« el arte conceptual ... | Inicio | Las artes espaciales. Una entrevista con Jacques Derrida - Peter Brunette y David Wills »

Traducción parcial de Theatrum Philosophicum - Foucault sobre Deleuze

Consideren cómo manejamos las diferencias. Generalmente se supone que hay una diferencia de o dentro de algo; detrás de la diferencia, más allá de ella -pero como su apoyo, su lugar, su delimitación y consecuentemente como la fuente de su dominancia-planteamos, a través del concepto, la unidad de un grupo y su descomposición a especies en la operación de diferenciación (el dominio orgánico del concepto Aristotélico). La diferencia es transformada a aquello que debe ser especificado dentro de un concepto, sin sobrepasar sus límites. Aun así, arriba de las especies, encontramos los enjambres de las individualidades. ¿Qué es esta diversidad sin límites, la cual elude especificación y queda fuera del concepto, si no de la resurgencia de la diferencia? Debajo de la especie ovina, nos vemos reducidos a contar borregos. Esto se presenta como la primera forma de subyugación: diferencia como especificación (dentro del concepto) y repetición como la diferencia de individuos (fuera del concepto). Pero ¿subyugación a qué? Al sentido común, alejándose del flujo desquiciado y la diferencia anárquica, que invariablemente reconoce la identidad de las cosas (y esto es siempre una capacidad general). El sentido común extrae la generalidad de un objeto mientras que simultáneamente establece la universalidad del sujeto cognoscente a través de un pacto de buenas intenciones.

Pero ¿qué pasaría si diéramos rienda suelta al deseo perverso?

¿Qué si el pensamiento se librara del sentido común y decidiera funcionar únicamente con su singularidad extrema? ¿Qué si adoptara el prejuicio con mala reputación de la paradoja, en vez de la complacencia de aceptar su ciudadanía en la doxa? ¿Qué si conceptualizaran diferencialmente las diferencias, en vez de buscar los elementos comunes que subyacen a las diferencias? Entonces la diferencia desaparecería como una característica general que lleva a la generalidad del concepto y se volvería -un pensamiento diferente, el pensamiento de la diferencia- un evento puro. En cuanto a la repetición, dejaría de funcionar como la gris sucesión de lo idéntico y se volvería la diferencia desplazada. El pensamiento ya no está comprometido a la construcción de conceptos una vez que escapa de los buenas intenciones y la administración del sentido común, preocupado como está con la división y la caracterización. Más bien, produce un significado-evento al repetir un fantasma. La moralidad de las buenas intenciones, que asiste al pensamiento del sentido común, tenía el papel fundamental de proteger al pensamiento de su singularidad "genital".

Pero reconsideremos el funcionamiento del concepto. Para que el concepto domine la diferencia, la percepción debe aprehender las similitudes globales (las cuales entonces se descompondrán en diferencias e identidades parciales) a la raíz de lo que llamamos diversidad. Cada representación nueva debe ir acompañada por aquellas representaciones que despliegan el rango total de similitudes; y en este espacio de representación (sensación-imagen-memoria), los parecidos son puestos a la prueba de ecualización cuantitativa y cantidades graduadas, y de esta forma se construye la inmensa tabla de diferencias mesurables. En la esquina de esta gráfica, en su eje horizontal donde el espacio cuantitativo más pequeño encuentra la variación cualitativa más pequeña, en este punto cero, encontramos la similitud perfecta y la repetición exacta. La repetición que funciona dentro del concepto como la vibración impertinente de las identidades, se vuelve, dentro de un sistema de representación, los principios organizadores para las similaridades. Pero ¿qué reconoce estas similaridades, las exactamente iguales y las menos similares, las más grandes y las más pequeñas, las más brillantes y las más oscuras -si no el sentido común? El buen sentido es el agente más efectivo del mundo de la división en sus reconocimientos, su establecimiento de equivalencias, su sensibilidad a los espacios, su juicio de distancias, mientras asimila y separa. Y es el buen sentido quien reina en la filosofía de la representación. Pervirtamos al buen sentido y permitamos que el pensamiento juegue fuera de la tabla de similitudes ordenada; entonces aparecerá como la dimensión vertical de las intensidades, porque la intensidad, mucho antes de su gradación por la representación, es en sí la diferencia pura: diferencia que se desplaza y repite, que se contrae y expande; un punto singular que constriñe y afloja las repeticiones indefinidas en un evento agudo. Uno debe crear al pensamiento como una irregularidad intensiva -desintegración del sujeto.

Una última consideración con respecto a la tabla de representación. El punto de encuentro de los ejes es el punto de similitud perfecta y de este surge la escala de diferencias como un número de similitudes más pequeñas, identidades marcadas: las diferencias surgen cuando la representación únicamente puede presentar parcialmente lo que estaba presente previamente, cuando la prueba de reconocimiento es bloqueada. Para que una cosa sea diferente, primero debe dejar de ser la misma; y es únicamente en esta base negativa, arriba de la parte penumbral que delimita al mismo, que los predicados contrarios son articulados. En la filosofía de la representación, la relación de dos predicados, como rojo y verde, es meramente el nivel más alto de una estructura compleja: la contradicción entre rojo y no-rojo (basada en el modelo de ser y no-ser) está activo al nivel más bajo; la no-identidad de rojo y verde (en base de la prueba negativa} de reconocimiento esta situada arriba; y esto por último lleva a la posición exclusiva de rojo y verde (en la tabla donde se especifica el genus de color). Así, por tercera vez pero de una forma más radical, se mantiene la diferencia dentro de un sistema de oposición, negativo y contradictorio. Para que exista la diferencia, era necesario dividir lo "mismo" a través de la contradicción, limitar su identidad infinita a través del no-ser, transformar su positividad que opera sin determinaciones específicas a través de lo negativo. Dada la prioridad de la similaridad, la diferencia únicamente puede surgir a través de estas mediaciones. En cuanto a la repetición, se produce precisamente en el punto cuando la mediación apenas iniciada cae sobre ella misma; cuando, en vez de decir no, pronuncia dos veces el mismo sí, cuando regresa constantemente a la misma posición, en vez de distribuir oposiciones dentro de un sistema de elementos finitos. La repetición traiciona la debilidad de la similaridad en el momento en el que ya no puede negarse en el otro, cuando no puede ya recapturarse en el otro. La repetición, en un momento de exterioridad pura y una figura pura del origen, se ha transformado en una debilidad interior, una deficiencia de finitud, una clase de tartamudez de lo negativo: la neurosis de la dialéctica. Por que era hacia la dialéctica a donde se dirigía la filosofía de la representación.

Y así, ¿cómo es que no reconocemos a Hegel como el filósofo de las diferencias grandes y a Leibniz como el pensador de las diferencias pequeñas? En realidad, la dialéctica no libera las diferencias; al contrario, garantiza que siempre puedes ser recapturadas. La soberanía dialéctica de la similaridad consiste en permitir que existan las diferencias, pero siempre bajo la regla de lo negativo, como una instancia del no-ser. Pueden aparecer como la subversión exitosa de lo Otro, pero la contradicción ayuda secretamente en la salvación de las identidades. ¿Es necesario retirar el origen pedagógico inamovible de la dialéctica? El ritual en el cual es activado, que causa el renacimiento sin fin de la aporia del ser y no-ser, es la humilde pregunta del salón de clases, el diálogo ficticio del estudiante: "Esto es rojo; esto es no rojo. En este momento, hay luz afuera. No, ahora está oscuro". En los primeros rayos de luz de un cielo de octubre, el ave de Minerva vuela cerca del suelo: "Escríbelo, escríbelo", croa, "mañana por la mañana, ya no habrá oscuridad".

Pensamiento sin contradicciones

La liberación de las diferencias requiere pensamiento sin contradicciones, sin dialéctica, sin negación; pensamiento que acepta divergencia; pensamiento afirmativo cuyo instrumento es la disyunción; pensamiento de lo múltiple -de la multiplicidad nomádica y dispersa que no esta limitada o confinada por las constricciones de la similaridad- pensamiento que no se conforma a un modelo pedagógico (el engaño de las respuestas preparadas), pero que ataca los problemas insolubles -que es, un pensamiento que se dirige a la multiplicidad de los puntos excepcionales, que son desplazados en la medida en que distinguimos sus condiciones y los cuales insisten y subsisten en el juego de las repeticiones. Lejos de ser la imagen aún incompleta y borrosa de una Idea que eternamente retiene nuestras respuestas en alguna región superior, el problema se plantea en la idea misma, o más bien, la Idea existe únicamente en la forma de un problema: una pluralidad distintiva cuya oscuridad es sin embargo insistente y en la cual la pregunta se agita constantemente. ¿Cuál es la respuesta a la pregunta? El problema. ¿Cómo se resuelve el problema? Desplazando a la pregunta. No se puede acercar al problema a través de la lógica del tercero excluido, porque es una multiplicidad dispersa; no puede ser resuelto por las distinciones claras de una idea Cartesiana, porque como una idea es obscura-distinta; no responde a la seriedad de la negativa Hegeliana, porque es una afirmación múltiple; no esta sujeta a la contradicción de ser y no-ser, ya que es ser. Debemos pensar problemáticamente más que preguntar y responder dialécticamente.

Las condiciones para pensar sobre diferencia y repetición, como lo hemos visto, han sufrido una expansión progresiva. Primero, fue necesario, junto con Aristóteles, abandonar la identidad del concepto, rechazar el parecido dentro de la representación, y liberarnos simultáneamente de la filosofía de la representación y, finalmente, era necesario de liberarnos de Hegel -de la oposición de los predicados, de la contradicción y la negación, de toda la dialéctica. Pero aún hay una cuarta condición y es aún más formidable que las otras. La subyugación más tenaz de la diferencia es sin duda aquella mantenida por las categorías. Al mostrar la variedad de las formas diferentes en que el ser se puede expresar, al especificar sus formas de atribución, al imponer una cierta forma de distribuir las cosas existentes, las categorías crean una condición donde el ser mantiene su reposo al nivel más alto. Las categorías organizan el juego de afirmaciones y negaciones, establecen la legitimidad de las similitudes dentro de la representación y garantizan la objetividad y operación de los conceptos. Suprimen la anarquía de la diferencia, dividen las diferencias en zonas, delimitan sus derechos y prescriben su tarea de especificación con respecto a los seres individuales. Por un lado, pueden ser entendidas como las formas a priori del conocimiento, pero por todo, aparecen como una moralidad arcaica, el viejo decálogo que lo idéntico impuso sobre la diferencia. La diferencia únicamente puede ser liberada a través de un pensamiento acategórico. Pero tal vez invención es una palabra que confunde, ya que en la historia de la filosofía han existido cuando menos dos formulaciones radicales de la unicidad del ser, aquellas presentadas por Duns Scotus y Spinoza. Sin embargo, en la filosofía de Duns Scotus el ser es neutral, mientras que para Spinoza se basa en la sustancia; en ambos contextos, la eliminación de las categorías y la afirmación de que el ser es expresado para todas las cosas de la mima forma tiene el objetivo único de mantener la unidad del ser. Imaginemos, al contrario, una ontología donde el ser sería expresado de la misma manera para cada diferencia, pero únicamente pudiera expresar diferencias. Consecuentemente, las cosas no podrían ser completamente cubiertas, como en Duns Scotus, por la gran abstracción monocrómica del ser, y las formas de Spinoza no seguirían girando alrededor de la unidad de la sustancia. Las diferencias girarían por sí mismas, el ser se expresaría de la misma forma para todas estas diferencias y el ser no sería ya una unidad que los guía y distribuye, sino la repetición como diferencia. Para Deleuze, la univocidad no categórica de ser no adhiere directamente lo múltiple a la unidad (la universalidad neutral del ser, o la fuerza expresiva de la sustancia); permite la función como aquello que es expresado repetitivamente como diferencia. El ser es la recurrencia de la diferencia, sin diferencia en su forma de expresión. El ser no se distribuye en regiones; lo real no está subordinado a lo posible; y lo contingente no está opuesto a lo necesario. Si la batalla de Actium o la muerte de Antonio fueron necesarias o no, el ser de estos dos eventos puros -luchar, morir- es expresado de la misma manera, en la mima forma que es expresado con respecto al la castración fantásmica que ocurrió y no ocurrió. La supresión de las categorías, la afirmación de la univocidad del ser y la revolución repetitiva del ser alrededor de las diferencias; éstas son las condiciones finales para el pensamiento del fantasma y el evento

Publicar un comentario

(Si no dejó aquí ningún comentario anteriormente, quizás necesite aprobación por parte del dueño del sitio, antes de que el comentario aparezca. Hasta entonces, no se mostrará en la entrada. Gracias por su paciencia).