de la organización de la percepción en el tiempo en que tuvo vigencia. Por sobresalientes que fueran sus conocimientos, su limitación estuvo en que nuestros investigadores se contentaron con indicar la signatura formal propia de la percepción en la época del Bajo Imperio. No intentaron (quizás ni siquiera podían esperarlo) poner de manifiesto las transformaciones sociales que hallaron expresión en esos cambios de la sensibilidad. En la actualidad son más favorables las condiciones para un atisbo correspondiente. Y si las modificaciones en el medio de la percepción son susceptibles de que nosotros, sus coetáneos, las entendamos como desmoronamiento del aura, sí que podremos poner de bulto sus condicionamientos sociales.<br />
Conviene ilustrar el concepto de aura, que más arriba hemos propuesto para temas históricos, en el concepto de un aura de objetos naturales. Definiremos esta última como la manifestación irrepetible de una lejanía (por cercana que pueda estar). Descansar en un atardecer de verano y seguir con la mirada una cordillera en el horizonte o una rama que arroja su sombra sobre el que reposa, eso es aspirar el aura de esas montañas, de esa rama. De la mano de esta descripción es fácil hacer una cala en los condicionamientos sociales del actual desmoronamiento del aura. Estriba éste en dos circunstancias que a su vez dependen de la importancia creciente de las masas en la vida de hoy. A saber: acercar espacial y humanamente las cosas es una aspiración de las masas actuales tan apasionada como su tendencia a superar la singularidad de cada dato acogiendo su reproducción. Cada día cobra una vigencia más irrecusable la necesidad de adueñarse de los objetos en la más próxima de las cercanías, en la imagen, más bien en la copia, en la reproducción. Y la reproducción, tal y como la aprestan los periódicos ilustrados y los noticiarios, se distingue inequívocamente de la imagen. En ésta, la singularidad y la perduración están imbricadas una en otra de manera tan estrecha como lo están en aquélla la fugacidad y la posible repetición. Quitarle su envoltura a cada objeto, triturar su aura, es la signatura de una percepción cuyo sentido para lo igual en el mundo ha crecido tanto que incluso, por medio de la reproducción, le gana terreno a lo irrepetible. Se denota así en el ámbito plástico lo que en el ámbito de la teoría advertimos como un aumento de la importancia de la estadística. La orientación de la realidad a las masas y de éstas a la realidad es un proceso de alcance ilimitado tanto para el pensamiento como para la contemplación.<br />
4<br />
La unicidad de la obra de arte se identifica con su ensamblamiento en el contexto de la tradición. Esa tradición es desde luego algo muy vivo, algo extraordinariamente cambiante. Una estatua antigua de Venus, por ejemplo, estaba en un contexto tradicional entre los griegos, que hacían de ella objeto de culto, y en otro entre los clérigos medievales que la miraban como un ídolo maléfico. Pero a unos y a otros se les enfrentaba de igual modo su unicidad, o dicho con otro término: su aura. La índole original del ensamblamiento de la obra de arte en el contexto de la tradición encontró su expresión en el culto. Las obras artísticas más antiguas sabemos que surgieron al servicio de un ritual primero mágico, luego religioso. Es de decisiva importancia que el modo aurá-tico de existencia de la obra de arte jamás se desligue de la función ritual. Con otras palabras: el valor único de la auténtica obra artística se funda en el ritual en el que tuvo su primer y original valor útil. Dicha fundamentación estará todo lo mediada que se quiera, pero incluso en las formas más profanas del servicio a la belleza resulta perceptible en cuanto ritual secularizado. Este servicio profano, que se formó en el Renacimiento para seguir vigente por tres siglos, ha permitido, al transcurrir ese plazo y a la primera conmoción grave que le alcanzara, reconocer con toda claridad tales fundamentos. Al irrumpir el primer medio de reproducción de veras revolucionario, a saber la fotografía (a un tiempo con el despunte del socialismo), el arte sintió la proximidad de la crisis (que después de otros cien años resulta innegable), y reaccionó con la teoría de «l'art pour l'art», esto es, con una teología del arte. De ella procedió ulteriormente ni más ni menos que una teología negativa en figura de la idea de un arte «puro» que rechaza no sólo cualquier función social, sino además toda determinación por medio de un contenido objetual. (En la poesía, Mallarmé ha sido el primero en alcanzar esa posición.)<br />
Hacer justicia a esta serie de hechos resulta indispensable para una cavilación que tiene que habérselas con la obra de arte en la época de su reproducción técnica. Esos hechos preparan un atisbo decisivo en nuestro tema: por primera vez en la historia universal, la reproductibilidad técnica emancipa a la obra artística de su existencia parasitaria en un ritual. La obra de arte reproducida se convierte, en medida siempre creciente, en reproducción de una obra artística dispuesta para ser reproducida. De la placa fotográfica, por ejemplo, son posibles muchas copias; preguntarse por la copia auténtica no tendría sentido alguno. Pero en el mismo instante en que la norma de la autenticidad fracasa en la producción artística, se trastorna la función íntegra del arte. En lugar de su fundamentación en un ritual aparece su fundamentación en una praxis distinta, a saber en la política.<br />
5<br />
La recepción de las obras de arte sucede bajo diversos acentos entre los cuales hay dos que destacan por su polaridad. Uno de esos acentos reside en el valor cultual, el otro en el valor exhibitivo de la obra artística. La producción artística comienza con hechuras que están al servicio del culto. Presumimos que es más importante que dichas hechuras estén presentes y menos que sean vistas. El alce que el hombre de la Edad de Piedra dibuja en las paredes de su cueva es un instrumento mágico. Claro que lo exhibe ante sus congéneres; pero está sobre todo destinado a los espíritus. Hoy nos parece que el valor cultual empuja a la obra de arte a mantenerse oculta: ciertas estatuas de dioses sólo son accesibles a los sacerdotes en la «cella». Ciertas imágenes de Vírgenes permanecen casi todo el año encubiertas, y determinadas esculturas de catedrales medievales no son visibles para el espectador que pisa el santo suelo. A medida que las ejercitaciones artísticas se emancipan del regazo ritual, aumentan las ocasiones de exhibición de sus productos. La capacidad exhibitiva de un retrato de medio cuerpo, que puede enviarse de aquí para allá, es mayor que la de la estatua de un dios, cuyo puesto fijo es el interior del templo. Y si quizás la capacidad exhibitiva de una misa no es de por sí menor que la de una sinfonía, la sinfonía ha surgido en un tiempo en el que su exhibición prometía ser mayor que la de una misa.<br />
Con los diversos métodos de su reproducción técnica han crecido en grado tan fuerte las posibilidades de exhibición de la obra de arte, que el corrimiento cuantitativo entre sus dos polos se torna, como en los tiempos primitivos, en una modificación cualitativa de su naturaleza. A saber, en los tiempos primitivos, y a causa de la preponderancia absoluta de su valor cultual, fue en primera línea un instrumento de magia que sólo más tarde se reconoció en cierto modo como obra artística; y hoy la preponderancia absoluta de su valor exhibitivo hace de ella una hechura con funciones por entero nuevas entre las cuales la artística -la que nos es consciente- se destaca como la que más tarde tal vez se reconozca en cuanto accesoria. Por lo menos es seguro que actualmente la fotografía y además el cine proporcionan las aplicaciones más útiles de ese conocimiento.<br />
6<br />
En la fotografía, el valor exhibitivo comienza a reprimir en toda la línea al valor cultual. Pero éste no cede sin resistencia. Ocupa una última trinchera que es el rostro humano. En modo alguno es casual que en los albores de la fotografía el retrato ocupe un puesto central. El valor cultual de la imagen tiene su último refugio en el culto al recuerdo de los seres queridos, lejanos o desaparecidos. En las primeras fotografías vibra por vez postrera el aura en la expresión fugaz de una cara humana. Y esto es lo que constituye su belleza melancólica e incomparable. Pero cuando el hombre se retira de la fotografía, se opone entonces, superándolo, el valor exhibitivo al cultual. Atget es sumamente importante por haber localizado este proceso al retener hacia 1900 las calles de París en aspectos vacíos de gente. Con mucha razón se ha dicho de él que las fotografió como si fuesen el lugar del crimen. Porque también éste está vacío y se le fotografía a causa de los indicios. Con Atget comienzan las placas fotográficas a convertirse en pruebas en el proceso histórico. Y así es como se forma su secreta significación histórica. Exigen una recepción en un sentido determinado. La contemplación de vuelos propios no resulta muy adecuada. Puesto que inquietan hasta tal punto a quien las mira, que para ir hacia ellas siente tener que buscar un determinado camino. Simultáneamente los periódicos ilustrados empiezan a presentarle señales indicadoras. Acertadas o erróneas, da lo mismo. Por primera vez son en esos periódicos obligados los pies de las fotografías. Y claro está que éstos tienen un carácter muy distinto al del título de un cuadro. El que mira una revista ilustrada recibe de los pies de sus imágenes unas directivas que en el cine se harán más precisas e imperiosas, ya que la comprensión de cada imagen aparece prescrita por la serie de todas las imágenes precedentes.<br />
7<br />
Aberrante y enmarañada se nos antoja hoy la disputa sin cuartel que al correr el siglo diecinueve mantuvieron la fotografía y la pintura en cuanto al valor artístico de sus productos. Pero no pondremos en cuestión su importancia, sino que más bien podríamos subrayarla. De hecho esa disputa era expresión de un trastorno en la historia universal del que ninguno de los dos contendientes era consciente. La época de su reproductibilidad técnica desligó al arte de su fundamento cultual: y el halo de su autonomía se extinguió para siempre. Se produjo entonces una modificación en la función artística que cayó fuera del campo de visión del siglo. E incluso se le ha escapado durante tiempo al siglo veinte, que es el que ha vivido el desarrollo del cine.<br />
En vano se aplicó por de pronto mucha agudeza para decidir si la fotografía es un arte (sin plantearse la cuestión previa sobre si la invención de la primera no modificaba por entero el carácter del segundo). En seguida se encargaron los teóricos del cine de hacer el correspondiente y precipitado planteamiento. Pero las dificultades que la fotografía deparó a la estética tradicional fueron juego de niños comparadas con las que aguardaban a esta última en el cine. De ahí esa ciega vehemencia que caracteriza los comienzos de la teoría cinematográfica. Abel Gance, por ejemplo, compara el cine con los jeroglíficos: «Henos aquí, en consecuencia de un prodigioso retroceso, otra vez en el nivel de expresión de los egipcios... El lenguaje de las imágenes no está todavía a<br />
punto, porque nosotros no estamos aún hechos para ellas. No hay por ahora suficiente respeto, suficiente culto por lo que expresan». También Séverin-Mars escribe: «¿Qué otro arte tuvo un sueño más altivo... a la vez más poético y más real? Considerado desde este punto de vista representaría el cine un medio incomparable de expresión, y en su atmósfera debieran moverse únicamente personas del más noble pensamiento y en los momentos más perfectos y misteriosos de su carrera». Por su parte, Alexandre Arnoux concluye una fantasía sobre el cine mudo con tamaña pregunta: «Todos los términos audaces que acabamos de emplear, ¿no definen al fin y al cabo la oración?». Resulta muy instructivo ver cómo, obligados por su empeño en ensamblar el cine en el arte, esos teóricos ponen en su interpretación, y por cierto sin reparo de ningún tipo, elementos cultuales. Y sin embargo, cuando se publicaron estas especulaciones ya existian obras como La opinión pública y La quimera del oro. Lo cual no impide a Abel Gance aducir la comparación con los jeroglíficos y a Séverin-Mars hablar del cine como podría hablarse de las pinturas de Fra Angélico. Es significativo que autores especialmente reaccionarios busquen hoy la importancia del cine en la misma dirección, si no en lo sacral, si desde luego en lo sobrenatural. Con motivo de la realización de Reinhardt del Sueño de una noche de verano afirma Werfel que no cabe duda de que la copia estéril del mundo exterior con sus calles, sus interiores, sus estaciones, sus restaurantes, sus autos y sus playas es lo que hasta ahora ha obstruido el camino para que el cine ascienda al reino del arte. «El cine no ha captado todavía su verdadero sentido, sus posibilidades reales... Estas consisten en su capacidad singularísima para expresar, con medios naturales y con una fuerza de convicción incomparable, lo quimérico, lo maravilloso, lo sobrenatural».<br />
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En definitiva, el actor de teatro presenta él mismo en persona al público su ejecución artística; por el contrario, la del actor de cine es presentada por medio de todo un mecanismo. Esto último tiene dos consecuencias. El mecanismo que pone ante el público la ejecución del actor cinematográfico no está atenido a respetarla en su totalidad. Bajo la guía del cámara va tomando posiciones a su respecto. Esta serie de posiciones, que el montador compone con el material que se le entrega, constituye la película montada por completo. La cual abarca un cierto número de momentos dinámicos que en cuanto tales tienen que serle conocidos a la cámara (para no hablar de enfoques especiales o de grandes planos). La actuación del actor está sometida por tanto a una serie de tests ópticos. Y ésta es la primera consecuencia de que su trabajo se exhiba por medio de un mecanismo. La segunda consecuencia estriba en que este actor, puesto que no es él mismo quien presenta a los espectadores su ejecución, se ve mermado en la posibilidad, reservada al actor de teatro, de acomodar su actuación al público durante la función. El espectador se encuentra pues en la actitud del experto que emite un dictamen sin que para ello le estorbe ningún tipo de contacto personal con el artista. Se compenetra con el actor sólo en tanto que se compenetra con el aparato. Adopta su actitud: hace test. y no es ésta una actitud a la que puedan someterse valores cultuales.<br />
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Al cine le importa menos que el actor represente ante el público un personaje; lo que le importa es que se represente a sí mismo ante el mecanismo. Pirandello ha sido uno de los primeros en dar con este cambio que los tests imponen al actor. Las advertencias que hace a este respecto en su novela Se rueda quedan perjudicadas, pero sólo un poco, al limitarse a destacar el lado negativo del asunto. Menos aún les daña que se refieran únicamente al cine mudo. Puesto que el cine sonoro no ha introducido en este orden ninguna alteración fundamental. Sigue siendo decisivo representar para un aparato -o en el caso del cine sonoro para dos. «El actor de cine», escribe Pirandello, «se siente como en el exilio. Exiliado no sólo de la escena, sino de su propia persona. Con un oscuro malestar percibe el vacío inexplicable debido a que su cuerpo se convierte en un síntoma de deficiencia que se volatiliza y al que se expolia de su realidad, de su vida, de su voz y de los ruidos que produce al moverse, transformándose entonces en una imagen muda que tiembla en la pantalla un instante y que desaparece enseguida quedamente... La pequeña máquina representa ante el público su sombra, pero él tiene que contentarse con representar ante la máquina». He aquí un estado de cosas que podríamos caracterizar así: por primera vez-y esto es obra del cine-llega el hombre a la situación de tener que actuar con toda su persona viva, pero renunciando a su aura. Porque el aura está ligada a su aquí y ahora. Del aura no hay copia. La que rodea a Macbeth en escena es inseparable de la que, para un público vivo, ronda al actor que le representa. Lo peculiar del rodaje en el estudio cinematográfico consiste en que los aparatos ocupan el lugar del público. Y así tiene que desaparecer el aura del actor y con ella la del personaje que representa.<br />
No es sorprendente que en su análisis del cine un dramaturgo como Pirandello toque instintivamente el fondo de la crisis que vemos sobrecoge al teatro. La escena teatral es de hecho la contrapartida más resuelta respecto de una obra de arte captada íntegramente por la reproducción técnica y que incluso, como el cine, procede de ella. Así lo confirma toda consideración mínimamente intrínseca. Espectadores peritos, como Arnheim en 1932, se han percatado hace tiempo de que en el cine «casi siempre se logran los mayores efectos si se actúa lo menos posible... El último progreso consiste en que se trata al actor como a un accesorio escogido característicamente... al cual se coloca en un lugar adecuado». Pero hay otra cosa que tiene con esto estrecha conexión. El artista que actúa en escena se transpone en un papel. Lo cual se le niega frecuentemente al actor de cine. Su ejecución no es unitaria, sino que se compone de muchas ejecuciones. Junto a miramientos ocasionales por el precio del alquiler de los estudios, por la disponibilidad de los colegas, por el decorado, etc., son necesidades elementales de la maquinaria las que desmenuzan la actuación del artista en una serie de episodios montables. Se trata sobre todo de la iluminación, cuya instalación obliga a realizar en muchas tomas, distribuidas a veces en el estudio en horas diversas, la exposición de un proceso que en la pantalla aparece como un veloz decurso unitario. Para no hablar de montajes mucho más palpables. El salto desde una ventana puede rodarse en forma de salto desde el andamiaje en los estudios y, si se da el caso, la fuga subsiguiente se tomará semanas más tarde en exteriores. Por lo demás es fácil construir casos muchísimo más paradójicos. Tras una llamada a la puerta se exige del actor que se estremezca. Quizás ese sobresalto no ha salido tal y como se desea. El director puede entonces recurrir a la estratagema siguiente: cuando el actor se encuentre ocasionalmente otra vez en el estudio le disparan, sin que él lo sepa, un tiro por la espalda. Se filma su susto en ese instante y se monta luego en la película. Nada pone más drásticamente de bulto que el arte se ha escapado del reino del halo de lo bello, único en el que se pensó por largo tiempo que podía alcanzar florecimiento.<br />
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El extrañamiento del actor frente al mecanismo cinematográfico es de todas, tal y como lo describe Pirandello, de la misma índole que el que siente el hombre ante su aparición en el espejo. Pero es que ahora esa imagen del espejo puede despegarse de él, se ha hecho transportable. ¿Y adónde se la transporta? Ante el público. Ni un solo instante abandona al actor de cine la consciencia de ello. Mientras está frente a la cámara sabe que en última instancia es con el público con quien tiene que habérselas: con el público de consumidores que forman el mercado. Este mercado, al que va no sólo con su fuerza de trabajo, sino con su piel, con sus entrañas todas, le resulta, en el mismo instante en que determina su actuación para él, tan poco asible como lo es para cualquier artículo que se hace en una fábrica. ¿No tendrá parte esta circunstancia en la congoja, en esa angustia que, según Pirandello, sobrecoge al actor ante el aparato? A la atrofia del aura el cine responde con una construcción artificial de la personality fuera de los estudios; el culto a las «estrellas», fomentado por el capital cinematográfico, conserva aquella magia de la personalidad, pero reducida, desde hace ya tiempo, a la magia averiada de su carácter de mercancía. Mientras sea el capital quien de en él el tono, no podrá adjudicársele al cine actual otro mérito revolucionario que el de apoyar una crítica revolucionaria de las concepciones que hemos heredado sobre el arte. Claro que no discutimos que en ciertos casos pueda hoy el cine apoyar además una crítica revolucionaria de las condiciones sociales, incluso del orden de la propiedad. Pero no es éste el centro de gravedad de la presente investigación (ni lo es tampoco de la producción cinematográfica de Europa occidental).<br />
Es propio de la técnica del cine, igual que de la del deporte, que cada quisque asista a sus exhibiciones como un medio especialista. Bastaría con haber escuchado discutir los resultados de una carrera ciclista a un grupo de repartidores de periódicos, recostados sobre sus bicicletas, para entender semejante estado de la cuestión. Los editores de periódicos no han organizado en balde concursos de carreras entre sus jóvenes repartidores. Y por cierto que despiertan gran interés en los participantes. El vencedor tiene la posibilidad de ascender de repartidor de diarios a corredor de carreras. Los noticiarios, por ejemplo, abren para todos la perspectiva de ascender de transeúntes a comparsas en la pantalla. De este modo puede en ciertos casos hasta verse incluido en una obra de arte -recordemos Tres canciones sobre Lenin de Wertoff o Borinage de Ivens. Cualquier hombre aspirará hoy a participar en un rodaje. Nada ilustrará mejor esta aspiración que una cala en la situación histórica de la literatura actual.<br />
Durante siglos las cosas estaban así en la literatura: a un escaso número de escritores se enfrentaba un número de lectores mil veces mayor. Pero a fines del siglo pasado se introdujo un cambio. Con la creciente expansión de la prensa, que proporcionaba al público lector nuevos órganos políticos, religiosos, científicos, profesionales y locales, una parte cada vez mayor de esos lectores pasó, por de pronto ocasionalmente, del lado de los que escriben. La cosa empezó al abrirles su buzón la prensa diaria; hoy ocurre que apenas hay un europeo en curso de trabajo que no haya encontrado alguna vez ocasión de publicar una experiencia laboral, una queja, un reportaje o algo parecido. La distinción entre autor y público está por tanto a punto de perder su carácter sistemático. Se convierte en funcional y discurre de distinta manera en distintas circunstancias. El lector está siempre dispuesto a pasar a ser un escritor. En cuanto perito (que para bien o para mal en perito tiene que acabar en un proceso laboral sumamente especializado, si bien su peritaje lo será sólo de una función mínima), alcanza acceso al estado de autor. En la Unión Soviética es el trabajo mismo el que toma la palabra. Y su exposición verbal constituye una parte de la capacidad que es requisito para su ejercicio. La competencia literaria ya no se funda en una educación especializada, sino politécnica. Se hace así patrimonio común.<br />
Todo ello puede transponerse sin más al cine, donde ciertas remociones, que en la literatura han reclamado siglos, se realizan en el curso de un decenio. En la praxis cinematográfica -sobre todo en la rusa- se ha consumado ya esa remoción esporádicamente. Una parte de los actores que encontramos en el cine ruso no son actores en nuestro sentido, sino gentes que desempeñan su propio papel, sobre todo en su actividad laboral. En Europa occidental la explotación capitalista del cine prohibe atender la legítima aspiración del hombre actual a ser reproducido. En tales circunstancias la industria cinematográfica tiene gran interés en aguijonear esa participación de las masas por medio de representaciones ilusorias y especulaciones ambivalentes.<br />
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El rodaje de una película, y especialmente de una película sonora, ofrece aspectos que eran antes completamente inconcebibles. Representa un proceso en el que es imposible ordenar una sola perspectiva sin que todo un mecanismo (aparatos de iluminación, cuadro de ayudantes, etc.), que de suyo no pertenece a la escena filmada, interfiera en el campo visual del espectador (a no ser que la disposición de su pupila coincida con la de la cámara). Esta circunstancia hace, más que cualquier otra, que las semejanzas, que en cierto modo se dan entre una escena en el estudio cinematográfico y en las tablas, resulten superficiales y de poca monta. El teatro conoce por principio el emplazamiento desde el que no se descubre sin más ni más que lo que sucede es ilusión. En el rodaje de una escena cinematográfica no existe ese emplazamiento. La naturaleza de su ilusión es de segundo grado; es un resultado del montaje. Lo cual significa: en el estudio de cine el mecanismo ha penetrado tan hondamente en la realidad que el aspecto puro de ésta, libre de todo cuerpo extraño, es decir técnico, no es más que el resultado de un procedimiento especial, a saber el de la toma por medio de un aparato fotográfico dispuesto a este propósito y su montaje con otras tomas de igual índole. Despojada de todo aparato, la realidad es en este caso sobremanera artificial, y en el país de la técnica la visión de la realidad inmediata se ha convertido en una flor imposible.<br />
Este estado de la cuestión, tan diferente del propio del teatro, es susceptible de una confrontación muy instructiva con el que se da en la pintura. Es preciso que nos preguntemos ahora por la relación que hay entre el operador y el pintor. Nos permitiremos una construcción auxiliar apoyada en el concepto de operador usual en cirugía. El cirujano representa el polo de un orden cuyo polo opuesto ocupa el mago. La actitud del mago, que cura al enfermo imponiéndole las manos, es distinta de la del cirujano que realiza una intervención. E mago mantiene la distancia natural entre él mismo y su paciente. Dicho más exactamente: la aminora sólo un poco por virtud de la imposición de sus manos, pero la acrecienta mucho por virtud de su autoridad. El cirujano procede al revés: aminora mucho la distancia para con el paciente al penetrar dentro de él, pero la aumenta sólo un poco por la cautela con que sus manos se mueven entre sus órganos. En una palabra: a diferencia del mago (y siempre hay uno en el médico de cabecera) el cirujano renuncia en el instante decisivo a colocarse frente a su enfermo como hombre frente a hombre; más bien se adentra en él operativamente. Mago y cirujano se comportan uno respecto del otro como el pintor y el cámara. El primero observa en su trabajo una distancia natural para con su dato; el cámara por el contrario se adentra hondo en la textura de los datos. Las imágenes que consiguen ambos son enormemente diversas. La del pintor es total y la del cámara múltiple, troceada en partes que se juntan según una ley nueva. La representación cinematográfica de la realidad es para el hombre actual incomparablemente más importante, puesto que garantiza, por razón de su intensa compenetración con el aparato, un aspecto de la realidad despojado de todo aparato que ese hombre está en derecho de exigir de la obra de arte.<br />
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La reproductibilidad técnica de la obra artística modifica la relación de la masa para con el arte. De retrógrada, frente a un Picasso por ejemplo, se transforma en progresiva, por ejemplo cara a un Chaplin. Este comportamiento progresivo se caracteriza porque el gusto por mirar y por vivir se vincula en él íntima e inmediatamente con la actitud del que opina como perito. Esta vinculación es un indicio social importante. A saber, cuanto más disminuye la importancia social de un arte, tanto más se disocian en el público la actitud crítica y la fruitiva. De lo convencional se disfruta sin criticarlo, y se critica con aversión lo verdaderamente nuevo. En el público del cine coinciden la actitud crítica y la fruitiva. Y desde luego que la circunstancia decisiva es ésta: las reacciones de cada uno, cuya suma constituye la reacción masiva del público, jamás han estado como en el cine tan condicionadas de antemano por su inmediata, inminente masificación. Y en cuanto se manifiestan, se controlan. La comparación con la pintura sigue siendo provechosa. Un cuadro ha tenido siempre la aspiración eminente a ser contemplado por uno o por pocos. La contemplación simultánea de cuadros por parte de un gran público, tal y como se generaliza en el siglo XIX, es un síntoma temprano de la crisis de la pintura, que en modo alguno desató solamente la fotografía, sino que con relativa independencia de ésta fue provocada por la pretensión por parte de la obra de arte de llegar a las masas.<br />
Ocurre que la pintura no está en situación de ofrecer objeto a una recepción simultánea y colectiva. Desde siempre lo estuvo en cambio la arquitectura, como lo estuvo antaño el epos y lo está hoy el cine. De suyo no hay por qué sacar de este hecho conclusiones sobre el papel social de la pintura, aunque sí pese sobre ella como perjuicio grave cuando, por circunstancias especiales y en contra de su naturaleza, ha de confrontarse con las masas de una manera inmediata. En las iglesias y monasterios de la Edad Media, y en las cortes principescas hasta casi finales del siglo dieciocho, la recepción colectiva de pinturas no tuvo lugar simultáneamente, sino por mediación de múltiples grados jerárquicos. Al suceder de otro modo, cobra expresión el especial conflicto en que la pintura se ha enredado a causa de la reproductibilidad técnica de la imagen. Por mucho que se ha intentado presentarla a las masas en museos y en exposiciones, no se ha dado con el camino para que esas masas puedan organizar y controlar su recepción. Y así el mismo público que es retrógrado frente al surrealismo, reaccionará progresivamente ante una película cómica.<br />
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El cine no sólo se caracteriza por la manera como el hombre se presenta ante el aparato, sino además por cómo con ayuda de éste se representa el mundo en torno. Una ojeada a la psicología del rendimiento nos ilustrará sobre la capacidad del aparato para hacer tests. Otra ojeada al psicoanálisis nos ilustrará sobre lo mismo bajo otro aspecto. El cine ha enriquecido nuestro mundo perceptivo con métodos que de hecho se explicarían por los de la teoría freudiana. Un lapsus en la conversación pasaba hace cincuenta años más o menos desapercibido. Resultaba excepcional que de repente abriese perspectivas profundas en esa conversación que parecía antes discurrir superficialmente Pero todo ha cambiado desde la Psicopatología de la vida cotidiana. Esta ha aislado cosas (y las ha hecho analizables), que antes nadaban inadvertidas en la ancha corriente de lo percibido. Tanto en el mundo óptico, como en el acústico, el cine ha traído consigo una profundización similar de nuestra apercepción. Pero esta situación tiene un reverso: las ejecuciones que expone el cine son pasibles de análisis mucho más exacto y más rico en puntos de vista que el que se llevaría a cabo sobre las que se representan en la pintura o en la escena. El cine indica la situación de manera incomparablemente más precisa, y esto es lo que constituye su mayor susceptibilidad de análisis frente a la pintura; respecto de la escena, dicha capacidad está condicionada porque en el cine hay también más elementos susceptibles de ser aislados. Tal circunstancia tiende a favorecer -y de ahí su capital importancia- la interpenetración recíproca de ciencia y arte. En realidad, apenas puede señalarse si un comportamiento limpiamente dispuesto dentro de una situación determinada (como un músculo en un cuerpo) atrae más por su valor artístico o por la utilidad científica que rendiría. Una de las funciones revolucionarias del cine consistirá en hacer que se reconozca que la utilización científica de la fotografía y su utilización artística son idénticas. Antes iban generalmente cada una por su lado.<br />
Haciendo primeros planos de nuestro inventario, subrayando detalles escondidos de nuestros enseres más corrientes, explorando entornos triviales bajo la guía genial del objetivo, el cine aumenta por un lado los atisbos en el curso irresistible por el que se rige nuestra existencia, pero por otro lado nos asegura un ámbito de acción insospechado, enorme. Parecía que nuestros bares, nuestras oficinas, nuestras viviendas amuebladas, nuestras estaciones y fábricas nos aprisionaban sin esperanza. Entonces vino el cine y con la dinamita de sus décimas de segundo hizo saltar ese mundo carcelario. Y ahora emprendemos entre sus dispersos escombros viajes de aventuras. Con el primer plano se ensancha el espacio y bajo el retardador se alarga el movimiento. En una ampliación no sólo se trata de aclarar lo que de otra manera no se vería claro, sino que más bien aparecen en ella formaciones estructurales del todo nuevas. Y tampoco el retardador se limita a aportar temas conocidos del movimiento, sino que en éstos descubre otros enteramente desconocidos que «en absoluto operan como lentificaciones de movimientos más rápidos, sino propiamente en cuanto movimientos deslizantes, flotantes, supraterrenales». Así es como resulta perceptible que la naturaleza que habla a la cámara no es la misma que la que habla al ojo. Es sobre todo distinta porque en lugar de un espacio que trama el hombre con su consciencia presenta otro tramado inconscientemente. Es corriente que pueda alguien darse cuenta, aunque no sea más que a grandes rasgos, de la manera de andar de las gentes, pero desde luego que nada sabe de su actitud en esa fracción de segundo en que comienzan a alargar el paso. Nos resulta más o menos familiar el gesto que hacemos al coger el encendedor o la cuchara, pero apenas si sabemos algo de lo que ocurre entre la mano y el metal, cuanto menos de sus oscilaciones según los diversos estados de ánimo en que nos encontremos. Y aquí es donde interviene la cámara con sus medios auxiliares, sus subidas y sus bajadas, sus cortes y su capacidad aislativa, sus dilataciones y arrezagamientos de un decurso, sus ampliaciones y disminuciones. Por su virtud experimentamos el inconsciente óptico, igual que por medio del psicoanálisis nos enteramos del inconsciente pulsional.<br />
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Desde siempre ha venido siendo uno de los cometidos más importantes del arte provocar una demanda cuando todavía no ha sonado la hora de su satisfacción plena. La historia de toda forma artística pasa por tiempos críticos en los que tiende a urgir efectos que se darían sin esfuerzo alguno en un tenor técnico modificado, esto es, en una forma artística nueva. Y así las extravagancias y crudezas del arte, que se producen sobre todo en los llamados tiempos decadentes, provienen en realidad de su centro virtual histórico más rico. Ultimamente el dadaísmo ha rebosado de semejantes barbaridades. Sólo ahora entendemos su impulso: el dadaísmo intentaba, con los medios de la pintura (o de la literatura respectivamente), producir los efectos que el público busca hoy en el cine.<br />
Toda provocación de demandas fundamentalmente nuevas, de esas que abren caminos, se dispara por encima de su propia meta. Así lo hace el dadaísmo en la medida en que sacrifica valores del mercado, tan propios del cine, en favor de intenciones más importantes de las que, tal y como aquí las describimos, no es desde luego consciente. Los dadaístas dieron menos importancia a la utilidad mercantil de sus obras de arte que a su inutilidad como objetos de inmersión contemplativa. Y en buena parte procuraron alcanzar esa inutilidad por medio de una degradación sistemática de su material. Sus poemas son «ensaladas de palabras» que contienen giros obscenos y todo detritus verbal imaginable. E igual pasa con sus cuadros, sobre los que montaban botones o billetes de tren o de metro o de tranvía. Lo que consiguen de esta manera es una destrucción sin miramientos del aura de sus creaciones. Con los medios de producción imprimen en ellas el estigma de las reproducciones. Ante un cuadro de Arp o un poema de August Stramm es imposible emplear un tiempo en recogerse y formar un juicio, tal y como lo haríamos ante un cuadro de Derain o un poema de Rilke. Para una burguesía degenerada el recogimiento se convirtió en una escuela de conducta asocial, y a él se le enfrenta ahora la distracción como una variedad de comportamiento social. A1 hacer de la obra de arte un centro de escándalo, las manifestaciones dadaístas garantizaban en realidad una distracción muy vehemente. Había sobre todo que dar satisfacción a una exigencia, provocar escándalo público.<br />
De ser una apariencia atractiva o una hechura sonora convincente, la obra de arte pasó a ser un proyectil. Chocaba con todo destinatario. Había adquirido una calidad táctil. Con lo cual favoreció la demanda del cine, cuyo elemento de distracción es táctil en primera línea, es decir que consiste en un cambio de escenarios y de enfoques que se adentran en el espectador como un choque. Comparemos el lienzo (pantalla) sobre el que se desarrolla la película con el lienzo en el que se encuentra una pintura. Este último invita a la contemplación; ante él podemos abandonarnos al fluir de nuestras asociaciones de ideas. Y en cambio no podremos hacerlo ante un plano cinematográfico. Apenas lo hemos registrado con los ojos y ya ha cambiado. No es posible fijarlo. Duhamel, que odia el cine y no ha entendido nada de su importancia, pero sí lo bastante de su estructura, anota esta circunstancia del modo siguiente: «Ya no puedo pensar lo que quiero. Las imágenes movedizas sustituyen a mis pensamientos». De hecho, el curso de las asociaciones en la mente de quien contempla las imágenes queda enseguida interrumpido por el cambio de éstas. Y en ello consiste el efecto de choque del cine que, como cualquier otro, pretende ser captado gracias a una presencia de espíritu más intensa. Por virtud de su estructura técnica el cine ha liberado al efecto físico de choque del embalaje por asi decirlo moral en que lo retuvo el dadaísmo.<br />
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La masa es una matriz de la que actualmente surte, como vuelto a nacer, todo comportamiento consabido frente a las obras artísticas. La cantidad se ha convertido en calidad: el crecimiento masivo del número de participantes ha modificado la índole de su participación. Que el observador no se llame a engaño porque dicha participación aparezca por de pronto bajo una forma desacreditada. No han faltado los que, guiados por su pasión, se han atenido precisamente a este lado superficial del asunto. Duhamel es entre ellos el que se ha expresado de modo más radical. Lo que agradece al cine es esa participación peculiar que despierta en las masas. Le llama «pasatiempo para parias, disipación para iletrados, para criaturas miserables aturdidas por sus trajines y sus preocupaciones..., un espectáculo que no reclama esfuerzo alguno, que no supone continuidad en las ideas, que no plantea ninguna pregunta, que no aborda con seriedad ningún problema, que no enciende ninguna pasión, que no alumbra ninguna luz en el fondo de los corazones, que no excita ninguna otra esperanza a no ser la esperanza ridícula de convertirse un día en «star» en Los Angeles». Ya vemos que en el fondo se trata de la antigua queja: las masas buscan disipación, pero el arte reclama recogimiento. Es un lugar común. Pero debemos preguntarnos si da lugar o no para hacer una investigación acerca del cine.<br />
Se trata de mirar más de cerca. Disipación y recogimiento se contraponen hasta tal punto que permiten la fórmula siguiente: quien se recoge ante una obra de arte, se sumerge en ella; se adentra en esa obra, tal y como narra la leyenda que le ocurrió a un pintor chino al contemplar acabado su cuadro. Por el contrario, la masa dispersa sumerge en si misma a la obra artística. Y de manera especialmente patente a los edificios. La arquitectura viene desde siempre ofreciendo el prototipo de una obra de arte, cuya recepción sucede en la disipación y por parte de una colectividad. Las leyes de dicha recepción son sobremanera instructivas.<br />
Las edificaciones han acompañado a la humanidad desde su historia primera. Muchas formas artísticas han surgido y han desaparecido. La tragedia nace con los griegos para apagarse con ellos y revivir después sólo en cuanto a sus reglas. El epos, cuyo origen está en la juventud de los pueblos, caduca en Europa al terminar el Renacimiento. La pintura sobre tabla es una creación de la Edad Media y no hay nada que garantice su duración ininterrumpida. Pero la necesidad que tiene el hombre de alojamiento sí que es estable. El arte de la edificación no se ha interrumpido jamás. Su historia es más larga que la de cualquier otro arte, y su eficacia al presentizarse es importante para todo intento de dar cuenta de la relación de las masas para con la obra artística. Las edificaciones pueden ser recibidas de dos maneras: por el uso y por la contemplación. O mejor dicho: táctil y ópticamente. De tal recepción no habrá concepto posible si nos la representamos según la actitud recogida que, por ejemplo, es corriente en turistas ante edificios famosos. A saber: del lado táctil no existe correspondencia alguna con lo que del lado óptico es la contemplación. La recepción táctil no sucede tanto por la vía de la atención como por la de la costumbre. En cuanto a la arquitectura, esta última determina en gran medida incluso la recepción óptica. La cual tiene lugar, de suyo, mucho menos en una atención tensa que en una advertencia ocasional. Pero en determinadas circunstancias esta recepción formada en la arquitectura tiene valor canónico. Porque las tareas que en tiempos de cambio se le imponen al aparato perceptivo del hombre no pueden resolverse por la vía meramente óptica, esto es por la de la contemplación. Poco a poco quedan vencidas por la costumbre (bajo la guía de la recepción táctil).<br />
También el disperso puede acostumbrarse. Más aún: sólo cuando resolverlas se le ha vuelto una costumbre, probará poder hacerse en la dispersión con ciertas tareas. Por medio de la dispersión, tal y como el arte la depara, se controlará bajo cuerda hasta qué punto tienen solución las tareas nuevas de la apercepción. Y como, por lo demás, el individuo está sometido a la tentación de hurtarse a dichas tareas, el arte abordará la más difícil e importante movilizando a las masas. Así lo hace actualmente en el cine. La recepción en la dispersión, que se hace notar con insistencia creciente en todos los terrenos del arte y que es el síntoma de modificaciones de hondo alcance en la apercepción, tiene en el cine su instrumento de entrenamiento. El cine corresponde a esa forma receptiva por su efecto de choque. No sólo reprime el valor cultual porque pone al público en situación de experto, sino además porque dicha actitud no incluye en las salas de proyección atención alguna. El público es un examinador, pero un examinador que se dispersa.<br />
Epílogo<br />
La proletarización creciente del hombre actual y el alineamiento también creciente de las masas son dos caras de uno y el mismo suceso. El fascismo intenta organizar las masas recientemente proletarizadas sin tocar las condiciones de la propiedad que dichas masas urgen por suprimir. El fascismo ve su salvación en que las masas lleguen a expresarse (pero que ni por asomo hagan valer sus derechos). Las masas tienen derecho a exigir que se modifiquen las condiciones de la propiedad; el fascismo procura que se expresen precisamente en la conservación de dichas condiciones. En consecuencia, desemboca en un esteticismo de la vida política. A la violación de las masas, que el fascismo impone por la fuerza en el culto a un caudillo, corresponde la violación de todo un mecanismo puesto al servicio de la fabricación de valores cultuales.<br />
Todos los esfuerzos por un esteticismo político culminan en un solo punto. Dicho punto es la guerra. La guerra, y sólo ella, hace posible dar una meta a movimientos de masas de gran escala, conservando a la vez las condiciones heredadas de la propiedad. Así es como se formula el estado de la cuestión desde la política. Desde la técnica se formula del modo siguiente: sólo la guerra hace posible movilizar todos los medios técnicos del tiempo presente, conservando a la vez las condiciones de la propiedad. Claro que la apoteosis de la guerra en el fascismo no se sirve de estos argumentos. A pesar de lo cual es instructivo echarles una ojeada. En el manifiesto de Marinetti sobre la guerra colonial de Etiopía se llega a decir: «Desde hace veintisiete años nos estamos alzando los futuristas en contra de que se considere a la guerra antiestética... Por ello mismo afirmamos: la guerra es bella, porque, gracias a las máscaras de gas, al terrorífico megáfono, a los lanzallamas y a las tanquetas, funda la soberanía del hombre sobre la máquina subyugada. La guerra es bella, porque inaugura el sueño de la metalización del cuerpo humano. La guerra es bella, ya que enriquece las praderas florecidas con las orquídeas de fuego de las ametralladoras. La guerra es bella, ya que reúne en una sinfonía los tiroteos, los cañonazos, los altos el fuego, los perfumes y olores de la descomposición. La guerra es bella, ya que crea arquitecturas nuevas como la de los tanques, la de las escuadrillas formadas geométricamente, la de las espirales de humo en las aldeas incendiadas y muchas otras... ¡Poetas y artistas futuristas... acordaos de estos principios fundamentales de una estética de la guerra para que iluminen vuestro combate por una nueva poesía, por unas artes plásticas nuevas! ».<br />
Este manifiesto tiene la ventaja de ser claro. Merece que el dialéctico adopte su planteamiento de la cuestión. La estética de la guerra actual se le presenta de la manera siguiente: mientras que el orden de la propiedad impide el aprovechamiento natural de las fuerzas productivas, el crecimiento de los medios técnicos, de los ritmos, de la fuentes de energía, urge un aprovechamiento antinatural. Y lo encuentra en la guerra que, con sus destrucciones, proporciona la prueba de que la sociedad no estaba todavía lo bastante madura para hacer de la técnica su órgano, y de que la técnica tampoco estaba suficientemente elaborada para dominar las fuerzas elementales de la sociedad. La guerra imperialista está determinada en sus rasgos atroces por la discrepancia entre los poderosos medios de producción y su aprovechamiento insuficiente en el proceso productivo (con otras palabras: por el paro laboral y la falta de mercados de consumo). La guerra imperialista es un levantamiento de la técnica, que se cobra en el material humano las exigencias a las que la sociedad ha sustraído su material natural. En lugar de canalizar ríos, dirige la corriente humana al lecho de sus trincheras; en lugar de esparcir grano desde sus aeroplanos, esparce bombas incendiarias sobre las ciudades; y la guerra de gases ha encontrado un medio nuevo para acabar con el aura.<br />
«Fiat ars, pereat mundus», dice el fascismo, y espera de la guerra, tal y como lo confiesa Marinetti, la satisfacción artística de la percepción sensorial modificada por la técnica. Resulta patente que esto es la realización acabada del «arte pour l'art». La humanidad, que antaño, en Homero, era un objeto de espectáculo para los dioses olímpicos, se ha convertido ahora en espectáculo de sí misma. Su autoalienación ha alcanzado un grado que le permite vivir su propia destrucción como un goce estético de primer orden. Este es el esteticismo de la política que el fascismo propugna. El comunismo le contesta con la politización del arte.</p>]]>
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    <title>EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE - MARTIN HEIDEGGER</title>
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    <published>2008-04-08T19:49:17Z</published>
    <updated>2008-04-08T19:35:41Z</updated>
    
    <summary>recopilación completísima de textos sobre Heidegger en castellano: personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE MARTIN HEIDEGGER Versión española de Helena Cortés y Arturo Leyte en: HEIDEGGER, MARTIN, Caminos de bosque, Madrid, Alianza, 1996. Origen significa aquí aquello a...</summary>
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        <name>José Luis Brea</name>
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        <![CDATA[<p>recopilación completísima de textos sobre Heidegger en castellano:<br />
<a href="http://personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger/" target="new">personales.ciudad.com.ar/M_Heidegger</a></p>

<p><br />
EL ORIGEN DE LA OBRA DE ARTE<br />
MARTIN HEIDEGGER<br />
Versión española de  Helena Cortés y Arturo Leyte en: HEIDEGGER, MARTIN, Caminos de bosque, Madrid, Alianza, 1996.</p>

<p> <br />
Origen significa aquí aquello a partir de donde y por lo que una cosa es lo que es y tal como es. Qué es algo y cómo es, es lo que llamamos su esencia. El origen de algo es la fuente de su esen­cia. La pregunta por el origen de la obra de arte pregunta por la fuente de su esencia. Según la representación habitual, la obra surge a partir y por medio de la actividad del artista. Pero ¿por medio de qué y a partir de dónde es el artista aquello que es? Gracias a la obra; en efecto, decir que una obra hace al artista significa que si el artista destaca como maestro en su arte es únicamente gracias a la obra. El artista es el origen de la obra. La obra es el origen del artista. Ninguno puede ser sin el otro. Pero ninguno de los dos soporta tampoco al otro por separado. El artista y la obra son en sí mismos y recíprocamente por medio de un tercero que viene a ser lo primero, aquello de donde el artista y la obra de arte reciben sus nombres: el arte.</p>]]>
        <![CDATA[<p>Por mucho que el artista sea necesariamente el origen de la obra de un modo diferente a como la obra es el origen del artista, lo cierto es que el arte es al mismo tiempo el origen del artista y de la obra todavía de otro modo diferente. Pero ¿acaso puede ser el arte un origen? ¿Dónde y cómo hay arte? El arte ya no es más que una palabra a la que no corresponde nada real. En última ins tancia puede servir a modo de término general bajo el que agrupamos lo único real del arte: las obras y los artistas. Aun suponiendo que la palabra arte fuera algo más que un simple término general, con todo, lo designado por ella sólo podría ser en virtud de la realidad efectiva de las obras y los artistas. ¿O es al contrario? ¿Acaso sólo hay obra y artista en la medida en que hay arte y que éste es su origen?</p>

<p>Sea cual sea la respuesta, la pregunta por el origen de la obra de arte se transforma en pregunta por la esencia del arte. Como de todas maneras hay que dejar abierta la cuestión de si hay algún arte y cómo puede ser éste, intentaremos encontrar la esencia del arte en el lugar donde indudablemente reina el arte. El arte se hace patente en la obra de arte. Pero ¿qué es y cómo es una obra que nace del arte?</p>

<p>Qué sea el arte nos los dice la obra. Qué sea la obra, sólo nos lo puede decir la esencia del arte. Es evidente que nos movemos dentro de un círculo vicioso. El sentido común nos obliga a romper ese círculo que atenta contra toda lógica. Se dice que se puede deducir qué sea el arte estableciendo una comparación entre las distintas obras de arte existentes. Pero ¿cómo podemos estar seguros de que las obras que contemplamos son realmente obras de arte si no sabemos previamente qué es el arte? Pues bien, del mismo modo que no se puede derivar la esencia del arte de una serie de rasgos tomados de las obras de arte existentes, tampoco se puede derivar de conceptos más elevados, porque esta deducción da por supuestas aquellas determinaciones que deben bastar para ofrecernos como tal aquello que consideramos de antemano una obra de arte. Pero reunir los rasgos distintivos de algo dado y deducir a partir de principios generales son, en nuestro caso, cosas igual de imposibles y, si se llevan a cabo, una mera forma de autoengaño.</p>

<p>Así pues, no queda más remedio que recorrer todo el círculo, pero esto no es ni nuestro último recurso ni una deficiencia. Adentrarse por este camino es una señal de fuerza y permanecer en él es la fiesta del pensar, siempre que se dé por supuesto que el pensar es un trabajo de artesano. Pero el paso decisivo que lleva de la obra al arte o del arte a la obra no es el único círculo, sino que cada uno de los pasos que intentamos dar gira en torno a este mismo círculo.</p>

<p>Para encontrar la esencia del arte, que verdaderamente reina en la obra, buscaremos la obra efectiva y le preguntaremos qué es y cómo es.</p>

<p>Todo el mundo conoce obras de arte. En las plazas públicas, en las iglesias y en las casas pueden verse obras arquitectónicas, esculturas y pinturas. En las colecciones y exposiciones se exhiben obras de arte de las épocas y pueblos más diversos. Si contemplamos las obras desde el punto de vista de su pura realidad, sin aferrarnos a ideas preconcebidas, comprobaremos que las obras se presentan de manera tan natural como el resto de las cosas. El cuadro cuelga de la pared como un arma de caza o un sombrero. Una pintura, por ejemplo esa tela de Van Gogh que muestra un par de botas de campesino, peregrina de exposición en exposición. Se transportan las obras igual que el carbón del Ruhr y los troncos de la Selva Negra. Durante la campaña los soldados empaquetaban en sus mochilas los himnos de Hölderlin al lado de los utensilios de limpieza. Los cuartetos de Beethoven yacen amontonados en los almacenes de las editoriales igual que las patatas en los sótanos de las casas.</p>

<p>Todas las obras poseen ese carácter de cosa. ¿Qué serían sin él? Sin embargo, tal vez nos resulte chocante esta manera tan burda y superficial de ver la obra. En efecto, se trata seguramente de la perspectiva propia de la señora de la limpieza del museo o del transportista. No cabe duda de que tenemos que tomar las obras tal como lo hacen las personas que las viven y disfrutan. Pero la tan invocada vivencia estética tampoco puede pasar por alto ese carácter de cosa inherente a la obra de arte. La piedra está en la obra arquitectónica como la madera en la talla, el color en la pintura, la palabra en la obra poética y el sonido en la composición musical. El carácter de cosa es tan inseparable de la obra de arte que hasta tendríamos que decir lo contrario: la obra arquitectónica está en la piedra, la talla en la madera, la pintura en el color, la obra poética en la palabra y la composición musical en el sonido. !Por supuesto!, replicarán. Y es verdad. Pero ¿en qué consiste ese carácter de cosa que se da por sobreentendido en la obra de arte?</p>

<p>Seguramente resulta superfluo y equívoco preguntarlo, porque la obra de arte consiste en algo más que en ese carácter de cosa. Ese algo más que está en ella es lo que hace que sea arte. Es verdad que la obra de arte es una cosa acabada, pero dice algo más que la mera cosa: llo Žgoreæei. La obra nos da a conocer públicamente otro asunto, es algo distinto: es alegoría. Además de ser una cosa acabada, la obra de arte tiene un carácter añadido. Tener un carácter añadido -llevar algo consigo- es lo que en griego se dice sumb‹llein. La obra es símbolo.</p>

<p>La alegoría y el símbolo nos proporcionan el marco dentro del que se mueve desde hace tiempo la caracterización de la obra de arte. Pero ese algo de la obra que nos revela otro asunto, ese algo añadido, es el carácter de cosa de la obra de arte. Casi parece como si el carácter de cosa de la obra de arte fuera el cimiento dentro y sobre el que se edifica eso otro y propio de la obra. ¿Y acaso no es ese carácter de cosa de la obra lo que de verdad hace el artista con su trabajo?</p>

<p>Queremos dar con la realidad inmediata y plena de la obra de arte, pues sólo de esta manera encontraremos también en ella el verdadero arte. Por lo tanto, debemos comenzar por contemplar el carácter de cosa de la obra. Para ello será preciso saber con suficiente claridad qué es una cosa. Sólo entonces se podrá decir si la obra de arte es una cosa, pero una cosa que encierra algo más, es decir, sólo entonces se podrá decidir si la obra es en el fondo eso otro y en ningún caso una cosa.</p>

<p> </p>

<p>La cosa y la obra</p>

<p>¿Qué es verdaderamente la cosa en la medida en que es una cosa? Cuando preguntamos de esta manera pretendemos conocer el ser-cosa (la coseidad) de la cosa. Se trata de captar el carácter de cosa de la cosa. A este fin tenemos que conocer el círculo al que pertenecen todos los entes a los que desde hace tiempo damos el nombre de cosa.</p>

<p>La piedra del camino es una cosa y también el terrón del campo. El cántaro y la fuente del camino son cosas. Pero ¿y la leche del cántaro y el agua de la fuente? También son cosas, si es que las nubes del cielo, los cardos del campo, las hojas que lleva el viento otoñal y el azor que planea sobre el bosque pueden con todo derecho llamarse cosas. Lo cierto es que todo esto deberá llamarse cosa si también designamos con este nombre lo que no se presenta de igual manera que lo recién citado, es decir, lo que no aparece. Una cosa semejante, que no aparece, a saber, una «cosa en sí», es por ejemplo, según Kant, el conjunto del mundo y hasta el propio Dios. Las cosas en sí y las cosas que aparecen, todo ente que es de alguna manera, se nombran en filosofía como cosa.</p>

<p>El avión y el aparato de radio forman parte hoy día de las cosas más próximas, pero cuando mentamos las cosas últimas pensamos en algo muy diferente. Las cosas últimas son la muerte y el juicio. En definitiva, la palabra cosa designa aquí todo aquello que no es finalmente nada. Siguiendo este significado también la obra de arte es una cosa en la medida en que, de alguna manera, es algo ente. Pero a primera vista parece que este concepto de cosa no nos ayuda nada en nuestra pretensión de delimitar lo ente que es cosa frente a lo ente que es obra. Por otra parte, tampoco nos atrevemos del todo a llamar a Dios cosa y lo mismo nos ocurre cuando pretendemos tomar por cosas al labrador que está en el campo, al fogonero ante su caldera y al maestro en la escuela. El hombre no es una cosa. Es verdad que cuando una chiquilla se enfrenta a una tarea desmesurada decimos de ella que es una ‘cosita’ demasiado joven, pero sólo porque en este caso pasamos hasta cierto punto por alto su condición humana y creemos encontrar más bien lo que constituye el carácter de cosa de las cosas. Hasta vacilamos en llamar cosa al ciervo que para en el claro del bosque, al escarabajo que se esconde en la hierba y a la propia brizna de hierba. Para nosotros, serán más bien cosas el martillo, el zapato, el hacha y el reloj. Pero tampoco son meras cosas. Para nosotros sólo valen como tal la piedra, el terrón o el leño. Las cosas inanimadas, ya sean de la naturaleza o las destinadas al uso. Son las cosas de la naturaleza y del uso las que habitualmente reciben el nombre de cosas.</p>

<p>Así, hemos venido a parar desde el más amplio de los ámbitos, en el que todo es una cosa (cosa = res = ens = un ente), incluso las cosas supremas y últimas, al estrecho ámbito de las cosas a secas. «A secas» significa aquí, por un lado, la pura cosa, que es simplemente cosa y nada más y, por otro lado, la mera cosa en sentido casi despectivo. Son las cosas a secas, excluyendo hasta las cosas del uso, las que pasan por ser las cosas propiamente dichas. Pues bien ¿en qué consiste el carácter de cosa de estas cosas? A partir de ellas se debe poder determinar la coseidad de las cosas. Esta determinación nos capacita para distinguir el carácter de cosa como tal. Así armados, podremos caracterizar esa realidad casi tangible de las obras en la que se esconde algo distinto.</p>

<p>Es bien sabido que, desde tiempos remotos, en cuanto se pregunta qué pueda ser lo ente, siempre salen a relucir las cosas en su coseidad como lo ente por antonomasia. Según esto, debemos encontrar ya en las interpretaciones tradicionales de lo ente la delimitación de la coseidad de las cosas. Así pues, sólo tenemos que asegurar expresamente este saber tradicional de la cosa para vernos descargados de la fastidiosa tarea de buscar por nuestra cuenta el carácter de cosa de las cosas. Las respuestas a la pregunta de qué es la cosa se han vuelto tan corrientes que nadie sospecha que se puedan poner en duda.</p>

<p>Las interpretaciones de la coseidad de la cosa reinantes a lo largo de todo el pensamiento occidental, que hace mucho que se dan por supuestas y se han introducido en nuestro uso cotidiano, se pueden resumir en tres.</p>

<p>Una mera cosa es, por ejemplo, este bloque de granito, que es duro, pesado, extenso, macizo, informe, áspero, tiene un color y es parte mate y parte brillante. Todo lo que acabamos de enumerar podemos observarlo en la piedra. De esta manera conocemos sus características. Pero las características son lo propio de la piedra. Son sus propiedades. La cosa las tiene. ¿La cosa? ¿En qué pensamos ahora cuando mentamos la cosa? Parece evidente que la cosa no es sólo la reunión de las características ni una mera acumulación de propiedades que dan lugar al conjunto. La cosa, como todo el mundo cree saber, es aquello alrededor de lo que se han agrupado las propiedades. Entonces, se habla del núcleo de las cosas. Parece que los griegos llamaron a esto tò êpoxeÛmenon. Esa cualidad de las cosas que consiste en tener un núcleo era, para ellos, lo que en el fondo y siempre subyacía. Pero las características se llaman tŒ snmbebhxñta, es decir, aquello siempre ya ligado a lo que subyace en cada caso y que aparece con él.</p>

<p>Estas denominaciones no son nombres arbitrarios, porque en ellas habla lo que aquí ya no se puede mostrar: la experiencia fundamental griega del ser de lo ente en el sentido de la presencia. Pero gracias a estas denominaciones se funda la interpretación, desde ahora rectora, de la coseidad de la cosa, así como la interpretación occidental del ser de lo ente. Ésta comienza con la adopción de las palabras griegas por parte del pensamiento romano-latino. êpoxeÛmenon se convierte en subjectum; êpñstasiw se convierte en substantia; snmbebhxñw pasará a ser accidens. Esta traducción de los nombres griegos a la lengua latina no es en absoluto un proceso sin trascendencia, tal como se toma hoy día. Por el contrario, detrás de esa traducción aparentemente literal y por lo tanto conservadora de sentido, se esconde una tras-lación de la experiencia griega a otro modo de pensar. El modo de pensar romano toma prestadas las palabras griegas san la correspondiente experiencia originaria de aquello que dicen, sin la palabra griega. Con esta traducción, el pensamiento occidental empieza a perder suelo bajo sus pies.</p>

<p>Según la opinión general, la determinación de la coseidad de la cosa como substancia con sus accidentes parece corresponderse con nuestro modo natural de ver las cosas. No es de extrañar que esta manera habitual de ver las cosas se haya adecuado también al comportamiento que se tiene corrientemente con las mismas, esto es, al modo en que interpelamos a las cosas y hablamos de ellas. La oración simple se compone del sujeto, que es la traducción latina -y esto quiere decir reinterpretación- del êpoxeÛmenon, y del predicado con el que se enuncian las características de la cosa. ¿Quién se atrevería a poner en tela de juicio estas sencillas relaciones fundamentales entre la cosa y la oración, entre la estructura de la oración y la estructura de la cosa? Y con todo, no nos queda más remedio que preguntar si la estructura de la oración simple (la cópula de sujeto y predicado) es el reflejo de la estructura de la cosa (de la reunión de la substancia con los accidentes). ¿O es que esa representación de la estructura de la cosa se ha diseñado según la estructura de la oración?</p>

<p>¿Qué más fácil que pensar que el hombre transfiere su modo de captar las cosas en oraciones a la estructura de la propia cosa? Esta opinión aparentemente crítica, pero sin embargo demasiado precipitada, debería hacernos comprender de todos modos cómo es posible esa traslación de la estructura de la oración a la cosa sin que la cosa se haya hecho ya visible previamente. No se ha decidido todavía qué es lo primero y determinante, si la estructura de la oración o la de la cosa. Incluso es dudoso que se pueda llegar a resolver esta cuestión bajo este planteamiento.</p>

<p>En el fondo, ni la estructura de la oración da la medida para diseñar la estructura de la cosa ni ésta se refleja simplemente en aquélla. Ambas, la estructura de la oración y la de la cosa, tienen su origen en una misma fuente más originaria, tanto desde el punto de vista de su género como de su posible relación recíproca. En todo caso, la primera interpretación citada de la coseidad de la cosa (la cosa como portadora de sus características), no es tan natural como aparenta, a pesar de ser tan habitual. Lo que nos parece natural es sólo, presumiblemente, lo habitual de una larga costumbre que se ha olvidado de lo inhabitual de donde surgió. Sin embargo, eso inhabitual causó en otros tiempos la sorpresa de los hombres y condujo el pensar al asombro.</p>

<p>La confianza en la interpretación habitual de la cosa sólo está fundada aparentemente. Además, este concepto de cosa (la cosa como portadora de sus características) no vale sólo para la mera cosa propiamente dicha, sino para cualquier ente. Por eso, con su ayuda nunca se podrá delimitar a lo ente que es cosa frente a lo ente que no es cosa. Sin embargo, antes de cualquier consideración, el simple hecho de permanecer alerta en el ámbito de las cosas ya nos dice que este concepto de cosa no acierta con el carácter de cosa de las cosas, es decir, con el hecho de que éstas se generan espontáneamente y reposan en sí mismas. A veces, seguimos teniendo el sentimiento de que hace mucho que se ha violentado ese carácter de cosa de las cosas y que el pensar tiene algo que ver con esta violencia, motivo por el que renegamos del pensar en lugar de esforzarnos porque sea más pensante. Pero ¿qué valor puede tener un sentimiento, por seguro que sea, a la hora de determinar la esencia de la cosa, cuando el único que tiene derecho a la palabra es el pensar? Pero, con todo, tal vez lo que en éste y otros casos parecidos llamamos sentimiento o estado de ánimo sea más razonable, esto es, más receptivo y sensible, por el hecho de estar más abierto al ser que cualquier tipo de razón, ya que ésta se ha convertido mientras tanto en ratio y por lo tanto ha sido malinterpretada como racional. Así las cosas, la mirada de reojo hacia lo ir-racional, en tanto que engendro de lo racional impensado, ha prestado curiosos servicios. Es cierto que el concepto habitual de cosa sirve en todo momento para cada cosa, pero a pesar de todo no es capaz de captar la cosa en su esencia, sino que por el contrario la atropella.</p>

<p>¿Es posible evitar semejante atropello? ¿De qué manera? Probablemente sólo es posible si le concedemos campo libre a la cosa con el fin de que pueda mostrar de manera inmediata su carácter de cosa. Previamente habrá que dejar de lado toda concepción y enunciado que pueda interponerse entre la cosa y nosotros. Sólo entonces podremos abandonarnos en manos de la presencia imperturbada de la cosa. Pero no tenemos por qué exigir ni preparar este encuentro inmediato con las cosas, ya que viene ocurriendo desde hace mucho tiempo. Se puede decir que en todo lo que aportan los sentidos de la vista, el oído y el tacto, así como en las sensaciones provocadas por el color, el sonido, la aspereza y la dureza, las cosas se nos meten literalmente en el cuerpo. La cosa es el aÞsyhtñn, lo que se puede percibir con los sentidos de la sensibilidad por medio de las sensaciones. En consecuencia, más tarde se ha tornado habitual ese concepto de cosa por el cual ésta no es más que la unidad de una multiplicidad de lo que se da en los sentidos. Lo determinante de este concepto de cosa no cambia en absoluto porque tal unidad sea comprendida como suma, como totalidad o como forma.</p>

<p>Pues bien, esta interpretación de la coseidad de las cosas es siempre y en todo momento tan correcta y demostrable como la anterior, lo que basta para dudar de su verdad. Si nos paramos a pensar a fondo aquello que estamos buscando, esto es, el carácter de cosa de la cosa, este concepto de cosa nos volverá a dejar perplejos. Cuando se nos aparecen las cosas nunca percibimos en primer lugar y propiamente dicho un cúmulo de sensaciones, tal como pretende este concepto, por ejemplo, una suma de sonidos y ruidos, sino que lo que oímos es cómo silba el vendaval en el tubo de la chimenea, el vuelo del avión trimotor, el Mercedes que pasa y que distinguimos inmediatamente del Adler. Las cosas están mucho más próximas de nosotros que cualquier sensación. En nuestra casa oímos el ruido de un portazo pero nunca meras sensaciones acústicas o puros ruidos. Para oír un ruido puro tenemos que hacer oídos sordos a las cosas, apartar de ellas nuestro oído, es decir, escuchar de manera abstracta.</p>

<p>En el concepto de cosa recién citado no se encierra tanto un atropello a la cosa como un intento desmesurado de llevar la cosa al ámbito de mayor inmediatez posible respecto a nosotros. Pero una cosa jamás se introducirá en ese ámbito mientras le asignemos como su carácter de cosa lo que hemos percibido a través de las sensaciones. Mientras que la primera interpretación de la cosa la mantiene a una excesiva distancia de nosotros, la segunda nos la aproxima demasiado. En ambas interpretaciones la cosa desaparece. Por eso, hay que evitar las exageraciones en ambos casos. Hay que dejar que la propia cosa repose en sí misma. Hay que tomarla tal como se presenta, con su propia consistencia. Esto es lo que parece lograr la tercera interpretación, que es tan antigua como las dos ya citadas.</p>

<p>Lo que le da a las cosas su consistencia y solidez, pero al mismo tiempo provoca los distintos tipos de sensaciones que confluyen en ellas, esto es, el color, el sonido, la dureza o la masa, es lo material de las cosas. En esta caracterización de la cosa como materia (ìlh) está puesta ya la forma (morf®). Lo permanente de una cosa, su consistencia, reside en que una materia se mantiene con una forma. La cosa es una materia conformada. Esta interpretación de la cosa se apoya en la apariencia inmediata con la que la cosa se dirige a nosotros por medio de su aspecto (eädow). La síntesis de materia y forma nos aporta finalmente el concepto de cosa que se adecua igualmente a las cosas de la naturaleza y a las cosas del uso.</p>

<p>Este concepto de cosa nos capacita para responder a la pregunta por el carácter de cosa de la obra de arte. El carácter de cosa de la obra es manifiestamente la materia de la que se compone. La materia es el sustrato y el campo que permite la configuración artística. Pero semejante constatación, tan esclarecedora como sabida, hubiéramos podido aportarla ya desde el principio. ¿Por qué damos entonces este rodeo a través de los demás conceptos de cosa en vigor? Porque también desconfiamos de este concepto de cosa que representa a la cosa como materia conformada.</p>

<p>Pero ¿acaso esta pareja de conceptos, materia-forma, no es la que se usa corrientemente en el ámbito dentro del que debemos movernos? Sin duda. La diferenciación entre materia y forma es el esquema conceptual por antonomasia para toda estética y teoría del arte bajo cualquiera de sus modalidades. Pero este hecho irrefutable no demuestra ni que la diferenciación entre materia y forma esté suficientemente fundamentada ni que pertenezca originariamente al ámbito del arte y de la obra de arte. Además, hace mucho tiempo que el ámbito de validez de esta pareja de conceptos rebasa con mucho el terreno de la estética. Forma y contenido son conceptos comodín bajo los que se puede acoger prácticamente cualquier cosa. Si además se le adscribe la forma a lo racional y la materia a lo ir-racional, si se toma lo racional como lo lógico y lo irracional como lo carente de lógica y si se vincula la pareja de conceptos forma-materia con la relación sujeto-objeto, el pensar representativo dispondrá de una mecánica conceptual a la que nada podrá resistirse.</p>

<p>Pero si la diferenciación entre materia y forma nos lleva a este punto, ¿cómo podremos aislar con su ayuda el ámbito específico de las meras cosas a diferencia del resto de los entes? Tal vez esta caracterización según la materia y la forma vuelva a recuperar su poder de determinación si damos marcha atrás y evitamos la excesiva extensión y consiguiente pérdida de significado de estos conceptos. Es cierto, pero esto supone saber de antemano cuál es la región de lo ente en la que tienen verdadera fuerza de determinación. Que dicha región sea la de las meras cosas no deja de ser por ahora más que una suposición. La alusión al empleo excesivamente generoso de este entramado conceptual en el campo de la estética, podría llevarnos a pensar que materia y forma son determinaciones que tienen su origen en la esencia de la obra de arte y sólo a partir de allí han sido transferidas nuevamente a la cosa. ¿Dónde tiene el entramado materia-forma su origen, en el carácter de cosa de la cosa o en el carácter de obra de la obra de arte?</p>

<p>El bloque de granito que reposa en sí mismo es algo material bajo una forma determinada aunque tosca. Forma significa aquí la distribución y el ordenamiento de las partículas materiales en los lugares del espacio, de lo que resulta un perfil determinado: el del bloque. Pero también el cántaro, el hacha y los zapatos son una materia comprendida dentro de una forma. En este caso, la forma en tanto que perfil no es ni siquiera la consecuencia de una distribución de la materia. Por el contrario, la forma determina el ordenamiento de la materia. Y no sólo esto, sino también hasta el género y la elección de la misma: impermeable para el cántaro, suficientemente dura para el hacha, firme pero flexible para los zapatos. Además, esta combinación de forma y materia ya viene dispuesta de antemano dependiendo del uso al que se vayan a destinar el cántaro, el hacha o los zapatos. Dicha utilidad nunca se le atribuye ni impone con posterioridad a entes del tipo del cántaro, el hacha y los zapatos. Pero tampoco es alguna suerte de finalidad colgada en algún lugar por encima de ellos.</p>

<p>La utilidad es ese rasgo fundamental desde el que estos entes nos contemplan, esto es, irrumpen ante nuestra vista, se presentan y, así, son entes. Sobre esta utilidad se basan tanto la conformación como la elección de materia que viene dada previamente con ella y, por lo tanto, el reino del entramado de materia y forma. Los entes sometidos a este dominio son siempre producto de una elaboración. El producto se elabora en tanto que utensilio para algo. Por lo tanto, materia y forma habitan, como determinaciones de lo ente, en la esencia del utensilio. Este nombre nombra lo confeccionado expresamente para su uso y aprovechamiento. Materia y forma no son en ningún modo determinaciones originarias de la coseidad de la mera cosa.</p>

<p>Una vez elaborado, el utensilio, por ejemplo el zapato, reposa en sí mismo como la mera cosa, pero no se ha generado por sí mismo como el bloque de granito. Por otra parte, el utensilio presenta un parentesco con la obra de arte, desde el momento en que es algo creado por la mano del hombre. Pero, a su vez, y debido a la autosuficiencia de su presencia, la obra de arte se parece más bien a la cosa generada espontáneamente y no forzada a nada. Y con todo, no contamos las obras entre las meras cosas. Las cosas propiamente dichas son, normalmente, las cosas del uso que se hallan en nuestro entorno, las más próximas a nosotros. Y, así, si bien el utensilio es cosa a medias, porque se halla determinado por la coseidad, también es más: es al mismo tiempo obra de arte a medias; pero también es menos, porque carece de la autosuficiencia de la obra de arte. El utensilio ocupa una característica posición intermedia entre la cosa y la obra, suponiendo que nos esté permitido entrar en semejantes cálculos.</p>

<p>Pero el entramado materia-forma que determina en primer lugar el ser del utensilio aparece fácilmente como la constitución inmediatamente comprensible de todo ente, porque en este caso el propio hombre que elabora está implicado en el modo en que un utensilio llega al ser. Desde el momento en que el utensilio adopta una posición intermedia entre la mera cosa y la obra, resulta fácil concebir también con ayuda del ser-utensilio (esto es, del entramado materia-forma) los entes que no tienen carácter de utensilio, las cosas y las obras y, en definitiva, todo ente.</p>

<p>La tendencia a considerar el entramado materia-forma como la constitución de cada uno de los entes recibe sin embargo un impulso muy particular por el hecho de que, debido a una creencia, concretamente la fe bíblica, nos representamos de entrada la totalidad de lo ente como algo creado, o lo que es lo mismo, como algo elaborado. La filosofía de esta fe puede permitirse asegurar que nos debemos imaginar toda la actividad creadora de Dios como algo diferente al quehacer de un artesano, pero cuando al mismo tiempo o incluso previamente pensamos el ens creatum a partir de la unidad de materia y forma  -siguiendo la presunta prederminación de la filosofía tomista para la interpretación de la Biblia- entonces interpretamos la fe a partir de una filosofía cuya verdad reposa en un desocultamiento de lo ente completamente diferente a ese mundo en el que cree la fe.</p>

<p>La idea de creación basada en la fe podría perder fácilmente ahora su fuerza rectora de cara al saber de lo ente en su totalidad, pero con todo, una vez iniciada su marcha, la interpretación teológica de todo ente (tomada de una filosofía extraña), esto es, la concepción del mundo según la materia y la forma, puede seguir su camino. Esto ocurre en el tránsito de la Edad Media a la Edad Moderna. La metafísica de la Edad Moderna reposa en parte sobre el entramado materia-forma acuñado en la Edad Media, que ya sólo recuerda a través de los nombres la sepultada esencia del eädow y la ëlh. Y así es como la interpretación de la cosa según la materia y la forma -ya sea bajo la formulación medieval o la kantiana-trascendental- se ha vuelto completamente habitual y se da por supuesta. Pero no por eso deja de ser un atropello al ser-cosa de la cosa, exactamente igual que las restantes interpretaciones de la coseidad de la cosa.</p>

<p>Desde el momento en que llamamos meras cosas a las cosas propiamente dichas, nos estamos traicionando claramente. En efecto, ‘meras’ significa que están despojadas de su carácter de utilidad y de cosa elaborada. La mera cosa es una especie de utensilio, pero uno desprovisto de su naturaleza de utensilio. El ser-cosa consiste precisamente en lo que queda después. Pero este resto no está determinado propiamente en su carácter de ser. Sigue siendo cuestionable si el carácter de cosa de la cosa puede llegar a aparecer alguna vez, desde el momento en que se despoja a la cosa de todo carácter de utensilio. De esta manera, la tercera interpretación de la cosa, la que se guía por el entramado materia-forma, se revela como un nuevo atropello a la cosa.</p>

<p>Los tres modos citados de determinación de la coseidad conciben la cosa como portadora de características, como unidad de una multiplicidad de sensaciones, como materia conformada. A lo largo de la historia de la verdad sobre lo ente se fueron entremezclando las citadas interpretaciones, aunque ahora se pasa esto por alto. De este modo, se reforzó aún más la tendencia a la extensión que ya las distinguía, de manera que terminaron valiendo igualmente para la cosa, el utensilio y la obra. Así es como surge de ellas ese modo de pensar por el cual no pensamos sólo sobre la cosa, el utensilio y la obra en particular, sino sobre todo ente en general. Este modo de pensar que se ha tornado habitual hace tiempo, anticipa toda comprensión inmediata de lo ente. Dicha comprensión anticipada impide la meditación sobre el ser de todo ente. Y, de este modo, ocurre que los conceptos dominantes de cosa nos cierran el camino hacia el carácter de cosa de la cosa, así como al carácter de utensilio del utensilio y sobre todo al carácter de obra de la obra.</p>

<p>Por esto es por lo que es necesario conocer dichos conceptos de cosa: para poder meditar con pleno conocimiento sobre su origen y su pretensión desmedida, pero también sobre su aparente incuestionabilidad. Este conocimiento es tanto más necesario por cuanto intentamos traer a la vista y a la palabra el carácter de cosa de la cosa, el carácter de utensilio del utensilio y el carácter de obra de la obra. Pues bien, para ello sólo se precisa dejar reposar a la cosa en sí misma, por ejemplo en su ser-cosa, pero sin incurrir en la anticipación ni el atropello de esos modos de pensar. ¿Qué más fácil que dejar que el ente sólo sea precisamente el ente que es? ¿O, por el contrario, dicha tarea nos introduce en la mayor dificultad, sobre todo si semejante propósito (dejar ser al ente como es) representa precisamente lo contrario de aquella indiferencia que le da la espalda a lo ente en beneficio de un concepto no probado del ser? Debemos volvernos hacia lo ente, pensar en él mismo a partir de su propio ser, pero al mismo tiempo y gracias a eso, dejarlo reposar en su esencia.</p>

<p>Este esfuerzo del pensar parece encontrar la mayor resistencia a la hora de determinar la coseidad de la cosa, pues de lo contrario ¿cuál es el motivo del fracaso de los intentos ya citados? Es la cosa, la que en su insignificancia, escapa más obstinadamente al pensar. ¿O será que este retraerse de la mera cosa, este no verse forzada a nada que reposa en sí mismo, forma precisamente parte de la esencia de la cosa? ¿Acaso aquel elemento cerrado de la esencia de la cosa, que causa extrañeza, no debe convertirse en lo más familiar y de más confianza para un pensar que intenta pensar la cosa? Si esto es así, no debemos abrir por la fuerza el camino que lleva al carácter de cosa de la cosa.</p>

<p>Prueba indiscutible de que la coseidad de la cosa es particularmente difícil de decir y de que pocas veces es posible hacerlo, es la historia de su interpretación aquí esbozada. Esta historia coincide con el destino que ha guiado hasta ahora el pensamiento occidental sobre el ser de lo ente. Pero no nos limitamos a constatarlo. En esta historia vemos también una señal. ¿O es producto del azar el que de todas las interpretaciones de la cosa sea justamente la que se ha guiado según la materia y la forma la que ha alcanzado un predominio más destacado? Esta determinación de la cosa tiene su origen en una interpretación del ser-utensilio del utensilio. Este ente, el utensilio, está particularmente próximo al modo humano de representar, porque llega al ser gracias a nuestra propia creación. Este ente que nos resulta más familiar en su ser, el utensilio, ocupa al mismo tiempo una peculiar posición intermedia entre la cosa y la obra. Vamos a dejarnos guiar por esta señal y buscar en primer lugar el carácter de utensilio del utensilio. Tal vez esto nos proporcione alguna pista sobre el carácter de cosa de la cosa y el carácter de obra de la obra. Únicamente, debemos evitar precipitarnos en convertir a la cosa y a la obra en nuevas modalidades de utensilio. Sin embargo, vamos a olvidarnos de que también, según como sea el utensilio, existen diferencias esenciales en su historia.</p>

<p>Pero ¿qué camino conduce al carácter de utensilio del utensilio? ¿Cómo podremos saber qué es el utensilio en realidad? Evidentemente, el procedimiento que vamos a seguir ahora debe evitar esos intentos que conducen nuevamente al atropello de las interpretaciones habituales. La manera más segura de evitarlo es describiendo simplemente un utensilio prescindiendo de cualquier teoría filosófica.</p>

<p>Tomaremos como ejemplo un utensilio corriente: un par de botas de campesino. Para describirlas ni siquiera necesitamos tener delante un ejemplar de ese tipo de útil. Todo el mundo sabe cómo son, pero puesto que pretendemos ofrecer una descripción directa, no estará de más procurar ofrecer una ilustración de las mismas. A tal fin bastará un ejemplo gráfico. Escogeremos un famoso cuadro de Van Gogh, quien pintó varias veces las mentadas botas de campesino. Pero ¿qué puede verse allí? Todo el mundo sabe en qué consiste un zapato. A no ser que se trate de unos zuecos o de unas zapatillas de esparto, un zapato tiene siempre una suela y un empeine de cuero unidos mediante un cosido y unos clavos. Este tipo de utensilio sirve para calzar los pies. Dependien do del fin al que van a ser destinados, para trabajar en el campo o para bailar, variarán tanto la materia como la forma de los zapatos.</p>

<p>Estos datos, perfectamente correctos, no hacen sino ilustrar algo que ya sabemos. El ser-utensilio del utensilio reside en su uti­lidad. Pero ¿qué decir de ésta? ¿Capta ya la utilidad el carácter de utensilio del utensilio? Para que esto ocurra ¿acaso no tenemos que detenernos a considerar el utensilio dotado de utilidad en el momento en que está siendo usado para algo? Pues bien, las botas campesinas las lleva la labradora cuando trabaja en el campo y sólo en ese momento son precisamente lo que son. Lo son tanto más cuanto menos piensa la labradora en sus botas durante su tra bajo, cuando ni siquiera las mira ni las siente. La labradora se sos tiene sobre sus botas y anda con ellas. Así es como dichas botas sirven realmente para algo. Es en este proceso de utilización del utensilio cuando debemos toparnos verdaderamente con el carác ter de utensilio.</p>

<p>Por el contrario, mientras sólo nos representemos un par de botas en general, mientras nos limitemos a ver en el cuadro un simple par de zapatos vacíos y no utilizados, nunca llegaremos a saber lo que es de verdad el ser-utensilio del utensilio. La tela de Van Gogh no nos permite ni siquiera afirmar cuál es el lugar en el que se encuentran los zapatos. En torno a las botas de labranza no se observa nada que pueda indicarnos el lugar al que pertenecen o su destino, sino un mero espacio indefinido. Ni siquiera aparece pegado a las botas algún resto de la tierra del campo o del camino de labor que pudiera darnos alguna pista acerca de su finalidad. Un par de botas de campesino y nada más. Y sin embargo...</p>

<p>En la oscura boca del gastado interior del zapato está grabada la fatiga de los pasos de la faena. En la ruda y robusta pesadez de las botas ha quedado apresada la obstinación del lento avanzar a lo largo de los extendidos y monótonos surcos del campo mientras sopla un viento helado. En el cuero está estampada la humedad y el barro del suelo. Bajo las suelas se despliega toda la soledad del camino del campo cuando cae la tarde. En el zapato tiembla la ca llada llamada de la tierra, su silencioso regalo del trigo maduro, su enigmática renuncia de sí misma en el yermo barbecho del campo invernal. A través de este utensilio pasa todo el callado temor por tener seguro el pan, toda la silenciosa alegría por haber vuelto a vencer la miseria, toda la angustia ante el nacimiento próximo y el escalofrío ante la amenaza de la muerte. Este utensilio pertenece a la tierra y su refugio es el mundo de la labradora. El utensilio puede llegar a reposar en sí mismo gracias a este modo de pertenencia salvaguardada en su refugio.</p>

<p>Pero tal vez todas estas cosas sólo las vemos en los zapatos del cuadro, mientras que la campesina se limita sencillamente a llevar puestas sus botas. ¡Si fuera tan sencillo como parece! Cada vez que la labradora se quita sus botas al llegar la noche, llena de una dura pero sana fatiga, y se las vuelve a poner apenas empieza a clarear el alba, o cada vez que pasa al lado de ellas sin ponérselas los días de fiesta, sabe muy bien todo esto sin necesidad de mirarlas ni de reflexionar en nada. Es cierto que el ser-utensilio del utensilio resi de en su utilidad, pero a su vez ésta reside en la plenitud de un modo de ser esencial del utensilio. Lo llamamos su fiabilidad. Gra­cias a ella y a través de este utensilio la labradora se abandona en manos de la callada llamada de la tierra, gracias a ella está segura de su mundo. Para ella y para los que están con ella y son como ella, el mundo y la tierra sólo están ahí de esa manera: en el uten silio. Decimos «sólo» y es un error, porque la fiabilidad del utensi lio es la única capaz de darle a este mundo sencillo una sensación de protección y de asegurarle a la tierra la libertad de su constante afluencia.</p>

<p>El ser-utensilio del utensilio, su fiabilidad, mantiene a todas las cosas reunidas en sí, según su modo y su extensión. Sin embargo, la utilidad del utensilio sólo es la consecuencia esencial de la fiabilidad. Aquélla palpita en ésta y no sería nada sin ella. El utensilio singular se usa y consume, pero al mismo tiempo también el propio uso cae en el desgaste, pierde sus perfiles y se torna corriente. Así es como el ser-utensilio se vacía, se rebaja hasta convertirse en un mero utensilio. Esta vaciedad del ser-utensilio es la pérdida progresiva de la fiabilidad. Pero esta desaparición, a la que las cosas del uso deben su aburrida e insolente vulgaridad, es sólo un testimonio más a favor de la esencia originaria del ser-utensilio. La gastada vulgaridad del utensilio se convierte entonces, aparentemente, en el único modo de ser propio del mismo. Ya sólo se ve la utilidad escueta y desnuda, que despierta la impresión de que el origen del utensilio reside en la mera elaboración, que le imprime una forma a una materia. Pero lo cierto es que, desde su auténtico ser-utensilio, el utensilio viene de mucho más lejos. Materia y forma y la distinción de ambas tienen una raíz mucho más profunda.</p>

<p>El reposo del utensilio que reposa en sí mismo reside en la fiabilidad. Ella es la primera que nos descubre lo que es de verdad el utensilio. Pero todavía no sabemos nada de lo que estábamos buscando en un principio: el carácter de cosa de la cosa. Y sabemos todavía menos de lo único que de verdad estamos buscando: el carácter de obra de la obra entendida como obra de arte.</p>

<p>¿O tal vez ya hemos aprendido algo acerca del ser-obra de la obra sin darnos cuenta y como de pasada?</p>

<p>Ya hemos dado con el ser-utensilio del utensilio. Pero ¿cómo? Desde luego, no ha sido a través de la descripción o explicación de un zapato que estuviera verdaderamente presente; tampoco por medio de un informe sobre el proceso de elaboración del calzado; aún menos gracias a la observación del uso que se les da en la realidad a los zapatos en este u otro lugar. Lo hemos logrado única y exclusivamente plantándonos delante de la tela de Van Gogh. Ella es la que ha hablado. Esta proximidad a la obra nos ha llevado bruscamente a un lugar distinto del que ocupamos normalmente.</p>

<p>Ha sido la obra de arte la que nos ha hecho saber lo que es de verdad un zapato. Si pretendiéramos que ha sido nuestra descripción, como quehacer subjetivo, la que ha pintado todo eso y luego lo ha introducido en la obra, estaríamos engañándonos a nosotros mismos de la peor de las maneras. Si hay algo cuestionable en todo esto será únicamente el hecho de que hayamos aprendido tan poco en la proximidad a la obra y que lo hayamos expresado de manera tan burda e inmediata. Pero en todo caso, la obra no ha servido únicamente para ilustrar mejor lo que es un utensilio, tal como podría parecer en un principio. Por el contrario, el ser-utensilio del utensilio sólo llega propiamente a la presencia a través de la obra y sólo en ella.</p>

<p>¿Qué ocurre aquí? ¿Qué obra dentro de la obra? El cuadro de Van Gogh es la apertura por la que atisba lo que es de verdad el utensilio, el par de botas de labranza. Este ente sale a la luz en el desocultamiento de su ser. El desocultamiento de lo ente fue llamado por los griegos Žl®eia. Nosotros decimos «verdad» sin pensar suficientemente lo que significa esta palabra. Cuando en la obra se produce una apertura de lo ente que permite atisbar lo que es y cómo es, es que está obrando en ella la verdad.</p>

<p>En la obra de arte se ha puesto manos a la obra la verdad de lo ente. «Poner» quiere decir aquí erigirse, establecerse. Un ente, por ejemplo un par de botas campesinas, se establece en la obra a la luz de su ser. El ser de lo ente alcanza la permanencia de su aparecer.</p>

<p>Según esto, la esencia del arte sería ese ponerse a la obra de la verdad de lo ente. Pero hasta ahora el arte se ocupaba de lo bello y la belleza y no de la verdad. Por eso, a las artes que producen este tipo de obras se las denomina bellas artes, en oposición a las artes artesanales, que elaboran utensilios. No es que el arte sea bello en el campo de las bellas artes, sino que dichas artes reciben ese nombre porque crean lo bello. Por el contrario, la verdad pertenece al reino de la lógica, mientras la belleza está reservada a la estética.</p>

<p>¿O es que al decir que el arte es el ponerse a la obra de la verdad vuelve a cobrar vida aquella opinión ya superada según la cual el arte es una imitación y copia de la realidad? Pero la reproducción de lo ahí presente exige coincidencia con lo ente, la adaptación a éste o adaequatio, como se decía en la Edad Media y õmoÛvsiw como ya decía Aristóteles. La coincidencia con lo ente se considera desde hace mucho tiempo como la esencia de la verdad. Pero ¿acaso opinamos que el mencionado cuadro de Van Gogh copia un par de botas campesinas y que es una obra porque ha conseguido hacerlo? ¿Acaso pensamos que la tela es copia de algo real que él ha sabido convertir en un producto de la producción artística? Nada de esto.</p>

<p>Así pues, en la obra no se trata de la reproducción del ente singular que se encuentra presente en cada momento, sino más bien de la reproducción de la esencia general de las cosas. Pero ¿dónde está y cómo es esa esencia general con la que coinciden las obras de arte? ¿Con qué esencia de qué cosa puede coincidir un templo griego? ¿Quién podría afirmar algo tan inverosímil como que en el edificio concreto está representada la idea de templo en general? Y, sin embargo, es precisamente en una obra semejante, siempre que sea obra, donde está obrando la verdad. Si no, pensemos en el himno de Hölderlin «El Rin». ¿Qué le ha sido dado aquí al poeta y cómo le ha sido dado, para que a continuación haya podido reproducirlo en el poema? Por mucho que en el caso de este himno y otros poemas semejantes la idea de una relación de copia entre la obra real y la obra de arte parezca fallar manifiestamente, la opinión de que la obra copia parece confirmarse de modo admirable en una obra como el poema de C. F. Meyer «La fuente romana».</p>

<p> </p>

<p>Se eleva el chorro y al caer rebosa <br />
la redondez toda de la marmórea concha, <br />
que cubriéndose de un húmedo velo desborda <br />
en la cuenca de la segunda concha; <br />
la segunda, a su vez demasiado rica, <br />
desparrama su flujo borboteante en la tercera, <br />
y cada una toma y da al mismo tiempo <br />
y fluye y reposa.</p>

<p> </p>

<p>Sin embargo, en este poema ni se está reproduciendo poéticamente una fuente verdaderamente existente ni la esencia general de una fuente romana. Y, con todo, la verdad obra en la obra. ¿Qué verdad ocurre en la obra? ¿Y acaso puede ocurrir la verdad y ser por lo tanto histórica? Según se suele decir, la verdad es algo intemporal y supratemporal.</p>

<p>Buscamos la realidad de la obra de arte para encontrar de verdad en ella el arte que allí reina. La base de cosa ha demostrado ser lo más próximo a la obra. Pero para captar lo que la obra tiene de cosa no bastan los conceptos tradicionales de cosa, pues éstos tampoco consiguen dar con la esencia del carácter de cosa. El concepto predominante de cosa, la cosa como una materia conformada, ni siquiera tiene su origen en la esencia de la cosa, sino en la esencia del utensilio. También hemos comprobado que hace mucho tiempo que el ser-utensilio ocupa un lugar privilegiado en la interpretación de lo ente. Este privilegio, sobre el que nunca se ha reflexionado propiamente, ha sido el que nos ha dado la pista para replantearnos una vez más la pregunta por el carácter de utensilio evitando las interpretaciones tradicionales.</p>

<p>Hemos hecho que fuera una obra la que nos dijera qué es el utensilio. De este modo también ha salido a la luz lo que obra dentro de la obra: la apertura de lo ente en su ser, el acontecimiento de la verdad. Pues bien, si la realidad de la obra sólo se puede determinar por medio de aquello que obra en la obra, ¿qué hay de nuestro propósito de buscar la verdadera obra de arte en su realidad? Ibamos por mal camino cuando en un principio creíamos que la realidad de la obra se encontraba en su base de cosa. Ahora nos encontramos ante un sorprendente resultado de nuestras reflexiones, si se puede llamar a esto un resultado. Dos asuntos están claros:</p>

<p> </p>

<p>Primero: los medios para captar lo que la obra tiene de cosa, esto es, los conceptos reinantes de cosa, no bastan.</p>

<p>Segundo: lo que queríamos captar con ello como realidad más próxima a la obra, la base de cosa, no forma parte de la obra bajo esta modalidad.</p>

<p> </p>

<p>En cuanto contemplamos la obra desde esta perspectiva la estamos considerando sin querer como un utensilio al que le concedemos una superestructura en la que se supone se encierra lo artístico. Pero la obra no es un utensilio dotado de un valor estético añadido. La obra no es eso en la misma medida en que la mera cosa no es tampoco un utensilio al que sólo le falta lo que constituye el auténtico carácter de utensilio: la utilidad y la elaboración.</p>

<p>Nuestra manera de preguntar por la cosa se ha venido abajo, porque no estábamos preguntando por la obra, sino en parte por una cosa y en parte por un utensilio. Sólo que fue la estética la que desarrolló esta manera de preguntar y no nosotros. La manera en que ésta contempla de antemano la obra de arte está dominada por la interpretación tradicional de todo ente. Pero lo esencial no es el desmoronamiento de este planteamiento habitual. De lo que se trata es de empezar a abrir los ojos y de ver que hay que pensar el ser de lo ente para que se aproximen más a nosotros el carácter de obra de la obra, el carácter de utensilio del utensilio y el carácter de cosa de la cosa. A este fin, primero tienen que caer las barreras de todo lo que se da por sobreentendido y se deben apartar los habituales conceptos aparentes. Esta es la razón por la que hemos tenido que dar un rodeo, rodeo que nos devuelve enseguida al camino capaz de llevarnos a una determinación del carácter de cosa de la obra. No hay por qué negar el carácter de cosa de la obra, pero puesto que forma parte del ser-obra de la obra, dicho carácter de cosa habrá de ser pensado a partir del carácter de obra. Si esto es así, el camino hacia la determinación de la realidad de cosa que tiene la obra no conducirá de la cosa a la obra, sino de la obra a la cosa.</p>

<p>La obra de arte abre a su manera el ser de lo ente. Esta apertura, es decir, este desencubrimiento, la verdad de lo ente, ocurren en la obra. En la obra de arte se ha puesto a la obra la verdad de lo ente. El arte es ese ponerse a la obra de la verdad. ¿Qué será la verdad misma, para que a veces acontezca como arte? ¿Qué es ese ponerse a la obra?</p>

<p> </p>

<p>La obra y la verdad</p>

<p>El origen de la obra de arte es el arte. Pero ¿qué es el arte? El arte es real en la obra de arte. Por eso buscamos primero la realidad de la obra. ¿En qué consiste? Las obras de arte muestran siempre su carácter de cosa aunque sea de manera muy diferente. Hemos fracasado en el intento de captar ese carácter de cosa de la obra con ayuda de los conceptos habituales de cosa, y no sólo porque tales conceptos no capten dicho carácter, sino porque con la pregunta por la base de cosa de la obra obligamos a ésta a adentrarse en un concepto previo que nos bloquea cualquier acceso al ser-obra de la obra. No se podrá determinar nada sobre el carácter de cosa de la obra mientras no se haya mostrado claramente la pura subsistencia de la misma.</p>

<p>Pero ¿acaso la obra puede ser accesible en sí misma? Para que pudiera serlo, sería necesario aislarla de toda relación con aquello diferente a ella misma a fin de dejarla reposar a ella sola en sí misma. ¿Y acaso no es ésta la auténtica intención del artista? Gracias a él la obra debe abandonarse a su pura autosubsistencia. Precisamente en el gran arte, que es del único del que estamos tratando aquí, el artista queda reducido a algo indiferente frente a la obra, casi a un simple puente hacia el surgimiento de la obra que se destruye a sí mismo en la creación.</p>

<p>Pues bien, tenemos que las propias obras se encuentran en las colecciones y exposiciones. Pero ¿están allí como las obras que son en sí mismas o más bien como objetos de la empresa artística? En estos lugares se ponen las obras a disposición del disfrute artístico público y privado. Determinadas instituciones oficiales se encargan de su cuidado y mantenimiento. Los conocedores y críticos de arte se ocupan de ellas y las estudian. El comercio del arte provee el mercado. La investigación llevada a cabo por la historia del arte convierte las obras en objeto de una ciencia. En medio de todo este trajín, ¿pueden salir las propias obras a nuestro encuentro?</p>

<p>Las «esculturas de Egina» de la colección de Munich, la Antígona de Sófocles en su mejor edición crítica, han sido arrancadas fuera de su propio espacio esencial en tanto que las obras que son. Por muy elevado que siga siendo su rango y fuerte su poder de impresión, por bien conservadas y bien interpretadas que sigan estando, al desplazarlas a una colección se las ha sacado fuera de su mundo. Por otra parte, incluso cuando intentamos impedir o evitar dichos traslados yendo, por ejemplo, a contemplar el templo de Paestum a su sitio y la catedral de Bamberg en medio de su plaza, el mundo de dichas obras se ha derrumbado.</p>

<p>El derrumbamiento de un mundo o el traslado a otro es algo irremediable, que ya no se puede cambiar. Las obras ya no son lo que fueron. No cabe duda de que siguen siendo ellas las que contemplamos, pero es que ellas mismas son esas que han sido. Como esas que ya han sido, nos hacen frente en el ámbito de la tradición y la conservación. A partir de ese momento ya sólo pueden ser tales objetos. Ciertamente, su manera de hacernos frente es todavía consecuencia de su anterior modo de subsistencia, pero ya no es exactamente eso mismo. Eso, ha huido fuera de ellas. Toda empresa en torno al arte, hasta la más elevada, la que sólo mira por el bien de las obras, no alcanza nunca más allá del ser-objeto de las obras. Ahora bien, el ser-objeto no constituye el ser-obra de las obras.</p>

<p>Pero ¿acaso la obra sigue siendo obra cuando se encuentra fuera de toda relación? ¿Acaso no es propio de la obra encontrarse implicada en alguna relación? Desde luego que sí, pero falta preguntar en qué relación.</p>

<p>¿Cuál es el lugar propio de una obra? El único ámbito de la obra, en tanto que obra, es aquel que se abre gracias a ella misma, porque el ser-obra de la obra se hace presente en dicha apertura y sólo allí. Decíamos que en la obra está en obra el acontecimiento de la verdad. Al poner como ejemplo el cuadro de Van Gogh intentamos darle nombre a ese acontecimiento. A ese fin se planteó la pregunta sobre qué es la verdad y cómo puede acontecer la verdad.</p>

<p>Ahora vamos a plantear esa misma cuestión de la verdad teniendo en cuenta la obra, pero para familiarizarnos con lo que encierra la cuestión será necesario volver a hacer visible el acontecimiento de la verdad en la obra. A este propósito elegiremos con toda intención una obra que no se inscribe dentro del arte figurativo.</p>

<p>Un edificio, un templo griego, no copia ninguna imagen. Simplemente está ahí, se alza en medio de un escarpado valle rocoso. El edificio rodea y encierra la figura del dios y dentro de su oculto asilo deja que ésta se proyecte por todo el recinto sagrado a través del abierto peristilo. Gracias al templo, el dios se presenta en el templo. Esta presencia del dios es en sí misma la extensión y la pérdida de límites del recinto como tal recinto sagrado. Pero el templo y su recinto no se pierden flotando en lo indefinido. Por el contrario, la obra-templo es la que articula y reúne a su alrededor la unidad de todas esas vías y relaciones en las que nacimiento y muerte, desgracia y dicha, victoria y derrota, permanencia y destrucción, conquistan para el ser humano la figura de su destino. La reinante amplitud de estas relaciones abiertas es el mundo de este pueblo histórico; sólo a partir de ella y en ella vuelve a encontrarse a sí mismo para cumplir su destino.</p>

<p>Allí alzado, el templo reposa sobre su base rocosa. Al reposar sobre la roca, la obra extrae de ella la oscuridad encerrada en su soporte informe y no forzado a nada. Allí alzado, el edificio aguanta firmemente la tormenta que se desencadena sobre su techo y así es como hace destacar su violencia. El brillo y la luminosidad de la piedra, aparentemente una gracia del sol, son los que hacen que se torne patente la luz del día, la amplitud del cielo, la oscuridad de la noche. Su seguro alzarse es el que hace visible el invisible espacio del aire. Lo inamovible de la obra contrasta con las olas marinas y es la serenidad de aquélla la que pone en evidencia la furia de éstas. El árbol y la hierba, el águila y el toro, la serpiente y el grillo sólo adquieren de este modo su figura más destacada y aparecen como aquello que son. Esta aparición y surgimiento mismos y en su totalidad, es lo que los griegos llamaron muy tempranamente Fæsiw. La fisis ilumina al mismo tiempo aquello sobre y en lo que el ser humano funda su morada. Nosotros lo llamamos tierra. De lo que dice esta palabra hay que eliminar tanto la representación de una masa material sedimentada en capas como la puramente astronómica, que la ve como un planeta. La tierra es aquello en donde el surgimiento vuelve a dar acogida a todo lo que surge como tal. En eso que surge, la tierra se presenta como aquello que acoge.</p>

<p>La obra templo, ahí alzada, abre un mundo y al mismo tiempo lo vuelve a situar sobre la tierra, que sólo a partir de ese momento aparece como suelo natal. Los hombres y los animales, las plantas y las cosas, nunca se dan ni se conocen como objetos inmutables para después proporcionarle un marco adecuado a ese templo que un buen día viene a sumarse a todo lo presente. Estaremos más cerca de aquello que es si pensamos todo a la inversa, a condición, claro está, de que estemos preparados previamente para ver cómo se vuelve todo hacia nosotros de otra manera. Porque pensar desde la perspectiva inversa, sólo por hacerlo, no aporta nada.</p>

<p>Es el templo, por el mero hecho de alzarse ahí en permanencia, el que le da a las cosas su rostro y a los hombres la visión de sí mismos. Esta visión sólo permanece abierta mientras la obra siga siendo obra, mientras el dios no haya huido de ella. Lo mismo le ocurre a la estatua que le consagra al dios el vencedor de la lucha. No se trata de ninguna reproducción fiel que permita saber mejor cuál es el aspecto externo del dios, sino que se trata de una obra que le permite al propio dios hacerse presente y que por lo tanto es el dios mismo. Lo mismo se puede decir de la obra hecha con palabras. En la tragedia no se muestra ni se representa nada, sino que en ella se lucha la batalla de los nuevos contra los antiguos dioses. Desde el momento en que la obra de la palabra se introduce en los relatos del pueblo, ya no habla sobre dicha batalla, sino que transforma el relato del pueblo de tal manera que, desde ese momento, cada palabra esencial lucha por sí misma la batalla y decide qué es sagrado o profano, grande o pequeño, atrevido o cobarde, noble o huidizo, señor o esclavo (vid. Heráclito, frag. 53).</p>

<p>Entonces ¿en qué consiste el ser-obra de la obra? Sin apartar nunca nuestra mirada de lo que acabamos de indicar de manera bastante imperfecta, vamos a comenzar por aclarar un poco dos rasgos esenciales de la obra. A tal fin, partiremos de eso tan conocido que sobresale en la superficie del ser-obra, el carácter de cosa, el cual proporciona un punto de apoyo a nuestro proceder habitual respecto a la obra.</p>

<p>Cuando se lleva una obra a una colección o exposición también se suele decir que se instala la obra. Pero este instalar es esencialmente diferente a una instalación en el sentido de la construcción de un edificio, la erección de una estatua o la representación de una tragedia con ocasión de una fiesta. Ese instalar es erigir en el sentido de consagrar y glorificar. Instalar no significa aquí llevar simplemente a un sitio. Consagrar significa sacralizar en el sentido de que, gracias a la erección de la obra, lo sagrado se abre como sagrado y el dios es llamado a ocupar la apertura de su presencia. De la consagración forma parte la glorificación, en tanto que reconocimiento de la dignidad y el esplendor del dios. Dignidad y esplendor no son propiedades junto a las cuales o detrás de las cuales se encuentre además el dios, sino que es en la dignidad y en el esplendor donde se hace presente el dios. En los destellos de ese esplendor brilla, es decir, se aclara, aquello que antes llamamos mundo. Erigir quiere decir abrir la rectitud, en el sentido de esa medida que orienta a lo largo del trayecto y bajo cuya forma lo esencial nos da las directrices. Pero ¿por qué la instalación de la obra es un erigirse que consagra y glorifica? Porque la obra exige tal en su ser-obra. ¿Cómo es que la obra exige semejante instalación? Porque es ella misma instaladora en su ser-obra. ¿Qué instala la obra en tanto que obra? Alzándose en sí misma, la obra abre un mundo y lo mantiene en una reinante permanencia.</p>

<p>Ser-obra significa levantar un mundo. Pero ¿qué es eso del mundo? Ya lo indicamos al hablar del templo. Por el camino que tenemos que seguir aquí, la esencia del mundo sólo se deja insinuar. Es más, esta leve indicación se tendrá que limitar a apartar todo aquello que pudiera confundir la visión de lo esencial.</p>

<p>Un mundo no es una mera agrupación de cosas presentes contables o incontables, conocidas o desconocidas. Un mundo tampoco es un marco únicamente imaginario y supuesto para englobar la suma de las cosas dadas. Un mundo hace mundo y tiene más ser que todo lo aprensible y perceptible que consideramos nuestro hogar. Un mundo no es un objeto que se encuentre frente a nosotros y pueda ser contemplado. Un mundo es lo inobjetivo a lo que estamos sometidos mientras las vías del nacimiento y la muerte, la bendición y la maldición nos mantengan arrobados en el ser. Donde se toman las decisiones más esenciales de nuestra historia, que nosotros aceptamos o desechamos, que no tenemos en cuenta o que volvemos a replantear, allí, el mundo hace mundo. La piedra carece de mundo. Las plantas y animales tampoco tienen mundo, pero forman parte del velado aflujo de un entorno en el que tienen su lugar. Por el contrario, la campesina tiene un mundo, porque mora en la apertura de lo ente. Con su fiabilidad, el utensilio le proporciona a este mundo una necesidad y proximidad propias. Desde el momento en que un mundo se abre, todas las cosas reciben su parte de lentitud o de premura, de lejanía o proximidad, de amplitud o estrechez. En el hecho de hacer mundo se agrupa esa espaciosidad a partir de la cual se concede o se niega el favor protector de los dioses. Hasta la fatalidad de la ausencia del dios es una de las maneras en las que el mundo hace mundo.</p>

<p>Desde el momento en que una obra es una obra, le hace sitio a esa espaciosidad. Hacer sitio significa aquí liberar el espacio libre de lo abierto y disponer ese espacio libre en el conjunto de sus rasgos. Este disponer surge a la presencia a partir del citado erigir. La obra, en tanto que obra, levanta un mundo. La obra mantiene abierto lo abierto del mundo. Pero levantar un mundo es sólo uno de los rasgos esenciales del ser-obra de la obra que hay que citar aquí. El rasgo que falta por nombrar intentaremos hacerlo visible de la misma manera, a partir de lo que más sobresale en la superficie de la obra.</p>

<p>Cuando se lleva a cabo una obra a partir de éste o aquel material -piedra, madera, metal, color, lenguaje, sonido-, se dice también que la obra está hecha de tales materiales. Pero así como la obra exige una instalación en el sentido de un erigir consagrador y glorificador, porque el ser-obra de la obra consiste en levantar un mundo, de la misma manera resulta necesaria la elaboración, porque el propio ser-obra de la obra tiene el carácter de la elaboración. La obra, como obra, es en su esencia elaboradora. Pero ¿qué elabora la obra? Sólo lo sabremos si nos fijamos en eso sobresaliente y que comúnmente se llama elaboración de obras.</p>

<p>Levantar un mundo forma parte del ser-obra. ¿Cuál es, desde la perspectiva de esta determinación, la esencia de la obra que normalmente se denomina material? Debido a que se encuentra determinado por la utilidad y el provecho, el utensilio toma a su servicio aquello en lo que él consiste: la materia. A la hora de fabricar un utensilio, por ejemplo, un hacha, se usa y se gasta piedra. La piedra desaparece en la utilidad. El material se considera tanto mejor y más adecuado cuanto menos resistencia opone a sumirse en el ser-utensilio del utensilio. Por el contrario, desde el momento en que levanta un mundo, la obra-templo no permite que desaparezca el material, sino que por el contrario hace que destaque en lo abierto del mundo de la obra: la roca se pone a soportar y a reposar y así es como se torna roca; los metales se ponen a brillar y destellar, los colores a relucir, el sonido a sonar, la palabra a decir. Todo empieza a destacar desde el momento en que la obra se refugia en la masa y peso de la piedra, en la firmeza y flexibilidad de la madera, en la dureza y brillo del metal, en la luminosidad y oscuridad del color, en el timbre del sonido, en el poder nominal de la palabra.</p>

<p>Aquello hacía donde la obra se retira y eso que hace emerger en esa retirada, es lo que llamamos tierra. La tierra es lo que hace emerger y da refugio. La tierra es aquella no forzada, infatigable, sin obligación alguna. Sobre la tierra y en ella, el hombre histórico funda su morada en el mundo. Desde el momento en que la obra levanta un mundo, crea la tierra, esto es, la trae aquí. Debemos tomar la palabra crear en su sentido más estricto como traer aquí. La obra sostiene y lleva a la propia tierra a lo abierto de un mundo. La obra le permite a la tierra ser tierra.</p>

<p>Pero ¿por qué traer aquí la tierra tiene que suponer que la obra se retire dentro de ella? ¿Qué es entonces la tierra, para que acceda al desocultamiento de semejante manera? La piedra pesa y manifiesta su pesadez. Pero al confrontarnos con su peso, la pesadez se vuelve al mismo tiempo impenetrable. Si a pesar de todo partimos la roca para intentar penetrarla, veremos que sus pedazos nunca muestran algo interno y abierto, sino que la piedra se vuelve a refugiar en el acto en la misma sorda pesadez y masa de sus pedazos. Si intentamos captar la pesadez de otra manera -esto es, depositando la piedra sobre una báscula-, lo único que conseguiremos es introducirla en el mero cálculo de un peso. Esta determinación de la piedra, tal vez muy exacta, no es más que un número, mientras que el peso se nos ha hurtado. El color luce y sólo quiere lucir. Si por medio de sabias mediciones lo descomponemos en un número de vibraciones, habrá desaparecido. Sólo se muestra cuando permanece sin descubrir y sin explicar. Asimismo, la tierra hace que se rompa contra sí misma toda posible intromisión. Convierte en destrucción toda curiosa penetración calculadora. Por mucho que dicha intromisión pueda adoptar la apariencia del dominio y el progreso, bajo la forma de la objetivación técnico-científica de la naturaleza, con todo, tal dominio no es más que una impotencia del querer. La tierra sólo se muestra como ella misma, abierta en su claridad, allí donde la preservan y la guardan como ésa esencialmente indescifrable que huye ante cualquier intento de apertura; dicho de otro modo, la tierra se mantiene constantemente cerrada. Todas las cosas de la tierra, y ella misma en su totalidad, fluyen en una recíproca consonancia. Pero este fluir no es una manera de borrarse. Lo que aquí fluye es la corriente de la delimitación que reposa en sí misma y limita en su presencia a todo lo que se presenta. Así, cada una de las cosas que se cierran en sí mismas se desconocen en la misma medida. La tierra es aquello que se cierra esencialmente en sí mismo. Traer aquí la tierra significa llevarla a lo abierto, en tanto que aquello que se cierra a sí mismo.</p>

<p>Al retirarse ella misma a la tierra, la obra trae aquí la tierra. Pero el cerrarse de la tierra no es uniforme e inmóvil, sino que se despliega en una inagotable cantidad de maneras y formas sencillas. Es verdad que el escultor usa la piedra de la misma manera que el albañil, pero no la desgasta. En cierto modo esto sólo ocurre cuando la obra fracasa. También es verdad que el pintor usa la pintura, pero de tal manera que los colores no sólo no se desgastan, sino que gracias a él empiezan a lucir. También el poeta usa la palabra, pero no del modo que tienen que usarla los que hablan o escriben habitualmente desgastándola, sino de tal manera que gracias a él la palabra se torna verdaderamente palabra y así permanece.</p>

<p>En ningún lugar de la obra está presente algo semejante a un material. Hasta es dudoso si cuando determinamos esencialmente al utensilio, caracterizando como materia aquello de lo que se compone, acertamos con su esencia de utensilio.</p>

<p>Levantar un mundo y traer aquí la tierra son dos rasgos esenciales del ser-obra de la obra. Ambos pertenecen a la unidad del ser-obra. Nosotros buscamos dicha unidad cuando pensamos la subsistencia de la obra e intentamos decir esa cerrada quietud propia del reposar en sí mismo.</p>

<p>Aunque los citados rasgos esenciales tienen su parte de acierto, lo único que hemos logrado ha sido dar a conocer un acontecer de la obra, pero en absoluto su reposo. En efecto, ¿qué es el reposo, sino lo contrario del movimiento? Pero hay que tener en cuenta que no se trata de una manera de ser lo contrario que excluya al movimiento, sino que lo incluye. Sólo lo que se mueve puede alcanzar el reposo. Según sea el movimiento, así será el reposo. Cierto que en el movimiento entendido como mero cambio de lugar de un cuerpo el reposo no es más que el caso límite del movimiento, pero si el reposo incluye el movimiento también puede haber un reposo constituido por una interna agrupación de movimiento, es decir, máxima movilidad, siempre que el tipo de movimiento exija semejante reposo. El reposo de la obra que reposa en sí misma es de este tipo. Por eso, nos podremos aproximar a este reposo siempre que consigamos captar en una unidad la movilidad del acontecer en el ser-obra. Preguntaremos: ¿qué relación guarda en la propia obra levantar un mundo y traer aquí la tierra?</p>

<p>El mundo es la abierta apertura de las amplias vías de las decisiones simples y esenciales en el destino de un pueblo histórico. La tierra es la aparición, no obligada, de lo que siempre se cierra a sí mismo y por lo tanto acoge dentro de sí. Mundo y tierra son esencialmente diferentes entre sí y, sin embargo, nunca están separados. El mundo se funda sobre la tierra y la tierra se alza por medio del mundo. Pero la relación entre el mundo y la tierra no va a morir de ningún modo en la vacía unidad de opuestos que no tienen nada que ver entre sí. Reposando sobre la tierra, el mundo aspira a estar por encima de ella. En tanto que eso que se abre, el mundo no tolera nada cerrado, pero por su parte, en tanto que aquella que acoge y refugia, la tierra tiende a englobar al mundo y a introducirlo en su seno.</p>

<p>Este enfrentamiento entre el mundo y la tierra es un combate. Confundimos con demasiada ligereza la esencia del combate asimilándolo a la discordia y la riña y por lo tanto entendiéndolo únicamente como trastorno y destrucción. Sin embargo, en el combate esencial, los elementos en lucha se elevan mutuamente en la autoafirmación de su esencia. La autoafirmación de la esencia no consiste nunca en afirmarse en un estado casual, sino en abandonarse en el oculto estado originario de la procedencia del propio ser. En el combate, cada uno lleva al otro por encima de sí mismo. De este modo, el combate se torna cada vez más combativo, más propiamente eso que verdaderamente es. Cuanto más duramente se supera a sí mismo y por sí, tanto más implacablemente se abandonan los contendientes a la intimidad de un simple pertenecerse a sí mismo. Para aparecer ella misma como tierra en el libre aflujo de su cerrarse a sí misma, la tierra no puede prescindir de lo abierto del mundo. Por su parte, el mundo tampoco puede deshacerse de la tierra sí es que tiene que fundarse sobre algo decidido como reinante amplitud y vía de todo destino esencial.</p>

<p>Desde el momento en que la obra levanta un mundo y trae aquí la tierra, se convierte en la instigadora de ese combate. Pero esto no sucede para que la obra reduzca y apague de inmediato la lucha por medio de un insípido acuerdo, sino para que la lucha siga siendo lucha. Al levantar un mundo y traer aquí la tierra, la obra enciende esa lucha. El ser-obra de la obra consiste en la disputa del combate entre el mundo y la tierra. Es precisamente porque la lucha llega a su punto culminante en la simplicidad de la intimidad por lo que la unidad de la obra ocurre en la disputa del combate. La disputa del combate consiste en agrupar la movilidad de la obra, que se supera constantemente a sí misma. Por eso, es en la intimidad del combate donde tiene su esencia el reposo de la obra que reposa en sí misma.</p>

<p>Sólo podemos llegar a saber qué es lo que obra en la obra a partir de este reposo de la obra. Hasta ahora, decir que era la verdad la que operaba en la obra de arte era una afirmación preconcebida. ¿Hasta qué punto ocurre en el ser-obra de la obra, o mejor dicho ahora, hasta qué punto ocurre en la disputa del combate entre el mundo y la tierra la verdad? ¿Qué es la verdad?</p>

<p>La negligencia con que usamos esta palabra fundamental nos indica lo pequeño e imperfecto que es nuestro conocimiento sobre la esencia de la verdad. Cuando decimos verdad solemos referirnos a esta y aquella verdad, es decir, a algo verdadero. Un conocimiento expresado en una frase puede ser verdadero. Pero no nos limitamos a decir que una frase es verdadera, sino que también lo decimos de una cosa, del oro verdadero por oposición al oro falso. Verdadero significa en este caso lo mismo que auténtico, oro efectivamente real. ¿Qué quiere decir aquí eso de real? Para nosotros es real lo que es de verdad. Es verdadero lo que corresponde a algo real y es real lo que es de verdad. Una vez más, el círculo se ha cerrado.</p>

<p>¿Qué significa ‘de verdad’? La verdad es la esencia de lo verdadero. ¿En qué pensamos aquí cuando decimos esencia? Normalmente entendemos por esencia eso común en lo que coincide todo lo verdadero. La esencia se presenta en un concepto de género y generalidad que representa ese uno que vale igualmente para muchos. Pero esta esencia de igual valor (la esencialidad en el sentido de essentia) sólo es la esencia inesencial. ¿En qué consiste la esencia esencial de algo? Probablemente reside en lo que lo ente es de verdad. La verdadera esencia de una cosa se determina a partir de su verdadero ser, a partir de la verdad del correspondiente ente. Lo que ocurre es que ahora no estamos buscando la verdad de la esencia, sino la esencia de la verdad. Nos encontramos ante un curioso enredo. ¿Se trata sólo de un asunto curioso, tal vez incluso sólamente de la vacía sutileza de un juego de conceptos, o se trata por el contrario de un abismo?</p>

<p>Verdad significa esencia de lo verdadero. Pensamos la verdad recordando la palabra que usaban los griegos. Al®yeia significa el desocultamiento de lo ente. Pero ¿es esto una definición de la esencia de la verdad? ¿No estaremos haciendo pasar una mera transformación en el uso de la palabra -desocultamiento en lugar de verdad- por una caracterización del asunto? En efecto, no deja de ser un simple intercambio de nombres mientras no nos enteremos de qué es lo que ha ocurrido para que haya sido necesario decir la esencia de la verdad con la palabra desocultamiento.</p>

<p>¿Es necesario para ello una renovación de la filosofía griega? En absoluto. Suponiendo que fuera posible semejante imposibilidad, una renovación no nos serviría de nada, porque la historia oculta de la filosofía griega consiste desde sus inicios en que no permanece conforme a la esencia de la verdad ilustrada mediante la palabra Žl®yeia y por lo tanto su saber y decir sobre la esencia de la verdad tiene que trasladarse cada vez en mayor medida a la explicación de una esencia, derivada, de la verdad. La esencia de la verdad como Žl®yeia permanece impensada tanto en el pensamiento griego como, sobre todo, en la filosofía posterior. Para el pensar, el desocultamiento es lo más oculto de la existencia griega, pero al mismo tiempo es lo que desde muy temprano determina toda la presencia de lo presente.</p>

<p>Pero ¿por qué no nos conformamos con la esencia de la verdad que nos resulta familiar desde hace siglos? Verdad significa hoy y desde hace tiempo concordancia del conocimiento con la cosa. Sin embargo, para que el conocer y la frase que conforma y enuncia el conocimiento puedan adecuarse a la cosa, para que la propia cosa pueda llegar a ser la que fije previamente el enunciado, dicha cosa debe mostrarse como tal. ¿Y cómo se puede mostrar si no es emergiendo ella misma de su ocultamiento, si no es situándose en lo no oculto? La proposición es verdadera en la medida en que se rige por lo que no está oculto, es decir, por lo verdadero. La verdad de la proposición es y será siempre únicamente esa corrección. Los conceptos críticos de verdad, que desde Descartes parten de la verdad como certeza, son simples transformaciones de la determinación de la verdad como corrección. Ahora bien, esta esencia de la verdad que nos resulta tan habitual y que consiste en la corrección de la representación, surge y desaparece con la verdad como desocultamiento de lo ente.</p>

<p>Cuando aquí y en otros lugares entendemos la verdad como desocultamiento, no nos estamos limitando a refugiarnos en una traducción más literal de una palabra griega. Estamos indagando qué elemento no conocido y no pensado puede subyacer a esa esencia de la verdad, en el sentido de corrección, que nos resulta familiar y por lo tanto está desgastada. En algunos momentos consentimos en confesar que, desde luego, a fin de demostrar y comprender lo correcto (la verdad) de un enunciado, no nos queda otro remedio que apelar a algo que ya es evidente. Este presupuesto es, en efecto, inexcusable. Mientras hablemos y opinemos así, seguiremos entendiendo la verdad únicamente como una correc ción que, ciertamente, precisa de un presupuesto que nosotros mismos imponemos sólo Dios sabe cómo y por qué razón.</p>

<p>Pero no es que nosotros presupongamos el desocultamiento de lo ente, sino que éste mismo (el ser) nos instala en una esencia tal que en nuestra representación siempre permanecemos inmer sos en el seno del desocultamiento y supeditados a él. No es sólo aquello por lo que se guía un conocimiento lo que de alguna mane ra debe estar no oculto, sino que todo el ámbito en el que se mue ve este «guiarse según algo», así como aquello por lo que la ade cuación de la proposición a la cosa se torna evidente, deben tener lugar como totalidad en lo no oculto. Nosotros mismos, con todas nuestras exactas representaciones, no seríamos nada y ni siquiera podríamos presuponer que hay algo manifiesto por lo que nos guiamos, si el desocultamiento de lo ente no nos hubiera expuesto ya en ese claro en el que entra para nosotros todo ente y del que todo ente se retira.</p>

<p>Pero ¿cómo sucede esto? ¿Cómo ocurre la verdad en tanto que desocultamiento? Antes de contestar hay que decir con mayor claridad qué es el desocultamiento mismo.</p>

<p>Las cosas y los seres humanos son, los dones y los sacrificios son, los animales y las plantas son, el utensilio y la obra son. Lo ente está en el ser. Una velada fatalidad suspendida entre lo divino y lo contrario a lo divino recorre el ser. Gran parte de lo ente escapa al dominio del hombre; sólo se conoce una pequeña parte. Lo conocido es una mera aproximación y la parte dominada ni siquiera es segura. El ente nunca se encuentra en nuestro poder ni tan siquiera en nuestra capacidad de representación, tal como sería fácil imaginar. Parece que si pensamos toda esta totalidad en una unidad, podremos captar todo lo que es, aunque sea de manera bastante burda.</p>

<p>Y sin embargo por encima y más allá de lo ente, aunque no le jos de él, sino ante él, ocurre otra cosa. En medio de lo ente en su totalidad se presenta un lugar abierto. Hay un claro. Pensado desde lo ente, tiene más ser que lo ente. Así pues, este centro abierto no está rodeado de ente, sino que el propio centro, el claro, rodea a todo lo ente como esa nada que apenas conocemos.</p>

<p>Lo ente sólo puede ser como ente cuando está dentro y fuera de lo descubierto por el claro. Este claro es el único que proporciona y asegura al hombre una vía de acceso tanto al ente que no somos nosotros mismos como al ente que somos nosotros mismos. Gracias a este claro lo ente está no oculto en una cierta y cambiante medida. Pero incluso oculto lo ente sólo puede ser en el espacio que le brinda el claro. Todo ente que se topa con nosotros y camina con nosotros mantiene este extraño antagonismo de la presencia, desde el momento en que al mismo tiempo se mantiene siempre retraído en un ocultamiento. El claro en el que se encuentra lo ente es, en sí mismo y al mismo tiempo, encubrimiento. Pero el encubrimiento reina en medio de lo ente de dos maneras.</p>

<p>Lo ente se niega a nosotros hasta ese punto único, y en apa riencia mínimo, que nos encontramos particularmente cuando ya no podemos decir de lo ente más que es. El encubrimiento como negación no es sólo ni en primer lugar el límite que se le pone cada vez al conocimiento, sino el inicio del claro de lo descubierto. Pero, al mismo tiempo, dentro de lo descubierto por el claro también hay encubrimiento, aunque desde luego de otro tipo. Lo ente se desliza ante lo ente, de tal manera que el uno oculta con su velo al otro, que éste oscurece a aquél, que lo poco tapa a lo mucho, que lo singular niega el todo. Aquí, el encubrir no es un simple negar: lo ente aparece, pero se muestra como algo diferente de lo que es.</p>

<p>Este encubrir es un modo de disimular. Si lo ente no disimulara a lo ente no podríamos errar ni equivocarnos en lo relativo a él, no podríamos desorientarnos y perdernos y, por consiguiente, nunca nos equivocaríamos de medida. El hecho de que lo ente pueda engañarnos como apariencia es la condición para que nosotros podamos equivocarnos y no a la inversa.</p>

<p>El encubrimiento puede ser una negación o una mera disimulación. Nunca tenemos la certeza directa de que sea lo uno o lo otro. El encubrimiento se encubre y disimula a sí mismo. Esto quiere decir que el lugar abierto en medio de lo ente, el claro, no es nunca un escenario rígido con el telón siempre levantado en el que se escenifique el juego de lo ente. Antes bien, el claro sólo acontece como ese doble encubrimiento. El desocultamiento de lo ente no es nunca un estado simplemente dado, sino un acontecimiento. El desocultamiento (la verdad) no es ni una propiedad de las cosas